Preguntas???.

1352 Palabras
Narrado en Primera persona; POV: Lulú Nunca me desesperaba, aún el sol calentaba un poco. No importaba que perdiera un minuto extra viendome en el espejo dispuesto sobre una de las repisas, paralelas a la escalera para subir al segundo nivel. Solo aprovechaba la luz natural para revisar el estado de mis lentes y de paso agregarle un poco de color a mis labios resecos, antes de subir a limpiar la recámara donde recientemente el señor Prometeo, monto las yeguas desnudistas. Sus amiguitas invitadas a la gran casa, si que podían ser consentidas como reinas, apenas me dirigía al cuarto donde guardan los utensilios del aseo, cuando tuve que pararme a ver la entrega de paquetes. Vi todas las cosas que le llegaron por encargo del gran señor. No puedo negarlo, me causaron un poco de envidia, ver todas las cosas lindas que le trajeron, siempre había soñado con tener cosas hermosas, aunque no me quejo de lo que tengo. Mi Nana Sabrina me conciente en lo que puede —Quizas si me portó bien...—Me ladie un poco frente al espejo, para observar el rubor que apareció en mis mejillas pecosas. —El señor Prometo me regale cositas bonitas. —Mi susurro fue despacio, casi como un secreto entre mis nuevos deseos y yo. Me mordía los labios, consciente de que podía ser arriesgado mi plan, pero debía llevarlo a cabo. Si lo hacía bien, pronto me convertiría en la consentida del señor Prometeo. Una buena, sin indecencias. Di brinquitos de felicidad. —Eres una genio Lulú. —Empece a reír como loca, lanzarme beso por el espejo. Ajena a todo a mi alrededor. —¡Ruperta!.—Mis ánimos se desplomaron cuando escuché la horrible voz del Messie chismoso. Solo hice girar un poco y lo descubrí observandome, desde el pilar de la escalera, con su fea cara de amargado. —¡No empieces!. —Ve a limpiar la habitación, no querrás qué suba hablar con el señor Prometeo, sobre tu indisciplina, ¡Ruperrrta!.—El Messie chismoso me conocía bien, sabía bien que odiaba cuando me llamaban por mi segundo nombre. Por eso aprovechaba y arrastraba las letras del nombre para lograr más molestia en mí. Me trague las ganas de sacarle la lengua o decirle algo hiriente para molestarlo, como lo muy enamorada que estaba mi Nana Sabrina de Fabricio. —¡Dale, Ruperrrta!. —Me las pagarás, pensé mientras subía las escaleras. Con el equipo de aseo que me faltaba. Apenas supe que estaba fuera del radar de ese necio, me hale las colas, para drenar un poco mi rabia. Más relajada, empecé andar por el pasillo, en un instante me detuve frente a la puerta de la habitación del señor Prometeo, empuñe mis manos para irle a tocar pero luego recordé que el me odiaba y retrocedí, para volver a retomar mi camino. —Debes ganartelo primero, Lulú. —Me recordé a viva voz. Rodando en dirección al otro pasillo donde estaban las habitaciones de los invitados. Minutos después, no dejaba de mirar con asco la sábanas revueltas de esa cama, tenían unas manchas blanquecinas. —Eso debe ser el fluido del animal.—Me hale la cola izquierda, por culpa de mi propia brutalidad, si se me zafaba algo así, delante del señor Prometeo o el chismoso, tendría problema. Su odio crecería más. Intente ser rápida, recoger las sábanas y luego ponerle la ropa de cama que ya había seleccionado mí Nana Sabrina. Por último la aspiradora para terminar de eliminar lo que parecía ser tierra seca. Fui eficiente, para hacerlo sola por primera vez, sin la ayuda de la Nana. Entre bostezos, Comencé a sacar las cosas al pasillo. Estirarme un poco y como de costumbre mirarme en el espejo para darme cuenta que mis colas estaban casi desechas. Le di unos toques a mis mechones sueltos, para aplacarlos y acomodarlos detrás de mis orejas. Al girar, un poco más satisfecha con mi apariencia desastrosa. Me tope con la figura del señor Prometeo, recostada del umbral de la puerta. Sentía que me deseaba traspasar con sus ojos misterios. —Estás espantosa, Lulú.—Mis ojos comprobaron lo contrario en el, tenía el pelo perfecto y brillante, peinado hacia atrás, tanto el pantalón negr@ como la camisa, con parte de su músculoso pecho descubierto. La tela le marcaba su cuerpo fuerte. Aunque, bien sabía de ese animal que tenía entre las piernas. Me lami los labios al recordarlo. Olvidando la presencia de mi tutor. —¿Por qué te lames los labios?. —La voz gruesa del señor Prometo me saco de mi embeleso. Sacudí mi rostro, luego no tuve otra opción que bajar la cabeza. —¡Responde, Lulú!. Empecé a sentirme nerviosa, no podía decirle que tenía pensamientos pecaminosos con él. —Recorde a mi novio.—No tenía, pero fue lo primero que se me ocurrió para no quedar mal parada. —Me dijo algo lindo, está mañana y ahora lo acabo de recordar. No pude ver el rostro que puso, mi visión seguia hacia la hermosa alfombra que acababa de limpiar. Esperando que se fuera. No era el momento de empezar a comportarse con una linda señorita. Me sentía muy nerviosa, el señor Prometeo era la razón. No por su medio rostro enmascarado, más bien su aura oscura y el desprecio que me transmitía mezclado con algo más. —¡Mírame cuando estés hablando conmigo!. Ni que estuvieras hablando con un insecto para tener la vista puesta en el piso. —El señor, volvía a gritarme, ya empezaba a sentirme familiarizada con ellos, desde el día anterior. Obedecí, volvi a recorrer su cuerpo, desde su calzado fino, hasta reencontrarme con sus ojos. —Si me lo permite, debo bajar, para saber si todavía tengo tareas pendiente.—Di unos pasos adelante, esperando salir por la puerta sin rozarlo. Para mí sorpresa, el señor Prometeo en vez de hacerse aún lado, para evitar que lo rozara, sello la salida de la puerta. —No saldrás de aquí, hasta que me respondas unas preguntas. —Todo me era una agonia, sentía ya que me faltaba el aire...lo tenía muy cerca, inclinado ante mi, viendo mi rostro y quizás comprobando que estaba ruborizada y mis pechos en libertad, marcaban más mis pezones duros debajo de la camiseta blanca que había decidido usar para trabajar en el aseo. Todo me delataba. Trague en seco y espere en calma la primera pregunta. —¿Cómo se llama tu novio?. —No me esperaba esa pregunta. Fue un momento de tensión, empecé a buscar en mi mente y solo se me ocurrió escupir un nombre. —¡Pierre!. Es solo un año mayor que yo. —Te irás al mismo infierno, Lulú. Por mentirosa. Pensé. Aunque era una media mentira. Ya me había besuqueado con el chico, el cual besa horrible. Mi primer y único beso fue una asquerosa experiencia que casi me deja sin dientes. —Bien.—Fue lo único que escuche decir al señor Prometeo. Para mí suerte se hizo aún lado para que yo saliera. —¡Una última pregunta Lulú!. —Diga señor. —Ya sostenía la aspiradora, cuando me detuve para esperar por sus palabras. —¿En verdad no usas ropa interior?.—Me sorprendió ver las muecas que hizo, antes de decirlo, hasta podía jurar, que pude ver una línea de la cicatriz oculta debajo de la media máscara. Pense en decirle la verdad, que solo bromeaba; llevaba mis bragas, unas muy lindas con estampado floral. Pero mis ganas de hacer crecer su tormento me ganaron. No estaba haciendo nada malo, solo quería ser un poco traviesa. Además el señor Prometeo era mi tutor. —¡Sí!. —Le dije, poniendo mi carita de quien siente mucha vergüenza, pero riéndome por dentro al verlo tragar en seco. —Por favor, guárdame el secreto. Que sea nuestro secreto. El señor Prometeo, no me respondió. Se veía tenso. Solo se giró y me dió la espalda... parecía que corriera de mi, como si yo fuera el diablo y no el.
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