Episodio 2

4346 Palabras
 Todos estaban presentes, y cuando Elrond llegó con Eru no pasó desapercibido, porque quizás muchos pensaban lo que él, en cuanto a saber si el cielo bendeciría o no a Eru. Luego de un baile en honor a la naturaleza, y un banquete donde todos en la aldea estaban reunidos sobre una enorme mesa, en la cual todos tenían sus asientos, el momento de la verdad llegó, y el más anciano y poderoso de la aldea, era el que invocaba la presencia del cielo, para que bendijera a los nuevos elementales, que se encargarían de mantener a la naturaleza, y las estaciones en su respectivo orden.   Todos los niños hicieron fila, eran un total de cuarenta los que nacieron el mismo día, dejando a Eru de ultimo, y mientras pasaban hacia el centro, donde se encontraba una enorme y alta roca de cuarzo blanco, la cual brillaba por la luz de la luna que, irradiaba su luz estratégicamente en ese lugar, el niño debía sentarse sobre la roca para esperar la bendición del cielo, que se reflejaba en un destello de luz que caía sobre el niño. El color de la luz dependía del poder por el cual fue bendecido, si la luz era blanca, significaba que le habían otorgado el poder del aire, si era amarilla, significaba el poder de la tierra, si era azul, era el poder del agua, y si era de un color rojo, el niño había sido bendecido con el poder de controlar el fuego.   Mientras todos pasaban, las luces variaban entre aquellos colores, y todos aplaudían dando gracias al cielo, por cada nuevo elemental que era bendecido, mientras Elrond, prácticamente se mordía las uñas, al ver que faltaba poco para el turno de Eru, y cuando llegó su momento, todos se quedaron en absoluto silencio, observando como el niño por no poder volar, le costó más de la cuenta, subirse a la alta roca. Todos disimuladamente comenzaron a reírse, viendo como Eru trepaba, y luego se deslizaba de nuevo al suelo, hasta que después de varios tortuosos minutos para Elrond, quien quería ir hasta allá para ayudarlo, Eru logra sentarse sobre la roca de cuarzo.    Transcurre un minuto, luego dos, tres, y ya al cuarto minuto, todos se preguntaban porque absolutamente nada ocurría, ya que cuando un pequeño elemental se sentaba en la roca, al instante la bendición sucedía, y Eru, al ver que el cielo no lo bendecía con ninguna luz de los cuatro elementos, al instante lo que hizo fue ver a su padre entre la multitud, observando como este tenía una mirada desgarradora, ya que él a su corta edad, podía reconocer fácilmente la expresión de decepción que constantemente se dibujaba en el rostro de su padre, y, en ese instante, ese gesto estaba más acentuado  que nunca en sus duras facciones, al punto que Elrond se fue de allí, dejando a Eru solo, sentado en la roca.   El niño esperó un poco más, hasta que varios en el publico comenzaron a decirle que se bajara, gritándole que si el cielo no lo bendijo, eso significaba que él era una maldición, y Eru al escuchar esos gritos, lo que hizo fue bajarse con cuidado, pero con un paso en falso, cayó de boca al suelo, y él que ya estaba acostumbrado a caerse abruptamente, no le importó, y lo que hizo fue levantarse, sin saber que él cielo si lo había bendecido, pero no de una forma visible como al resto, porque él a diferencia de los demás, era único, y no necesitaba una ceremonia para demostrarlo.   Eres un mal presagio… Mira sus ojos, que horrible ¿Sus ojos? Mas terrible es su piel, y ese cabello negro Negro… ese color es de la oscuridad, seguramente él es la oscuridad Sus alas, no tienen nada de color. Quizás por eso no puede volar. Si el cielo no lo bendijo, ese esperpento es un inútil… Todo es culpa de Elrond… si tan solo no hubiese cuestionado la decisión del cielo…   Esos y más comentarios escuchaba Eru mientras pasaba entre los elementales adultos, e incluso parte de los niños bendecidos, tanto así que el chiquillo comenzó a empujarlos para que se apartaran de él, y así correr rumbo a su casa, mientras sentía como poco a poco comenzaba a llorar. Eru también tenía esperanzas que el día de la bendición del cielo, pudiera alegrar a su padre, nunca lo había visto sonreír, siempre lucia triste o molesto, es por eso que él pensaba que por lo menos, hoy podría lograr sacarle una sonrisa a su papá ¿Cómo se vería su padre sonriendo? Pensaba Eru, sabiendo que quizás nunca lo vería sonreír, porque ciertamente, él era un error, y un ser tan desagradable que ni siquiera el cielo le otorgó un poder de los elementos. Con todos esos pensamientos en mente, el niño continuaba corriendo, hasta que, por tener los ojos mediamente cerrados, no vio una piedra y se tropezó, cayendo al suelo, y, en esta ocasión, no quiso levantarse.   −Ya no llores, Eru. No les hagas caso a esos seres malvadas… tu eres especial, todos en el bosque lo sabemos−Escucha Eru, una voz en su cabeza, y él que nunca había escuchado aquello, se asusta al instante, porque así nunca se escuchaban sus pensamientos, ya que esta nueva voz que oía en su mente, era pequeña y aguda.   − ¿Qué fue eso? −Se pregunta Eru, levantándose del suelo mientras hipaba, y se limpiaba su rostro mojado por las lágrimas, viendo que, por la caída, su túnica de seda se había roto −Papá me castigará…−Murmura, al ver el hueco que se había hecho en la tela, en el área de su rodilla.   −Tu papá te castiga por todo, eso no hará diferencia. Él también es malvado…−Vuelve a escuchar esa voz, haciendo que el niño mirara hacia todas las direcciones, y cuando ve, justo frente a él, está una pequeña ardilla olfateándole.   −Hola… ¿Puedes oírme? ¿Verdad? El cielo nos dijo que podías entendernos, que alegría−Dice esa voz, mientras la ardillita lo queda mirando.   Eru abre sus ojos a mas no poder, viendo aterrado a esa ardilla, pensando que quizás tantos golpes y caídas que había recibido, ya le estaban comenzando a afectar en la cabeza, porque él creía escuchar que ese pequeño animalito, le estaba hablando desde su mente. Sintió tanto temor de sí mismo, que el niño se levantó del suelo corriendo, y mientras lo hacía, tuvo que taparse sus oídos, porque más murmullos comenzaron a llegar, eran voces pequeñas, graves, agudas, todas lo saludaban, le hablaban, le decían cosas que él ni siquiera entendía, porque todos hablaban al mismo tiempo, eso asustó tanto a Eru que lo único que deseaba era llegar lo más rápido posible a su casa, para esconderse bajo las sábanas y así resguardarse de sí mismo.   Cuando finalmente llegó, vio a su papá embriagándose con jugo de uvas fermentado, estaba sentado en la mesa, y cuando lo vio llegar, Elrond vio a Eru de pies a cabeza, notando que estaba sucio de tierra, y la túnica de seda la había rasgado. De esa manera, Elrond miró atentamente a su pequeño hijo por un instante más, para después lanzarle el vaso de bambú con el cual estaba bebiendo. Eru se cubrió con sus brazos, impidiendo que el vaso le pegara en la cabeza, para después ver como su padre se levanta para acercarse a él, y Eru, sintiendo mucho temor, comenzó a retroceder, esperando lo peor.   −No tienes poderes de la naturaleza, no puedes volar, eres horrendo, podría decir que deforme, mataste a Erwin… ¿Ya puedo decir abiertamente que eres una maldición? Supongo que ahora… nadie me juzgará si te quito esa inservible vida que tienes−Indica Elrond, mientras empuña sus manos, y Eru en esta ocasión, sintió tanto miedo, que pretendió salir huyendo de su casa, pero su padre le sujetó su larga cabellera negra, para impedírselo.   − ¡Papi, por favor! ¡Yo no tengo la culpa! −Exclama el niño, sintiendo como su papá ahora lo arrojaba al suelo, sacando de atrás de su espalda, un arma filosa, al parecer lo estaba esperando para matarlo. Eru al ver aquello, lo mira aterrorizado− ¡Ayuda, por favor! ¡Que alguien me ayude! −Grita el niño, y al instante una horda de pájaros entra por la ventana, picoteando a Elrond.   ¡Déjalo! ¿Cómo te atreves? ¡Malvado! ¡Sáquenle los ojos! ¡No, mejor piquémoslo hasta que no quede nada! ¡Llamen a los osos para que se lo coman!   Escucha Eru mientras esos pájaros tienen rodeado a Elrond, el cual se aparta de su hijo, para después hacer un aleteo en sus alas, y así apartar por la ráfaga de viento a todos esos pájaros, los cuales luego de la mini ventisca que, dejó la casa vuelta un desastre, vuelven a la carga para continuar atacando a Elrond, y luego el niño más sorprendido que nunca, observa como desde la ventana, entraba un leopardo lentamente, viendo atentamente a Elrond.   ¿Entonces finalmente me lo puedo comer? Lo haré con mucho gusto…   Escucha Eru, y en esta ocasión, el niño se levanta gritando:   − ¡Basta! Déjenlo en paz ¡Ya, dejen en paz a mi papá! ¡Fuera! −Piensa Eru sin dejar de llorar, porque se sentía tan asustado, que no podía hablar en ese momento, y justamente, luego de pensar aquello, las aves dejan en paz a Elrond, y el leopardo que se había asomado también se aparta.   Eru al ver que su pensamiento se hizo realidad, se asusta más, pero su miedo por lo desconocido pasa a segundo plano, al ver a su padre, el cual había tirado el cuchillo al suelo, para después mirarlo con su clásico rencor de siempre.   −Primera vez que veo a pájaros atacando a nuestra especie… seguramente tu provocaste eso ¿No es así? −Cuestiona Elrond, agachándose para sujetarle con fuerza una de las pequeñas orejas de Eru.   − ¡Yo no hice nada! ¡Yo no hice nada! −Exclama de inmediato sintiendo mucho miedo, y luego de haber dicho aquello, Elrond observa como su hijo lo miraba con esos ojos de colores diferentes que tenía, su miraba irradiaba temor, temblaba, tenía su rostro enrojecido, y, al verlo así, Elrond lo que hizo fue soltarle la oreja, para después escupir a su propio hijo, siendo ese acto, una de las peores muestras de desagrado y repulsión entre los elementales.   Eru, sabiendo esto, se limpia la saliva de su papá con el reverso de su mano, sintiendo nuevamente ganas de llorar, pero en esta ocasión se contuvo.   −Por supuesto que tú no provocaste nada, eres una inútil maldición después de todo… limpia este desastre, me iré a dormir… y quítate esa túnica, aparte que la arruinaste, no la mereces…−Dice Elrond, yéndose a paso lento hacia su habitación, cerrando la puerta de un solo portazo.   Eru se quedó en el suelo, sintiéndose más triste que lo usual, se suponía que ya debía estar acostumbrado, porque la tristeza, era prácticamente el único sentimiento que conocía, sin embargo, aún no lograba habituarse a ella, es por eso que se levantó con desanimo, viendo que en la ventana había una pequeña mariposa, nunca había visto una mariposa durante el periodo lunar, es por eso que se detuvo por un instante a mirarla, viendo como esta se posó en uno de sus dedos.   −Ellos no te merecen, Eru…−Escucha el niño en pensamientos, una vocecita muy pequeña, y en esta ocasión, Eru se sentía tan cansado, que acercó la mariposa hasta su rostro para verla mejor.   − ¿Me estás hablando, mariposa? −Le pregunta el niño a la mariposa que le responde:   −Si. El cielo me dijo que puedes entenderme… por eso vine a saludarte. Mañana moriré, así que quise venir a verte…−Dice la mariposa, con su vocecita aguda, haciendo que Eru abriera sus ojos a mas no poder.   −Pero el cielo no me quiere… así como mi papá−Susurra Eru, limpiándose rápidamente el rostro con su mano.   −El cielo no te odia. Eres la unión de todo, Eru… estas hadas tontas no saben nada, o quizás si…−Explica la mariposa, y al instante vuela hasta la nariz del niño, el cual, por mirarla, se marea porque estaba muy cerca.   −No entiendo… −Susurra Eru, quitándose con cuidado la mariposa de su nariz, para colocarla entre sus manos−Si realmente puedes oírme, aletea tres veces−Ordena, y al instante la mariposa mueve sus coloridas alas, tres veces−Regresa a mi nariz−Vuelve a ordenar, viendo como la mariposa regresaba a su nariz, y por primera vez, Eru formó una pequeña sonrisa.   −Puedo oírte, y tengo que obedecerte, así me lo dijo el cielo. Todos los animales debemos obedecerte…−Explica la mariposa, a Eru que le pide que regrese a sus manos.   − ¿Este es mi poder? −Pregunta el niño, y en esta ocasión, aparece un pequeño ratoncito colocándose frente a él.   −Hola Eru, estaba por aquí, y te escuché, el cielo me dijo que podías entenderme−Dice el ratoncito, y en esta ocasión, el niño comienza a reírse porque al parecer, todos los animales decían lo mismo cuando lo veían.   −Si… hola ratoncito, unmm ¿puedes saltar? Salta tres veces−Pide Eru, en esta ocasión, observando como el ratoncito saltó tres veces, y él abrió su boca sorprendido volviendo a sonreír, porque ya podía darse cuenta que no estaba loco, realmente tenía un poder, y ya se imaginaba la felicidad que tendría su padre, cuando se lo mostrara en la mañana.   −Mi papá se alegrará, al ver que tengo el poder de hablar con ustedes−Murmura, ahora agachándose para acariciar la cabeza del ratoncito.   − ¡No puedes decirle! −Dice la mariposa y el ratoncito al unísono, haciendo que la sonrisa de Eru se desvaneciera en un santiamén.   − ¿Por qué no? −Cuestiona Eru de inmediato, sintiendo como poco a poco volvía a sentirse triste como siempre.   −Porque la bendición del cielo fue secreta, ningún elemental logró verla, pero la naturaleza sí. Eso significa que el cielo quiere mantener tu habilidad en secreto de todos. El cielo te dirá cuando puedas hacerla pública, solo debes esperar el momento−Explica en esta ocasión la ardillita que vio al principio en el bosque, al parecer esta lo había seguido hasta su casa.   Eru hizo una pequeña mueca de disgusto en su rostro, sin embargo, aunque no le gustó oír eso, aceptó la decisión del cielo, pensando que todo era muy injusto, puesto que, no comprendía porque él, justamente él que era odiado por ser diferente, tenía que guardar en secreto ese poder único que el mismo cielo le había otorgado, pero pese a que se sentía triste por esa decisión, el niño aceptó aquello, porque el cielo y la madre naturaleza lo controlaban todo, y él como todos los de su r**a, debían serviles y obedecerles sin chistar.   −Está bien, guardaré el secreto. Esperaré cuando el cielo me diga que hacer−Acepta Eru, con una mínima sonrisa, tratando de verle el lado positivo a su situación, es por eso que, repentinamente, se sintió algo importante, porque guardaba un secreto con el mismo cielo, eso significaba que, a pesar de todo, él no era un inútil, y quizás, posiblemente, era alguien especial, y por tan solo imaginárselo, su pequeña sonrisa, se ensanchó más−El cielo y yo guardamos un secreto…−Repite en susurros, esta vez cubriendo su rostro con sus pequeñas manos, porque se sentía extraño sonreír tanto, ya que, nunca lo hacía.   4 solsticios de invierno después   −Si quieres comer, ve a comprar pan a la aldea. En la mesa están las piedras preciosas para que pagues. A mí, me compras 4 pescados y leche de cabra. Me voy… regresó al crepúsculo del atardecer−Dice Elrond, saliendo del lugar, viendo de reojos, como su hijo Eru lo observaba con una expresión de temor. Él sabía la razón de su miedo, sin embargo, no le importaba, es por eso que, ya en los aires, se detuvo para decirle unas cuantas palabras más.   −No me interesa como te tratan en la aldea, aprende a vivir con el rechazo de todos, te lo mereces por lo inservible que eres. Fueras pasable si por lo menos hubieses nacido con la belleza de tu madre, o con mi fuerza, pero con cada solsticio de invierno, te haces más débil y horrendo a la vista…−Dice Elrond, finalmente volando lejos de allí, mientras Eru, quien estaba en el área de aterrizaje de su casa, al escuchar esas palabras, lo que hizo fue encogerse de hombros.   Eru ya tenía 11 años, era primavera, y durante todos esos años, ya podía comprender casi a la perfección su poder, el cual no solo se resumía en escuchar a los animales, ya que eso era solo la punta del iceberg, puesto que, Eru se pudo dar cuenta que tenía el control total de la fauna, podía ordenarles lo que deseara, y estos lo hacían, sumando que  meses después de haber sido bendecido por el cielo, se dio cuenta que podía regenerar cualquier cosa que tuviera vida, ya fuera una planta, o un animal, es decir, si veía una planta seca, él la tocaba y esta volvía a estar verde, e incluso más frondosa que antes, y si un animal estaba herido o enfermo, él con tocarle podía regresarlo a la normalidad. Sin embargo, su poder no funcionaba con él, porque cuando intentaba curar sus propias heridas, nada ocurría, al parecer su habilidad no era para beneficio propio, si no para la naturaleza.    A diferencia del resto de los elementales, que tenían poder sobre los elementos, Eru parecía tener poder sobre los seres vivos, pero pese a eso, su habilidad aun continuaba siendo un secreto para todos, porque los animales le decían, que todavía el cielo no le había autorizado hacer su poder público, y Eru, sabiendo esto, él simplemente esperaba, pensando cuando ese momento llegaría, porque para su padre, él continuaba siendo un inútil, porque no podía volar, y al no tener ningún poder de los cuatro elementos, a simple vista su existencia en la isla no tenía demasiado sentido, es por ese motivo, que Elrond continuaba descargándose con Eru, golpeándolo cada vez que podía, dándole una vida miserable a su hijo, ya que él también llevaba una vida miserable, siendo igual de rechazado como su hijo.   Elrond, al tener el poder del aire, se encargaba con otros elementales, de mantener los vientos del océano, incluso los desastres naturales de la tierra a raya. En eso consistía su trabajo, el cual lo hacían elementales adultos en equipos de 22, en secciones específicas de la tierra, pero desde que todos supieron de la existencia de Eru, y más que su hijo deforme ni siquiera lo había bendecido el cielo, muchos elementales no deseaban que Elrond estuviera en sus equipos, es por eso que el elemental constantemente cambiaba de equipos, conforme lo iban rechazando, ocasionando que esto ya comenzara a afectarle hasta a sus propios poderes, los cuales poco a poco disminuían, conforme su mal vivir a causa de la desgracia de su hijo lo perseguía.   Eru sabia cuando a su padre lo sacaban de algún equipo, porque cuando llegaba a casa, lo golpeaba hasta cansarse, y aunque los animales siempre querían intervenir, para frenar el sufrimiento del que consideraban su rey, en secreto del propio Eru, el pequeño se los impedía, porque él en el fondo se sentía culpable porque su padre sufría a causa de su propia existencia, pero muy pronto cuando el cielo le permitiera revelar su poder único, su padre dejaría de sufrir, y se sentiría orgulloso de él, solo debía esperar, y soportar un poco más hasta ese momento con el cual Eru soñaba todos los días, y hacían que sus días tristes, tuvieran esperanza.   −No quiero ir a la aldea… pero papá quiere pescado y leche de cabra…−Murmura Eru, diciéndole aquello a un pajarito que estaba frente a su ventana.   −Señorito Eru, no le tenga miedo a los de su especie, cuando el cielo lo levante, puede hacerles pagar a todos los que lo han tratado mal −Dice el pajarito de r**a colibrí, con su voz aguda, mientras que Eru al escucharlo, no comprende demasiado lo que este quiso decirle.   − ¿Cuándo el cielo me levante? ¿Qué significa eso? ¿Cómo voy hacerles pagar? No entiendo…−Admite Eru, encogiéndose de hombros, porque a veces los animales hacían comentarios algo confusos.   −Eh… creo que hablé demasiado. No me haga caso señorito, jijiji ¡Oh, ya debo irme! ¡Suerte en la aldea! −Dice el colibrí, para después irse volando a toda prisa de la ventana.   Eru lo observa irse, y no puede evitar fruncir el ceño con cierta molestia.   −Siempre hacen eso, me dicen cosas raras, y después no me quieren explicar… es muy odioso por parte de todos−Murmura Eru con cierto disgusto que, se desvanece al instante que recuerda, lo molesto que era tener que hablar con otros de su r**a.   De esa forma, Eru suspiró llenándose de valor, y sin más se colocó su gorro de lana, guardándose su largo cabello dentro, para después colocarse una capa que él hizo con una túnica vieja de su padre, así él se cubría casi todo su cuerpo para ir a la aldea, y mientras caminaba por el bosque, todos los animales de los alrededores se acercaban a él, hablándole, y algunos pidiéndole que los sanara de distintas dolencias que podían tener, Eru lo hacía, disfrutando cada momento, sintiendo como todos los animales lo amaban, porque incluso los más salvajes, como leones, osos, lobos, entre otros, se acercaban a él lamiéndolo y haciéndole muestras de cariño que, Eru las apreciaba en gran manera, sin embargo, cuando llegaba a la aldea, en el área de comercio, la historia se convertía en otra.   Eru se encogía de hombros, viendo como todos los elementales comerciantes, lo veían con desprecio y repulsión, incluso algunos escupían el suelo al verle, y eso hacia desear a Eru tener un poder de invisibilidad, para así adentrarse en la aldea sin ser visto, y tener que presenciar ese odio inmensurable que le tenían, solo por ser distinto físicamente y, tener un poder secreto que algún día seria revelado. De esa forma, cuando finalmente llegó a una tienda que quiso atenderlo, el niño de forma triste, por recibir tanto rechazo, se acercó al elemental de la tienda, extendiendo las piedras preciosas que tenía en sus manos, las cuales eran lo que usaban los elementales como moneda oficial.   −Q-Quiero comprar pan… pescado, y leche de cabra, por favor−Susurra Eru de forma tímida, mientras el elemental, con mala gana, mira al niño con desprecio.   Por otro lado, varios elementales de su edad, que caminaban por ahí, ven a Eru en una tienda de pan, era fácil reconocerlo, porque este vestía ropa de lana, y además usaba una fea capa vieja, es por eso que todos comenzaron a reírse, murmurando entre ellos.   − ¿Ese no es el elemental deforme? Míralo, que feo… intenta usar esa terrible capa para cubrirse, es tan deprimente−Murmura uno de ellos, cogiendo de suelo una pequeña piedra para lanzársela a Eru− ¡Hey monstruo enano! −Grita, haciendo que Eru se volteara para ver, y cuando lo hace, al instante el chico le lanza la piedra.   − ¡Ahh! −Exclama Eru, cubriéndose, porque una de esas piedras estaba a punto de caerle en la cabeza.   Así todos los niños elementales, a excepción de uno, comienzan a lanzarle piedritas a Eru, hasta que el panadero decide detenerlos, no necesariamente para salvar al pequeño elemental, el cual ahora estaba herido, él quiso detener a los pequeños principalmente porque podían romperle algo en su tienda. − ¡Ya ustedes dejen de molestar, largo de aquí! −Grita el panadero, viendo como todos comenzaron a correr para irse de allí, mientras se reían burlándose por lo que habían hecho.   Cuando finalmente los dejaron solos, el panadero vio con horror como la frente del niño brotaba sangre roja, los elementales tenían la sangre azul, es por eso que al ver eso, sintió asco y más repulsión que antes, ya que ese elemental era más extraño de lo que imaginó.   −Deja la paga sobre el mostrador, coge lo que necesitas, y lárgate lo más rápido que puedas, no quiero que arruines mi negocio. Lo más seguro es que estés maldito, si el cielo no te bendijo, y con esa apariencia tan desagradable que tienes, es lo más lógico−Dice el hombre, cogiendo las piedras preciosas con desagrado.   Eru al escuchar eso, alzó su mirada para ver a ese elemental de cabello y ojos rojos, porque quería decirle que él no estaba maldito, sin embargo, cuando ambos se quedaron mirando, el elemental adulto hizo un gesto de asco en su rostro.   −Tus ojos… son tan horribles… y además esa sangre roja es asquerosa ¿Qué esperas? ¡Apresúrate para que te vayas de una vez! Le das mal aspecto a mi tienda−Exclama el elemental a viva voz, estremeciendo a Eru, quien con la mayor rapidez que pudo, cogió una botella con leche, los pescados, y un pan grande.   −Lo siento…−Se disculpa el niño antes de salir, recordando que sus ojos disparejos, siempre les causaba terror a los elementales, es por eso que él prefería siempre tener la vista en el suelo, no obstante, por un instante lo olvidó, además él sabía que el color de su sangre era extraño y ahora que ese elemental adulto la vio, quizás ya no le iba a dejar regresar nunca más a su tienda.   En la aldea todos continuaban rechazándolo, cada vez que salía a lugares concurridos, habían elementales que hasta incluso le lanzaban piedras cuando lo veían pasar, es por eso que Eru preferiría permanecer en casa, o en el bosque con los animales, los cuales eran los únicos que lo trataban como si realmente él fuera alguien especial, es por eso que, gracias a los animales, y a la promesa del cielo, Eru no caía en la desesperación y tristeza total, porque si no tuviera nada de eso, su vida sería un completo infierno.  
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