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2643 Palabras
“No, no te preocupes. Es algo entre chicas. Cualquier cosa, me llamas mamá si necesitas un chofer. Yo no te cobro," murmuró él, divertido. Me acerqué a él y, para nuestra sorpresa y la mía, lo abracé. No sé por qué lo hice, pero quise hacerlo. “Gracias," murmuré con una sonrisa, mientras él se quedó perplejo y sin reaccionar. “De nada," murmuró él, un poco avergonzado. Ya aceleró mientras caminaba en dirección a la casa. Con más suspiré, totalmente enamorada, como dando una vuelta alrededor de mí misma y suspirando. En cuanto ingresé por la puerta, pude ver a mis dos amigas abrazando a Isabel. “¿Qué ha pasado?" pregunto confundida, acercándome. “Él ha pasado," murmuró Isabella llorando y cubriéndose el rostro. “¿Qué pasó?" susurré en dirección a Olivia, quien se encogió de hombros. “No lo sé," murmuró. “Él, él estaba comprometido con alguien," comentó, y las cuatro nos miramos. “¿Cómo que está comprometido con alguien?" pregunté acercándome a ella. “Es lo que me dijo. Ahora me siento tan tonta. No puedo creer que haya creído sus palabras. Él fue capaz de hacerme sentir mal, como al principio hace un año atrás, y ahora vuelve a hacer lo mismo." “Pero ¿cómo sabes que está comprometido con alguien más?" preguntó Clara. “Fui a visitarlo a su casa para darle una sorpresa con un desayuno sorpresa. Cuando abrí la puerta, la empleada me preguntó quién era. Yo le dije que era la novia, y ella me dijo que no, que él ya está comprometido desde hace tiempo con otra mujer." “Ay no, ¿y por qué no lo compruebas? Quizás la empleada..." “No lo sé, soy una tonta," comentó una y otra vez Isabella, llorando, como yo dije. “Prepararé café," comenté mientras me ponía de pie y encendía la cafetera. Suspiré. Esto sería una larga y larga noche. Dos horas después, Isabela se había quedado dormida. Habíamos sugerido que hablara con Adán para saber si eso era verdad o mentira, pero ella había negado rotundamente hablar con él. "Eso fueron sus palabras," pensé. Mis amigas me miraron con pena, sabiendo que yo también me sentía mal por ella. Nos habíamos vuelto muy amigas y verla sufrir era como sufrir todas nosotras. La llevamos a cuestas, ya que no teníamos fuerza entre las tres para llevarla a su cama, y la dejamos ahí. Cada una se fue a dormir, aunque dejamos las puertas abiertas por si nuestro amigo necesitaba algo. Al día siguiente, en cuanto me levanté, Olivia y Clara ya habían llevado el desayuno a Isabela, quien agradeció enormemente. "Ahí estaban las mejores amigas que podía pedir," suspiré. Yo no era de las amigas cariñosas, así que eso no era muy recurrente en mis acciones. Opté por prepararles un café a cada una, y ya había un trozo de tarta de limón que había quedado del día anterior. Comí un pequeño trozo para satisfacer mi gusto y nada más. Después comí un poco de ensalada con semillas y lentejas, y ya estaba lista. Me miré en el espejo, asegurándome de que mi vientre no sobresaliera. Tenía mucha facilidad para inflamarme, y desde que las conocí había controlado muy bien mi enfermedad. Pero cada vez que me bajoneaba o me pasaba algo malo, volvía. No me gustaba estar controlándome constantemente, pero mis amigas lo sabían y siempre habían estado a mi lado apoyándome. Siempre me brindaron su apoyo mientras las cuatro caminábamos en dirección al vehículo de Isabela. De vez en cuando nos turnábamos. Yo también tenía un auto, pero no sabía manejar, así que alguna de las chicas siempre lo conducía. En cuanto llegamos, Isabela se mantuvo firme y se retocó el maquillaje para que no se notara que había estado llorando. Se veía bonita, elegante y con la frente en alto. Ni siquiera parecía que hubiera estado llorando. Atravesamos la empresa y encontramos a Adán esperándola, lo cual era más que obvio. “¿Por qué no respondiste mis llamadas?" preguntó, y las tres nos miramos curiosas. “Tú sabrás por qué," contestó Isabela, y luego lo ignoró al darle la espalda. “No, no lo sé. Si no me lo dices, no lo sabré," respondió Adán. “No seas tan caradura, estás comprometido," comentó Isabela, y las tres nos quedamos expectantes por si pasaba algo. “¿Yo comprometido?" preguntó confundido Adán. “Sí lo estás, y encima lo niegas," replicó molesta Isabella. Estábamos en el área de telas, y los trabajadores observaban con curiosidad la escena. “Es verdad," murmuró Adán. Yo miré a Olivia y Clara con sorpresa. “Ves que lo sabías," comentó Isabela mientras se acercaba a él y le daba un golpe en el pecho. “Pero no es como tú lo piensas," dijo Adán. “Y cómo sería, a ver, explícame," pidió Isabela. “Yo me comprometí con una mujer que mis padres eligieron para mí. Fue poco después de nuestra ruptura y ella tuvo un accidente, quedando en estado paralítico," explicó. “¿Qué?" preguntó sorprendida Isabela. Nosotros nos miramos confundidos. “Entonces sí estoy comprometido, pero..." “¿Y cómo fuiste capaz de no decírmelo?" “Porque no había forma de hacerlo. No puedo dejarla así, es decir, ella está en esa situación," explicó Adán. “Entonces, ¿me estás queriendo decir que todo esto era mentira?" comentó Isabela y se fue corriendo. “No, esa vela no fue mentira," aseguró Adán y la siguió. “Qué terrible," comenté, sorprendida. “Yo había escuchado algo así en las noticias," dijo Clara un poco apenada. “¿Por qué no nos lo dijiste?" preguntó Olivia molesta. “Pues, no sabía si era verdad o no. No lo sé. Además, Isabela sería tan feliz que no quería decirle que estaba comprometido. Pues no lo sé." “No hay que echarle la culpa a nadie," comenté, y las tres suspiramos. Después nos separamos porque teníamos que trabajar. Para Isabella, sentirse así con más frecuencia había sido costumbre durante muchos años; sin embargo, el amargo sabor había desaparecido con el tiempo. Ahora se encontraba de nuevo cara a cara con el dolor. Había llorado hasta quedarse dormida, despertado con el desayuno preparado por sus amigas, quienes estaban preocupadas por su salud, y había vuelto a quedarse dormida. Nada tenía sentido. Había creado una ilusión demasiado perfecta como para que alguien viniera y la rompiera. Nunca había dudado de él, de Adán. Había pensado que su final feliz había llegado, pero se había equivocado. No entendía por qué él le había ocultado eso, cuál era ahora la situación de su prometida. De igual forma, se sentía decepcionada del hombre que amaba. Con un suspiro, decidió salir de las cobijas del sillón para prepararse una taza de café. "Yo te la prepararé, Camila", dijo con una sonrisa enorme mientras se acercaba a su amiga. "¿Por qué estás tan sonriente?", preguntó curiosa Isabella, mirando a su amiga, quien enseguida borró la sonrisa y la observó. "No estoy sonriente", murmuró Camila, e Isabela sonrió después de tres días de no hacerlo. "¿Es por el taxista?", preguntó Isabella. "No”, comentó Camila" mirando hacia otro lado e ignorando a su amiga. "¿Qué tiene de malo? ¿Por qué no lo intentas?", preguntó Isabela. "Porque es un tonto", respondió Camila. "¿Cómo se llamaba?", preguntó Isabella. "Genaro Ezequiel", murmuró mientras le entregaba la taza de café y también se servía una. "¿Cómo te sientes hoy?", preguntó Isabela a Camila, curiosa. Olivia y Clara seguían dormidas y hasta se escuchaban roncar desde allí. Se miraron divertidas y sonrieron. "Parece que están cansadas", comentó Isabela, y Camila asintió. “Lo están, o si no quieren espantar a los futuros maridos", bromeó Isabela. “Yo me siento... No lo sé, creo que bien, aunque a veces me siento mal", admitió Camila, pensativa, mientras se dejaba caer en la butaca. “Es normal, uno no siempre puede sentirse bien", comentó Isabela. "¿Tú piensas que en algún momento yo me sentiré mejor?", preguntó Isabella con los ojos tristes, mirando a su amiga como si buscara consuelo. “No lo sé", respondió Camila con sinceridad. "Es un ardor en el pecho que no se va, por más esfuerzo que haga, sabes cómo se queda ahí. Y eso es lo que me mantiene un poco pensativa y triste." “Ahí, de pronto vas a estar bien y vas a volver a sonreír. No te preocupes", consoló Isabela. “No lo sé", continuó Camila. "Solo sé que en este momento ya no sé ni qué pensar. Me muero con pesar", desviando la vista y mirando hacia otro lado. Para ella, ver a su amiga en ese estado le partía el corazón. La miró con un suspiro profundo y la tomó de la mano. "Sabes que eres mi mejor amiga y me duele que estés así", murmuró con pesar. “Estúpido es él", respondió Camila entre risas y lágrimas. "No sé cómo iba a estar bien, soy tonta, con esa promesa", agregó mientras se separaban después de tomar la taza de café, cada una yendo por su camino. Camila se encontraría con el chofer que la llevaría al trabajo, mientras que Isabela prefería caminar para despejar sus ideas. Clara y Olivia se despertaron un poco más tarde, tomando un café mientras se ponían la ropa y se apresuraban. Montaron en el vehículo de Clara y así las cuatro amigas empezaron su día, cada una con la mente distraída en sus propias preocupaciones. Isabela llegó a la empresa con una sonrisa, disimulando lo que realmente sentía, mientras comenzaba a sumergirse en sus tareas. Adán estaba ansioso, esperando a Isabella. Quería explicarle una vez más cómo quería hacerle entender que no lo había hecho con maldad. Pero en cuanto ella lo vio, giró la cabeza, fingiendo que estaba a punto de hacer algo más importante. Aprovechando su posición de jefe, Adán se acercó y le saludó: "Buenos días". Isabella, a regañadientes, tuvo que mirarlo y responder: "Jefe, buen día", pasando por su lado como si no significara nada para ella. Aunque para Adán, juntar eso le dolió. Puso un semblante triste y la siguió. "¿Podemos hablar?" preguntó Adán cuando finalmente se encontraron en el área de maquillaje. Isabella, ya resignada, dijo: "Te dije que ya no tengo nada que hablar contigo", comentó mientras ingresaban al área. Él cerró las cortinas enormes y le dijo: "Hablemos, Isabela". Ella puso los ojos en blanco y dejó caer su trasero en el asiento próximo con Adán. Tomó un respiro antes de hablar. Estaba cruzado de brazos mientras que Isabella lo miraba interrogante con una ceja levantada. "¿Qué quieres que hablemos? Tienes una prometida que tuvo un accidente. Encima, vienes y me pides matrimonio a mí." "Lo sé, sé que suena horrible, pero..." comenzó Adán, pero Isabela lo interrumpió con firmeza: "Pero nada. ¿Cómo pudiste? ¿Acaso a mí me harías lo mismo?" "Como a ti, nunca", respondió Adán con dolor. "No te dije nada porque…” “Adán, esa mujer ni siquiera tiene la posibilidad de decidir”. “Deberías estar con ella, cuidándola, no intentando arreglar las cosas conmigo", añadió Isabela, molesta, poniéndose de pie y desapareciendo mientras quitaba de un manotazo la cortina. Adán se quedó allí, en ese momento, y se dio cuenta de que quizás, ella tenía razón de verdad. "Deseo ser fuerte", siguió caminando, aunque no siguiendo los pasos de Isabela, quien aparentemente no quería tenerlo cerca. Se dirigió al centro deportivo y luego a la clínica. Hacía mucho tiempo que no veía a su prometida y sabía que era el momento de hacerlo. Al llegar, subió las mismas escaleras de siempre, al primer piso, dobló a la izquierda e ingresó por un estrecho pasillo. Cuando la vio, ella estaba en una camilla, acostada con los ojos cerrados. Suspiró, hacía bastante que no la veía. Aunque él pagaba todos los gastos, ya que ella no tenía familia aparte de su hermana, quien trabajaba todo el día para poder solventar algo, pero era imposible. Adán le había dicho que lo mejor era que ella lo cuide mientras él trabaja y paga todo. Sofía se encontraba unos metros de distancia, cuidando a su hermana. En cuanto vio a Adán, se puso de pie sorprendida y comentó: "Esperaba verte." Adán bajó la cabeza y respondió: "No debí haber venido antes." "No es nada", respondió ella y los dejó solos. Sofía le dijo a Lucía: "Se encuentra descansando. Ahí estuvo despierta", murmuró con una sonrisa y ambas sonrieron. En cuanto Adán quedó solo con Lucía, comenzó a hablarle. Empezó a narrarle todas las cosas que tenía en mente y luego le dijo: "Lo lamento, Lucía, por no haber venido antes. Te dije que estaba ocupado, mentiría si dijera lo contrario. Volví a mi vida, a aquella mujer que me había roto el corazón, o mejor dicho, a quien yo se lo había roto. Estamos comprometidos, pero no puedo casarme contigo ni aunque quisiera en realidad. Quiero casarme con ella porque la quiero. Lo lamento." Le iba a decir esas palabras cuando él se dio la vuelta para irse, pero algo lo detuvo. Una mano se entrelazó con la suya, haciendo que diera un respingo. "¡Maldita sea!", exclamó asustadísimo, y le dio un manotazo a la mano que lo había sostenido. Por primera vez en seis largos meses, Lucía Álvarez abrió los ojos conscientemente. Adán se quedó perplejo al verla, después de que había tenido tres paros cardíacos y su cerebro había sido gravemente dañado. No le habían dado la posibilidad de volver, y al parecer, se habían equivocado. "Lucía, ¿estás despierta?", preguntó confundido Adán. "¿Eres tú?", preguntó ella dudosa, y él no pudo evitar sentirse feliz. "Busca a un enfermero", comentó Adán, preocupado, y comenzó a correr. "¡Enfermero!", exclamó, y todos se acercaron a la joven. Adán salió afuera a buscar a Sofía y le contó. "Sofía, se despertó", dijo. "¿Sí?", respondió ella emocionada. "Seguramente se equivocaron", agregó, y fue corriendo al interior para poder comprobar que su hermana realmente estaba despierta. En cuanto la vio, no pudo evitar las lágrimas y la saludó con un abrazo profundo, ahogado en sus emociones. Sofía tomó las manos de su hermanita, mirándola como si fuera la primera vez. Antes, Lucía había abierto los ojos, pero no miraba nada en particular, solo pestañeaba o bostezaba. Ahora, estaba sonriendo. "¿Eres tú, cariño?", preguntó Sofía con los ojos llenos de lágrimas, y Lucía estiró la mano. "Sofía", susurró, y su hermana lloró de emoción, abrazándola con cuidado mientras los enfermeros la revisaban. Pronto, llegó un médico para evaluar la situación. La sentaron con ayuda de la camilla, incluso logró sonreír y mover los brazos con bastante dificultad, pero podía hacerlo. Aunque las piernas no las sentía. "¿Puedo hablar con Adán un ratito?", le preguntó con dificultad a Sofía, quien asintió eufórica, estaba demasiado feliz. "Cuídala", comentó hacia Adán mientras salía de nuevo por el pasillo. Justo cuando había terminado de hablar con ella, Lucía despertó. Él la miró con un poco de culpa, acercándose poco a poco, pellizcando sus propias manos para disimular los nervios que le provocaba la cercanía. Por otro lado, Lucía lo miró con un intenso amor, enredó sus manos con las de él y le dijo: "Te quiero", murmuró, sintiéndose sumamente culpable. Él se acercó y la abrazó. "Ahora podremos casarnos", comentó Lucía con ilusión, ya que no recordaba aquellas palabras de Adán. Él asintió, muy convencido. No era el momento ni el lugar para terminar su compromiso. Lucía, con una sonrisa enorme, abrazó a su prometido, pensando que todo estaría bien y que aquello había sido un largo sueño.
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