Presentación

2567 Palabras
* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * Amélie * * * * * * * * * * * * «Pero qué pequeño es el mundo o, en este caso, la ciudad», digo en silencio al caminar hacia quien era mi nueva jefa. Quien, por cosas del destino… «Qué gracioso suena eso», preciso en mi mente. «Destino», añado; y sonrío irónica. Luego, continúo observando a la mujer, quien, “por cosas del destino”, estaba acompañada por el antipático, descortés, poco sutil… «Pero atractivo hombre de la cafetería», completo en mi mente. Llego hasta ellos y me detengo justo frente a la mujer, la cual me sonríe amablemente; y yo le correspondo. —Amélie —me habla Eleonor (mi nueva jefa)—, te presento a Alexandre Baker —menciona al envolver uno de los brazos del tipo con los suyos—, tu nuevo compañero de trabajo —aclara bastante, pero bastante sonriente al girarse a ver al hombre. Ante su presentación, pensaba hablar y hacer lo mismo conmigo, pero el tipo toma la palabra antes de que yo lo hiciera. —Puedo notar que lo estás disfrutando, Eleonor —comenta él al mantener su mirada fija en un ángulo, el cual no se dirigía ni a mí ni a la mujer que le hablaba. —Siiiii… —contesta ella muy emocionada y al sonreír mucho más— no sabes cuánto —añade como si acabase de saborear un buen postre y, repentinamente, puedo ver como el hombre sonríe. «Vaya; así que sí puede estar contento», preciso en silencio. —¿Cómo dice que se llama? —cuestiona el hombre de forma repentina y al dirigir su mirada hacia el frente. —Amélie —le respondo de inmediato (como toda una profesional) e, instintivamente, le extiendo la mano (un acto de estupidez del cual me doy cuenta en instantes). —¡Carajo, Carajo, carajo! —me reclamo al tiempo en el que me apresuro a retirar mi mano. —¿Qué pasó? —pregunta el tal Alexandre al fruncir el ceño. —Nada; no pasó nada —le responde su amiga un tanto preocupada. —¿Me estás ocultando algo, Eleonor? —interroga él al entrecerrar sus ojos. —No te estoy ocultando nada, Alex —refuta la mujer. —¿Qué pasó, Eleonor? —pregunta muy serio. —Ya dije que nada, Alex —señala la mujer. —¿Quieres que deduzca yo, Eleonor? —le pregunta retador; y la mujer solo se limita a rodar los ojos para después responder. —Y que presumas tus habilidades para la deducción; no gracias —contesta rendida. —Dime… —No pasó nada, Alex —repite otra vez—. Ella te extendió la mano —le informa—, ¡pero es tu culpa!… —le reclama. —¿Ella… me extendió la mano? —cuestiona el hombre al sonreír sarcástico. —Sí, pero es tu culpa por no usar tu bastón. —¿Qué? ¿Quieres que ande presumiendo a todo el mundo que soy ciego? —cuestiona mordaz. —Pues no me parecería extraño —comenta la mujer—. Sería lo único que te faltaría presumir —añade muy relajada; y este, sorpresivamente, le sonríe. «Que tipo para más extraño», señalo en mi mente. —Así que la señorita Amélie… —menciona al regresar su mirada hacia el frente a la vez que parece estar tratando de recordar algo— ¿Cuál dijo que era su apellido? —cuestiona finalmente. —Ah… yo, primero, quería disculparme por… —Apellido —me interrumpe él de forma demandante—. Lo que haya dicho usted no me importa. Solo quiero saber su apellido —aclara y, ante ello, iba a responderle lo que quería, pero antes tenía que disculparme sí o sí. —Yo lo lamento, no quise… —¿Acaso no escuchó mi pregunta, señorita? —Alexandre, ya —interviene (un poco molesta) la mujer que estaba con nosotros. —Claro que la escuché —contesto firme al hombre al hacer referencia a su pregunta. —¿Entonces por qué no responde? —expresa autoritario— ¿O es que sí tiene problemas auditivos, o, lo que es peor aún, pero no tan sorprendente viniendo de usted, déficit cognitivo? —señala. —¡Ya, Alex! —exclama, nuevamente, nuestra jefa al tiempo en que puedo ver cómo nos hemos ganado la atención de nuestros colegas que estaban en el mismo piso. —Creo que tener problemas auditivos o déficit cognitivo no debe prestarse a sus comentarios mordaces e irónicos, señor Baker —refuto muy seria al pasar por alto las miradas curiosas de mis nuevos compañeros y compañeras de trabajo; y de mi jefa. —¿Mordaces e irónicos? —responde él con una pregunta al sonreír— ¿Sabe lo que es irónico, señorita… como se llame? —cuestiona al dar un paso hacia mí. —Amélie Du… —Lo irónico es que una persona le extienda la mano a un ciego para saludarla y esperar que este le responda sin que haya alguien que le indique que debe hacerlo porque, simplemente, no ve —menciona—. Eso es ironía —aclara autosuficiente—. No que le pregunte si tiene problemas auditivos o déficit cognitivo que, si los tuviera, no sería problema para mí —sentencia tajante—. Yo solo hice una simple pregunta —añade con inocencia —Ambos sabemos que no solo fue una simple pregunta —contradigo—. Su tono irónico estaba más que presente —le digo; y puedo ver cómo este sonríe. —¿Verdaderamente, quiere seguir discutiendo, señorita? —cuestiona retador y amenazante. —Dupont —respondo firme—. Amélie Dupont —recalco—. No señorita —ordeno—. Cuando usted quiera referirse a mí, puede llamarme Amélie o Amélie Dupont, como usted desee —le digo—, pero no señorita. Yo tengo un nombre —aclaro seria; y él solo sonríe burlón. —Amélie Dupont —repite él en un susurro—. La impertinente y… entrometida, Amélie Dupont —menciona, de repente, con una gran sonrisa en el rostro. —¡Alexandre! —le reclama su jefa; y este solo sigue sonriendo. —Pensé que estabas contenta, Eleonor —precisa él, de forma irónica, al arquear una de sus cejas—. ¿Tan rápido se te pasó el buen humor? —Ya deja de molestarla —le ordena… Y, en ese momento, me detengo a observar al hombre con el que estaba teniendo una discusión (pasando por alto, un momento, su comentario sobre “la impertinente y entrometida, Amélie Dupont”) «Ni siquiera tiene tanta creatividad para los sobrenombres», pienso; y después, vuelvo a lo que estaba haciendo: observarlo. «Debe tener 30», deduzco en mi mente mientras lo miro discutir con su jefa. «Abrigo clásico que nunca pasará de moda y que, además, le queda bastante bien por su físico.» «Postura erguida que se apega demasiado a lo altanero y soberbio que, muy posiblemente, puede llegar a ser» «Tono de voz adusto y seductor» «Y, por los pocos comentarios que ha hecho, puedo creer que es bastante sarcástico e irónico. Toda una joyita para su jefa… quien parece estar cansada de él, pero no lo ha despedido, lo cual me da a entender que es muy bueno en lo que hace (lo cual se confirma con sus artículos en el London); sin embargo, la más importante razón por la que el tipo sigue trabajando aquí es porque ella… lo quiere (lo puedo notar) y, al parecer, bastante», sentencio «Entonces, no debe ser mala persona», concluyo en silencio. «Solo ha de ser una coraza; una coraza bastante tenaz», preciso. Pero, como todo en la vida, siempre hay alguna fuerza suficiente o mayor que nos ayude a romper cualquier objeto o… caparazón de alguna persona. «Además, parece ser sincero» «Me gusta», añado de pronto. «Creo que trabajar aquí será divertido», pienso e, instintivamente, sonrío. —¿Amélie? —me sobresalta escuchar la voz de mi nueva jefa. —Entonces son problemas auditivos —indica el hombre. —Tú cállate —le ordena la mujer; y él solo se dedica a observar hacia cualquier lado y seguir sonriendo victorioso—. Por favor, disculpa a Alexandre… —¿Pidiendo disculpas por mí? —cuestiona él. —Sí —responde molesta la mujer que estaba a su costado. —Pues no las tome en cuenta, señorita Dupont —me dice—. Yo no pienso disculparme con usted. No creo haber sido ofensivo, ¿o me equivoco? —me pregunta. —Alex —le advierte la mujer. —Es cierto —acepto repentinamente y, con ello, me gano la atención de la mujer—. No fue ofensivo…, pero sí descortés —le señalo muy seria; y el hombre parece estar prestándome atención—. Sin embargo, no lo voy a obligar a disculparse —preciso al acortar la distancia hacia él—. Usted mismo lo hará —determino muy segura; y veo cómo este deja de sonreír. —No soy un cretino, señorita Dupont —responde él al estar serio—. Sé disculparme y, si dice que fui descortés, entonces ahora me disculpo con usted por la descortesía —expresa con formalidad. —No le creo —digo tajante. —¿Ah no? —No; usted no lo siente realmente —indico con mucha seguridad. —Como usted quiera. Tampoco pretendo demostrárselo —menciona categórico. —Y yo no esperaba que lo hiciera —respondo con el mismo tono. —Pues no es lo que… —¡Ya, basta! —escuchamos un grito muy fuerte al tiempo en que mi nueva superiora (Eleonor) se pone entre el tal Alexandre y yo—. Retrocede —le ordena (muy molesta) al tipo a la vez que coloca una mano en su pecho para alejarlo—. Y tú también —me indica seria e igual de fastidiada—. Son compañeros de trabajo —nos recuerda—. ¡Y serán equipo por los siguientes 3 meses! —Pensé que era uno… —comento. —¡Tres! ¡Ahora son tres! —señala furiosa —A mí no me importa cuántos sean… —¡Y yo no te he preguntado! —le responde al hombre— Solo les digo una cosa; así como los contraté, puedo despedirlos —advierte—. Así que dejen de comportarse como unos niños —añade muy molesta—. No quiero quejas —menciona al mirar a Alexandre—; no quiero reclamos —ahora se dirige a mí— ¡y no quiero escándalos! —exclama exaltada al dirigirse a ambos— ¡Y esto va para todos! —advierte a los demás, quienes la miran aterrados—. Y ahora ustedes —vuelve a concentrarse en nosotros—; pónganse a trabajar para sus artículos que solo tienen 5 días para terminarlo —nos ordena; y, al ver tan molesta a la mujer que me había dado la oportunidad de comenzar, otra vez, no me puedo sentir más que apenada y avergonzada. —Yo… lo siento mucho —le digo sinceramente al mirarla. —No lo sientas tanto —señala seria—. Puedo despedirte en cualquier momento —advierte. —Lo sé… —susurro—, pero, sinceramente, lo lamento —repito; y ella relaja un poco su gesto. —Lo pasaré por alto esta vez porque sé lo irritante que puede llegar a ser Alexandre —puntualiza al mirarlo y este solo sonríe—, pero sea más inteligente que él —me pide—. Yo sé que lo es. —Te estás refiriendo a mí como un niño, Eleonor. —Es lo que eres, Alexandre. —¿Es lo que piensas? —Sí. —Bueno… —suspira—entonces será mejor que yo me retire; tengo mucho trabajo —comunica. —Al fin dices algo inteligente —menciona la mujer—. Lleva a Amélie contigo; la cambiaré de oficina —informa—. Ahora quiero que trabaje en la que está al lado tuyo —señala. —Como quieras; no pienso oponerme —responde; y no entendía de dónde nació tanta condescendencia … tan… de repente. —Bien… ya nos estamos entendiendo —opina la mujer un poco más tranquila—. Entonces lleva a tu compañera a su nueva oficina. —Llevaré a la señorita Dupont a la nueva oficina —accede él—, pero no la tendré como mi compañera —agrega. —Alexandre… —Eleonor —la nombra muy serio—, trabajo muy bien solo; mis artículos semanales son bien aceptados; los artículos mensuales son los más leídos; las reseñas que dejan de mis escritos son las mejores que de cualquier otro periodista en un diario o revista en este país e, incluso, de otros también —enumera—. Tampoco me acerco a ti para no molestarte con mi sarcasmo y mal humor; le genero rentabilidades a esta empresa y todo lo he hecho solo, Eleonor; sin compañeros —le aclara—. No es por desmerecer su trabajo, señorita Dupont —indica; y es la primera vez, en toda la conversación, que se dirige a mí con respeto y sin ningún ápice de burla y descortesía—. De hecho, he oído de usted —señala firme—, pero lo que no entiendo en por qué tú, Eleonor, me asignarías un compañero o, en este caso, una compañera, aún con todas las razones que te he numerado —expresa con mucha franqueza. Luego de sus palabras, dirijo mi mirada hacia la mujer aludida, quien mantiene la mirada fija en su compañero y sin decir nada por varios largos segundos. —Trabajarás con Amélie Dupont —le indica— y si antes no tenías compañeros, ahora sí —reafirma—. Quiero a los mejores trabajando con los mejores; y ustedes lo son —nos dice—. No hay otra razón —reafirma—; así que no trates de encontrar un cuarto lado al triángulo porque no lo hay —dice firme—. Ahora trabajen; ya perdí mucho tiempo con ustedes —nos señala; y se va. —Sígueme —es lo único que me dice el tal Alexandre; y empieza a caminar. «Sorprendentemente, sin ayuda de su bastón» —¿Te quedarás ahí? —cuestiona repentinamente— Camina —ordena; y aquel sigue avanzando. «Por lo que veo, esto no será nada fácil», determino en silencio al caminar detrás de él y, en el camino, tomo rápidamente mis cosas (las cuales estaban sobre el escritorio del primer cubículo que se me había asignado) y después, continúo caminando detrás de él. * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *
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