El aire fresco de la noche golpeó mi rostro al salir del departamento de Omar, pero no sirvió de mucho para calmar el fuego de mi enojo. Me sentía traicionada, humillada y completamente sola. Ya no quería llorar más. Ni por Omar, ni por mi madre, ni por nadie.
El simple pensamiento de volver a mi casa, donde seguramente mamá me recibiría con un sermón y papá con su indiferencia habitual, me revolvió el estómago. No, no podía lidiar con eso ahora.
Mis pasos me llevaron, casi automáticamente, a un bar cercano. No era un lugar lujoso, pero tampoco era uno de esos antros en los que te daba miedo entrar. Me dirigí al mostrador y me senté en uno de los taburetes.
—Un whisky, por favor —le pedí al barman, quien me miró con una sonrisa que no me gustó nada.
—Claro que sí, preciosa. ¿Un mal día? —preguntó mientras llenaba el vaso.
—Algo así —respondí con sequedad, dejando claro que no tenía ganas de hablar.
Tomé el vaso y di un trago largo, sintiendo el calor del alcohol quemar mi garganta. Era exactamente lo que necesitaba.
Sin embargo, el barman no captó la indirecta. Se inclinó un poco más sobre el mostrador, invadiendo mi espacio personal.
—¿Sabes? Una mujer tan guapa como tú no debería estar sola en un lugar como este.
—Estoy bien sola, gracias —respondí, sin mirarlo.
Él soltó una risa suave, como si mis palabras fueran un desafío y no un rechazo.
—Vamos, no seas así. Seguro que te vendría bien un poco de compañía.
—¿Te vendría bien a ti una queja con tu jefe? —respondí, mirándolo directamente a los ojos, dejando que mi enojo se asomara por primera vez en la noche.
Pareció dudar un segundo, pero luego sonrió de nuevo, esta vez con una mezcla de burla y desafío.
—Tranquila, preciosa. Solo trato de ser amable.
Quería terminar mi bebida e irme, pero la incomodidad crecía con cada segundo que él permanecía cerca. Sentía su mirada recorrerme, y mi paciencia se estaba agotando rápidamente.
—Dije que estoy bien sola —repetí con firmeza, dejando el vaso en la barra y levantándome de mi asiento.
—¿Y adónde vas tan rápido? —preguntó, colocándose frente a mí para bloquear mi camino.
El corazón me dio un vuelco. Ya no era solo molesto; ahora era intimidante.
—Muévete —le dije con la voz firme, aunque por dentro comenzaba a sentir miedo.
—Vamos, no seas tan fría. Solo quiero conocerte un poco mejor.
Antes de que pudiera reaccionar, sentí su mano rozar mi brazo, y mi cuerpo entero se tensó. Esto ya no era un simple coqueteo; esto era acoso.
El golpe resonó con fuerza en mi mano, y el barman me miró sorprendido mientras me abría paso a toda prisa. Mi corazón latía con fuerza mientras cruzaba la puerta del bar y el aire fresco de la noche me envolvía. Pero algo estaba mal. Muy mal.
Un mareo repentino me nubló la vista, y sentí un calor extraño en mi cuerpo, especialmente en mi abdomen bajo. Era una sensación incómoda, como si algo estuviera fuera de mi control. Intenté cruzar la calle, pero mis piernas no respondían bien. Me tambaleé y terminé cayendo al suelo, raspándome las manos al intentar amortiguar la caída.
El sonido de un motor potente me hizo levantar la vista. Una camioneta negra, elegante, de esas que no pasan desapercibidas, se detuvo justo frente a mí. La reconocí al instante, y una maldición se formó en mis labios. Era una de las camionetas de los Stone.
La puerta del vehículo se abrió, y un hombre vestido con un traje impecable bajó apresuradamente. Su figura era imponente, pero sus movimientos eran ágiles.
—¿Está bien, señorita? —preguntó con tono profesional mientras se acercaba.
Antes de que pudiera responder, escuché una voz desde el interior de la camioneta.
—¿Qué pasa, John?
El chófer se giró ligeramente y respondió:
—Es la señorita Cazares, joven.
Sentí que mi corazón se hundía. Apenas lograba mantenerme en pie cuando el hombre de traje me ayudó con cuidado. Intenté alejarme, buscar mi auto, pero mi visión seguía borrosa, y no veía nada claro.
—Estoy bien... yo puedo... —balbuceé, pero mi cuerpo no me obedecía.
De pronto, unos brazos fuertes y seguros me levantaron del suelo con facilidad. No necesitaba mirar para saber quién era. Uno de los hermanos mayores de Omar. Su perfume, su presencia... todo en él era inconfundible.
—Llévala a la mansión Cazares —ordenó mientras me acomodaba en el asiento trasero de la camioneta. Su voz era firme, autoritaria, y no dejaba lugar a discusión.
—Enseguida, joven —respondió el chófer con la misma compostura.
Cerré los ojos, luchando contra la sensación de vértigo que se apoderaba de mí. Podía sentir la mirada del hombre sobre mí, como si estuviera evaluando mi estado. Quería decirle que me dejara en paz, que no necesitaba su ayuda, pero las palabras se quedaban atrapadas en mi garganta.
Él se sentó a mi lado en el asiento trasero, cruzando los brazos y observándome con atención.
El mareo era tal que mi vista estaba completamente borrosa, apenas distinguía los contornos de las cosas. No estaba segura de cuál de los hermanos Stone estaba allí conmigo, pero su presencia era imponente. Intenté incorporarme, sentándome derecha, pero el auto dio un leve salto al pasar sobre un bache. Perdí el equilibrio y, sin querer, caí sobre sus piernas.
—Cuidado —dijo con voz grave, sujetándome por los hombros para evitar que cayera al suelo del vehículo.
Mi corazón latía con fuerza, confundida por su cercanía. Sus ojos, fríos como el hielo, parecían estudiarme con una intensidad que me desarmaba. Sus labios estaban demasiado cerca de los míos, y aunque sabía que debía apartarme, no lo hice.
Sin pensarlo, cerré la distancia entre nosotros y uní mis labios a los suyos. Fueron fríos al principio, como todo en él, pero en cuestión de segundos sentí cómo el beso se transformaba. En lugar de apartarme, él reaccionó de una manera que nunca hubiera imaginado.
Su mano se deslizó hacia mi cabello, sujetándolo con firmeza, y profundizó el beso, invadiendo mi boca con su lengua. Era un beso posesivo, demandante, como si quisiera demostrar que tenía control absoluto incluso en ese momento. No podía pensar con claridad; el mareo, el calor en mi cuerpo, y ahora la intensidad de sus labios me nublaban el juicio.
Intenté apartarme, pero su agarre en mi cabello se mantuvo firme, y su otra mano se posó en mi cintura, inmovilizándome. Había algo salvaje y contradictorio en todo aquello. Quería odiarlo, gritarle que me soltara, pero mi cuerpo traicionaba mi mente.
Finalmente, él se separó, dejando un espacio apenas entre nuestros labios. Su mirada era penetrante, y una ligera sonrisa arrogante curvó la comisura de su boca.
—Eres un desastre, Sandra —murmuró con un tono que mezclaba burla y deseo.