El corazón me latía desbocado mientras trataba de no hacer ruido al moverme por la habitación. El lugar estaba impecable, pero eso solo hacía que todo se sintiera más irreal. La luz del amanecer entraba por las ventanas, iluminando la cama en la que aún yacía el hombre que había estado conmigo esa noche.
Sentí un nudo en el estómago al recordar los fragmentos de la noche anterior. Había besado a ese hombre en la camioneta... ¿pero cómo habíamos llegado aquí? ¿En qué momento crucé esa línea? Me odiaba a mí misma. Omar era el amor de mi vida, y ahora había cometido la peor traición imaginable.
Tomé aire, tratando de calmarme mientras buscaba mi ropa. Mi blusa estaba hecha jirones en el suelo, como un recordatorio de lo caótica que había sido la noche. Mi brasier simplemente no estaba, y mis bragas apenas las encontré bajo la cama. Me puse la falda y un saco que encontré en una silla cercana, demasiado grande para mí, pero suficiente para cubrirme.
Antes de salir, lancé una última mirada al hombre en la cama. Él seguía dormido, con el semblante tranquilo que contrastaba con todo el caos que sentía en mi interior. Quería odiarlo, culparlo de lo sucedido, pero sabía que la responsabilidad era toda mía.
Salí del cuarto a toda prisa, mis pasos resonando en el pasillo del hotel. El ascensor parecía tardar una eternidad en llegar, y cuando finalmente lo hizo, me metí y me apoyé contra la pared, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a brotar. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo había permitido que mi vida se desmoronara de esta manera?
Cuando las puertas se abrieron en el lobby, bajé la cabeza para evitar llamar la atención y me dirigí hacia la salida. El aire fresco de la mañana golpeó mi rostro, pero no fue suficiente para despejar mi mente. Lo único que podía hacer ahora era alejarme de ese lugar, de ese hombre, de todo lo que me hacía sentir como una extraña en mi propia piel.
—Nunca debió pasar... —murmuré para mí misma, mientras me encaminaba hacia la calle. Pero las palabras no borraban la realidad.
Regresé a mi casa con la cabeza a punto de estallar. Apenas crucé la puerta, me encontré con la mirada dura de mi madre. Antes de que pudiera decir algo, su mano se estrelló contra mi mejilla, dejándome atónita y con un ardor que me recorrió toda la cara.
—¿Qué te pasa, mamá? —pregunté con la voz temblorosa, llevándome una mano al rostro.
—Mira cómo vienes. Eres un desastre, Sandra —respondió con desprecio, observándome de arriba abajo como si fuera la peor decepción de su vida—. ¿Dónde pasaste la noche? ¿Con Omar? —insistió, cruzándose de brazos y elevando la barbilla con arrogancia.
Negué con la cabeza lentamente, incapaz de encontrar las palabras. El corazón me latía con fuerza y sentía un nudo en la garganta.
—No, mamá... no fue con Omar —murmuré, bajando la mirada, incapaz de sostener su juicio.
Sus ojos se entrecerraron, y su expresión se tornó aún más severa.
—Entonces, ¿con quién, Sandra? —preguntó con una voz cargada de rabia contenida—. ¿Con quién te revolcaste ahora?
Su ataque fue como una daga en el pecho. Quise responder, gritarle que no sabía, que ni siquiera entendía lo que había pasado, pero las palabras se atoraron en mi garganta.
Cerré los ojos un instante, buscando mantener la calma, pero su risa amarga resonó en el aire, cortándome como una bofetada más.
—¿No es asunto mío? —exclamó, dando un paso hacia mí, como si quisiera aplastarme con su presencia—. ¡Eres mi hija, Sandra! Y por tu culpa, todos nos ven como una vergüenza. Si sigues así, vas a acabar arruinando lo poco que nos queda.
—¡Ya basta, mamá! —grité con desesperación, sintiendo cómo la ira y la humillación hervían dentro de mí. La miré fijamente, las lágrimas quemándome los ojos, pero sin derramarse—. ¿Por qué siempre soy yo la que arruina todo? ¿Por qué nunca puedes ver más allá de tus malditos prejuicios?
Ella retrocedió un paso, sorprendida por mi explosión, pero su semblante no perdió la dureza.
—Porque nunca haces nada bien —respondió con una frialdad que me dejó helada—. Mira cómo vienes, con esa ropa que ni siquiera es tuya. Pareces una cualquiera, Sandra. ¿Qué hombre decente te va a querer así?
Sus palabras fueron la gota que derramó el vaso. Un sollozo escapó de mis labios, pero lo reprimí con fuerza.
—¿Sabes qué, mamá? —dije con voz rota, pero llena de determinación—. No me importa lo que pienses. Estoy harta de intentar ser alguien que nunca va a ser suficiente para ti.
Sin esperar su respuesta, subí corriendo las escaleras hasta mi habitación. Cerré la puerta con fuerza y me dejé caer al suelo, abrazándome las rodillas mientras las lágrimas corrían libremente por mi rostro.
—¿Qué pasó, Sandra? —me preguntó Sofía mientras se acercaba a mí y me envolvía en un abrazo cálido.
Sentí cómo mi corazón se apretaba aún más. El nudo en mi garganta me impedía hablar con claridad, pero su cercanía me daba algo de consuelo.
—Nada... que mamá me odia, pero eso no es novedad —murmuré, apoyando la cabeza en su hombro. Las lágrimas seguían deslizándose por mis mejillas—. No entiendo por qué te prefiere a ti o a Samantha, pero a mí... a mí me odia.
Sofía me apartó suavemente para mirarme a los ojos, su expresión cargada de tristeza.
—No digas eso, Sandra —dijo con voz serena, acariciando mi cabello—. Yo estoy enferma y Samantha estudia medicina. Mamá siente que cumple su sueño a través de ella, pero no te odia.
—Sofía... —susurré, bajando la mirada mientras las lágrimas volvieron a inundar mis ojos—. Me acosté con un hombre... —mi voz se quebró al final, dejando salir un sollozo desgarrador.
—¿Con quién? —preguntó, su tono ahora lleno de preocupación.
Negué con la cabeza, sintiéndome rota por dentro.
—No lo sé... —murmuré, cerrando los ojos con fuerza—. Peleé con Omar, bebí demasiado, y después casi me atropella una camioneta de los Stone. Uno de ellos me llevó a un hotel, y...
Sofía se quedó en silencio un momento, procesando mis palabras. Luego, sus ojos se llenaron de indignación.
—¿Te violó, Sandra? ¿Uno de los hermanos de Omar te violó? —preguntó con un hilo de voz, sus manos temblando mientras me sostenía por los hombros.
—No sé... —susurré, sintiéndome aún más desamparada—. No me acuerdo de nada.
Sofía respiró hondo, tratando de mantenerse firme.
—Tienes que intentar recordar quién fue. —dejó la pregunta en el aire, su voz cargada de incertidumbre.
Negué con la cabeza de nuevo, sintiéndome atrapada en un vacío que parecía no tener fin.
—No lo sé, Sofía. Todo está borroso... —murmuré, llevándome las manos a la cara, mientras las lágrimas continuaban cayendo sin cesar.