Había pasado más de una semana desde aquella terrible noche, y aún no lograba recordar todos los detalles. Era como si mi memoria se burlara de mí, dejándome solo con fragmentos confusos y aterradores. Omar, por su parte, seguía sin responder mis llamadas ni mensajes. Sabía que estaba furioso conmigo, pero su indiferencia solo hacía que me sintiera aún más sola. Ahora me encontraba en el despacho de mi padre, un lugar que siempre me había intimidado. Las paredes cubiertas de estanterías con libros y diplomas, el escritorio de madera oscura impecablemente ordenado... Todo en ese lugar reflejaba la figura autoritaria de mi padre. Él estaba sentado detrás de su escritorio, con su habitual expresión severa, y me había llamado para conversar. —Necesito hablar contigo sobre la empresa, Sandra

