Ella

4157 Palabras
    ¿Era ella?     Escuché su risa nerviosa al regresar con más alcohol para la fiesta. Caminé entre las personas como si estuviese siendo hipnotizado por su voz, como las cobras que bailaban por el sonido del flautista de Hamelin.      Divisé su pequeña figura en la cocina, no era necesario avanzar más para saberlo. Ahora oía su voz con claridad, hablando un poco más fuerte de lo habitual para  hacerse escuchar entre el sonido de la música. Esto parecía una jodida película, nosotros regresando en el tiempo, muchos años atrás, en esta misma casa, con estas mismas personas. Ahí estaba ella otra vez, sonriendo a otro tipo que no era yo.      Sus mejillas estaban sonrojadas y su mirada era toda para él.     Aquella escena podría haberme molestado, porque el otro tipo era mi amigo y ella, una parte de mí que creí perdida para siempre. Poder verla después de tanto tiempo, tenerla tan cerca, estar respirando su mismo aire, parecía algo imposible de imaginar hace dos días y aquí estábamos ambos, rompiendo las probabilidades después de tanto tiempo.     Lucía hermosa, como siempre y como nunca. Su imagen siempre estuvo tatuada en mi mente todos estos años. Ahora mi mente solo hacía algunos ajustes desde la última vez que la vi, uno de estos era su cabello, la que alguna vez fue una rebelde y larga cabellera rubia, ya no estaba. Toda la presencia salvaje e indomable que siempre la envolvió, ya no estaba o al menos no conseguía verla, en su lugar se presentaba una mujer realizada y elegante. No creía que esta Violeta aun corriera descalza por el jardín.     ¿Sería acaso un sueño?        Me encontraba cuestionándolo cuando vi a mi amigo mirar por encima de su hombro y reconocerme. Todo mi trabajo en permanecer en las sombras y disfrutar de su presencia un poco más, se vino abajo. Matt gritó hacia a mi y como si una especie de imán nos moviera nuestras miradas al fin se encontraron, todo lo demás desapareció.     Su mirada esmeralda observándome incrédula, poder ver sus ojos fue como salir de una ensoñación, era real y entonces la sorpresa que no sentí al escuchar su voz, por fin llegó.     Ella estaba ahí.     ¡Mierda! Si, estaba ahí!     La copa que ella sostenía se resbaló impactando contra el suelo, haciéndose añicos. Fueron solo segundos y el temor en su mirada me congeló.     No reaccioné cuando la vi arrodillarse a levantar los pedazos de cristal desperdigados en el suelo, ni cuando Matt se unió a ayudarla; ni mucho menos al verla desaparecer entre las personas escapando de mí, ella estaba huyendo de mí.      Violeta, mi Violeta, huía de mí.     —¿La conoces? —Matt movió mi hombro observando en la dirección en la que ella desapareció unos minutos atrás.     —Es ella.. —fue todo lo que dije.     —¿La chica? —me miró recordando la conversación del aeropuerto.     —Si... Debo irme.     Me tomó mucho más tiempo del que debía. Desde el instante en la que se marchó, debí ir tras ella. Imaginé muchas veces este momento, lo que haría o lo que diría; la realidad era muy diferente y me paralicé. Yo, un ranger, m*****o del ejército de los Estados Unidos, que había estado en situaciones de peligro y riesgo donde nunca me congelé, frente a ella, quedé por completo desarmado.     Cuando salí de la casa, no había rastro de ella.      —¡Mierda! —pateé la calzada maldiciendo.      No sabía en qué dirección se marchó.     —Piensa, Luke —me detuve —El camino más obvio para ir a casa es a mi derecha —Observé la calle desierta frente a mí— y justo por eso sería el que usaría, pensando que tomaría la vía contraria.     Corrí al auto esperanzado, sosteniendo la llave como si en ella se encontrara la salvación de toda la r**a humana o quizás solo de la mía.     Conduje pidiendo en silencio que no me equivocara, que ella hubiese cogido esa dirección, que se dirigiera a casa y no a tomar un vuelo de regreso a Nueva York. Había esperado esta oportunidad durante seis años, no podía dejarla escapar así nada más.     Mientras acortaba la distancia de casa, los recuerdos de aquel lugar comenzaron a asaltarme.     Había mucho de nosotros ahí…     Y quizás no era el único que lo recordaba, porque ella se encontraba ahí. De pie, observando las verjas azules que nos acogieron más de una vez. Hace diecinueve años     Ese día no había visto a Violeta. Olvidé por completo que era el estúpido paseo. Ellos pasaron el día lejos de esta cárcel, en cambio yo debía quedarme aquí, con el resto. No dejaba de mirar el reloj sobre el pizarrón, sólo faltaban tres minutos para que terminara. Me ponía algo gruñón cuando no la veía, es que ella siempre conseguía hacerme reír. Ella era única.     Escuché ruido cuando iba camino al baño. Entre ellas reconocí su voz, la reconocería donde fuese. Se escuchaba algo asustada. Eso hizo que me molestara de inmediato, nadie tenía el derecho a hacerla sentir de esa manera. Sin importar de quien se tratara, se las tendría que arreglar conmigo.     —¿Qué es lo que pasa aquí? —Soné justo como mi madre cuando nos oía a mi hermano y a mí peleando. No fue mi intención, solo fue lo primero que salió por mi boca. Entonces, la vi junto a la pared. La tenían acorralada tres niños mientras cuatro niñas se reían y murmuraban entre ellas.     —Este no es tu problema, fenómeno. —Se giró uno de ellos. Era uno de los matones de su salón. Lo vi molestar a otros niños y tenía muchas ganas de tener una oportunidad como esta. Ahora, al parecer la tendría.     —Lo es si te metes con ella. —Señalé a Violeta que estaba al borde del llanto e imploraba con la mirada que no interviniera. Sí, claro. Como si pudiera arreglárselas ella sola.     —Dije que no es tu problema. Fenómeno. —Se aproximó hasta a mi, queriendo verse más alto de lo que era, cuando la verdad era que yo le sacaba un par de centímetros de ventaja y niños como él no me hacían recular.      —Y yo dije que si lo es. Idiota. —Me paré frente a él retándolo. Solo necesitaba un motivo, un motivo para hacerle morder el polvo. Me enfrenté a muchos como él en mi antiguo instituto, este no era mi primer rodeo y él estaba cometiendo el error de subestimarme.     —Al parecer este quiere recibir una paliza hoy. —Avanzaron los otros dos aproximándose hasta donde yo estaba.     —De hecho, necesitaba un motivo para dar una; tú acabas de darme uno. —No hubo necesidad de contar hasta tres, me abalancé sobre el matón que la molestaba logrando atizarle unos buenos golpes. Uno de ellos retrocedió, creo que no esperaba tener que pelearse con alguien de su tamaño, mientras el otro decidió unirse a la fiesta.      Sentí la adrenalina que experimentaba en en mi antigua escuela cuando defendía a mis amigos, junto a la rabia y el deseo de hacerlos pagar. Así que no me dejé amedrentar yéndome a los golpes con los dos.     Escuché tras de mí a Violeta gritar algo sin poder entender, estaba demasiado ocupado para prestarle atención. No tuve la menor idea de cuánto demoramos. Pudo ser media hora o diez minutos, no lo sé. Lo único de lo que fui consciente, fue de haber sido separados por una de las profesoras, seguido de todos caminando a la dirección, Violeta incluida.      Ya en la oficina de la directora,  no me dejaron hablar con Violeta. Ella tenía el cabello revuelto, varios arañazos en los brazos y uno en el rostro. Le dí una mirada furibunda y ella sólo sonrió encogiéndose de hombros.  No estaba así cuando llegué. Al enfrentar a los matones, estaba bien, asustada pero sana y salva. ¿En qué momento ocurrió todo eso que no me di cuenta?     La directora soltó su sermón, diciendo lo decepcionada que estaba de nosotros, que nuestros padres estarían tristes y decepcionados por nuestros comportamientos. Era lo mismo que le oía decir cada vez que me traían aquí y fueron muchas veces. Al final apareció la mamá de Violeta intercediendo por ambos. Mis padres habían salido de viaje y llegaban al día siguiente, así que ella era la encargada de mí por hoy. Menudo día.     —¿Chicos alguno puede explicarme lo que sucedió? —preguntó una vez estuvimos dentro del auto. Nos observaba por el espejo retrovisor y yo me sentí obligado a tener que contarle la verdad.     —Fue mi culpa —suspiré.     —No. Fue mi culpa —me interrumpió Violeta y yo la miré sorprendido. Era la primera vez que intercedían por mí de esa manera—. Unos niños me estaban molestando y él solo quiso defenderme, mamá.     —¿Ellos te hicieron eso? —Señala los arañazos de sus brazos y yo me enderezo para escuchar la parte de la historia que perdí.     —No. Eso me lo hice defendiendo a Luke.     —¿Qué? ¿Defendiéndome de quién? —A esos sí que los acababa. Si el asunto era conmigo que dejaran de ser nenitas y se metieran con el dueño del circo.     —Unas niñas empezaron a hablar mal de ti. Así que hice que se retractaran. —Se encogió de hombros mostrándose tan altiva. Un sonrisa se dibujó en mi rostro al ver esa parte de su personalidad. No se defendió cuando la atacaban, pero reaccionó cuando era a mí a quien atacaban. Sin lugar a dudas ella estaba pasando demasiado tiempo conmigo.     —Luke, agradezco que defendieras a mi hija. Fue muy valiente de tu parte. Ambos deben saber, que los problemas no se resuelven a los golpes. ¿Entendido? —enfatizó mirándonos a través del espejo y por un momento pareció molesta.     —Entendido —murmuramos los dos y ella volvió a sonreír como si nada hubiese sucedido.     —Ahora, entremos a la casa para limpiarles esas heridas antes de que nos sentemos a comer. —Nos dio un toque en la nariz a cada uno mientras bajábamos del auto.      La mamá de Violeta se llamaba Iris, era la mamá más comprensiva y cariñosa que conocí. Me trataba como si fuese uno más de sus hijos y apenas hacía menos de un año que era amigo de su hija. A veces quería que mi madre fuese más como ella. En lugar de compararme constantemente con mi hermano y centrándose en lo que no hacía bien. En verdad, detestaba eso.      El día anterior después que mi madre me soltara una de sus charlas donde decía lo decepcionada que estaba de mi comportamiento por no sacarme un sobresaliente en lenguas y pelearme con Aaron porque me robó la consola, salí pitando de la casa hasta la casa del árbol de Violeta, bueno nuestra casa del árbol. Estuve ahí toda la tarde sin la menor intención de volver a casa. Violeta estaba en clases de danza así que todo lo que podía hacer era esperar. Llevaba apenas una hora ahí arriba cuando Iris me llamó para que entrara a la casa. Me sirvió un vaso de leche junto con oreos de chocolate, mis galletas favoritas.     Me preguntó qué tal estuvo mi día en la escuela y se interesó por los pequeños detalles, esos que a mis padres les daba igual. Incluso se aseguraba de enviarme almuerzo para que no tuviera que comer en la cafetería. No podía entender porque nada de lo que hacía era suficiente para mis padres y siempre Aaron era el hijo perfecto. En cambio para Iris todas sus hijas eran igual de importantes y ahora yo también lo era.     —¿Te encuentras bien? —pregunté a Violeta ya en la casa del árbol, después de que Iris se sintiera satisfecha con los curetajes.     —Si ¿por qué?     —Esos niños molestándote ¿desde cuándo está pasando? —Me senté junto a ella. La vi jugar con sus dedos mirando al suelo y supe que su respuesta no sería buena.     —Ya no lo recuerdo.     —Esto no puede volver a suceder.     —No es nada.     —Voy a ir por ellos. —Apreté los puños con fuerza mientras me imaginaba teniéndolos en frente, podría hacerles sangrar la nariz sin el menor remordimiento.     —No. —Ella colocó sus manos sobre mis puños forzándome a abrirlos, me miró con sus ojos tan verdes y salvajes como la hierba fresca que crecía junto al arroyo—. Prométeme que no los dañarás.     Me quedé en silencio frunciendo el ceño. No podía  prometerle tal cosa, estaría siendo un mal amigo si dejaba que esos matones se salieran con la suya.     —¡Luke, promételo! —Apretó mis muñecas con fuerza, tanto que comenzaron a doler. No sabía de dónde sacó tanta fuerza, se veía mucho más frágil de lo que era en realidad.     —Está bien —accedí de mala gana porque mis muñecas se entumecían—¿Puedes soltarme ya?     —Lo prometiste. —Me apuntó con su dedo índice entrecerrando los ojos. No lucía muy convencida de mis palabras, ella aún no sabía que nunca rompía mis promesas,  tampoco sabía que era muy bueno encontrando lagunas en ellas.     Cuando llegó la hora de la cena tuve que volver a casa, antes conseguí que me contara de esos matones. Peter era el jefe de la pandilla, la molestaba desde que se mudó y por casualidades de la vida, vivía a un par de calles de nuestras casas. No me detuve a pensar, porque eso de meditar no era mi fuerte.     Caminé a paso rápido hasta donde Violeta me dijo que vivía Peter, no fue necesario llamar a la puerta porque lo encontré jugando en el césped con un auto a control remoto. El auto rojo chocó con mis pies cuando estuve a metros de distancia, así que me incliné a sostenerlo y Peter frunció el ceño al verme, parecía muy molesto. Me acerqué sosteniendo el auto mientras sonreía.     —Es un muy bonito auto. No tiene mucho tiempo en las tiendas. —Lo giré para detallarlo. El auto era una pasada y sería una lástima tener que…     —¿Qué quieres fenómeno? —dijo de forma despectiva mirándome de abajo a arriba.     —Esta es la cosa. —Me planté frente a él pasando de una mano a la otra el auto rojo—. Lo que pasó hoy con Violeta, lleva mucho tiempo sucediendo. Eso no me hace muy feliz y cuando no estoy feliz me gusta romper cosas. —Lancé el auto arriba y lo atajé antes de que impactara contra el suelo.     —¿Qué haces? Es nuevo —Peter respiró agitado e intentó arrebatarlo de mis manos, yo fui más rápido y no pudo alcanzarlo.     —Cuando no estoy feliz me gusta romper cosas, esta podría ser una de esas cosas. Es un auto muy bonito, sería una pena. —Lo levanté frente a mi rostro suspirando—. ¿No lo crees?     —¡Ya dámelo! —Intentó de nuevo quitármelo y yo salté a un lado divertido. Era mucho más lento que yo debido a los kilos de más—¿Qué quieres?     —Lo de Violeta debe parar. No me interesa meterme en problemas, ese es mi segundo nombre. Así que si vuelves a molestarla, aunque sea una vez, tendré que venir aquí romper tooodoos tus juguetes y después romperte la nariz. —Me encogí de hombros.     —¡No puedes!     —Pruébame. Me encantan los desafíos. —Sonreí con diversión. Lo bueno de ser el nuevo era que nadie tenía la menor idea de quien eras y de lo que eras capaz. Tenía una reputación en casa y estaba más que interesado en mantenerla aquí.     —Está bien. Lo que tú quieras. Pero, regrésamelo. —Extendió la mano para que le entregara el auto y yo lo dejé caer causando un estruendo.  Él se arrodilló en la calzada para corroborar su estado, solo se llevó un par de rasguños.     —Tuviste suerte. La próxima vez no será así. —Le dí una mirada enojada y regresé por donde vine con una sonrisa de satisfacción en el rostro.     Si Violeta se enterara estoy seguro que se molestaría y saldría con que rompí la promesa que le hice, no era así. Prometí que no lo dañaría, no dije nada de la integridad física de sus pertenencias o de amenazarlo, así que no estaba rompiendo ninguna promesa. Como lo dije antes, era muy bueno encontrando lagunas.     A la mañana siguiente estaba de mejor humor, sin embargo lo de ayer me dejó con un mal sabor de boca. Así que estuve dándole vueltas al asunto para que Violeta no tuviera que pasar por esto. Sabía que no podía protegerla de todos los matones e idiotas del mundo; así que en lo que podía ayudarla, lo haría. Así que esperaba que mi plan funcionara.      Toqué dos veces la puerta de la casa y aún no bajaba a abrirme.      —Hola, Lucas —me saludó Iris cuando al abrir la puerta. Tenía el rostro y la ropa llena de harina, debía estar horneando algo. Sus pasteles eran fuera de este mundo—. Si buscas a Violeta, está en su lugar secreto —susurró como si fuese un secreto y yo sonreí.     —Gracias. Iré por ella.     La encontré leyendo un libro en medio de nuestro lugar. No paraba de agradecer que lo compartiera conmigo. Me sirvió en más de una ocasión cuando mis padres se enojaban conmigo y comenzaban a gritarme sin cesar.     —¿Estás lista? —la interrumpí cerrando su libro y colocándolo debajo de mi brazo.     —¿Lista para qué? —Me miró ceñuda poniéndose de pie y noté que hoy no está de muy buen humor.     —Vamos a ir a un lugar. —Sonreí muy orgulloso de la idea que tuve, mientras ella continúa sin sonreír. Se suponía que esto debía ser al revés. Ella era la sonriente y yo el amargado, tenía que regresar todo a su lugar para mantener el equilibrio.     —No quiero ir a ninguna parte. Devuélveme mi libro, Luke. —Intentó quitarme el libro. Yo me alejé con más rapidez que ella. Si quería el libro tendría que hacer lo que yo quería.     —Si lo quieres de vuelta, tendrás que acompañarme.     —Eso es chantaje. —Se cruzó de brazos enfurruñada y yo me encogí de hombros haciéndole ver que no me importaba lo difícil que se pusiera, saldríamos, así tuviese que llevarla en mis brazos.     —¿Nos vamos?     —¿Te han dicho que eres insoportable algunas veces? —Hoy no. —Sonreí y la tomé del brazo obligándola a seguirme. Sabía que esta idea sería de gran ayuda. Aunque al inicio podía que no le agradara del todo.     —¿Ya vamos a llegar? Hemos caminado durante media hora, Luke. No voy a dar un paso más hasta que me digas lo que tramas. —Se detuvo en medio de la calzada con los brazos en jarras, mirándome como mi madre lo hacía cuando me metía en problemas.     —Sólo fueron quince minutos —Verifiqué mirando mi reloj—. Está justo al doblar en la esquina. Deja de quejarte. Que hoy pareces yo y eso no me gusta. —Le tomé del brazo de nuevo, obligándola a caminar el trecho que nos faltaba.     — Tan tan. Tan tan. —Extendí los brazos frente al lugar esperado y ella me miró ceñuda como si hubiese metido la pata. Oh, esperaba no haberlo hecho. En mi cabeza todo lucía mejor.     —¿Cómo qué tan tan? Estamos frente a la piscina pública.     —Lo sé. Este es el lugar a donde quería traerte. —La arrastré dentro y parecía que va a darle un ataque. Comenzó a retorcerse en mi agarre; no consiguió zafarse hasta que estuvimos adentro.      —No sé nadar, Luke. Tú lo sabes ¿o acaso se te olvidó lo de ayer? Fue justo por eso que esos niños me molestaban.     —Y es justo por eso que estamos aquí. Voy a enseñarte a nadar.     —Pero… pero.. no he traído traje de baño. —Sabía que usaría eso como excusa, así que tomé precauciones.     —Ahora lo tienes. —Saqué de mi bolso su traje de baño y se quedó en silencio intercalando la mirada entre el traje de baño y yo.     —¿Cómo?     —Ayer hablé con una de tus hermanas. Lily, creo. No sé cuál de ellas es. El punto es que le pareció buena mi idea y quiso darme una mano. Ahora, ve a cambiarte. —La empujé en dirección al baño. No le quedó otra opción que acceder de mala gana.      Mientras se cambiaba yo me deshice de mi ropa quedando en traje de baño. No me gustaba usarlos, sin embargo, las reglas de la piscina eran claras, y el día de hoy seguiría las reglas porque se trataba de ayudar a Violeta.     —¿Y ahora qué? —Me observaba nerviosa. No dejaba de mirar de reojo la piscina desde que entramos.     —Vamos a entrar.     —¿Qué? —Saltó retrocediendo un par de pasos de mí. Fue como si hubiese visto una víbora o algo similar.     —Violeta para enseñarte a nadar, primero debemos estar dentro del agua.     —Me ahogaré.     —No lo harás. En esta parte el agua es menos profunda ¿Ves? —Le mostré una de las esquinas de la piscina donde se le enseñaba a nadar a niños pequeños.     —El lugar a donde fuimos en el paseo, la piscina era muy profunda. Yo traté de entrar; no podía tocar el fondo con los pies.     —Aquí podrás.     —No sé si pueda. —Su mirada me decía que la estaba perdiendo. Si estábamos cinco minutos más fuera del agua, no sería posible hacer que entrara.     —¿Confías en mí? —Ella me miró sin decir nada—. Me confiaste tu lugar secreto. Eso debería valer algo —bromeé logrando sacarle una débil sonrisa.     —Confío en ti.     —Yo siempre estaré ahí. Incluso cuando las cosas se pongan difíciles. Lo afrontaremos juntos. —Le ofrecí mi mano. ella quería tomarla, solo faltaba un pequeño empujón—. Vamos, Violeta, sujeta mi mano. —Ella suspiró y cerrando los ojos sujetó con fuerza mi mano, mientras juntos entrábamos en la piscina.     Después de eso, lo demás fue sencillo. Conseguí que se relajara tras un rato y de esa forma pude enseñarle a flotar. No salió del agua siendo una experta, tan siquiera había aprendido a bracear un poco. Pero, accedió a venir todas las tardes de la próxima semana hasta que fuese una nadadora profesional, o al menos aprendiera a nadar.     —Violeta, no tienes que defenderme. Estoy muy acostumbrado a que las personas hablen de mi.     Íbamos de regreso a su casa y necesitaba que entendiera que no debía meterse en problemas por mi culpa. Ese era mi asunto, no de ella.     —Sé que no tengo que hacerlo. No escuchaste lo que dijeron. No pude soportarlo.     —No, no lo escuché. ¿Podrías decírmelo? —Ella se detuvo y me observó dudosa, permaneciendo en silencio por un par de minutos.     —Dijeron que no sabían cómo yo me la pasaba contigo. Que no valías la pena, porque siempre te metías en problemas. Que lo mejor era que te expulsaran y desaparecieras de nuestras vidas, que eras lo peor que me había sucedido.     Esas palabras no tuvieron un efecto en mí. Solo me causaban gracia, hasta el punto que rompí en carcajadas. Estaba más que acostumbrado a ser el niño que nadie quería como compañía, así que aprendí a pasar de ellos, a no necesitar a nadie que no me quisiera  en su vida.     —Hablo en serio, Luke —me reprendió molesta.     —Lo sé. No me importa lo que digan, Violeta. —Me encogí de hombros ofreciéndole una de las oreos de chocolate que saqué de mi mochila.     —A mí sí. Eres mi amigo y voy a defenderte las veces que sean necesarias, porque ellas se equivocan. Eres lo mejor que me ha pasado y no deseo que desaparezcas de mi vida.     Aceptó la galleta y comenzó a andar como si esa confesión no fuese relevante, como si hubiésemos tenido esta conversación muchas veces y yo supiera con exactitud lo que sentía respecto a nuestra amistad, cuando la verdad era que no lo sabía, hasta ese justo momento. Era lo más bonito que alguien me dijo alguna vez. En ese momento me di cuenta de la suerte de tenerla en mi vida y que me aseguraría de mantenerla en ella por el resto de mi vida.     O al menos, eso intentaría.
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