Esa sensación de haber vivido una situación con anterioridad, ¿ese deja vu? como le dicen o creo más acertada la sensación de regresar en el tiempo, eso fue lo que experimenté en ese preciso instante. Todos los rostros que vi en la casa eran familiares, no recordaba sus nombres, sin lugar a dudas sus caras si. Era como tener de nuevo quince y estar en una de esas fiestas de los de último año. Y esa sensación aumentaba cada vez más mientras los amigos de Aaron continuaban saludando y sonriendo, hablando como si hubiésemos sido muy cercanos toda la vida, cuando todos sabíamos que no era así, sólo existía una persona a la que fui realmente cercana y no estaba aquí.
—Necesito un trago —dije lo suficiente audible para que Aaron me escuchara.
—En la cocina están todas las bebidas. ¿Quieres que te acompañe?
—No —negué entre risas. Esto no era la secundaria, no debíamos caer en eso—. Puedo ir sola.
—No desaparezcas que quiero que saludes a todos.
—He venido en tu auto, así que estoy atascada aquí. Además, ya accedí a venir aquí y conocerla. No tienes que ser mi guardaespaldas.
—No me hagas ir a buscarte —me amenazó con una de sus sonrisas.
—Volveré.
Me refugié en la cocina, en uno de los extremos de la isla de la cocina, donde se encontraba la tabla de quesos y de embutidos. Mi mente se entretuvo observando la amplia variedad de formas en la que pudo ser presentada la mesa de aperitivos, las mejores opciones y cómo habían fallado de más de diez formas.
Mi habitación era un caos, al menos la mayor parte del tiempo, siempre fue de esa forma, al menos hasta que me mudé de forma permanente a Nueva York. Pero, en la cocina, era otro mundo, el orden imperaba, porque era el primer paso para una ejecución perfecta, caos en la cocina representaba caos en el equipo, caos en el restaurante y por lo tanto clientes insatisfechos y cero disfrute por la comida.
Me encontraba muy absorta cuestionando con una mano la ausencia de armonía en la presentación de los aperitivos y degustando cada trozo de queso con la otra, que no noté el rubio que me miraba con expresión divertida.
—¿Puedes dejarme un poco?
Giré mi rostro en dirección a la voz y mis labios se separaron por la sorpresa. Era alto, esbelto, de mandíbula cuadrada y nariz recta. En sus ojos destellaba la picardía y la astucia de un zorro, esa fue la impresión que me dio. Tenía el cabello muy corto y era muy apuesto.
—Lo lamento, creo que me entretuve pensando… —Di un paso al costado para que tuviera acceso a los quesos.
—Una rebanada de queso por tus pensamientos. —La sostuvo con una sonrisa haciéndome reír.
—Creo que necesitarías mucho más para hacerme hablar —le seguí el juego.
—¿Quizás dos?
—Ni con toda la alacena.
—Es una pena —suspiró mirándome a los ojos. Hacía mucho tiempo que no me miraban de esa forma o que yo no me daba cuenta. Claro, durante años estuve con James.
—¿De dónde eres? Es claro que no de aquí, te habría reconocido.
—Lo tomaré como un cumplido —dijo y yo reparé en cómo podía haber sonado lo que dije.
—Quiero decir… crecí aquí, no es un lugar muy grande, todos nos conocemos, al menos la mayor parte.. —intenté corregir su sonrisa me hizo entender que ya era algo tarde para eso.
—Soy de Nueva York. De hecho es mi primera vez en Rochester. Vine a acompañar a un amigo.
—¿Nueva York? —pregunté sorprendida—. Yo vivo en Nueva York.
—¿Si? ¿Dónde?
—Manhattan.
—Chica élite —dijo mirándome de arriba a abajo entre risas—. Este humilde servidor es tan sólo de Brooklyn.
—No soy “élite” —corregí entre comillas—, sólo conseguí una buena oportunidad.
—Quizás debas compartirme un poco de tu suerte cuando regreses a Nueva York —dijo en una invitación indirecta.
—Podría ser. Quizás debería saber tu nombre primero. —Descansé mi espalda en uno de los bordes de la isla de la cocina cruzándome de brazos y él río mordiéndose el dedo pulgar como si fuese un rasgo característico.
—Matt, mi nombre es Matt. —Extendió su mano inclinándose en mi dirección, al hacerlo unas placas se deslizaron por el cuello de su camisa, colgando de una cadena de acero. Mis ojos se quedaron hipnotizados por el movimiento de aquellas placas, mientras un terrible escalofrío recorría mi columna vertebral—¿Y el tuyo?
—¿Eres…? —mi voz fue apenas un murmullo audible que no consiguió terminar la pregunta.
—No escuché. ¿Cómo dijiste que te llamas? —Se inclinó un poco más tratando de escuchar y mis dedos se encontraron de pronto sosteniendo aquellas placas, como si fuesen una especie de imán.
“Es sólo una coincidencia”, me dije a mí misma.
—Si, soy un ranger —dijo con una sonrisa de orgullo, me imaginé que sería igual a la de él, sintiéndose útil al llevar ese peso sobre sus hombros— Creo que no alcancé a saber tu nombre, disculpa.
—Soy... Violeta... —respondí soltando las placas y volviendo a respirar. Estuve conteniendo el aliento todo este tiempo. Tomé una respiración profunda y mi cabeza comenzó a atar cabos y crear hipótesis descabelladas sin cesar.
—Es un nombre muy hermoso.
—Dijiste que viniste con un amigo —le interrumpí tragando grueso. Me repetí mentalmente que no había nada de qué preocuparme, la vida tiene muchas casualidades y esta era una de ellas.
—Eh, si... Él creció aquí, tal vez lo conozcas —respondió recuperando su entusiasmo.
—¿Creció aquí?
—Si, a unos tres kilómetros.
Aquella información me detuvo en frío. Una gota de sudor se deslizó de mi nuca a lo largo de mi espalda. Era demasiada coincidencia para ignorarla. ¿Cuántos chicos de mi edad y de mi vecindario se habían unido al ejército? Ninguno más que él.
—¿Cuál es su nombre?
—¡Y ahí está! —dijo saludando a alguien a mi espalda— ¡De seguro lo conoces! ¡Oye, L! —gritó y la ansiedad empezó a acrecentarse cada vez más.
Hay muchas personas cuyo nombre empieza por L, me dije. Por el contrario, que vivieran en mi vecindario y se unieran al ejército… susurró otra voz en mi cabeza.
Giré en cámara lenta, debatiéndome entre la curiosidad de saber de quién se trataba y el temor de confirmar mis sospechas, que se trataba de él.
—No será él, no será él, no será él.. —repetí mientras giraba en su dirección manteniendo la mirada en el suelo. Tomé una de las copas de vino servidas sobre la encimera y antes de levantar la cabeza bebí la mitad de un solo trago, sin darle tiempo a mis papilas de saber de qué tipo de vino se trataba, si era un merlot o un cabernet. Todo lo que me interesaba era llenarme de coraje líquido.
Nada de esto importó cuando mis ojos se toparon con los suyos y ahí estaba esa mezcla de azul profundo con trazos verdes y grises. Sus ojos se abrieron por la sorpresa y sus cejas casi se unen con la línea de su cabello. Mi mirada se quedó en sus ojos, no pude notar nada más. Sentí el corazón latir por todo mi cuerpo y la copa que sostenía resbaló al verle vocalizar mi nombre.
El sonido del cristal quebrándose al impactar contra el suelo me sacó de la especie de embotamiento en la que me encontraba. Y como distracción me puse de cuclillas en el piso recogiendo los pedazos, como un intento de poder formular un plan de escape que no me dejara como una cobarde.
—¡Déjame ayudarte! —Matt se inclinó junto a mí recogiendo con un trapo el resto de los trozos que no pude recoger.
.—Gracias —agradecí antes de correr al cesto de basura y apresurarme a la salida.
—¿A dónde vas? —le escuché preguntar.
—Fue un placer conocerte, Matt. Debo irme —me excusé nerviosa tomando valor para levantar la vista una vez más y confirmar que no era producto de mi imaginación.
Él seguía ahí de pie, en el mismo lugar, con la mirada incrédula, los labios entreabiertos y el rostro descolocado por la sorpresa. Llevaba el cabello castaño corto como la última vez que nos vimos. Mi pecho comenzó a doler, verlo resultaba demasiado doloroso, mucho más de lo que podía soportar.
Giré sobre mis talones y me apresuré en marcharme de ahí. Todo lo que mi cuerpo me pedía era que me marchara de allí con inmediatez, así que eso hice.
Esa noche comprendí algo que estuve intentando ignorar. Era una mentira lo que las personas dicen acerca de que el tiempo cura las heridas. La verdad, era otra. El tiempo no era capaz de curar las heridas, sin importar que hubiesen ocurrido hace seis semanas o seis años, el dolor era el mismo, siempre sería el mismo. No sabía cuál era la clave para soltar y perdonar, muchos libros de autoayuda hablaban al respeto, cientos de gurús exponían sobre perdonar y dejar al tiempo obrar. Yo hace seis años, creí que sacando de mi vida todo lo que me recordara a él y a nosotros, sería suficiente, que estaría preparada cuando llegara el momento.
No fue así, el momento llegó y me sentí como aquella chica a quien hace seis años atrás le rompieron el corazón, la última persona que creyó capaz de hacerlo. La persona en la que siempre confió y que hasta ese momento fue una parte de sí misma, porque ellos dos siempre fueron uno solo, como las dos caras de una misma moneda.
Antes de poder darme cuenta estaba corriendo, alejándome lo más que podía de él. No me importó que hubiese llegado con Aaron, ni lo lejos que estaba de casa, todo lo que necesitaba era aumentar la distancia entre nosotros. Cuando necesité detenerme a tomar aliento, me percaté que había llegado a un lugar donde la distancia de él nunca existiría, porque los recuerdos eran suficientes para llenarlo todo y nunca desaparecer.