Episodio 5

1083 Palabras
Las luces del hospital parpadeaban débilmente cuando Leah llegó esa mañana. La noche anterior, después de su encuentro con Rey, había regresado a casa con una mezcla de emociones: alivio, ternura y una dosis de incertidumbre. Sus pensamientos estaban divididos entre la reciente confesión de Rey y el hecho de que Michelle seguía siendo una amenaza latente. Las cosas parecían estar lejos de solucionarse. Al cruzar el pasillo hacia emergencias, se encontró con Camila, quien la saludó con una sonrisa tensa. —¿Todo bien? —preguntó Leah, notando la incomodidad en el rostro de su amiga. —Michelle no está contenta. Nos ha dado la espalda completamente y ahora parece que está planeando algo. Fabián también sigue trabajando aquí como si nada hubiera pasado. Leah frunció el ceño, sintiendo que el peso de la situación no había disminuido. Rey había logrado una pequeña victoria al enfrentarse a Michelle, pero las cosas no parecían cambiar tan rápido como ella esperaba. —No te preocupes, Camila. Si ella intenta algo, ya tenemos pruebas sólidas, y Rey está de nuestro lado —dijo Leah, intentando infundirle confianza. —Eso espero. Pero Michelle es peligrosa, y tengo miedo de lo que pueda hacer —admitió Camila, con una mirada preocupada. Leah tomó la mano de Camila y la apretó. —Vamos a salir de esto juntas. No te rindas, ¿vale? Las dos ahora amigas caminaron juntas hacia la sala de emergencias. El día comenzó como cualquier otro: pacientes con dolencias menores, algunos casos más graves y el incesante sonido de los monitores y los teléfonos sonando. Sin embargo, la tranquilidad fue interrumpida abruptamente. —¡Código azul en la sala 4! —se escuchó por el intercomunicador, haciendo que todo el equipo de emergencias se moviera rápidamente. Leah corrió hacia la sala con su equipo médico. Al llegar, encontró a un hombre joven, de unos 30 años, inconsciente en la camilla. Estaba cubierto de sudor y su respiración era errática. —Paciente masculino, 32 años. Se queja de dolor en el pecho desde hace varias horas. Perdió el conocimiento hace unos minutos —informó una de las enfermeras. Leah se movió rápidamente, evaluando la situación. El electrocardiograma mostraba un ritmo cardíaco irregular y peligroso. —Prepárense para una desfibrilación. Carguen a 200 joules —ordenó, tomando el control de la situación. El equipo respondió con eficiencia, y el desfibrilador emitió un pitido agudo. Leah colocó los parches en el pecho del hombre y, con una breve orden, administró la descarga. —¡Despejen! El cuerpo del paciente se sacudió ligeramente, pero el monitor seguía mostrando un ritmo irregular. Leah frunció el ceño, ajustando la máquina y preparando una segunda descarga. —Cargando a 300 joules. ¡Despejen! Otra sacudida. Esta vez, el monitor mostró un cambio. El ritmo cardíaco del hombre comenzaba a estabilizarse. Leah dejó escapar un suspiro de alivio, pero sabía que el paciente aún estaba en peligro. —Prepárense para trasladarlo a la UCI. Necesita ser monitoreado de cerca —dijo, mientras el equipo se ponía en marcha. Mientras el paciente era trasladado, Leah salió de la sala, sintiendo el agotamiento de la tensión acumulada. Justo cuando se disponía a ir por un vaso de agua, se encontró con Rey en el pasillo. —¿Todo bien? —preguntó él, con una mirada de preocupación. —Sí, por ahora. Un caso complicado, pero parece que lo hemos estabilizado —respondió Leah, sintiendo el peso del día en sus hombros. —Me alegra oírlo. Escucha, hay algo que necesito contarte... —comenzó Rey, pero fue interrumpido por una figura que se acercaba rápidamente. Era Michelle, con su habitual expresión severa. Sus ojos fulminaban a Leah y Rey, y su presencia hacía que la atmósfera se volviera densa. —Doctora Leah, necesito hablar con usted en privado —dijo Michelle, ignorando por completo a Rey. Leah sintió una punzada de inquietud, pero asintió, sabiendo que no tenía otra opción. —Claro, doctora Michelle. Mientras se dirigían a la oficina de la directora, Leah intentaba mantener la calma. Sabía que Michelle estaba al tanto de su relación creciente con Rey, y que eso la ponía en una posición vulnerable. Al llegar a la oficina, Michelle cerró la puerta con un golpe seco y se sentó detrás de su escritorio. Leah permaneció de pie, esperando a que la directora hablara. —Quiero dejar algo muy claro, Leah —comenzó Michelle, con una voz fría—. He sido paciente hasta ahora, pero tu actitud desafiante no será tolerada por mucho más tiempo. Este hospital no es el lugar para tus pequeñas cruzadas personales. Leah mantuvo la mirada fija en Michelle, sin dejarse intimidar. —Solo quiero lo mejor para mis compañeros y para los pacientes. Si eso es un problema para usted, lo siento, pero no me quedaré callada ante las injusticias —respondió, con firmeza. Michelle la observó con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. —Lo que estás haciendo es peligroso. Estás poniendo en riesgo tu carrera, y créeme, no te conviene tenerme como enemiga. Ya has visto lo que le pasa a la gente que me desafía. Leah sintió una mezcla de rabia y miedo, pero no permitió que eso se reflejara en su rostro. —No estoy sola en esto, Michelle. Y usted lo sabe. Michelle se levantó lentamente de su silla y se acercó a Leah. —Eso está por verse. Te lo advierto por última vez: mantente fuera de mis asuntos, o lo lamentarás. Leah salió de la oficina con el corazón acelerado, sintiendo que la amenaza de Michelle era más real que nunca. No podía permitirse bajar la guardia. Sabía que la batalla aún no había terminado, y que Michelle haría todo lo posible por destruirla. De vuelta en emergencias, Rey la estaba esperando. —¿Qué te dijo? —preguntó él, preocupado. —Lo de siempre: que me aleje o lo lamentaré. Pero no me va a intimidar —respondió Leah, con determinación en la voz. Rey asintió, mirándola con admiración. —No dejaré que te haga daño... Bueno y a los demas, Estamos juntos en esto, Leah. Ella lo miró, y por un momento, sintió que tal vez, solo tal vez, había encontrado a alguien en quien podía confiar completamente. —Gracias, Rey. Lo necesitaba. Mientras se alejaban juntos por el pasillo, ambos sabían que las cosas se estaban complicando. El hospital era un campo de batalla, y ellos no tenían más opción que seguir luchando.
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