Narra Fernanda Estaba tan emocionada de ponerme a trabajar. Rachel estaba en mi escritorio interrogándome más intensamente sobre los eventos posteriores a la fiesta cuando el señor Lenin ( Maicol ) entró y me detuve en un instante, con la respiración entrecortada, cada parte de mí chisporroteaba como loca mientras intentaba mantenerme un poco quieta. Podía sentirlo. La tensión. La estrechez. —Buenos días, señoritas—dijo, y adoré la habitual profundidad satinada en su voz. —Buenos días, señor Lenin— respondió Rachel, y me encontré aclarándome la garganta antes de responder. —Buenos días, señor Lenin — dije, y obligué a mirarlo a los ojos. Los suyos estaban absolutamente llenos de mucho. Demasiado. Demasiado para comprenderlo verdaderamente. Me golpeó con fuerza en lo más profundo,

