Narra Maicol Me encantó el suave golpecito de sus nudillos contra la puerta de mi oficina. Había sido impulsivo, impulsado tanto por la necesidad como por la impaciencia cuando envié esa llamada a su bandeja de entrada, pero me alegré de haber sido tan imprudente. —Adelante— llamé, y la manija bajó lentamente, una vez más con tanta delicadeza. Todo en la chica era tan deliciosamente jodidamente delicada. Había una extraña inocencia en mi propia reacción ante la de ella. Algo fresco y nuevo y tan alejado del hastiado cinismo que había sentido durante décadas. Durante mucho tiempo había estado convencido de que el entusiasmo de dos personas que iniciaban una relación era siempre un optimismo ridículo, basado nada más que en ideales idiotas. Poco realista. No tiene sentido darle ningún si

