—Hola, Amelia —dijo Tiana Morgan a la cámara—. No me quiero entretener mucho con presentaciones. En el video pasado te dije que te iba a contar más sobre Mariela Rufino. Pensaba hacerlo más adelante, pero la ansiedad me ganó, así que acá estoy, grabando este video. Ponete cómoda —mostró una sonrisa pícara—. Y me refiero a que si te dan ganas de tocarte un poquito mientras yo te cuento todo esto, sentite libre de hacerlo. Que no te gane la vergüenza. A mí me pone feliz saber que mi hija disfruta haciéndose una buena paja. Yo también me hago una de vez en cuando. Si te cuento todas estas anécdotas es porque sé que te van a servir para expandir tu mente con respecto al sexo. En fin, ya estoy dando muchas vueltas. Voy a seguir contándote sobre esta mujer, que pasó a ser…
* * *
…”Persona de Interés”.
El rótulo brillaba bajo el nombre de Mariela Rufino, ya que Reynaldo Noriega lo había puesto ahí, y yo no hacía más que pensar en cómo conseguir puntos en el “Paraíso Voyeur” para desbloquear el resto del contenido audiovisual que involucraba a Mariela.
El proceso de conseguir los puntos fue arduo, pero más que entretenido. El juego de Reynaldo me otorgaba puntos por “portarme mal”, es decir: por espiar las cámaras privadas de los distintos departamentos. Esto fue un estímulo inmenso para mí, y me porté muy mal. Me pasé toda la semana espiando a los vecinos, a veces en actitudes cotidianas y aburridas, y otras veces en situaciones muy excitantes. Pero no quiero marearte contándote ahora sobre estas personas. Lo dejaremos para más adelante. Ahora centrémonos en Mariela Rufino.
Con los puntos que obtuve por “portarme mal”, desbloquee un archivo que Reynaldo había dejado guardado. Me di cuenta de que cada archivo tenía un precio diferente a pagar, y eso aumentó aún más mi ansiedad, ya que imaginé que en los más caros habría material de mejor calidad.
Habilité el más barato, en el preciso momento en que logré juntar los puntos necesarios. Reproduje el video y a pesar de que éste ya tenía unos años, lo vi como si esa secuencia estuviera ocurriendo en vivo y en directo, ya que las cámaras ocultas alimentan muy bien esa sensación de inmediatez. Especialmente teniendo en cuenta que puedo ir seleccionando la cámara que se me antoje, cuando quiera… siempre y cuando éste se haya activado por algún movimiento.
En la pantalla principal vi a Mariela Rufino sentada en el sofá de su living, mirando televisión. Tenía puesto el mismo camisón que la última vez y se estaba acariciando la concha por encima de la tanga. Lo hacía lentamente, no con la intención de lograr un orgasmo, sino para “mantenerse caliente”.
Sonó el timbre y ella se puso de pie de un salto. Se movió nerviosa, apagó el televisor, se despeinó un poco y abrió la puerta. Una mujer tan coqueta como Mariela jamás se despeinaría a propósito antes de recibir a una persona, a menos que tuviera una muy buena razón.
—¡Ay, perdón… me quedé dormida! —le dijo al tipo que estaba en el pasillo.
Por supuesto que yo sabía que eso era mentira, Mariela se había pasado largos minutos sentada en el sofá, dándose cariño. La noté muy nerviosa, incluso más que la primera vez. Supuse que esto se debía a que lo que ocurrió con el gasista fue improvisado, se dio de casualidad. Sin embargo en esta ocasión ella lo estaba haciendo a propósito.
Al parecer el tipo se creyó la excusa de Mariela, pero aún así no perdió la oportunidad de admirar los grandes pechos de la mujer, que asomaban casi completos por el escote del camisón, y era obvio que no llevaba puesto un corpiños: sus duros pezones se marcaban en la tela como si fueran tornillos.
A pesar de sus nervios, la mujer se mantuvo firme y siguió con su plan. El tipo resultó ser un plomero, y ella le explicó que tenía un problema con la pileta de la cocina. El tipo era flaco y parecía algo arruinado, pero Mariela lo estaba devorando con la mirada como si fuera Brad Pitt. Me di cuenta de que ella estaba bastante desesperada por conseguir atención masculina… y rápido.
Caminó meneando las caderas, hacia la cocina, y a mitad de camino se detuvo. Se inclinó hacia adelante, para juntar un trapo del suelo. Supuse que ese trapo había sido colocado allí intencionalmente. Al agacharse dejó a la vista sus grandes nalgas, y una pequeña tanga que se le perdía entre los pliegues femeninos. Sus labios vaginales estaban mordiendo la tela. El plomero se quedó atónito, detuvo su andar en seco y observó a la mujer sin ningún tipo de disimulo. Incluso llegó a tocarse el bulto, de forma automática.
Llegaron a la cocina y Mariela le indicó al tipo que el problema estaba en que el sifón que se encargaba de filtrar los desperdicios sólidos, se había tapado. Esos sifones siempre se llenan de grasa y porquería, por lo que la excusa parecía muy buena.
El plomero comenzó a trabajar, y para hacerlo se acostó boca arriba, en el suelo. Mariela se colocó muy cerca de él y pude ver claramente cómo los ojos del hombre se desviaban constantemente hacia la entrepierna de Mariela.
Había visto escenas similares a esta en internet; pero estaban actuadas (muy mal actuadas). Esto era real, Mariela estaba interpretando el papel de la ama de casa inocente, que no se da cuenta de que está mostrando la concha; pero lo hacía siguiendo un morbo genuino. No estaba actuando para una película porno.
Al plomero se le puso dura la v***a de tal manera que Mariela se sonrojó al ver ese bulto imponente. Era indisimulable. Puede que el tipo se haya avergonzado, pero sin duda esto se le pasó cuando notó que Mariela le miraba el paquete con los ojos bien abiertos.
Acá el juego de seducción llegó al punto en el que ambos participantes saben a qué están jugando; y todo se resume a que uno de los dos tiene que ceder. El Gasista de la vez anterior le dijo a Mariela las cosas de frente: “Si querés pija, yo te la doy”. Pero este Plomero parecía tener una personalidad muy diferente, no tan seguro de sí mismo.
La tensión s****l se sentía en el ambiente y yo empecé a preparar mi concha para disfrutar de mi privilegiada posición de espía. En aquel entonces todavía me preguntaba por qué espiar gente me producía tanto morbo, incluso más que el sexo físico. Ahora comprendo que el órgano s****l más poderoso es el cerebro, y cuando una persona encuentra aquel morbo particular que la hace vibrar por dentro, es cuando realmente se empieza a disfrutar del sexo. Y va mucho más allá que el mero placer físico que puede otorgar una penetración.
Como el Plomero no tomaba la iniciativa, Mariela se empezó a impacientar. Se sirvió un vaso de agua y al beberlo le tembló tanto la mano que estuvo a punto de dejarlo caer sobre el pobre tipo que seguía trabajando y espiándole la entrepierna con cierto disimulo.
La impaciencia de Mariela la llevó a cometer una locura. Se paró justo encima del tipo, con un pie a cada lado del cuerpo del plomero, y luego se agachó, mostrando una elasticidad que yo no creí propia de una mujer de su edad. Sus rodillas quedaron separadas, como si fuera una rana, y la tanga se le metió toda entre los labios de la concha. El plomero se quedó mirándola, atónito.
—¿Está todo bien? —Preguntó ella, como si no fuera consciente de que se le veía toda la cajeta.
—Em… sí, está todo bien.
—¿Entonces el sifón no está tapado?
—Eh… —al tipo casi le da un ataque, se le trabó la lengua pero alcanzó a decir—. Está un poco tapado, pero no es tan grave.
Habló sin dejar de mirar fijamente la entrepierna de la mujer. Ella estaba justo encima del bulto del tipo… y la erección era tan prominente que casi tocaba la concha de Mariela con la punta de la v***a. Al parecer él no quiso conformarse con el “casi”, por lo que movió la cadera ligeramente hacia arriba, para hacer contacto con esa vulva carnosa y entangada. Mariela hizo de cuenta que no ocurrió nada.
—¿Le va a llevar mucho tiempo arreglarlo? —Preguntó.
—Eso depende… ¿está usted muy apurada?
—No, para nada. Tengo toda la tarde libre.
Me dio la impresión de que esta vez era la propia Mariela quien forzaba el contacto entre su concha y ese pene erecto, que aún seguía prisionero del pantalón.
—¿Es usted casada, señora?