Como había hecho en sus anteriores videos, Tiana Morgan saludó a la cámara, como si estuviera hablando directamente con su hija Amelia, y comenzó a narrar la anécdota que tenía pendiente.
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Te prometí contarte el resto sobre las visitas que recibió Mariela Rufino. Descubrí que hubo más gracias a los videos que Reynaldo Noriega grabó, y al igual que con los anteriores, los desbloqueé sumando puntos en el juego “Paraíso Voyeur”. En estos días espiar a los inquilinos de este barrio de lujo ya se había convertido en una rutina para mí, y me enteré de muchas historias jugosas. Pero no quiero que se te haga demasiado complicado entender todas, por eso me voy a centrar, una vez más, en Mariela.
Ella se volvió realmente buena en su propio juego, en el cual simulaba ser una mujer casa, necesitada de afecto y compañía. Una mujer que, casualmente, siempre se quedaba dormida justo antes de que el técnico de turno visitara su domicilio, y siempre los recibía con camisones semi transparentes que dejaban muy poco a la imaginación. Incluso hubo un par de veces en las que abrió la puerta con el cabello mojado, envuelta en una toalla, sin nada debajo. Y sí, esa toalla, por algún descuido, siempre terminaba en el piso, obligándola a quedar desnuda ante los ojos de su visitante.
No sé exactamente cómo funciona la mente de Mariela Rufino, pero en el tiempo que pasé espiándola llegué a la conclusión de que ella disfruta mucho ese primer impacto. El ser vista desnuda por un desconocido. Sé que es el momento que más disfruta, porque ahí es donde está el riesgo. Podría ocurrir que el hombre no la encuentre atractiva, o que tenga ciertos principios que le impidan tener sexo con ella. Ahí es cuando Mariela arriesga el todo por el todo, en el momento en que se desnuda por completo, o cuando deja ver que no lleva ropa interior, y que su concha está húmeda y deseosa de atención.
Hubo muchos tipos que Mariela se fue cogiendo con el paso de los meses. Nunca hubo uno que la rechazara, aunque sí se vio ante algunos que, por vergüenza o timidez, no se animaban. En estos casos fue la propia Mariela las que tomó las riendas del asunto y le confesó a esos señores tímidos que ella estaba deseosa de una buena v***a, y que iba a obtener lo que quería. A uno lo convenció diciéndole que, al menos, le permitiera chupársela. Ella se conformaría con hacerle un pete, y luego él podría irse. Por supuesto no fue así, después de estar tragando pija un largo rato, Mariela se puso en cuatro, abrió sus nalgas y, sin decir nada, ofreció su concha. El tipo ya no pudo resistirse, estaba demasiado excitado y hay que reconocer que Mariela es atractiva. La clavó como seguramente no se atrevía a clavar a su mujer. Con Mariela podía dejar salir ese animal salvaje que tenía dentro… y más libertades se tomó cuando ella le pidió que le diera por el culo.
Antes de que llegaran estos visitantes, Mariela siempre preparaba su cola para la acción, dejándola bien dilatada. De esa forma se ahorraba mucho tiempo. El amante de turno solo debía lubricar un poco su m*****o y listo. Ella era como un asesino en serie, tenía todo el “modus operandi” estudiado.
A pesar de su minuciosa planificación, Mariela Rufino no tenía control absoluto sobre sus prácticas sexuales, y siempre se arriesgaba a que la cosa no funcionara. Dentro de los videos para desbloquear, había algunos que costaban más puntos que los demás, e imaginé que en ellos debía haber algo especial. Los reservé ese para el final, como si se tratase de un sabroso postre.
A partir de aquí es donde entran en escena los que yo llamo “visitantes inesperados”. Personas que, por una u otra razón, hicieron que los planes de Mariela se vieran alterados.
El primero de esos visitantes inesperados fue un tipo que llegó sin cita previa. No dio su nombre, solo dijo que era amigo del plomero. Ni Mariela ni yo supimos a cuál de todos los plomeros se refería, porque la mujer se había cogido al menos seis. Al presentarse el tipo dijo que él había escuchado de su amigo que Mariela le había entregado el orto a cambio de un descuento en el trabajo. Esa era una de las tácticas que más le gustaba usar. Se presentaba como una dulce ama de casa con problemas financieros (a pesar de vivir en un barrio de lujo) y se le ocurría que quizás, si hacía algo tan inmoral como entregar el culo, podría conseguir un descuento. Cuando escuchó las palabras de este sujeto, Mariela se puso pálida y le pidió que se marchara; pero él entró a la casa, casi empujándola, con una sonrisa libidinosa en la cara.
—Mi amigo también me contó que usted al final no le pagó la otra mitad que le debía, y me dio permiso para venir a cobrarlo.
Acto seguido se bajó el pantalón, mostrando que entre las piernas le colgaba un m*****o de gran proporción. Esta vez a Mariela se le iluminaron los ojos. Se metió de lleno en su papel de ama de casa desvalida y solitaria.
—Perdón —dijo, con voz temblorosa—. Lo que cuenta su amigo es cierto —a ella debió darle tanto morbo decir eso, como a mí me lo produjo escucharlo. Ni hace falta mencionar la paja que me estaba haciendo mientras miraba esta escena—. Sí, le permití… metérmela por atrás. Es que estaba desesperada. Mi marido perdió el trabajo… ahora está en la calle, buscando algo nuevo, y tuvimos este problema con la cañería… pero no debí hacer eso. Mi marido no sabe nada, y todavía no sé cómo mirarlo a la cara. Dígale a su amigo que lo siento mucho; no tengo dinero para pagarle. Es la verdad.
—Señora, si yo no vengo por dinero —dijo, sacudiéndose la v***a, que ya se le estaba poniendo dura.
—Em… está usted muy bien dotado, y no me agrada mucho lo que tiene en mente. Ya lo hice una vez, y todavía me duele. No creo que…
—Antes de metértela por el orto, la vas a chupar, como buena puta que sos.
—Está siendo usted irrespetuoso.
—¿Me va a decir que usted no es una puta? —El tipo se le acercó. Ella tenía puesto un pantalón de tela muy fina, por lo que seguramente sintió el contacto de los dedos del tipo casi como si no llevara nada puesto. Mientras le acariciaba la concha el hombre siguió hablando—. Porque hay que ser muy puta para entregar el orto por un descuento. Y mi amigo me dijo que usted se la pasó gritando y pidiendo que se la metiera más fuerte.
—Em… sí, lo admito —se puso roja, tal vez por la vergüenza, o quizás por la calentura—. Su amigo dice la verdad. Sí que le supliqué que me la metiera fuerte… no sé qué me pasó. Yo no me comporto de esa manera. Perdí el juicio…
—Lo que no perdió fue la virginidad del culo, porque mi amigo me contó que usted lo tenía bien abierto. ¿Acaso su marido le dá por el orto?
—No… no, claro que no. Nunca hice eso con mi marido.
—Entonces sos una puta que anda entregando el culo por puro gusto.
—Cometí equivocaciones, lo admito… y más de una vez, es que…
—Es que te encanta que te rompan el orto, putita.
—No me diga eso…
—Y hoy vas a entregar el culo otra vez.
—¿Tengo que hacerlo?
—Es eso o pagarle a mi amigo lo que le debe.
—No tengo plata… así que… ¡Uf! ¿Por qué me pasan estas cosas a mi? Está bien… tendré que entregar el culo, una vez más.
Y dicho y hecho, Mariela se puso de rodillas y chupó esa pija durante un buen rato, y tal como prometió, luego se puso en cuatro y dejó que ese hombre le metiera todo el artefacto por el orto. Su cara se puso de un rojo intenso cuando él la clavó, Mariela se había comido algunas vergas de alto calibre; pero esa era la más grande hasta el momento. Sin embargo la resistió, como buena puta. También gimió, gritó y pidió por más.
—Sí, dame más fuerte —dijo, entre gemidos—. Soy muy puta y me encanta que me den por el orto. Mi marido no sabe nada de todas las pijas que me metieron por atrás.
Mientras el tipo le taladraba el agujero posterior con vigor, le dijo:
—Este culo me lo tengo que coger otra vez. Decime cuándo tu marido no está en casa y yo vengo a romperte el orto, ¿querés, puta?
—Ay, sí… para mí sería un placer entregarte el culo otra vez. Con esa pija tan hermosa que tenés. Vení el lunes a la tarde… mi marido no va estar.
Mariela recibió a este tipo al menos cinco veces más… y en todas las ocasiones ella entregó el culo, con mucho gusto… y yo me pajeé toda la tarde viendo todos esos videos donde el tipo bien dotado se la montaba como a un yegua en celo. Imagino que, al igual que con el pendejo, también se habrá cansado de este amante. Porque lo que Mariela en verdad disfruta es su juego s****l.