El taxi se detuvo frente a un edificio blanco de unos 10 pisos, ambos chicos bajaron y el mayor pagó. Caminaron hasta la puerta principal dónde se encontraba un señor vestido de traje. Aquel hombre se alegró al ver a Aiden y este lo saludó amistosamente.
― Joven Aiden, ¿dónde estaba? – la preocupación en el rostro del hombre hizo sentir culpable al menor –
― Lo siento, Will, estaba en el hospital, hoy salí
― ¿Se encuentra mejor? – el menor asintió con una leve sonrisa – Me alegro mucho, joven – sonrió – su padre estaba molesto por no verlo en casa.
― Sí, ya me comuniqué con él – el menor se rascó el cuello un poco incómodo –
― Lamento interrumpir – habló por primera vez el mayor – pero Aiden debe descansar, ¿podríamos ingresar?
― Claro, disculpen – Will abrió la puerta con una sonrisa –
Ambos chicos ingresaron al edificio despidiéndose del señor, caminaron hasta el ascensor y esperaron a que este llegue.
― Hablaste educadamente – comentó Aiden por lo bajo –
― Es un señor y no lo conozco – suspiró – tenía que
― No sabía que podías hacerlo, como siempre ignoras a la gente…
― Niño – lo miró y este sonrió – calladito – Aiden rio y aceptó –
El menor vivía en el octavo piso, lo que hizo que el camino en el ascensor se hiciera un poco largo. Aiden seguía sintiendo un poco de dolor, pero trató de aguantarlo mientras Alexandre cada cierto momento lo miraba asegurando su bienestar. Al llegar el menor salió primero para guiar al mayor hasta su departamento.
Aiden abrió la puerta con cuidado y dejó pasar al mayor, este colocó las mochilas en el mueble. El lugar era acogedor, el techo de color blanco y las paredes de un marrón claro, los muebles suaves y grandes ventanas desde las cuales se podía ver la ciudad.
― Tu casa es grande – comentó Alexandre con un tono de sorpresa –
― Era la casa de mi madre – respondió el menor sintiendo un nudo en la garganta –
― ¿Y dónde está ella? – preguntó el mayor mirándolo –
― Ella… ella – la voz de Aiden se hacía más aguda, como si lo estuvieran ahorcando –
― Olvídalo – contestó el mayor acercándose a él – ¿Estás un poco mejor? – el menor asintió tallando sus ojos, no quería volver a llorar –
El mayor se sentó en el mueble mientras el menor se iba a cambiar de ropa. Aiden entró a su cuarto y se puso el pijama, era lo más cómodo para no tener que volver a cambiarse. Al salir le entregó su ropa a Alexandre.
― Si gustas la puedes lavar – el mayor negó –
― No hay problema – suspiró – ahora, ¿quieres almorzar?
― No tengo hambre – contestó el menor –
― Debes comer algo – Aiden negó –
― Mejor no – suspiró – no sé cocinar muy bien, así que prefiero dormir
― Si ese es el problema – Alexandre sonrió – yo cocino
― ¿Sabes cocinar? – una sonrisa ladeada apareció en el rostro del mayor –
― ¿Crees que no? – Aiden rio –
― No pareces el tipo de chico que cocine
― Y tú no pareces un llorón, – lo miró – pero mira, – sonrió – lo eres – el menor volteó los ojos –
― Idiota – Alexandre rio –
― Bueno, ¿Qué quieres comer? – volvió a preguntar –
― Sorpréndeme
― De acuerdo – señaló el cuarto del menor – tú descansa – el menor asintió y se retiró a su habitación –
A la 1 en punto el mayor entró al cuarto del menor con un plato de ravioles caseros y un vaso de jugo. Los ojos del menor se iluminaron al verlo de esa forma y su corazón no pudo evitar dar un salto. Alexandre llevaba un delantal amarrado en la cintura y una sonrisa de oreja a oreja, sus ojos brillaron al ver la emoción del menor.
― Prueba y me dices qué tal – dijo el mayor entregándole el plato –
― Alexandre, faltan los cubiertos – contestó el menor con una pequeña sonrisa –
― Cierto, perdón – dejó el jugo en la mesa de noche y salió – toma – dijo entregándoselos –
― Gracias – el menor recibió los cubiertos y dio un primer bocado – Está riquísimo – exclamó el menor al terminar de probarlo –
― Te lo dije – sonrió orgulloso el mayor y ambos rieron –
Por extraño que pareciera, Alexandre se había empezado a sentir más cómodo con el niño, como si lo conociera de toda la vida. Ambos chicos conversaron mientras terminaban de comer, después el mayor lavó los platos y volvió al cuarto del pequeño.
― Bueno niño, ya comiste, ya debes dormir – el menor negó –
― Ahora no quiero dormir
― Necesitas descansar – repitió –
― La enfermera dijo que debía permanecer en cama, no solo dormir – sacó la lengua –
― Vale, vale – suspiró – entonces ya me retiro – el mayor sonrió – cuídate y no hagas fuerza – Alexandre se levantó de la cama listo para irse –
― Espera – el menor lo detuvo del brazo – po-podrías quedarte un ra-rato más
― ¿Por qué? ¿Te sientes mal? – el menor negó –
― Solo… solo es agradable estar acompañado
Alexandre lo miró unos segundos, él comprendía mejor que nadie lo que significaba estar solo, aislado de todos y no porque lo deseara. Suspiró recordando lo duro que fueron los primeros meses, lo doloroso que fue el primer día incluso lo mucho que seguía costándole cada vez que se iba y tenía que empezar de cero.
“La verdad, si es agradable estar con alguien, aunque sea unos minutos”
― Está bien – contestó el mayor – me quedaré un rato más
― ¿De verdad? – la sonrisa del menor no tenía comparación –
― Sí – respondió – solo debo hacer algo antes – el menor asintió –
Alexandre salió de la habitación y revisó su celular, como sospechaba, Héctor había conseguido su nuevo número.
¿Por qué eres tan cercano con ese niño? – 12:00 p.m.
¿Hay algo entre tú y él? – 12:10 p.m.
¡Más te vale que no! ¡ERES MÍO! – 12:20 p.m.
Quiero verte, te espero afuera de tu casa – 1: 30 p.m.
El mayor suspiró fastidiado, estaba harto de la situación con Héctor. Apagó su celular y lo guardó en su mochila, luego volvió a la habitación con el menor.
― ¿Quieres ver películas? – el mayor asintió –
La preocupación era notoria en el rostro del mayor, sin embargo, fingió que todo estaba bien para no alterar al menor. Aiden buscó en Netflix algunas películas que fueran del agrado de ambos y así estuvieron por unas horas.
Aquel momento era tan gustoso para ambos que se sentían en el paraíso, Alexandre había logrado dejar los pensamientos que le atormentaban y Aiden por fin se sentía querido por alguien además de su madre.
Un tiempo después el menor se quedó dormido, Alexandre lo miró con cariño y lo abrigó en la cama para que no sintiera frío, se levantó y apagó el televisor. Salió de la habitación apagando la luz y se sentó en el mueble a revisar su celular.
Con nerviosismo lo sacó de la mochila y lo prendió, apenas la pantalla se iluminó los mensajes llegaron. El mayor tragó saliva pidiendo que Héctor no lo hubiera localizado en esta casa, no quería exponer al menor.
Respiró hondo y se obligó a abrir los mensajes, sin embargo, la cantidad de estos preocupó aún más al mayor.
¿Por qué no sales? – 1:35 p.m.
¿Dónde estás? – 1:40 p.m.
¡Coño Alexandre, más te vale que no estés con ese hijo de puta! – 1:55 p.m.
Ahora Héctor tenía fichado a Aiden y eso no podía ser nada bueno, trató de mantener la calma, quizás todavía podía sacar al menor de este problema. Continúo leyendo los siguientes mensajes.
¡Contesta el puto celular! – 2:20 p.m.
¡Alexandre! ¡Contesta el puto celular! – 2:40 p.m.
¡¿Dónde coño estás?! – 3:00 p.m.
¡Hijo de puta! ¡Me las vas a pagar! – 3:30 p.m.
Los mensajes habían terminado, sin embargo, eso no hacía sentir más tranquilo al mayor. Sabía que tenía que irse de aquella casa, si Héctor encontraba al menor, las cosas podrían ponerse peor.
El mayor suspiró, sabía que también debía alejarse de aquel chico, lo estaba exponiendo. Alexandre entendía que lo mejor para ambos era si él se iba, no solo de su casa sino de su vida, sin embargo, después del día que habían tenido esa decisión no era tan fácil.
‹Es agradable estar acompañado›
Alexandre se tiró al mueble tratando de evitar hacer mucho ruido, colocó su brazo en su frente pesadamente y trató de ignorar el extraño dolor que sentía.
“Lo siento niño, pero me tendré que ir”
El mayor tomó su decisión, aunque le estaba costando asimilarla, se levantó y se acercó a la habitación del pequeño. Aiden seguía dormido abrazando su almohada, esa imagen tierna se grabó en la cabeza del mayor.
Alexandre tomó un boli del escritorio y en un post it, escribió una despedida y luego se marchó de la casa. La noche era fría y oscura, pero él estaba acostumbrado, desde la muerte de sus padres había sentido lo mismo.
Sacó un cigarro y lo prendió, caminó hasta su casa con la mirada en el cielo. Esta noche no había estrellas, la luna estaba escondida y las nubes negras estaban apareciendo.
Alexandre llegó a su casa y se dio una ducha, se cambió y cogió su celular para hacer una llamada. Al tercer toqué su tía contestó el celular, eran las 10 p.m. y ella estaba con sus hijos, sin embargo, la llamada de su sobrino la dejó preocupada.
― Me iré – fue lo primero que dijo apenas contestó – me tengo que ir
― ¿Te encontró? – preguntó preocupada –
― Sí, pero ese no es el problema
― ¿Entonces?
― Si no me voy le hará daño a Aiden – su tía se quedó en silencio unos segundos –
― ¿No hay otra salida?
― No, quiere que me aleje de él – suspiró – la única manera de evitar otra catástrofe es irme
― Alexandre, no puedes seguir permitiendo esto – su tía trató de mantener la calma – Estabas haciendo un amigo, ya tienes trabajo, tu familia está cerca
― No puedo tía, no tengo otra salida
― ¿Y cómo se lo dirás a Aiden?
― No se lo diré
― ¡Estás loco! – gritó - ¡¿Quieres solo desaparecer de su vida?!
― Es lo mejor
― ¿Para ti o para él? – Alexandre suspiró tensó –
― ¡No quiero más muertes! – gritó - ¡Por favor, entiéndelo!
― Alexandre… por lo menos despídete bien de él – su tía se calmó – ese chico ha sufrido bastante, créeme – Alexandre se acostó en la cama – si te vas sin avisarle… lo vas a lastimar – suspiró – demasiado
― Lo pensaré – luego cortó –
Alexandre se quedó tirado en su cama durante toda la madrugada sin dormir, su cabeza iba a la conversación con su tía. No quería lastimar al pequeño, no se lo merecía, pero no creía que quedarse fuera lo mejor.
A las 5 a.m. se levantó y decidió salir a caminar, el frío llenó sus pulmones apenas salió de la casa. Llegó a una playa un poco apartada, se apoyó en el muro respirando el aroma del mar y viendo como las olas golpeaban las piedras.
― Aquí estás – esa voz la podría reconocer en cualquier lado –
― ¿Qué quieres? – preguntó fastidiado –
― A mí me tratas de una manera tan despreciable, mientras a él lo tratas tan amablemente
― Es que a ti te odio
― ¿Y a él? – Alexandre suspiró –
― No siento nada
― ¿No te importa?
― Nada – la seriedad en el rostro del mayor dejaba sorprendido a su acosador –
― Interesantes respuestas
― ¿Por?
― Porque pensé que sí – sonrió – que ridículo, no podrías querer a un ingenuo como él
― ¿Qué viniste a decirme? – preguntó sin mirarlo –
― Quería asegurarme de que no te importaba ese chico – suspiró – es un alivio que no sientas nada por él
― ¿Qué has hecho? – Alexandre apretó disimuladamente el puño –
― Le pedí a Dylan que le hiciera una pequeña visita – hizo un gesto de tristeza – pensé que te dolería saber que lo iba a entrenar como a ti
“Hijo de puta”
― Buen intento, Héctor, – el menor se volteó para mirarlo – pero no me interesa, así que déjame tranquilo
― Lo haré – sonrió – si vienes conmigo
― ¿A dónde?
― A gozar de la fiesta – Alexandre arqueó una ceja –
― Idiota, ¿no te estoy diciendo que Dylan lo está entrenando?
― ¿Y eso que tiene que ver conmigo? – Alexandre estaba aguantando las ganas de golpearlo –
― Si no te importa – se acercó a él – ven conmigo – lo tomó del polo – pero si te afecta, aunque sea lo más mínimo… – lo levantó – me encargaré personalmente de él
― Haz lo que quieras con él, pero déjame en paz – pateó su pantorrilla librándose de su agarre –
Héctor se sorprendió por la fuerza que aquel chico había aplicado en su golpe, apretó los puños, molesto. Se dio cuenta de que, aunque su ex había tratado de ocultar su enojo, con aquel golpe lo demostró. Alexandre volvió a su casa dejando a su ex en aquel lugar, al llegar cogió el celular y marcó el número del menor. Después de cinco toques, el niño contestó.
― ¿Alexandre?
― Sí, soy yo – contestó el mayor – ¿Estás bien?
― Pues sí, – bostezó – pero es demasiado temprano. ¿Ocurre algo?
― No – el mayor sonrió – solo una tontería
― Gracias por preocuparte – el menor sonrió – pero no ocurre nada, – un silencio se dueño de la conversación y luego dijo – aunque…
― ¿Qué pasó? – lo cortó –
― Will dijo que alguien trató de entrar al edificio de madrugada, pero llamó a la policía y revisaron todo el lugar, no había nadie – los cabellos se le pusieron de punta al mayor –
― Aiden…
“Lo siento…”
― ¿Sí? – preguntó el menor confundido –
― Iré a tu casa, necesito hablar urgente contigo – el menor se sorprendió –
― No hay problema, te espero – y el mayor cortó –
Escena Extra:
Después de la muerte de Jack las cosas cambiaron para Alexandre, se quedó en la ciudad mientras terminaban las investigaciones. Sin embargo, no volvió a clases y apenas todo terminó, se fue.
La actitud que había optado esta vez era la de alejar a cualquier persona que quisiera intervenir en su vida, no iba a permitir que Héctor lastimara a alguien solo porque él temía estar solo.
En la siguiente ciudad, Kuregren, trató de retomar sus clases, consiguió un nuevo trabajo, un nuevo número y al final un nuevo lugar donde dormir. Ahora trabajaba en la mañana, estudiaba en la tarde y volvía a su casa a descansar por las noches.
Aquella rutina la tuvo durante dos meses, hasta que una noche al regresar a su “nuevo hogar” sintió como era perseguido por alguien. Le dio otra calada a su clásico cigarro y se dirigió a la playa, el lugar más alejado de su casa.
Al llegar ambos se volvieron a encontrar cara a cara, pero esta vez el menor estaba muy diferente a lo que Héctor acostumbraba. Alexandre no temblaba ni estaba dubitativo, su rostro inexpresivo y su postura relajada alteraron al mayor.
― ¿Y esta pinta para qué?
― No te interesa – contestó brusco – ¿Ahora que vienes a buscar?
― A mi novio – sonrió –
― Pégate un tiró, seguro ahí lo encuentras – tiró su cigarro a la arena – ahora lárgate de mi ciudad y de una puta vez déjame en paz
― No te hagas el gallito conmigo, putita
― ¿Quieres tener sexo? De acuerdo, hagámoslo y luego te largas – la mirada del menor se endureció – No te quiero volver a ver
― No, cariño, así no funcionan las cosas
― Quiero que desaparezcas de mi vida – suspiró – ¿Qué tengo que hacer para que eso suceda?
― Nunca desapareceré – sonrió – pero podemos hacer un trato
― ¿Qué quieres?
― Siempre serás mío – sonrió – no importa si te enamoras o te interesa otro, siempre serás de mi propiedad.
― Eso no…
― Escucha – Héctor estaba serio – cada que vuelva a verte nos acostaremos, cada vez que quiera y como quiera no pondrás objeción
― Eso no me importa
― Pero, no puedes tener a nadie más aparte de mí en tu vida – Alexandre lo miró fastidiado – no era broma lo que te dije en la casa de tu tía, aquel día – suspiró – no quiero que exista otra persona en tu vida a quién quieras o te importe más que yo
― Tú me vales mierda – contestó el menor apretando los puños –
― No, cariño, tú me sigues amando – el menor abrió los ojos con sorpresa – por más que quieres no puedes olvidarme. – sonrió – A pesar de todo lo que he hecho no puedes dejarme. – se acercó a él y Alexandre retrocedió – Te haces el frío, el rudo y el gallito conmigo, pero tú y yo sabemos que eso no te dura nada. Tu cuerpo reacciona instantáneamente cada que te toco. – lo tomó del brazo y lo pegó a su cuerpo – Por eso no quiero que tengas a alguien más en tu vida, porque quiero que me sigas amando hasta que alguno de los dos muera. – tomó el rostro del menor y lo besó –
Alexandre había tratado de todas las formas existentes de odiar y alejarse de aquel chico. Cambiaba de ciudad, huyendo, tratando de ser lo suficientemente fuerte para cortar esa enferma y extraña relación que tenía con aquel m*****o de la pandilla. Sin embargo, su corazón no podía simplemente dejar atrás a una persona que en algún momento lo hizo feliz.
Cuando Héctor se alejó de él, después de terminar el beso, el menor se sentó en la arena al lado de su ex amante.
― Tienes razón en algunas cosas – respondió el menor serio – sin embargo, te equivocas en algo
― ¿En qué, princesita?
― Algún día de verdad me valdrás mierda – lo miró – y cuando eso pase es muy probable que te devuelva cada una de las muertes que me regalaste. – miró el mar – Te destruiré hasta el punto en que solo la muerte será tu salvación y créeme, por clemencia te la daré.
― Dudo que ese día llegue en algún momento – respondió el mayor con una sonrisa en el rostro –
― Llegará, si te atreves a tocar a lo que me queda de familia o mis amigos de toda la vida
― ¿Qué? – el mayor tomó el rostro del menor obligándolo a verlo –
― Si te vuelves ha lastimar a alguien– se zafó del agarre del mayor – te juro que te las haré pagar
― Entonces es un trato – Héctor estaba sorprendido por la forma tan fácil que tuvo el mayor para librarse – no me acercaré a ellos, nunca, a cambio – tomó su mano – tú no puedes estar nunca con nadie más – el menor se quedó en silencio y el mayor tomó esa respuesta como un sí –