Alex: El whisky giraba en mi vaso con movimientos lentos mientras miraba la ciudad desde la ventana de mi penthouse. Las luces de Nueva York parpadeaban en la distancia como estrellas artificiales, y yo solo podía pensar en ella. Cecy. Su partida había sido una estupidez monumental de su parte, una reacción impulsiva, guiada por emociones infantiles. Una rabieta de enamorada, nada más. Daba igual lo que ella creyera. Daba igual lo mucho que intentara alejarse. Cecy iba a volver. La conocía demasiado bien. Sabía lo mucho que amaba su trabajo en el bufete, lo mucho que le gustaban las comodidades que le daba. Era imposible que sobreviviera sin mí. Exhalé con pesadez y me serví otro trago. Ya había hecho lo necesario para asegurarme de que no encontrara ninguna otra opción viable. Tomé

