Alex:
Las personas creen que el amor es un intercambio justo, un dar y recibir en partes iguales. Pero el amor real no funciona así. No para mí. No para Cecy.
Para ella, el amor es sacrificio, entrega. Para mí, es control. Es influencia. Es asegurarse de que la otra persona entienda, sin necesidad de palabras, que todo lo que tiene, todo lo que es, se lo debe a mí.
Y Cecy aún no lo sabe, pero con cada decisión que toma, se hunde más en mi red.
No tuve que pensarlo demasiado cuando accedí a prestarle mi avión privado para traer de vuelta a su amiga Sasha. En el fondo, no me importaba esa mujer ni su historia dramática con dos hombres. Lo único que vi fue una oportunidad. Una oportunidad perfecta para reforzar mi dominio sobre Cecy.
Cuando Cecy me pidió el favor, lo hizo con esa mezcla de temor y necesidad. Sabía que yo no daba nada gratis. Pero aun así vino a mí. Porque, al final del día, sigue eligiéndome.
Podría haberle negado la ayuda, claro. Podría haberla dejado enredarse en su propio problema. Pero, ¿de qué me serviría? Un buen estratega sabe que no se gana una guerra con la fuerza bruta. Se gana con paciencia, con movimientos calculados.
Le di lo que quería. Sin dudar, sin poner obstáculos. Quería que sintiera que podía confiar en mí. Que sintiera que, sin importar cuánto discutamos, al final del día soy el único hombre en su vida que realmente la protege. Pero ahora llega la mejor parte. Ahora llega el precio.
Cecy regresa al departamento, exhausta. Lo veo en su postura, en la forma en que deja caer su bolso sobre la mesa de la sala sin siquiera mirarme. Su mente sigue allá, con Sasha, con su "drama" romántico de película barata.
Me da gracia. Cecy siempre ha sido así. Se involucra demasiado en las vidas ajenas, como si quisiera arreglar el mundo.
—Así que ya se fue —comento desde el sillón, observándola mientras se sirve un vaso de agua.
Asiente sin mirarme.
—Sí. Jhon se la llevó esta mañana. Se ven felices.
No responde de inmediato, y sé que su mente sigue en otro lugar. Probablemente en su amiga. Probablemente recordando las risas, las lágrimas, la emoción de una historia que no es la suya.
Pero yo no la traje de vuelta para que soñara con otros finales felices. La traje de vuelta para recordarle su realidad.
—Me alegra que todo haya salido bien —digo con calma, dejando que el veneno de mis palabras se filtre poco a poco—. Aunque, claro… nada de eso habría sido posible sin mí.
Ella se tensa. Lo siente venir.
—Alex… —suspira, cansada.
—No, no, no. —Me pongo de pie, caminando lentamente hacia ella—. Solo estoy diciendo la verdad, Cecy. Yo pagué todo. Yo moví mis contactos. Yo hice posible este rescate. ¿O acaso estoy mintiendo?
Se cruza de brazos, defensiva.
—Sé que me ayudaste. Y lo agradezco.
—Ah, ¿lo agradeces? —Me río, condescendiente—. ¿Sabes qué me molesta, Cecy? Que cuando se trata de ayudar a otros, te deshaces en sacrificios, en lealtades, en promesas. Pero cuando soy yo quien hace algo por ti, de repente actúas como si fuera mi obligación.
Su mandíbula se tensa.
—No es eso…
—Claro que sí. —Me acerco más, inclinándome ligeramente sobre ella—. Yo no te debía nada, Cecy. No tenía por qué hacerlo. Pero lo hice. Porque te amo.
Ella baja la mirada. Ahí está. La culpa.
—Yo… sé que siempre quieres lo mejor para mí.
—Exacto. —Acaricio su rostro con suavidad, asegurándome de que no pueda alejarse de mi contacto—. Y dime, ¿quién más te cuida como yo? ¿Quién más te da todo esto, Cecy?
Silencio.
Porque ella lo sabe.
Ella sabe que, aunque me odie en este momento, aunque quiera discutir, no tiene escapatoria.
—Te di esto porque te amo —repito, con voz más baja, más intensa—. Porque quiero que seas feliz. Pero a veces siento que tú no valoras lo suficiente lo que tenemos.
Su respiración se agita. Ya la tengo.
—Claro que lo valoro…
Sonrío.
—Entonces, demuéstramelo.
Y ahí está. Ese brillo en sus ojos. La lucha interna entre el amor y la culpa. Entre el deseo de ser libre y el miedo de perderme.
Porque, al final del día, soy su centro.
Y voy a asegurarme de que nunca olvide eso.
Las horas pasan y Cecy intenta volver a la normalidad. Prepara café, revisa su teléfono, finge que la conversación quedó atrás. Pero yo no dejo que se escape tan fácil.
Me acerco por detrás mientras revisa unos correos en su laptop.
—Estaba pensando… —murmuro en su oído, sintiendo cómo su cuerpo se tensa de inmediato—. Podríamos irnos el fin de semana a la casa del lago. Solo tú y yo. Sin distracciones.
Ella se queda inmóvil.
Sabe lo que significa.
—No sé, Alex. Tengo trabajo acumulado…
—Cecy. —Mi voz se endurece solo un poco, lo suficiente para recordarle que yo decido.— Vamos a ir. Lo necesitamos.
Silencio.
Hasta que finalmente cede.
—Está bien.
Sonrío, satisfecho. Así es como debe ser.
Puedo sentir su resentimiento, su miedo, su agotamiento emocional. Pero eso no importa.
Lo único que importa es que sigue eligiéndome. Que, a pesar de todo, sigue aquí.
Cecy puede engañarse a sí misma todo lo que quiera. Puede soñar con otras vidas, con otras personas. Pero al final del día, yo soy su realidad. Y no voy a dejar que lo olvide.
Por eso La tomo de la mano y la llevo hacia el dormitorio, ella me mira con curiosidad aunque sabe que quiero, su mirada me lo dice, la siento en la cama y me pongo frente de ella, me mira con deseo pero veo algo de fastidio en su mirada, yo empiezo a soltarme el cinturón del pantalón y ella empieza a recogerse el cabello, eso me excita más, Cecy es mía, le saco su blusa por la encima y le suelto su brasier, quiero ver sus pechos grandes y jugosos.
Ella en silencio baja el cierre del pantalón y saca mi pene ya erecto, lo toma con fuerza, eso hace que mi cuerpo tiemble, lo introduzco en su boca y ella como una experta me da placer mientras yo la tomo de la cola de su cabello para llevarla a mi ritmo. Con la otra mano tomo uno se sus senos y me dejo llevar hasta que todo mi semen cae como llave abierta en su boca, marcando mi territorio como debe ser…