Cecy: El sonido de los neumáticos de la camioneta de Alex crujiendo contra la grava del camino me puso en alerta inmediata. Desde la ventana de la cabaña lo vi bajar del vehículo con su expresión habitual de superioridad, como si el mundo entero le debiera algo. Su chaqueta negra impecable, su andar firme, su forma de mirar alrededor con la certeza de que todo lo que tocaba le pertenecía. Respiré hondo. Este era el momento. No podía seguir posponiéndolo. Cuando entró, su aroma a colonia cara y tabaco invadió la estancia. Me encontró de pie en la sala, con los brazos cruzados, lista para enfrentarme a él. —¿Qué haces ahí parada como una estatua? —preguntó con una media sonrisa, como si esperara que corriera a sus brazos. Como si aún creyera que yo seguía siendo suya. No respondí de inm

