Tenía los ojos rojos e hinchado. Sí, se había pasado la noche llorando, en unos días de graduarían de la preparatoria debería estar feliz, pero ¿Por qué sentía que su felicidad estaba por los suelos? Vio su teléfono para ver la hora, dándose cuenta de que él la había llamado diez veces ya. Estaba pensando si responderle cuando de pronto entro una llamada suya que la hizo sonreír, una sonrisa amargo-dulce. Le gustaba que insistiera, se sentía que le importaba y que tenía una oportunidad, pero al mismo tiempo, quería que parara de insistir, porque ella pensaría que tenía una oportunidad y sabía que no era así.
Eran amigos, pero ni siquiera pasaban tiempo juntos, y cundo sí lo hacían, ahí estaba su novia, todo lo que hacía era con su novia y aunque ella quisiese resignarse a olvidar sus sentimientos por él y dejar todo en una amistad, la verdad era que se moría porque terminaran. Tampoco es que fuera de piedra o una masoquista, no iba a quedarse viéndoles ser melosos sin sentir nada. Sabía que esto ya no era sano para ella y que debía ponerle un punto final a esto por el bien de salud mental. Pero eso no lo hacía más fácil. Eran cuatros años de amistad los que tiraría a la basura, pero también entendía que era necesario, solo alejándose podría olvidarlo y solo alejándose podría dejar de sentir que caminaba entre clavos cada vez que los veía besarse.
Sentía que era irracional en ocasiones y que le impedía a su amigo ser feliz, pero al mismo tiempo sentía que debía separarlos un poco o ella le lavaría el cerebro y los alejaría. Sentía que ella era mala y desdeñosa cuando hablaba con ella, pero al mismo tiempo no sabía si ella misma era igual cuando se refería a ella. Quizás ambas no querían verse ni en pintura o quizás eran solo sus celos que la hacían imaginar cosas. La verdad, ya estaba cansada.
No supo si fueron todos los eventos del día anterior, que ya estaba acabando y pronto irían a la universidad o simplemente una descarga de adrenalina, pero contesto el teléfono, decidida a decirle toda la verdad. Tendrían una repuesta y fuese buena o mala la aceptaría. Después ya decidiría que hacer.
—Hola – dijo y sin querer su voz sonó ronca y pesada.
Como si emperezará a sentir lo pesado que había sido amarlo todo ese tiempo. Incluso él pudo sentir todo ese peso a través de la línea telefónica.
—Hola – respondió como un susurro.
— Necesitamos hablar – dicen ambos al unísono y luego ambos quedan en silencio.
—¿En el parque de la esquina? – se atreve ella a decir después de un largo silencio incómodo.
Él asiente, pero al recordar que no puede verlo responde.
—Te espero.
…
Minutos después ella llego al lugar y lo vio allí sentado con aquella camisa verde que le había regalado en su cumpleaños y que contrastaba con sus verdosos ojos. Y como si su mirada fuera un imán, él de pronto la miro y como la primera vez ella olvido como respirar y moverse. De repente perdió el valor y quiso darse la vuelta e irse. Pero hizo acopio de valor y continuó caminando, hasta él, mientras su cola de caballo era llevada por el viento.
Él jamás despego su vista de ella hasta que se sentó y sin siquiera saludarse ambos decidieron ir al grano.
—Yo... – dijeron ambos al unísono, para luego callar y sonreír.
—Tú primero – cedió ella, totalmente segura de que lo de ella era más difícil.
Él pareció entender y empezó él.
—¿Recuerdas que prometimos ir a la misma universidad? – pregunta y ella asiente, sabiendo por donde venía la cosa. – Mónica me pidió lo mismo…
—Es tu novia y se molestó porque le dijiste que irías ya a otra universidad, te dijo que cambiaras y dijiste que me lo habías prometido, te negaste a ceder y te pidió que eligieras. – le corto el royo, sabiendo bien lo que quería decir. – No te preocupes por mí.
Él frunce el ceño, su amiga nunca había sido tan madura para ceder primero en algo, él era quien siempre cedía.
—¿Estás segura? – pregunta no muy convencido, ya que habían planeado esto desde hace tiempo.
Sin embargo, ella ya sabía que esto pasaría y la verdad ya no se quería enojar, solo se sentía un poco decepcionada, porque si él se lo pidió es que ya había decidido hacerlo.
—Estoy segura, después de todo es solo una universidad, estaremos en contacto a diario ¿Qué te preocupa? – esto pareció destensarlo, si supiera que lo que la pensaba era tomar distancia después de lo de hoy, claramente no se sentiría así.
—Y tú ¿Qué me querías decir? – pregunta más relajado el pelirrojo.
Ella le sonrió y respiro hondo antes de hacer la locura más grande de toda su vida. Tomó su cara entre sus manos y deslizo una por su nuca mientras lo atraía y unía sus labios con los suyos, probando por fin lo dulce de besar a alguien habías deseado besar por cuatro años. Sabía que esto marcaría el fin de su amistad, para bien o para mal, pero por una vez, quería parecerse a la heroína de su novela favorita, que tendía a precipitarse ciegamente en el placer como en un abismo sin fondo y sin pensar en las consecuencias. Al menos no se arrepentiría de nunca haberlo intentado.
En cuanto se alejó puedo ver su cara de estupefacción. Ella sabía que esto pasaría, él no le respondería aquel beso y tampoco era algo se esperaba. En seguida su cara de sorpresa pasó a confusión en unos minutos que le parecieron eternos.
—Tú me besaste ¿Por qué? – pregunta aun confundido.
—Me gustas – dijo decidida, ya no quería arrepentirse más de las cosas que no hacía, si debía arrepentirse que fuera de lo que ya había hecho. – me gustas desde el primer día que te conocí.
Toda su cara se deformó con emociones tan complejas que ella no pudo entenderlas, pero todas ellas una daga a su corazón ¿Por qué? ninguna de ellas era felicidad. Mientras él sentía asfixia en su pecho ¿Le gustaba a su mejor amiga? Sus pensamientos estaban locos en su cabeza y no sabía que decir, por lo que su boca se abría y se cerraba constantemente ¿Acaso había hecho algo para provocarlo? Quizás Mónica tenía razón y era porque ellos parecían haber cruzado la línea de la amistad que los hacía estar confundidos. A ella no le gustaba él, era solo una ilusión por lo apegados que eran. Si seguían así se harían daño.
—Yo… – empezó para luego detenerse, mientras pensaba bien sus siguientes palabras, no quería herirla, pero tenía que ser contundente.
—Tú – lo invito a continuar.
—Estoy saliendo con Mónica – dice serio – lo sabes.
Bajo la mirada, eso fue un no, pero ya se lo esperaba.
—Lo sé – dijo evitando llorar. – pero ¿Y si no lo estuvieras? – preguntó con un mínimo de esperanza, quizás ella todavía tenga oportunidad si algún día se separaba de ella.
—Eres mi mejor amiga, jamás te veré como una mujer, siempre te veré como a una hermana. – dijo seguro – perdón.
Ella sonrió, porque, aunque su corazón estaba hecho un rompecabezas con piezas incompletas, también sentía su cuerpo liberarse, ese peso que había cargado en sus hombros por cuatro años ya no estaba y ella ya tenía su respuesta. Era dolorosos pero liberador. Le recordó a ese cuento que solía leer con su madre cuando era pequeña “Emilia y su amado embace” Emilia se encerró en el embace sin darse cuenta, solo al salir Emilia entendió que el embace que tanto amó, era su prisión.
Acababa de salir y sí que dolía, descubrir que el embace, no era, ni sería nunca suyo, pero ya no aferrarse al embace era liberador. Ella le prometió que esto no cambiaría nada, una y otra vez hasta que él estuvo seguro y luego prometieron verse en la graduación, solo entonces se fue. Enseguida lo vio darse la vuelta sus ojos se pusieron borrosos y de pronto empezó a llover, por primera vez cayó del cielo una lluvia salada, pero nada excepto su cara se mojaba. Ella sabía que sería la última vez que lo vería, después de todo ya había aceptado aquella beca en el extranjero y se iría pasado mañana, un día antes de la graduación.