Capítulo 1: Entre tus piernas y las de tu amante
Querido futuro exesposo, entre mis piernas y las de tu amante, ¿cuáles prefieres? —Isabella alzó la pierna con elegancia, rozando el tobillo de Dante con su zapato de cristal. Sonrió, venenosa—. ¿Alguna vez sus piernas rodearon tu cintura como lo hacen las mías?
Los ojos helados de Dante Rivas se incendiaron de pronto. La empujó contra la pared, apretándola contra su cuerpo, y la devoró en un beso brutal. El hombre frío y distante, ahora poseído por una mezcla de rabia y deseo, parecía recuperarse del letargo de tres años de ausencia de pasión.
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Flashback
Era una noche que debería haber sido especial. Isabella Duarte, con el corazón lleno de ilusión, había preparado una cena elaborada para el cumpleaños de su esposo. Pero su mundo se derrumbó con un simple vibrar del teléfono que Dante había olvidado en la mesa.
Un mensaje acompañaba una fotografía sugestiva: unos zapatos negros de charol, un vestido azul que revelaba unas piernas esbeltas y una rodilla marcada, joven y seductora. El mensaje decía:
“Ay, me lastimé mientras llevaba tu pastel… ¡Me duele muchísimo!”
El segundo mensaje fue aún más claro:
“Señor Rivas, lo espero en La Corona Real para celebrar su cumpleaños esta noche…”
Isabella no dudó. Agarró su bolso y se dirigió al restaurante, con el corazón latiendo desbocado, lista para enfrentar la verdad con sus propios ojos.
Lo que vio la dejó paralizada: detrás del cristal del restaurante, la mujer que esperaba a Dante… era su hermana, Camila. La belleza de la familia, siempre adorada en Santa Amara, ahora se presentaba como su rival.
—Veo que soy la última en enterarme —dijo Isabella con una risa amarga.
—Isabella, seamos honestos, tu esposo nunca te amó —respondió su padre, evitando su mirada.
Su madre añadió, cruel:
—¿Sabes cuántas mujeres en Santa Amara desean al señor Rivas? Mejor que esté con tu hermana que con cualquier otra.
El mundo de Isabella se quebró. Su matrimonio, la devoción de tres años, todo parecía una ilusión. Encendió una vela, y su reflejo le devolvió la imagen de una mujer que sentía no ser suficiente.
Tres años había dedicado a cuidar de Dante tras su accidente, abandonando su vida, sus sueños y su juventud. Y ahora, él despertaba… solo para volver a su verdadero amor, su hermana.
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Cuando regresó a la mansión, la oscuridad envolvía la casa. Isabella estaba sola frente a la cena que había preparado con tanto amor, un pastel intacto que parecía burlarse de ella. De repente, los faros de un Rolls-Royce iluminaron el jardín.
Dante apareció, imponente, elegante, y la voz profunda que la había enamorado resonó en la estancia:
—¿Por qué está todo a oscuras?
—Es tu cumpleaños —murmuró Isabella.
—No pierdas el tiempo con estas cosas. No me interesan —respondió él, despectivo.
—¿No te interesa el cumpleaños o no te interesa celebrarlo conmigo? —insistió ella.
—Piensa lo que quieras —contestó él, subiendo las escaleras.
—Espera. Quiero darte un regalo de cumpleaños.
—No necesito nada.
Isabella curvó sus labios en una sonrisa amarga:
—Dante, quiero el divorcio.
Se detuvo en seco. Sus ojos negros se clavaron en ella, un rayo de incredulidad y tensión llenando la habitación.
—¿Me pides el divorcio solo porque no celebré mi cumpleaños contigo? —preguntó, su voz un rugido contenido.
—Camila ha vuelto, ¿no es así?
Dante soltó una risa despectiva, acercándose lentamente.
—¿Te inquieta Camila? —susurró, apoyando una mano en la pared junto a su cabeza, atrapándola contra el frío muro.
—Todo Santa Amara sabe que Camila es mi cuñada. ¿No te basta con ser la señora Rivas? ¡Conformate! Yo me acuesto con quien yo quiera.
El rostro de Isabella se tornó pálido.
—Dante, pongamos fin a este matrimonio sin amor y con poca intimidad —dijo ella, reprimiendo el dolor.
Él arqueó una ceja, voz magnética:
—¿Sin amor, sin intimidad?
Le tocó el mentón con el pulgar, rozando sus labios.
—Así que es por eso que quieres el divorcio… ¿deseos insatisfechos?
¡PLAF! La bofetada resonó en la habitación.
—Valiente… —susurró Dante, su voz grave y cargada de tensión—. Perfecto, Isabella. Si quieres el divorcio, lo tendrás. Pero no vengas después llorando, suplicando que volvamos.
Se subió las escaleras, dejando a Isabella acurrucada contra la alfombra, deshecha por la mezcla de dolor, rabia y deseo no resuelto.
A la mañana siguiente, Sofía entró al estudio. Dante, concentrado en documentos, ni levantó la vista.
—Señor… —comenzó Sofía suavemente—. La señora se ha ido. Me pidió que le entregara esto.
Al ver el “Acuerdo de divorcio”, Dante lo miró con desprecio:
—¡Tíralo todo! —gruñó, mientras su mente luchaba por aceptar que Isabella se iba… sin un centavo, sin suplicar.
El teléfono sonó. Era ella.
—Hola —dijo Isabella, firme.
—Isabella… —la voz de Dante sonó tensa—. ¿Dónde diablos te fuiste?
—Dante, el matrimonio terminó —contestó ella con decisión.
—¿Crees que puedes irte así y que no pase nada? —su tono era bajo, peligroso.
—No es cuestión de que pase algo. Tú estás con Camila. Yo… ya no puedo seguir siendo un payaso para la ciudad.
Un silencio pesado llenó la línea, cargado de emociones que ninguno de los dos sabía manejar.
—Estás jugando con fuego, Isabella. No creas que esto termina con unos papeles firmados —advirtió Dante.
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Isabella guardó el teléfono con mano temblorosa. El rugido del motor del tren rugió en la distancia, mezclándose con el viento que le azotaba el rostro. No llevaba más que una maleta y el vestido n***o con el que había enfrentado su infierno la noche anterior.
Santa Amara se extendía detrás de ella como un recuerdo que ya no quería reclamar.
Mientras el tren arrancaba, se permitió por primera vez en tres años llorar. Lágrimas silenciosas, sin gritos ni sollozos. Lágrimas que ardían, pero que no pedían compasión.
—Se acabó —susurró para sí misma—. No volveré a mirar atrás.
El paisaje cambió, y con él, la mujer que había sido.
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En la mansión Rivas, Dante caminaba de un lado a otro en su estudio. El reloj marcaba las tres de la madrugada, pero el sueño no llegaba. La rabia le carcomía el pecho, una rabia que no entendía del todo.
Había firmado contratos millonarios con la mente fría, había sobrevivido a la ruina, a la prensa y al accidente que casi lo deja muerto. Pero no sabía qué hacer con ese vacío que Isabella le había dejado.
Le había dicho que se fuera. Y ella se fue.
Sin drama, sin lágrimas, sin pedir nada.
Golpeó el escritorio con el puño cerrado, el cristal vibró.
—Esa mujer… —murmuró entre dientes—. No sabe con quién se mete.
Sin embargo, lo sabía. Isabella siempre lo había sabido.
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El amanecer tiñó de dorado el horizonte. Isabella descendió del tren en una pequeña estación rural, donde los gallos marcaban el inicio del día. Se había dirigido al único lugar donde aún quedaban recuerdos que no dolían: la vieja casa de su abuela, en San Lázaro del Río.
La puerta, cubierta de polvo y enredaderas, se abrió con un crujido. Adentro, el olor a madera y tierra húmeda le devolvió un poco de paz.
Encendió la chimenea y se abrazó las rodillas. Por primera vez, no era “la señora Rivas”. Era simplemente Isabella Duarte, una mujer rota que debía decidir si se reconstruía o se rendía.
Sobre la mesa, extendió el contrato de divorcio y una hoja en blanco.
Con un bolígrafo, escribió en el encabezado:
“Carta al futuro exesposo”.
“Entre mis piernas y las de tu amante, elegiste las de ella.
Entre tu orgullo y mi amor, elegiste el orgullo.
Y entre la verdad y el silencio… elegiste mentir.
Pero yo, Dante, elijo vivir.”
Firmó con pulso firme.
Por primera vez, su nombre se veía libre.
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Mientras tanto, en Santa Amara, las cosas se movían rápido.
Camila Duarte había regresado oficialmente. Las portadas de las revistas la mostraban tomada del brazo de Dante en eventos públicos, sonriendo como si nunca hubiera habido un escándalo.
—El señor Rivas ha recuperado su brillo —comentaban los medios.
—La Dama de Santa Amara ha vuelto —decían otros.
Pero detrás de cada foto perfecta, Dante sentía algo que no podía admitir ni siquiera frente al espejo: extrañaba el silencio de Isabella.
Su voz tranquila.
Su forma de esperarlo cada noche, aunque él no lo pidiera.
El café que ella le preparaba ya no sabía igual.
Y cuando Camila reía, algo en él se tensaba, como si la risa perteneciera a otra vida que no quería revivir.
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Una semana después, el abogado de los Rivas llegó a San Lázaro del Río con una carpeta sellada.
—La firma del señor Rivas —dijo el hombre con tono profesional—. El divorcio ha sido aceptado.
Isabella lo recibió con calma. Tomó los papeles, los revisó y luego levantó la mirada:
—Dígale al señor Rivas que su esposa ha muerto.
—¿Muerta? —balbuceó el abogado.
—La señora Rivas. —Ella sonrió apenas—. Isabella Duarte sigue viva.
Cerró la puerta, y al hacerlo, algo cambió en el aire.
El dolor se transformó en propósito.
Ya no era la mujer abandonada. Era una nueva versión de sí misma, más peligrosa, más serena, más libre.
Afuera, la brisa soplaba como si el destino la llamara por su nombre.
Y ella estaba lista para escucharlo.