Capítulo 2 — El viento de San Lázaro

1485 Palabras
La transformación en el polvo El abogado de Dante se había marchado dejando, sobre el camino de tierra, la estela brillante de un coche costoso. Isabella cerró la puerta de la vieja casa de su abuela. Afuera, la brisa olía a tomillo y destino; la llamó por su nombre, y esta vez ella respondió. Subió al tocador. Durante tres años había sido la estatua perfecta: la dama impecable de Santa Amara, la esposa que daba tiempo y paciencia. Ya no. Isabella Duarte estaba viva y decidida: había que deshacerse, incluso físicamente, de la señora Rivas. De la costurera sacó unas tijeras oxidadas. Las manos le temblaron un segundo, y luego cortó. El cabello castaño cayó al suelo en mechones irregulares, formando un círculo oscuro sobre la alfombra gastada. Cuando por fin se miró al espejo cubierto de polvo, no reconoció a la mujer que veló a un esposo en coma y que aceptó la humillación con una sonrisa fingida. En su lugar vio un halcón: mirada corta, mandíbula firme, peligrosa y despierta. —Isabella Duarte —murmuró, probando el nombre en los labios—. Suena bien. Necesitaba un plan y dinero. Y, para su sorpresa, la casa de la abuela guardaba un secreto: una caja de latón escondida detrás de los libros de botánica. No eran joyas ni papel moneda, sino títulos y contratos: escrituras de fincas, permisos, papeles antiguos que convertían en realidad lo que su madre siempre quiso ocultar. Su abuela, más astuta de lo que el linaje Duarte permitía pensar, le había legado un pequeño imperio rural; no era la fortuna Rivas, pero era suficiente para respirar, y —pensó Isabella con frialdad— lo bastante para morder. Mientras repasaba los documentos, el silencio de San Lázaro fue roto por un rugido conocido: el Phantom de un Rolls-Royce, una nube de polvo rojizo que se acercaba con desdén. Dante Rivas había llegado. No la perseguía el orgullo, ni la piedad: era su propia curiosidad y su poder herido los que venían a cobrar cuentas. Isabella se puso de pie como quien se alista para la batalla. Cambió las sedas por un par de jeans gastados y una camisa blanca de algodón; la modestia le sentaba extraña, pero liberadora. Se acercó a la chimenea, encendió leña y dejó que las llamas la reconocieran. Dante se quedó en el umbral como un rey exiliado frente a una torre que ya no le pertenece. El traje impecable le marcaba los hombros; la mirada, el orgullo. Buscaba lágrimas, reproches, drama. No encontró nada que encajara en su guion. —Pensé que no te interesaban las cosas triviales, Dante —dijo ella, sin alzar la voz, girando para mostrarle el corte de pelo—. ¿Vienes a comprobar si estoy rota? Se quedó sin palabras. El nuevo perfil de Isabella le quitó el aire. —¿Crees que puedes desaparecer y que nada pase? —rugió él—. Has dejado la mansión. Has cometido un error. Isabella apoyó la espalda en la mesa y sonrió, angulando la barbilla con desafío. —He dejado tu prisión —respondió con calma—. No es un error. Es una elección. Tú la hiciste primero. ¿Viniste a ver a la esposa suplicante o al monstruo arrepentido? Dante avanzó, sus pasos cortos, medidos, la rabia vibrando en el cuello. —Vuelve a la mansión. Cumple tu papel. La señora Rivas no se marcha sin un acuerdo millonario. —La señora Rivas ha muerto, Dante —replicó ella, gélida—. Isabella Duarte no necesita tu caridad. Señaló la mesa con la punta de un bolígrafo. Los papeles, extendidos y ordenados, brillaban con la promesa de independencia. —La casa de mi abuela es mía. Estas tierras son mías. Tienen escrituras. Valen oro para cualquier desarrollador con ambición en Santa Amara. No necesito tu apellido, ni tu limosna. Ni tu lastre. Para Dante aquello era incomprensible: esperaba lágrimas, ofertas, una negociación donde él dictara términos. En cambio, Isabella le mostró una mano fuerte y limpia. —¿Me chantajeas con unas tierras de mala muerte? —escupió, incrédulo. —No te chantajeo, te informo. Y, por cierto, futuro exesposo, lárgate de mis tierras. No tienes más permiso que el de tus recuerdos. Dante la sujetó del brazo con brusquedad, como si quisiera volver a colocarla en su lugar. —Esto es un juego, Isabella. Y yo siempre gano. Ella le devolvió la mirada con la calma de quien ha quemado todos los miedos. —Entonces hoy aprendes a perder. Si vas a ir a la guerra, no ataques a la enfermera que te cuidó—dijo fría—. Ataca a la mujer que ahora no tiene nada que perder. Durante un momento la rabia de Dante batalló con una fascinación que no quería admitir. Respiró hondo, se giró y, sin más, volvió al coche. El Rolls se alejó levantando el polvo como un estandarte herido. Isabella cerró la puerta y la adrenalina se transformó en algo distinto: no miedo, sino sabor a poder. Regresó a la mesa, tomó el bolígrafo y escribió, con la caligrafía firme de quien traza un plan de asalto: > Objetivo 1: Asegurar el control total de las propiedades de San Lázaro. Objetivo 2: Destruir el proyecto de desarrollo de Dante Rivas en el Valle Norte. Objetivo 3: Recuperar lo que es mío —y todo lo que me arrebataron. Doblegó la hoja, la guardó en la caja de latón y, por primera vez desde que su nombre llevaba un anillo, se sintió dueña de su propio destino. El viento de San Lázaro volvió a pasar entre los árboles como un pacto: sopló, se llevó la última hebra de su antigua vida y dejó en su lugar la promesa de guerra. El eco del polvo La noche cayó sobre San Lázaro con una calma engañosa. Las cigarras cantaban entre los naranjos, y el cielo, rojizo todavía, parecía contener un secreto a punto de romperse. Isabella cerró las cortinas y se sentó junto a la ventana. El aire traía un olor a tierra mojada, a comienzo. En la mesa, la lista seguía abierta, iluminada por una lámpara de petróleo. Tres objetivos, tres promesas. Pero no bastaba con escribirlas: había que convertirlas en movimiento. Abrió el cajón inferior del escritorio de su abuela. Dentro, un viejo teléfono de disco dormía junto a un cuaderno de tapas negras. El cuaderno estaba lleno de nombres y números escritos con tinta azul. Antiguos clientes, proveedores, trabajadores del campo. Personas que su abuela había ayudado, o que alguna vez le debieron un favor. Isabella pasó los dedos sobre los nombres, como quien recita una oración. —No estoy sola —susurró. Marcó un número. Al tercer tono, una voz rasposa respondió: —¿Quién habla? —Isabella Duarte. La nieta de Mercedes. Hubo un silencio, y luego un suspiro largo. —Mercedes... Hace años no escuchaba ese nombre. ¿Qué necesitas, niña? —Recuperar lo que me pertenece. Y destruir lo que me robó un hombre que se cree intocable. La voz rió, seca. —Eso suena peligroso. —Entonces es el tipo correcto de favor —dijo Isabella, mirando por la ventana hacia el polvo del camino, donde el Rolls-Royce de Dante había dejado su cicatriz. Colgó. No necesitaba promesas; los ecos del pasado ya estaban en marcha. Caminó hasta el tocador. Su reflejo la observó con una calma que le resultaba ajena, casi inquietante. No quedaba rastro de la mujer de los desayunos perfectos y los vestidos de seda. Esa Isabella estaba enterrada bajo los mechones de cabello en el suelo. Abrió una caja pequeña donde guardaba un anillo de compromiso: oro blanco, tres diamantes, promesa vacía. Lo sostuvo un instante, lo giró entre los dedos, y lo lanzó al fuego. Las piedras chispearon un segundo antes de rendirse a las llamas. —Adiós, señora Rivas —murmuró. El resplandor naranja dibujó sombras sobre las paredes mientras el anillo se consumía. El viento golpeó la ventana y el humo se curvó hacia afuera, como si la casa respirara aliviada. Isabella tomó el abrigo de su abuela, un pañuelo de lino y una botella de vino. Salió al porche y se sentó bajo el cielo abierto. En el horizonte, las luces de Santa Amara titilaban como promesas rotas. Sabía que Dante no se rendiría. Él era un hombre que sólo entendía la victoria o la destrucción. Pero esta vez, pensó con serenidad, la destrucción sería compartida. —Si quieres guerra, Dante —dijo en voz baja, levantando la copa de vino como un brindis silencioso—, la tendrás. El viento sopló más fuerte, arrastrando polvo y hojas secas. En el campo, un perro ladró a la distancia. Y en algún lugar del Valle Norte, una maquinaria pesada comenzó a rugir: los cimientos del nuevo proyecto Rivas. Isabella sonrió. El tablero estaba abierto. La partida acababa de empezar.
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