La Estrategia del Depredador
La parálisis del Valle Norte fue un golpe público a la armadura impecable de Dante Rivas.
Pero mientras los medios especulaban sobre su caída, él no sentía derrota. Sentía hambre.
La astucia de Isabella no solo había saboteado su imperio: le había devuelto el sabor del desafío.
En su estudio, Dante no analizaba contratos ni balances. Analizaba una fotografía.
Isabella, cabello corto, mirada insolente.
El recorte de un periódico descansaba entre sus dedos como una herida abierta.
—Ella no juega en mi campo —murmuró.
—¿Entonces qué hará? —preguntó Sofía, su asistente, con cautela.
—La obligaremos a volver a él. Al terreno que conoce… y que odia.
Una sonrisa fría le dibujó los labios.
La mejor forma de recuperar algo es hacerlo indispensable.
Y la mejor forma de atraer a un lobo… es con otro lobo.
—Organiza una gala benéfica —ordenó—. Tema: Conservación del Ecosistema Hídrico del Valle Norte.
Llámala El Baile de los Lobos.
Sofía lo miró con desconcierto.
—¿Una gala sobre el mismo problema que paralizó su proyecto?
—Exacto. La prensa se volverá loca. Pero esto no es para ellos, Sofía. Es para ella.
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La Trampa Inevitable
Dos días después, en San Lázaro del Río, Isabella estaba plantando semillas en el jardín de su abuela cuando llegó el sobre.
Papel grueso, sello dorado, emblema Rivas.
El mensaje era claro:
“La Fundación Rivas lo invita cordialmente a la gala benéfica El Baile de los Lobos, en favor de la conservación hídrica del Valle Norte.”
Junto a la invitación, una nota firmada por Sofía:
> “Señora Duarte: El señor Rivas ha prometido una donación de diez millones de dólares si el Defensor del Ecosistema asiste y pronuncia el discurso de apertura.
Por favor, considere el valor de esta contribución para la gente de San Lázaro.”
Isabella arrugó el papel, sintiendo el veneno de la jugada.
No era una invitación. Era un chantaje envuelto en terciopelo.
Diez millones de dólares podían blindar legalmente la reserva ecológica durante generaciones.
Y Dante lo sabía.
No podía negarse. Pero tampoco podía ceder.
—Maldito arrogante —murmuró, apretando los dientes—. Juguemos.
Iba a ir, sí.
Pero no como la señora Rivas.
Iba a ir como Isabella Duarte, la mujer que ya no pertenecía a nadie.
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El Reencuentro en la Ciudad
El Gran Salón del Hotel Imperial resplandecía como un coliseo moderno: cristal, oro y lobos disfrazados de filántropos.
Isabella entró envuelta en un vestido esmeralda que caía como una cascada sobre su piel tostada.
No joyas. No artificios. Solo la elegancia de quien se conoce.
Las cámaras giraron hacia ella como girasoles al sol.
El murmullo se apagó.
Ya no era la sombra de Dante Rivas. Era una tempestad con nombre propio.
Y entonces, su voz.
Esa voz.
—Llegaste tarde, Isabella. Diez millones de dólares dependen de tu puntualidad.
Dante apareció entre la multitud, impecable en su esmoquin n***o.
Su presencia llenó la sala como una marea oscura.
Isabella no necesitó mirarlo para sentir cómo el aire se tensaba a su alrededor.
—No vine por ti, Dante —respondió con calma.
—Lo sé —replicó él, acercándose—. Viniste a salvar tu pantano.
Y, de paso, a recordarme por qué nada ni nadie me ha obsesionado tanto.
Le ofreció el brazo.
Ella dudó, pero las cámaras ya estaban apuntando.
—Eres la estrella de la noche —susurró él—. Y para todos los efectos… aún eres mi compañera de baile.
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El Baile de la Tensión
La orquesta comenzó un vals lento.
Dante la guio al centro del salón, su mano firme en su espalda baja.
Ella lo miró con una mezcla de desafío y nerviosismo que lo fascinó.
—¿No vas a invitar a Camila? —preguntó Isabella con un veneno dulce.
—Camila está fuera del país. Esta noche no necesito una novia dócil. Necesito una mujer que sepa morder.
El ritmo los envolvió.
Cada giro, cada roce, era una provocación calculada.
Los flashes los capturaban como si fuesen los únicos en el mundo.
—Esto es un insulto a todo lo que defiendo —dijo ella entre dientes.
—Esto —replicó él— es el inicio de tu redención.
La obligó a levantar la mirada. Sus ojos se encontraron, oscuros, devoradores.
—Te hiciste más hermosa cuando dejaste de amarme. Más peligrosa.
—Es porque ahora me amo a mí misma, Dante.
—Perfecto. —Él se inclinó, rozando su oído con un susurro que la estremeció—. Me estoy volviendo loco por esta versión tuya. La que me desafía. La que podría destruirme.
La giró con una elegancia brutal y la atrajo de nuevo.
Sus cuerpos casi se tocaron.
—La batalla es por las tierras, Isabella —murmuró—. Pero la guerra… será por verte rendirte. No ante mí, sino ante lo que aún sientes.
El vals terminó, pero la tensión no.
Isabella se apartó, temblando por dentro.
—Disculpa. Debo dar mi discurso.
—Adelante —respondió él con una sonrisa de lobo—. Pero antes...
Tomó su mano.
Y ante la mirada de toda Santa Amara, besó sus dedos con una reverencia cargada de deseo.
No fue un gesto romántico. Fue una declaración de dominio y adoración.
Isabella subió al estrado con la sangre ardiendo.
Cada palabra que pronunció después fue un grito de independencia envuelto en diplomacia.
Sabía que el juego había cambiado.
Esta vez, el premio no era el terreno.
Era el corazón que juró no volver a perder.
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Después del Baile
Los aplausos llenaron el salón con una energía que rozaba la histeria.
Isabella bajó del estrado sin mirar a nadie, la respiración contenida, el corazón como un tambor de guerra.
Sabía que había hablado con firmeza, que su discurso había sido impecable, pero también sabía que Dante la observaba como un cazador que admira la fiereza de su presa antes de volver a a****r.
—Excelente oratoria —dijo él, apareciendo a su lado con un vaso de champaña—. Inspiradora. Casi… peligrosa.
—No te confundas, Dante. No hablé para ti.
—Lo sé —sus labios curvaron una sonrisa apenas visible—. Pero igual terminé escuchando cada palabra.
Ella lo ignoró y se adentró entre los invitados. Dante la siguió con la mirada, fascinado.
Isabella no se escondía. Saludaba, respondía preguntas de la prensa, irradiaba una seguridad que pocos en ese salón podían fingir.
Y eso lo enloquecía.
A un lado, Sofía se acercó en silencio.
—Ha conquistado al público —susurró—. La prensa la está llamando “la dama verde de Santa Amara”.
—Déjalos. Que la coronen. —Dante giró el vaso, observando las burbujas subir—. Así será más interesante verla caer.
Pero en el fondo sabía que no era cierto.
No quería verla caer.
Quería verla rendirse, sí… pero rendirse en sus brazos, no en el suelo.
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El Pacto Roto
Fuera del salón, en el balcón que daba al jardín imperial, Isabella buscó un respiro.
El aire frío le acarició el cuello desnudo. Cerró los ojos un instante.
Pero no estaba sola.
—Sabía que vendrías aquí —dijo Dante, apoyándose en la baranda junto a ella.
—No tienes idea de lo que sé, Dante.
—Te conozco más de lo que crees. —Bajó la voz, grave, con esa cadencia que solía desarmarla—. Cuando estás molesta, respiras por la nariz y cuentas hasta tres antes de hablar. Cuando estás nerviosa, te tocas la cadena…
—Ya no uso cadenas —lo interrumpió, sin mirarlo.
Él sonrió.
—Cierto. Ahora usas espinas.
El silencio entre ellos se llenó de tensión.
Abajo, las luces del jardín danzaban sobre la fuente; arriba, el cielo de Santa Amara parecía contener la respiración.
—¿Por qué haces esto? —preguntó ella al fin, girando hacia él—. ¿Para humillarme? ¿Para recordarme que aún puedes manipular cada escenario?
—Lo hago porque no soporto que te alejes. —Su respuesta fue directa, casi brutal—. Porque me provocas rabia, deseo, orgullo… todo al mismo tiempo. Y no sé si quiero destruirte o besarte.
Isabella lo miró largo, con una mezcla de furia y vértigo.
—Entonces hazte un favor, Dante. Aprende a perder.
Intentó marcharse, pero él la detuvo con un gesto suave, apenas un roce en el antebrazo.
No hubo fuerza, solo electricidad.
—Isabella… —susurró, y el nombre le tembló en la boca.
Por un segundo, el tiempo se detuvo.
La orquesta dentro del salón marcaba un nuevo compás; el perfume de ella, tierra y lluvia, lo embriagó.
Y Dante, el hombre que nunca pedía, bajó la voz.
—No sabes cuánto te extraño.
Ella lo miró, los ojos brillando de rabia contenida.
—Y tú no sabes cuánto dolió amarte. —Se liberó del contacto con un movimiento seco—. Buenas noches, señor Rivas.
Cuando Isabella volvió al interior, el murmullo de la multitud la envolvió.
Pero Dante siguió en el balcón, inmóvil, viendo cómo la mujer que lo había dejado seguía robándole el aire cada vez que decía su nombre.
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Epílogo del Baile
Más tarde, en su suite del hotel, Isabella se descalzó frente al espejo.
Sus pies dolían, su cuerpo temblaba todavía por el peso del encuentro.
Abrió su bolso y encontró algo que no recordaba haber guardado: una tarjeta negra, sin logotipo, solo una frase manuscrita.
> “Toda guerra necesita reglas.
Tú elegiste las tuyas.
—D.”
La dejó caer sobre la mesa.
No sonrió. No lloró.
Solo se sirvió una copa de vino y miró por la ventana, hacia el reflejo dorado de la ciudad.
En algún lugar de Santa Amara, Dante Rivas hacía lo mismo.
Dos copas. Dos mentes afiladas.
El tablero seguía en juego.
Y esta vez, los lobos no iban a bailar.
Iban a morder.