Elisabetta era todavía una niña cuando los progenitores la habían llevado a que asistiese a la ejecución de Chiara y de los otros conciudadanos, quemados en la hoguera en Campo dei Fiori, en Roma, y se había quedado realmente impresionada por el horrible espectáculo. En las afirmaciones de Griselda veía ahora un rayo de esperanza, por lo que se refería a la suerte de aquellos pobrecillos. Pero la anciana movió la cabeza. ―No, Elisabetta. Una cosa es estar atado a un palo por personas malvadas que desean verte morir entre atroces sufrimientos, otra cosa distinta es ofrecerse de manera voluntaria a las llamas, después de haber recitado las oportunas invocaciones y haber preparado el encantamiento así como es descrito justo en el libro que te ha sido entregado. Verás, querida Elisabetta, que

