Salía de su departamento para ir a trabajar. Bajó la escalera guardando las llaves en la cartera, cuando alzó la vista y se detuvo en seco.
Al pie de la escalera, apoyado de espaldas en la baranda, estaba Lorenzo.
Su estúpido corazón comenzó a latirle deprisa, feliz y contento. Su mente repasándole con esos candentes momentos de la pasada noche. Hizo todo su esfuerzo para reprimir el agradable estremecimiento que le recorrió el cuerpo.
Terminó de bajar y le pasó de largo como si no estuviera allí. Oyó sus pisadas alcanzándole enseguida. Con esas largas piernas que tenía, podía dar dos pasos y dar la vuelta al mundo.
-Te estuve llamando.- le dijo, su voz sonó posesivo.
-Estaba ocupada.-respondió.
-¿Acosando a Dave y su novia?-
-Ajham.-
Silencio y su mano le agarró del brazo, deteniendo su rápido andar. La giró para que le mirara a la cara arrugada con su característico ceño.-¿Qué te pasa?-demandó.
-Nada.-bajó la mirada a su pecho, no queriendo que esos ojos la doblegaran.
-Rica.-le regañó.
-Estoy ocupada.-repitió y dio un paso atrás para alejarse, pero la mano de él se cerró con más fuerza en su brazo impidiéndole hacerlo.
-Rica.-su voz de nuevo amenazaba por una honesta respuesta.
-¿Qué quieres, Lorenzo?-
-Bueno, primero que me mires a los ojos.-con dos dedos le tomó el mentón, alzándoselo. Inevitablemente, sus ojos le buscaron y todo su interior se volvió fuego líquido. Su corazón se acelerado como un colibrí en primavera. Él le sonrió.-Eso es. Ahora, ¿Por qué no respondes a mis llamados?-
-Estoy…-la interrumpió:-No me hagas sacarte la verdad, Rica.-
Tragó saliva.
-Es la verdad.-
-¿Lo es?-
Se mordió la mejilla, sintiendo la fuerte amenaza que él desprendía.
-Vale.-dijo él y soltó su cara.- Entonces, no me dejas otra alternativa.-
De pronto, se dobló atrapándola con ambos brazos, alzándola del piso y lanzándola sobre su hombro. -¡Lorenzo!-
Su gran mano se curvó en su muslo por debajo de la falda. -Te lo advertí. No me gusta que me mientan. - empezó a caminar con ella.- Ahora no tengo más alternativa que sacarte la verdad con tortura.-
-¡¿Qué?!-exclamó horrorizada.
-Dulce tortura.-
Todos los que pasaban la miraban. Ella se cubrió el rostro con la mano a la vez que con la otra tiraba de su falda para que no vieran su ropa interior. La otra mano de él le palmeó apartándosela. –Lorenzo, bájame de una vez o te juro que…-
-No, no, sole mio, aquí las amenazas las hago yo.-
-¡Lorenzo, bájame de una puta vez!-pataleaba, pero ninguna de sus patadas parecía afectarle en lo más mínimo.
-Sigue así, sole mio, me encanta cuando luchas.-su mano se deslizó más arriba acercándose a su entrepierna.
-Vale, hablaremos, ¿de acuerdo?- jadeó con desesperación. - Pero, bájame, por favor.-
Él se detuvo.- ¿Serás honesta?-
-Sí, sí, sí.-
-Rica.-su mano le dio un apretón en el muslo.
-¡Sí!- gritó. -¡Joder, Lorenzo, suéltame de una vez!-
La puso sobre sus pies, pero sus manos continuaron agarrándola de los hombros como si temiera a que saliera corriendo.-Habla.-le ordenó.
Rechinó los dientes, odiando que la mandoneara. Le golpeó los brazos para sacárselos de encima, pero no se movieron. Sus ojos seguían trabados en su cara, atentamente esperando.
Exhaló dándose por vencida.–Bueno…-empezó alisándose las arrugas en su ropa.- parecía que tenías mucho en tu plato con ese tipo Mateo y ehm…-mantuvo la mirada en sus manos. - esa otra mujer.-
-¿Qué mujer?-
Se relamió los labios, nerviosa. ¿Desde cuándo él le ponía tan nerviosa?
Alzó la mirada a su rostro y de nuevo se quedó sin aliento.
Ese rostro perfecto como cincelado por los Dioses mismos. Mandíbula imponente, pómulos altos, nariz recta, aristocrática, con la sombra de una vieja cicatriz, labios carnosos provocadores de fantasías oscuras. Su salvaje cabello n***o suelto alrededor de sus hombros como una bestia. Él era una bestia tentando a que la domen. Era difícil decir que no deseabas a Lorenzo. Hasta los hombres lo hacían.
Bajó la mirada, sintiéndose intimidada con su belleza.–L-La…-sus dedos volvieron a su mentón alzándole el rostro.
-Háblame a los ojos, Rica.-le dijo con una voz suave.
Tragó saliva con fuerza, prendida a su mirada, completamente encandilada con esos ojos tan profundo como el cielo en una oscura noche de invierno.-La mujer que se fue contigo y Mateo.-logró decir.
-¿Davinia?-torció una sonrisa.-¿Estás celosa de Davinia?-
Frunció el ceño y apartó de un manotazo sus dedos de su cara.-Claro que no.-
Él se cruzó de brazos, con esa sonrisa engreída en la cara.-Yo creo que sí.-
Resopló.-Curiosa, Lorenzo, pero piensa lo que quieras.-empezó a volverse para reanudar su camino.-Me tengo que ir a trabajar.-
Esta vez él no le agarró, pero caminó a la par suyo.-Te llevo.-
-Tengo coche.-sacó las llaves del bolsillo externo de su cartera e hizo saltar la alarma. Se detuvo a su puerta.
-Hablaremos esta noche.- no preguntaba.
Abrió la puerta sin molestarse contestar o le saldrían insultos. La mano de él se aplastó contra el cristal cerrándola de golpe.
Le miró con enfado.-¿Qué demon--?
-Hablaremos esta noche.-repitió, sus ojos feroces no dejaban lugar al no.
Era totalmente absurdo, la tenía prácticamente intimidada con su actitud, con esa mirada, pero aun así, ella asintió con la cabeza como una niña obediente.
Sus carnosos labios se estiraron en una amplia sonrisa complacido. Se inclinó abriéndole la puerta para que entrara al coche. Su rostro a escasos centímetros del suyo.-Apresúrate o llegarás tarde, sole mio.-
No podía respirar, no podía hacer que su cuerpo obedeciera, estaba a su completa merced. Y, odiaba que así fuera. ¿Lo hacía?
Se subió, y él cerró la puerta con cuidado. Logró poner en marcha su licuado cerebro, y salió a la calle. Por el espejo retrovisor le vio aun parado en el mismo lugar, observándola alejarse. No había sensatez en nada de lo que sentía pero aun así, sí lo había absolutamente.
LORENZO
Esa mirada abierta como siervo encandilado, le tenía ardiendo la sangre. No podía enderezar su mente y dejar de pensar en ella. En sus labios, el calor de su suave piel, el aroma que desprendía embriagándole. ¡Y joder! La manera en que su cuerpo se movía, frotándose contra su entrepierna, su figura de reloj de arena contorneándose de un lado a otro como si quisiera matarle. Sabía que existía esta…tensión s****l entre ellos desde jóvenes, pero jamás pensó poner una mano sobre ella siendo la hija del mejor amigo de su padre. Estaba prohibido. Y, ella jamás dio señal de algo.
No tenía idea cómo las cosas cambiaron, pero ahora no podía dejar de fantaseas en todas las cosas que quería hacerle, en todas las posiciones que quería marcarla como suya, llenar su vientre con su semilla para que fuera siempre y para siempre suya.
Un golpe pesado y seco impactó el suelo trayéndole de regreso a donde estaba. El garaje de Malvin McCalum, un prolifero psicoanalista infantil muy respetado, y gran pederasta. Demasiadas veces escapó de las manos de la justicia mientras sus víctimas pagaban la verdadera condena con las cicatrices psicológicas que les dejó para toda la vida. Era millonario y fanático de coches de lujo. Fue uno de los primeros en su lista de candidatos de esta noche. El viejo pedófilo estaba en una formal cena de trabajo por lo que tenían tiempo, y si se aparecía antes de lo esperado, bienvenida la diversión.
-¡Bennie!-le gritó en advertencia por dejar caer el montacargas cerca del Maserati.-¡La próxima, será tu cabeza, ¿oíste?!-
Bennie asintió rápidamente y volvió a levantar el cargador para que Justos pudiera montar el motor del Ferrari. El lugar era el parque de diversiones para obsesos con los coches. McLaren. Lamborghini. Porsche. Mercedes. ¡Babéate, perra! Podía ser el peor genocida de infancias pero sabía qué coches comprar el muy hijo de puta.
Aplaudió sus manos. -¡Vale, embalen todo, muchachos, nos vamos!- se giró sobre sí arrancándose el tapabocas mostrando una resplandeciendo sonrisa.-Tengo una cita.-
-¡Uy!-chifló Lautaro, en sus manos cargaba el catalizador del Toyota. Estaba en sus 40 y era el más grande del grupo.-¿Quién es la mujer?-
Los ojos le brillaron recordando su cuerpo curvilíneo y perfecto frotándose contra el suyo, su trasero acariciando su enorme erección. ¡Por Dios! Había estado duro por horas.
-Una diosa.-ronroneó. Los chicos silbaron. Golpeó sus manos de nuevo para que se apresuraran.- ¡Vamos, vamos!-
Mientras los muchachos subían las partes al camión aparcado frente al garaje, repasó el lugar con la mirada. Parecía saqueado y arrasado. Perfecto. Le encantaba dejar evidencia de que estuvieron allí a esas basuras desperdicios de alientos en el mundo. Una manera de que vean cómo tocaron a sus tan preciados bebés, como ellos a los de otros.
De pronto se escuchó un pequeño, diminuto sonido como se electricidad y luego una sirena comenzó a sonar en todo el lugar. Su mirada se disparó a Elliot. El joven que recién habían incorporado, había abierto la puerta que conectaba con la gran mansión. Ellos habían desactivado las alarmas y detectores del área del garaje, no les interesaba entrar a la casa que tenía otro sistema de seguridad y detectores de movimiento separado. Pero el muy idiota al abrirla, la acababa de activar.-Joder.-masculló.-¡Vale, quince segundos para largarse antes que lleguen los azules! ¡Vamos!-apremió y se puso a ayudar a sus compañeros.
Cargaron todo y se subió a la parte delantera junto a Enzo que conducía.-¡Arranca, joder! ¡Vamos, vamos!-
Enzo piso el acelerador del camión y condujo rápido por el acampado. La gran mansión estaba en medio de la nada, por eso era perfecta para ellos. Aislada, remota, sin posibles ojos que detecten algo.
A metros de la cerca de la entrada de la propiedad, una camioneta negra se apareció delante cortándoles el paso. Cuatro tipos descendieron portando escopetas.-Genial.-dijo, y tomó su Browning de la cajuela. Golpeó con ella la pared de chapa a su espalda donde los chicos estaban con el cargamento.-¡Agarren sus juguetes, amigos!-trabó la vista en los hombres.-Es hora de jugar.-
Se subió el tapabocas de nuevo a la cara, y tiró de su capucha para que le cubriera. Se bajó de un saltó del camión dirigiéndose a ellos. Los músculos ondeándole, vibrando de emoción.-¿Lo hacemos fácil o rápido, amigos?-les dijo.- Tengo a una mujer esperándome.-
-No pueden estar aquí, es propiedad privada.-dijo como lo más obvio el de la derecha con cara de Schwarzenegger y gafas negras. Debía ser su fan número 1.
No contestaron. Al parecer no había mucha materia gris allí, así que tomó la decisión por ellos. -Genial, iremos por rápido.-
Sus cuatro muchachos también, se desplegaron a sus espaldas, todos con sus armas ya listas y apuntándoles a los hombres de n***o. Los sujetos reaccionaron abriendo fuego.
Se desplegaron. Las balas impactaban la arenilla alzando nubes de polvo. Se escudó tras la puerta abierta del camión y asomó disparando. No iba a matarles, sólo dejarles paralíticos o cuadripléjicos.
Uno de los tipos tenía a Lautaro con el rifle apuntándole al pecho. Corrió a ayudarle. Los muchachos le cubrieron. Cuando llegó, fue tarde, el sujeto jaló del gatillo. Pero, para sorpresa de los tres, como si fuera una película, el disparo no salió. Estaba trabada.
Lautaro le empujó el arma, y golpeó con la culata de la suya en la cara. Sangre voló de la boca del sujeto mientras caía al suelo. Como Lautaro tenía a ese bajo control, se dirigió a uno que le estaba dando la espalda, disparando sin cesar a Raúl y Bennie escudados al final del camión.
Llegó con sigilo y levantó el arma incrustándosela en la nuca. El sujeto se detuvo al instante. –Suéltala.-le ordenó. El sujeto obedeció. El rifle impactó el suelo. Despacio comenzó a volverse con las manos alzadas. –Genial, ahora lárguense y jamás nos hemos visto.-
El rostro del sujeto tensaba de enfado por la derrota, pero asintió con un tenso movimiento de cabeza. Chifló a sus amigos, y estos cesaron el fuego.
El sujeto comenzó a retroceder de espaldas, sin apartar la mirada de la suya. De pronto, hizo un movimiento rápido, se agachó con la pierna estirada intentando barrer sus pies. Pero, él estaba bien entrenado y tenía excelentes reflejos, por lo que reaccionó saltando y estrellándole el arma en la cara. Su nariz crujió con el espeluznante sonido de huesos quebrándose y sangre explotó salpicándole el pecho.
Genial, ahora tendría que bañarse antes de ver a Rica.
El sujeto en el piso, ensangrentado y herido, sacó una pistola del tobillo y alzó disparándole, pero con otro veloz movimiento, esquivó la bala, le agarró la muñeca apartándosela de la cara y torció violentamente. El sujeto chilló de dolor.
Torció su brazo, volteando su cuerpo boca abajo, y trabándoselo en un gancho en la espalda. Otro controlado.
Respirando atolondradamente por la boca, miró alrededor, y vio que los demás sujetos también estaban bajo control. Uno inconsciente en el suelo con Elliot sentado encima cacheteándole la cara. El chico podía tener 22 y ser un descuidado, pero era un mago de las artes marciales. Enzo y Bennie tenían amarrados a otros dos con cables. Lautaro juntabas las armas.
Le dio un golpe con el costado de la base de la mano en la unión del hombro y el cuello, dando a su nudo de nervios, y el sujeto cayó inconsciente en el acto. -¡Eso fue divertido, chicos!-exclamó parándose por encima del sujeto en el piso.-¡Vamos que llego tarde!-
Amarraron a los otros dos y metieron a los cuatros dentro de su camioneta. Estarían inconscientes por un largo rato antes de que despertaran y se dieran cuenta de que se habían ido. Bennie también le había sacado los claves de la bujía y jugado con otras partes importantes del coche. Les quitaron las radios y celulares dejándoles completamente incomunicados y desamparados. Por lo que les tomaría un buen tiempo caminar de regreso en la fría noche del campo y para cuando lograran conseguir ayuda, ellos se habrían desvanecido en la oscuridad. Como siempre.
Eran tan agradables los finales felices.
RICA
Salió del cuarto de baño de darse una duchar. Sin dejar de frotarse el pelo con la toalla, se dejó caer en el borde de la cama. Se cruzó de piernas acomodándose cuando el timbre sonó. No esperaba a nadie esa noche. Lorenzo había dicho que hablarían pero jamás se molestó en ponerse en contacto en ningún momento por lo que asumió que eran palabrerías sólo para fastidiarla.
Se levantó dejando la toalla en el respaldo de la silla del escritorio.
Caminó fuera del dormitorio a la puerta. Miró por la mirilla y parpadeó varias veces no segura de ver correctamente.
Lorenzo. En su umbral.
Abrió sólo un poco la puerta, lo suficiente para hablarle porque estaba en bata y no quería que le viera así.- Lorenzo, ¿qué haces aquí?-
Él le torció los labios con su habitual sonrisa.-Lo que tanto querías. –le contestó. El cuerpo se le calentó el cuerpo y el pulso aceleró pensando en cosas que no debería estar pensando. -Hablar.-repuso él al final.
Y, eso le fue algo…decepcionante, pero no lo iba a poner en voz alta. Él rio entre dientes.-¿O esperabas algo más sucio?-
Frunció el ceño poniéndose colorada.-No, claro que no. Es que…ahora estoy algo ocupad…-él se empujó por la puerta metiéndose a la fuerza.-¡Lorenzo!-chilló.
Cerró la puerta con enfado. Él se movía cómodamente, inspeccionando todo a su alrededor. Parecía que también se había bañado. Su cabello húmedo peinado con los dedos para atrás, la camiseta negra que llevaba puesta se le adhería a su musculoso cuerpo aun húmedo, y vaqueros azules desgastados que apretaban exquisitamente su trasero. ¡Joder! Era la epitome de la pura masculinidad.
Él dijo:-Sabes nunca he estado en tu departamento.-
Se quedó parada en al lugar con ambas manos en las caderas. -Porque no hay motivos para que lo estés.-
Con un agraciado movimiento, él giró, sonriéndole con picardía. -¿En serio?-
Apretó los labios.
- ¿Por qué estás aquí?-
-Por ti.-
El corazón le dio un brinco agradable.-¿Qué?-
-Querías hablar, someterme al tercer grado y todo eso, ¿verdad? Pues, aquí me tienes, sole mio.-
-No iba a hacer tal cosa.-se defendió.-Sólo sentía curiosidad por…-
-¿Mí?-terminó con su presumida sonrisa.
Suspiró. -Por decirlo de algún modo.-
-¡Genial!-exclamó y se dirigió al sofá. Se dejó caer con ganas apoyando las botas en su mesa de café. El sofá era grande, de esos antiguos mullidos como le encantaban a ella, pero en comparativa con el tamaño de Lorenzo que era como una montaña de musculoso, parecía empequeñecerse.
Le palmeó al cojín a su lado.-Vamos, únete, no seas tímida. No muerdo.-le guiño el ojo.
Apretó los dientes con fuerza. Sabía que hacerlo, tenerle así de cerca era una invitación al peligro.
Pero aun así, lo hizo.
Caminó a él. Sus ojos de opal absorbían cada uno de sus movimientos con precisa atención. La piel se le calentaba por donde la tocaban, el pulso disparaba rogando a gritos una verdadera satisfacción a la ardiente necesidad urgiéndole en las tripas. Se sentía completamente desnuda bajo su intensa mirada.
Se detuvo delante de sus piernas haciendo de vallas. Le miró diciendo que las apartara pero él sólo le devolvió la mirada con insolencia. Le pateó la pierna con la rodilla para que le dejara pasar. -Muévete.-
Con una pereza intencionada, las bajó.
Se sentó manteniendo la distancia. Dobló las piernas bajo su cuerpo, y se agarró un cojín. Lo abrazó a su cuerpo como si de esa manera pudiera usarlo de escudo.
Un silencio tenso, lleno de esa electricidad, inundó la habitación. Él seguía observándola, poniéndola más nerviosa.
–Bien…-empezó y se lamió los labios.–Vale, ehm, así que ahora eres narco.-salió más como una afirmación que una pregunta.
Él rio entre dientes.- No, sole mio.-
-¿No?-
Rió de nuevo.-¿Esperabas que así fuera?-
-Sí, no, digo, no lo sé, espero que no, pero la otra vez, con esos sujetos que llegaron al restaurante…-
-No es nada de eso.-
-¿No?-
-No.-contestó, y se inclinó más cerca, su mano apropiándose del largo mechón húmedo de cabello bajando de su cuello a su pecho. Por alguna extraña razón, no se apartó, le dejó hacer.
-¿Entonces?-presionó.
-Asuntos.-respondió frotando las hebras entre sus dedos como sintiendo su suavidad.
Puso mala cara. –Asuntos. - repitió. - ¿De qué? ¿Drogas?-
-Jamás vendería drogas.-aclaró con tono absolutamente serio, y le creyó.
-Vale, ¿qué?-
Los ojos de él se movieron a su rostro y la estudiaron antes de hablar. -¿Por qué tanta curiosidad?-
-¿Por qué tanto secretismo?-
Él se sonrió.-Eres tan hermosa.-
Se le aceleró al máximo el corazón.-Lorenzo.-le retó suavemente, y se hizo para atrás saliendo del alcance de su mano. El largo mechón cayó de regreso en su pecho.
-¿Qué? Lo eres.-
Le dio una mirada severa. Él rió otra vez.- La otra noche no tenías problemas.-dijo.
Se puso colorada y rehuyó de su mirada. -No sé de qué hablas. Sólo bailábamos.-
Dos dedos de él le tomaron del mentón, regresando su mirada a la suya. -Fue más que eso.-
Tragó saliva con fuerza.-No lo creo.-
-Sé que te gustó.-su voz dulce, seduciéndola.
Apartó el rostro de su mano.-Me incomodó.-
Él se arrimó más cerca.-No te veías incomoda.-
No contestó. No podía, apenas podía estar tan cerca suyo. Su cuerpo desprendía un extasiante perfume masculino que alteraba todos sus sentidos. Clavó las uñas con fuerza en el cojín.-¿Qué hay de Davinia?-preguntó sin mirarle a los ojos.
-¿Qué pasa con ella?-su mano volvió a apropiarse del mechón de cabello.
-Es lo que digo.-encontró su mirada finalmente.
-Es una colega.-respondió.
-¿Del restaurante?-
Él hizo una pausa, su mirada sosteniendo la suya mientras se debatía qué decir.-Del negocio.-
-¡¿Pero que rayos es ése negocio, Lorenzo?!-exclamó ya sin paciencia.
-¿Qué champú usas?-se inclinó más cerca olfateándole.-Huele magnifico.-
Su nariz se enterró en su cuello rozándole la piel debajo de la oreja. Tomó una profunda inhalación y ella se estremeció con fuerza. Su cuerpo ardía. Su coño latía caliente y necesitado.-Lorenzo…-jadeó cerrando los párpados.
Su gran mano acunó su nuca, enredando sus dedos en su pelo húmedo tirando de ella más cerca para poder olerla mejor. -Mnn, coco. Me encanta.-su barba incipiente le cosquilló la piel.
Estaba tan sensible que sentía que cada tacto, cada roce, el suave calor de su aliento, producía una descarga eléctrica directo a su entrepierna. -Deberías parar.-dijo pero sin real atisbo de que quisiera que lo haga.
-No quiero.-rozó sus labios entreabiertos contra su piel, dejando ligeros besos mariposa.
-Lorenzo.-aplanó ambas manos en su pecho sintiendo sus duros pectorales a través de su camiseta.
-Me encanta oír mi nombre salir de tus labios.-
-No…-empezó pero un gemido distorsionó su queja. Los labios de él se presionaron cerca de la esquina de su boca. Un pequeño inocente roce. -No podemos.-intentó empujarle con las manos, pero su cuerpo no puso fuerza.
-¿No?-su boca sobre la suya.
-Mnn.-negó con un imperceptible movimiento de cabeza que hizo que sus labios se rozaran. Su cuerpo se rendía a sus caricias como arcilla caliente en sus manos.
Él se movió, ubicándose entre sus piernas y ella las abrió para que su cuerpo encajara contra el suyo. La tela de la bata se deslizó exponiendo sus muslos desnudos.
Se cernió sobre ella, su gran cuerpo cubriéndola por entero, eclipsando todo lo demás, y gracias a Dios que estaba contra el posa brazos del sofá o de lo contrario nada hubiera impedido terminado debajo de él y quién sabía cuánto le dejaría hacer.-Lorenzo…-susurró sin aliento. Abrió los ojos a su rostro oscuro y lleno de lujuria encima del suyo, sus labios a sólo milímetros de los suyos, sus alientos entremezclándose.-Davinia se pondrá celosa.-
Su mano subía y bajaba por la parte externa de su muslo, en una suave caricia. -No tengo nada con Davinia.-
-¿Lo sabe ella?-
-Nunca hubo nada serio con ninguna mujer, Rica.-
-¿Por qué?-
Hizo una pausa, su mirada intensa absorbiéndola.
-¿Por qué crees…sole mio?-
El pecho le aulló eufórico. No podía ser verdad. Él jamás mostró algún interés por ella.-Lorenzo…-
-Déjame besarte.-su mirada se bajó a sus labios.- No quiero morir sin haberlo hecho.-
-Yo…-y la boca de él cubrió la suya, sus labios firmes y voraces moviéndose de manera agresiva, tomando de ella todo lo que tenía y más. Su lengua lamió la esquina de su boca, antes de introducirse dentro y arrasar. Él soltó un suave gruñido como deleitado de su sabor.
Le devolvió el beso con esa misma pasión consumidora, sus labios fundiéndose en ese beso que la dejaba completamente entregada, rogando por más. Ya no era ella, eran ellos, uno solo, y necesitaba con absoluta urgencia sentir su cuerpo sin ropa de por medio pegado al suyo, moviéndose juntos, creando deliciosos sonidos.
La mano de él en su cabello se cerró en puños atrapando mechones húmedos y tirando hacia atrás, inclinando su cabeza para poder besarla mejor. Mordió su labio con fuerza suficiente para que su boca se abriera más en un jadeo, y ahondó su ávida lengua más profundo, al fondo de su garganta, poseyéndola por entero.
Jamás la habían besado de tal manera, tan…arrasadora y apasionada. Su boca era puro pecado. Iba a tener un orgasmo si seguía besándola así.
Ancló la pierna alrededor de su cadera, pegando su centro caliente y altamente húmedo a su dura erección atrapada dentro de su pantalón. Él soltó un gruñido que quedó amortiguado entre sus insaciables y viciosos labios, y empezó a mecer las caderas empujando contra su coño desnudo como si la follara.-Mnn…-gimió ella.
Fue él quien rompió el beso. Sus miradas calientes trabadas en el otro mientras intentaban recuperar el aliento.
-Espero que tengas tu respuesta ahora.- le dijo él con la voz ronca, llena de toda esa pasión.
No pudo responder, su cerebro estaba hecho papilla. Él se sonrió con arrogancia, satisfecho de haberla dejado en ese estado.
Él se incorporó a su lugar y se levantó del sofá. ¿Se iba? Luego de cómo la besó…¿se iba?
Cerró las piernas y se acomodó la bata abierta. Humedad de su coño insatisfecho bajaba por su muslo.
Él se dirigió a la puerta pero antes de llegar al final del sofá y giró, alzando el dedo índice a ella.-Ah, la próxima vigilancia que hagas, iré contigo.-dijo.
Tardó un momento en entender a lo que se refería, y cuando lo hizo el enfadó barrió cualquier resto de deseo. Se levantó del sofá pese a que las piernas habían sido reemplazas por gelatina.-¡¿Qué?!-
El ceño de él apareció.-No pienso oír ninguna réplica, Rica. Conmigo o nada.-
-¡¿Estás de broma?! ¡¿Quién demonios crees que eres?! ¡¿Mi carcelero?!-
Una media sonrisa tiró de la boca de él.-Quizás.-regresó los pasos que les distanciaban y tomó otro mechón de cabello que justo caía sobre su seno, y acarició haciendo que sus nudillos rozaran su tan endurecido pezón. -Quizás te espose y haga de ti lo que quiera.-su voz grave llena de promesas calientes.
Le fulminó con la mirada pero por dentro echaba chispas de deseo y expectativa.-En tus sueños.-
-Oh, seguro que sí.- soltó el mechón y se encaminó a la puerta. Abrió pero antes de marcharse se volvió a media.-Duerme bien, sole mio.-le guiñó el ojo y finalmente se fue.
El corazón le latía tan fuerte en el pecho que le dolía. La sangre le bombeaba salvaje y caliente. El cuerpo llorando frustrado.
“Imbécil”