Capítulo I

2338 Palabras
Hola. Mi nombre es Elena Castell. Y antes de que preguntes, sí… este es el tipo de historia que termina mal. Vivo en Blackwood, una pequeña ciudad escondida entre bosques eternamente cubiertos de niebla y rumores que la gente prefiere no mencionar después de medianoche. Aquí, las personas aprenden desde pequeñas a no mirar demasiado tiempo hacia el bosque, a no responder si alguien llama tu nombre cuando estás sola y, sobre todo, a no hacer preguntas sobre las cosas extrañas que ocurren en este lugar. Aunque supongo que yo nunca fui muy buena obedeciendo. He vivido aquí desde que tengo memoria. Mi madre llegó conmigo cuando yo tenía apenas seis meses de nacida. Nadie sabe exactamente por qué vino a Blackwood, y las pocas personas que la conocieron evitan hablar de ella como si pronunciar su nombre pudiera despertar algo que debería permanecer dormido. La verdad… yo tampoco recuerdo mucho. Murió cuando tenía dos años. A veces intento imaginar cómo sonaba su voz o cómo se sentía que alguien me abrazara de verdad, pero mis recuerdos son tan borrosos que terminan pareciendo sueños inventados. Todo lo que quedó de ella fue esta vieja casa de madera al borde del bosque, algunas fotografías rotas y una sensación constante de que algo en mi vida nunca estuvo bien desde el principio. Después de su muerte, mi padre vino a vivir conmigo. Aunque decir que vino “por mí” sería darle demasiado crédito. Llegó acompañado de su nueva esposa, Clara, y de su hijo favorito: Noah. En aquel entonces, ella estaba embarazada de otro niño, y desde el primer día quedó claro que yo no era parte de esa nueva familia perfecta que intentaban construir. Supongo que el problema nunca fue el odio. El problema fue la indiferencia. Porque las personas pueden sobrevivir a los gritos… pero no a sentirse invisibles. Mientras mis hermanastros crecían rodeados de amor, yo aprendí a hacerme pequeña. A comer sola. A encerrarme en mi habitación cuando las discusiones comenzaban abajo. A memorizar el sonido de los pasos de mi madrastra para saber cuándo debía desaparecer antes de molestarla simplemente existiendo. Y quizá suene exagerado, pero juro que la casa también podía sentirlo. Las luces parpadeaban cuando lloraba.Las puertas se abrían solas durante la madrugada.Y algunas noches… escuchaba pasos en el bosque justo detrás de mi ventana. Pasos que nunca parecían humanos. Pero eso no era lo peor. Lo peor era esa sensación constante de que algo me observaba desde la oscuridad. Como si hubiera estado esperándome toda mi vida. Cuando entré a la escuela entendí algo muy rápido: los niños pueden ser incluso más crueles que los adultos. Especialmente en Blackwood. No sé si era porque yo era “la hija de la mujer extraña del bosque” o porque siempre fui demasiado callada, pero desde pequeña aprendí que las miradas podían doler tanto como los golpes. Los demás niños susurraban cosas cuando yo pasaba. Decían que mi madre había sido una bruja. Que la casa donde vivíamos estaba maldita. Que algo caminaba alrededor de ella durante las noches. Y honestamente… después de algunos años, yo también empecé a creerlo. Aunque, para mi sorpresa, Noah nunca permitió que estuviera completamente sola. Y tampoco Edmond, cuando creció un poco más. Noah siempre fue el más impulsivo. El tipo de persona que se metía en problemas antes de pensar las consecuencias. Edmond, en cambio, era más tranquilo, más inteligente… pero los dos tenían algo en común: nunca soportaban ver que alguien me molestara. Supongo que, en el fondo, sí me consideraban su hermana. Aunque nunca lo dijeran en voz alta. Recuerdo una tarde particularmente horrible. Yo tenía once años. Noah trece. Edmond apenas ocho. Había un grupo de chicos mayores esperándonos a la salida de la escuela. Eran hijos de familias importantes de Blackwood, de esas personas que creen que el dinero les da derecho a destruir a otros solo porque están aburridos. Primero comenzaron con insultos. Después empujaron a Edmond al suelo. Noah reaccionó de inmediato y trató de defenderlo, pero eran demasiados. Uno de ellos le golpeó el rostro contra una cerca metálica y otro pateó a Edmond en el estómago mientras intentaba levantarse. Yo intenté ayudar. De verdad lo intenté. Pero estaba aterrada. Recuerdo las manos temblándome. El corazón golpeándome tan fuerte que apenas podía respirar. Y lo peor de todo fue esa horrible sensación de inutilidad… de no poder proteger a las únicas personas que alguna vez habían intentado protegerme a mí. Al final, conseguimos volver a casa. Noah tenía el labio partido. Edmond estaba llorando en silencio abrazándose el abdomen, y yo llevaba las manos llenas de tierra y sangre seca. Clara explotó apenas nos vio entrar. —¡¿Qué demonios les pasó?! —gritó mientras corría hacia ellos. Noah intentó explicarle. —No fue Elena… fueron unos chicos de la escuela… Pero Clara ni siquiera lo dejó terminar. Sus ojos se clavaron en mí con una furia que todavía puedo recordar perfectamente. —¡Eres inútil! —me gritó—. ¡Ni siquiera sirves para cuidar a tus hermanos! Después vino el primer golpe. Y luego otro. Klaus, mi padre, estaba en casa. Lo recuerdo porque podía verlo al fondo del pasillo observando todo en silencio, con esa expresión vacía que siempre tenía cuando Clara perdía el control. Nunca intervenía. Nunca decía nada. Era como si yo no valiera lo suficiente para defenderme. Noah trató de detenerla. —¡Mamá, basta! ¡No fue culpa de Elena! Edmond también lloraba intentando abrazarme. Y eso solo empeoró todo. Clara decía que yo los manipulaba. Que desde que había llegado a sus vidas todo iba mal. Que yo traía desgracias a esa casa. Esa noche me arrastró hasta el sótano. Recuerdo el sonido de la puerta cerrándose.El olor a humedad.La oscuridad absoluta. Yo estaba llorando. Tenía miedo. O al menos debería haberlo tenido. Pero entonces ocurrió algo extraño. El frío desapareció. Y aunque el sótano siempre había sido helado, aquella noche sentí una calidez rodeándome lentamente, como unos brazos invisibles protegiéndome de todo el dolor afuera. Las sombras dejaron de verse aterradoras. De hecho… parecían moverse a mi alrededor como si estuvieran vivas. Escuché algo. No una voz exactamente. Más bien un susurro suave, incomprensible, escondido entre la oscuridad. Y por primera vez en mucho tiempo… no me sentí sola. Fue extraño. Porque incluso siendo una niña, entendí algo esa noche: había algo dentro de aquella casa. Algo antiguo. Algo imposible. Y, de alguna forma que aun no comprendo… me estaba cuidando. Cuando Clara finalmente abrió la puerta del sótano, no recuerdo cuánto tiempo había pasado. Tal vez horas. Tal vez toda la noche. En Blackwood, el tiempo siempre se sentía extraño dentro de aquella casa. Como si las paredes respiraran distinto. Como si hubiera rincones donde los relojes simplemente dejaran de existir. —Sal de ahí y limpia la cocina —ordenó Clara con frialdad antes de irse sin siquiera mirarme. Me levanté lentamente del suelo. Las piernas me temblaban por el cansancio, pero no por miedo. El miedo se había quedado atrás. Y justo cuando crucé la puerta del sótano, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. No era un escalofrío normal. Era la sensación exacta de abandonar algo importante. Como cuando alguien olvida su abrigo en invierno y el frío comienza a colarse lentamente bajo la piel. Sentí un vacío extraño en el pecho, una especie de ruptura invisible que me hizo detenerme un segundo sobre las escaleras. Porque allá abajo… yo no estaba sola. Allá abajo no dolía respirar. Y aunque suene enfermo, aunque probablemente debería avergonzarme admitirlo, el sótano comenzaba a sentirse más como un hogar que cualquier otra parte de esa casa. Creo que fue en ese momento cuando lo entendí. Eso que vivía en la oscuridad no quería hacerme daño. Se sentía… familiar. Como una parte de mí que había estado dormida durante años esperando a ser encontrada. Después de aquella noche, las cosas cambiaron. No de forma repentina. No hubo milagros ni escenas dramáticas donde mi vida mejorara de pronto. Simplemente aprendí a desaparecer mejor. Y las personas suelen dejar en paz aquello que deja de hacer ruido. Con el tiempo, Clara dejó de buscar excusas para golpearme constantemente. No porque se hubiera vuelto una mejor persona, sino porque yo había aprendido a volverme invisible. Hacía lo que me pedían. Bajaba la mirada. Evitaba hablar más de lo necesario. Y sobre todo… evitaba acercarme a mis hermanos. Porque entendí algo cruel: quererlos también los lastimaba. Cada vez que Noah o Edmond intentaban defenderme, Clara se volvía peor con ellos. Así que lentamente comenzamos a alejarnos. Primero dejaron de sentarse conmigo durante las comidas. Después dejaron de hablarme frente a Clara. Y finalmente… dejamos de hablarnos por completo. No los odiaba por eso. Creo que todos estábamos sobreviviendo como podíamos. Cuando llegué a la secundaria, tomé una decisión que probablemente habría parecido absurda para cualquier otra persona: me mudé al sótano. No oficialmente, claro. Pero comencé a dormir ahí abajo todas las noches. Al principio llevaba solo una manta vieja y una almohada rota. Después escondí algunos libros, ropa y una pequeña lámpara que había encontrado abandonada en el ático. Y poco a poco… aquel lugar se convirtió en mío. Las paredes húmedas dejaron de parecer aterradoras. Incluso el silencio era distinto allí abajo. Más tranquilo. Más cálido. Como si algo respirara conmigo en la oscuridad. A veces despertaba en mitad de la noche convencida de haber sentido unos dedos apartando el cabello de mi rostro. O una presencia sentada junto a mí mientras dormía. Pero jamás sentí miedo. Nunca. De hecho, el sótano era el único lugar donde realmente podía descansar. Arriba seguía existiendo Clara. Seguía existiendo Klaus con su indiferencia insoportable. Seguían existiendo las cenas silenciosas donde yo era apenas una sombra más sentada al final de la mesa. Pero abajo… abajo no tenía que fingir. Noah y Edmond comenzaron a asistir a un colegio privado al otro lado de Blackwood. Clara estaba obsesionada con convertirlos en “alguien importante”. Siempre repetía que ellos merecían cosas grandes, que debían rodearse de personas influyentes, aprender a moverse entre familias poderosas y construir el futuro que les pertenecía. A veces hablaba de ellos como si fueran proyectos. Como si fueran inversiones. Y supongo que yo nunca entré en sus planes. Así terminé en la escuela pública del distrito bajo, la parte olvidada de Blackwood donde terminaban todos aquellos a quienes nadie esperaba ver triunfar. Los hijos de alcohólicos. Los chicos problemáticos. Las familias pobres. Los que ya tenían el futuro roto antes siquiera de crecer. Y yo encajaba perfectamente ahí. La escuela era un edificio viejo de ladrillos oscuros cubiertos por humedad. Los pasillos siempre olían a polvo mojado y libros viejos. Las ventanas rechinaban cuando el viento soplaba demasiado fuerte y los profesores daban clases con esa resignación triste de quienes ya habían dejado de creer que podían cambiar algo. Nadie me hablaba. Y honestamente, yo tampoco hacía el esfuerzo. Me sentaba al fondo del salón, cerca de la ventana. Escuchaba las clases en silencio y desaparecía apenas sonaba el último timbre. Nunca participé en actividades escolares. Nunca fui a fiestas. Nunca tuve amigos. La mayoría de las personas ni siquiera conocían mi nombre. Y eso estaba bien. Era más fácil así. Porque cuando nadie te mira, nadie puede hacerte daño. O eso creía. Las tardes en Blackwood siempre parecían caer demasiado rápido. El cielo se volvía gris antes de tiempo y la niebla comenzaba a cubrir las calles como si la ciudad quisiera tragarse a sí misma lentamente. Yo caminaba sola hasta casa todos los días atravesando el bosque corto que conectaba la escuela con el distrito antiguo. Y aunque probablemente debería haber sido aterrador, ese camino era una de las pocas cosas que disfrutaba. El bosque me entendía. Sé que suena ridículo, pero era verdad. Los árboles crujían suavemente cuando yo pasaba, como susurrando algo que nunca lograba comprender del todo. El viento parecía seguirme entre las ramas y algunas veces juraría haber visto sombras moviéndose a la distancia solo para asegurarse de que llegara bien a casa. Una tarde particularmente fría, recuerdo haberme detenido frente al lago viejo detrás del cementerio de Blackwood. El agua estaba completamente inmóvil. Y por un segundo… vi mi reflejo moverse antes que yo. Retrocedí asustada. Pero el reflejo simplemente me observó. Sonriendo. No era una sonrisa normal. Era triste. Vacía. Como si conociera algo terrible sobre mí. Parpadeé… y desapareció. Nunca se lo conté a nadie. No porque pensara que estaba loca. Sino porque, en el fondo, ya comenzaba a sospechar la verdad. Blackwood no era normal. Mi casa no era normal. Y yo tampoco lo era. Había noches donde despertaba escuchando murmullos debajo de las paredes. Otras veces las luces explotaban cuando tenía pesadillas. Una mañana encontré marcas negras recorriendo mis brazos como ramas quemadas bajo mi piel… y desaparecieron antes del amanecer. Pero lo más extraño de todo era esa sensación constante de que algo me esperaba. Algo paciente. Algo antiguo. Como si mi vida hubiera estado caminando lentamente hacia un destino que aún no podía ver. Y quizá la peor parte era que una pequeña parte de mí quería encontrarlo. Porque las personas rotas siempre terminan sintiéndose atraídas por aquello que puede destruirlas por completo. Esa fue la época en que dejé de sentirme humana. No completamente. Mientras los demás adolescentes soñaban con enamorarse, salir de Blackwood o convertirse en alguien importante, yo solo quería entender por qué la oscuridad parecía reconocerme. Por qué el sótano me llamaba incluso cuando estaba lejos. Por qué cada vez que cerraba los ojos soñaba con una voz susurrando mi nombre desde algún lugar imposible. “Elena…” Suave. Cálida. Dolorosamente familiar. Y aunque todavía no lo sabía en ese entonces… ese sería el inicio de absolutamente todo. Porque algunas historias de amor no comienzan con una mirada. Algunas comienzan con una maldición. Y aún quedan muchas cosas más que nunca dijimos…
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