Capítulo II

3404 Palabras
La niebla también sabe tu nombre La primera vez que escuché claramente la voz, pensé que estaba soñando. Pero estaba despierta. Lo recuerdo perfectamente porque aquella tarde el aire olía a tierra mojada y hojas secas. Había salido de la escuela más tarde de lo normal y el cielo comenzaba a oscurecerse sobre Blackwood. La niebla descendía lentamente desde las montañas, cubriendo las calles como un océano blanco que se tragaba todo a su paso. La gente de aquí le teme a la niebla. Dicen que nunca debes caminar sola cuando empieza a subir. Que hay cosas que se esconden dentro de ella. Cosas antiguas. Hambrientas. Pero yo nunca tuve miedo de la oscuridad. Quizá porque llevaba demasiado tiempo viviendo con ella. Apreté el abrigo contra mi cuerpo mientras atravesaba el bosque que conectaba la escuela con el distrito viejo. El viento movía las ramas por encima de mí y los árboles parecían inclinarse lentamente a mi paso, como si observaran cada movimiento que hacía. Y entonces lo escuché. —Elena… Me detuve de golpe. La voz era suave. Profunda. Extrañamente cálida. Miré alrededor, pero no había nadie. Solo árboles. Niebla. Silencio. Mi corazón comenzó a latir más rápido. No de miedo. De reconocimiento. Como si una parte de mí hubiera estado esperando escuchar esa voz durante toda mi vida. —Elena… Esta vez sonó más cerca. Dentro de la niebla. Di un paso hacia adelante antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo. Había algo allí. No podía verlo, pero podía sentirlo observándome desde algún punto entre los árboles. Y lo peor era que no quería escapar. Quería acercarme. Era absurdo. Peligroso. Pero aquella voz tiraba de mí de una manera imposible de explicar. Como una cuerda invisible atada alrededor de mi pecho. Seguí caminando. La niebla se volvió más espesa alrededor de mis piernas. El bosque desapareció lentamente detrás de mí hasta que todo se convirtió en sombras blancas y árboles distorsionados. Entonces lo vi. Una silueta. Alta. Quieta. Esperándome entre la niebla. Mi respiración se cortó por un instante. Era un chico. No… un hombre joven, probablemente unos años mayor que yo. Tenía el cabello oscuro cayendo desordenadamente sobre la frente y unos ojos tan extraños que por un momento olvidé cómo respirar. Porque sus ojos parecían demasiado antiguos para alguien tan joven. Me observaba como si me conociera. Como si hubiera estado esperando mi llegada. Y aun así… había algo triste en él. Algo roto. —No deberías estar sola aquí —dijo finalmente. Su voz era exactamente igual a la del susurro. Retrocedí apenas un paso. —¿Tú me estabas llamando? El chico ladeó apenas la cabeza, confundido. —No. Mentía. Lo supe inmediatamente. Pero también supe otra cosa: él no entendía que me había llamado. Era como si algo hubiera hablado a través de él. El viento sopló con fuerza entre los árboles. Y por primera vez noté que la niebla parecía moverse alrededor de él… no con él. Como si lo evitara. —¿Quién eres? —pregunté. Sus labios formaron una pequeña sonrisa cansada. —Adrián. El nombre me recorrió el cuerpo como un recuerdo olvidado. Adrián. No sabía por qué, pero escucharlo dolió. Como si alguna vez ya hubiera amado ese nombre. —¿Y tú eres Elena Castell? —preguntó él. Fruncí el ceño. —¿Cómo sabes mi nombre? —Todo el pueblo sabe quién eres. Pero no era verdad. Yo sabía cómo hablaban de mí en Blackwood. Nadie conocía realmente mi nombre. Solo era “la hija de la mujer rara”, “la chica del bosque”, “la niña maldita”. Sin embargo, él pronunció mi nombre como si significara algo importante. Como si lo hubiera repetido miles de veces antes. Adrián dio un paso hacia mí lentamente. Y fue extraño. Porque debería haber sentido miedo. Pero en cambio sentí calor. Una tranquilidad absurda. Como si mi cuerpo reconociera su presencia antes que mi mente. —Deberías volver a casa antes de que oscurezca más —murmuró. Entonces hizo algo inesperado. Extendió la mano hacia mí. Y durante un segundo dudé. No sabía absolutamente nada de él. Pero también sabía algo aterrador: quería tomar su mano más de lo que había querido cualquier otra cosa en mi vida. Cuando nuestros dedos se tocaron, el mundo se detuvo. Literalmente. El viento desapareció. Los árboles dejaron de moverse. Y una imagen atravesó mi mente tan rápido que apenas pude entenderla. Sangre. Velas negras. Un símbolo extraño dibujado sobre el suelo. Y Adrián sosteniéndome entre sus brazos mientras yo lloraba. Me aparté de golpe. Respirando agitadamente. Él también parecía alterado. —¿Qué fue eso? —susurré. Adrián me observó en silencio durante unos segundos. Y por primera vez, noté miedo en sus ojos. No miedo hacia mí. Miedo por mí. —Creo… —dijo lentamente— que deberías dejar de caminar sola por este bosque. No respondió ninguna de mis preguntas después de eso. Simplemente comenzó a acompañarme de regreso al pueblo. Y aunque intenté convencerme de que aquello era extraño, de que debía alejarme de él, la realidad era otra: hacía demasiado tiempo que nadie caminaba a mi lado. Blackwood se veía diferente junto a Adrián. Menos vacío. Las personas nos observaban cuando pasábamos, especialmente a él. Algunos adultos bajaban la mirada apenas lo veían. Otros parecían incómodos. Como si su presencia alterara algo invisible en el pueblo. —¿Vives aquí desde siempre? —pregunté. —Más tiempo del que debería. La respuesta me hizo fruncir el ceño. Pero él solo sonrió levemente. Había algo raro en Adrián. No solo en su forma de hablar. Era la manera en que observaba el mundo. Como si ya hubiera visto demasiadas cosas horribles para alguien tan joven. Como si cargara un cansancio imposible dentro de él. Cuando llegamos cerca de mi casa, se detuvo. Y el ambiente cambió inmediatamente. El viento se volvió frío. Pesado. La sonrisa desapareció lentamente de su rostro mientras observaba la vieja casa al borde del bosque. —¿Qué pasa? —pregunté. Adrián no respondió enseguida. Sus ojos recorrieron las ventanas oscuras de la casa como si estuviera escuchando algo que yo no podía oír. Entonces murmuró: —Así que sí era aquí… Un escalofrío recorrió mi espalda. —¿Qué significa eso? Adrián volvió a mirarme. Y durante un segundo pareció debatirse internamente sobre si decirme la verdad o no. Pero al final negó suavemente con la cabeza. —Nada. Mentía otra vez. Lo peor era que comenzaba a acostumbrarme. Antes de irse, volvió a acercarse a mí. Demasiado cerca. Lo suficiente para que pudiera sentir el calor de su cuerpo incluso con el frío de la noche. —Elena… —dijo en voz baja—. Si alguna vez vuelves a escuchar voces en el bosque… Su expresión cambió apenas. Como si las siguientes palabras fueran difíciles de decir. —No las sigas. Y luego se fue. Lo vi desaparecer lentamente entre la niebla hasta que no quedó nada más que sombras blancas moviéndose entre los árboles. Esa noche no pude dormir. Porque algo había cambiado. Lo sentía. Mi cuerpo se sentía diferente desde que Adrián me tocó. Más sensible. Más despierto. Como si algo dentro de mí hubiera comenzado finalmente a abrir los ojos. Y el sótano… El sótano nunca había estado tan inquieto. Las paredes crujían constantemente. Las sombras parecían moverse más rápido alrededor de la habitación y aquella sensación cálida que normalmente me tranquilizaba ahora se sentía desesperada. Como si estuviera intentando advertirme algo. Me senté sobre el viejo colchón mirando la oscuridad. —¿Qué eres? —susurré. El silencio llenó el cuarto. Pero entonces escuché un golpe suave debajo del suelo. Después otro. Y otro. Como si algo estuviera intentando salir desde debajo de la casa. Retrocedí lentamente. Mi respiración comenzó a acelerarse. Las sombras de las paredes empezaron a estirarse hacia mí. Y por primera vez en años… sentí miedo del sótano. Subí corriendo las escaleras y cerré la puerta de golpe. Esa noche dormí en mi antigua habitación. Y soñé con Adrián. Soñé que estaba parado dentro del bosque cubierto de sangre mientras me miraba con tristeza. —Ya comenzó —me dijo. Detrás de él, algo enorme se movía entre la oscuridad. Algo imposible. Algo vivo. Desperté gritando. Tenía marcas negras recorriendo mi cuello. Como dedos. Los días siguientes comenzaron a sentirse irreales. Adrián aparecía constantemente. A veces afuera de la escuela esperándome. Otras veces sentado cerca del lago viejo detrás del cementerio. Incluso llegué a verlo parado frente al bosque observando mi casa durante la madrugada. Y aunque debería haberme parecido aterrador… me gustaba verlo. Porque cuando estaba con él, el vacío dentro de mí desaparecía un poco. Hablábamos durante horas. Bueno… yo hablaba. Adrián escuchaba. Le conté sobre Blackwood. Sobre Clara. Sobre Klaus. Sobre el sótano. Y aunque nunca parecía sorprendido, cada vez que mencionaba cosas extrañas, sus ojos se oscurecían ligeramente. —¿Nunca has querido irte de aquí? —me preguntó una tarde mientras caminábamos junto al lago. Me quedé pensando un momento. —Antes sí. —¿Y ahora? Miré el agua negra moviéndose lentamente bajo la niebla. —Ahora siento que algo no me dejaría ir. Adrián guardó silencio. Después murmuró algo tan bajo que apenas logré escucharlo. —Porque Blackwood te pertenece. Lo miré confundida. —¿Qué? Él negó suavemente con la cabeza. —Nada. Siempre “nada”. Siempre secretos. Pero aun así terminé enamorándome de él. Quizá porque Adrián fue la primera persona que realmente me miró. No como un error. No como una carga. No como algo roto. Cuando me veía, parecía encontrar algo valioso incluso en mis partes más oscuras. Y eso fue suficiente para destruirme. Porque el amor puede ser peligroso cuando has pasado toda tu vida sintiéndote invisible. Comencé a esperarlo todos los días. A buscarlo entre la niebla. A necesitar escuchar su voz. Y mientras más me acercaba a Adrián… más extrañas se volvían las cosas. Las pesadillas empeoraron. Las marcas negras aparecían más seguido sobre mi piel. Las luces explotaban cuando perdía el control de mis emociones. Y algunas noches, juraría escuchar voces susurrando debajo de mi habitación: “Despierta…” “Ya es hora…” “Recuerda…” Pero lo peor de todo era Adrián. Porque, aunque intentaba parecer tranquilo, había momentos donde podía verlo observándome con culpa. Como si supiera exactamente lo que estaba ocurriendo. Como si él hubiera venido a Blackwood por mí desde el principio. Y quizá esa era la verdad. Quizá nunca fue casualidad. Porque algunas personas llegan a tu vida para salvarte. Y otras llegan para abrir la puerta que debía permanecer cerrada. Aunque en ese entonces yo todavía no lo entendía. Todavía creía que Adrián era el inicio de algo hermoso. Sin saber que, en realidad… él era el comienzo del fin. Después de conocer a Adrián, mi vida comenzó a dividirse en dos partes. La primera era la normal.O lo más cercano a “normal” que podía existir en Blackwood. Ir a la escuela.Regresar a casa.Encerrarme en el sótano.Evitar a Clara.Ignorar el silencio incómodo de Klaus durante las cenas. Y luego estaba la otra parte. La parte donde Adrián existía. Porque desde el momento en que apareció entre la niebla, sentí que algo dentro de mí comenzó lentamente a despertar. Algo que llevaba años dormido bajo mi piel, esperando el momento exacto para abrir los ojos. Al principio intenté ignorarlo. Intenté convencerme de que solo era una obsesión adolescente causada por la soledad. Adrián era atractivo, misterioso y parecía verme de una manera en la que nadie más lo hacía. Era lógico enamorarme de él. Eso quería creer. Pero mientras más tiempo pasaba a su lado… más extrañas se volvían las cosas. Había días en los que Adrián parecía completamente normal. Bueno… tan normal como alguien como él podía ser. Me acompañaba de regreso a casa, escuchaba mis historias absurdas sobre la escuela y, aunque casi nunca sonreía realmente, había momentos donde lograba hacerlo reír apenas un poco. Y esos momentos se sentían peligrosamente hermosos. Porque cuando Adrián bajaba la guardia, parecía humano. Cálido. Real. Como si detrás de toda aquella oscuridad existiera alguien que también estaba cansado de sufrir. Pero otras veces… otras veces parecía otra persona. Distante. Frío. Violento de una forma silenciosa. Recuerdo una tarde en particular. Estábamos sentados cerca del lago detrás del cementerio cuando escuchamos unas voces acercándose. Eran unos chicos mayores del pueblo. Apenas nos vieron comenzaron a murmurar cosas sobre mí, creyendo que no podía escucharlos. “La chica maldita.” “Dicen que su madre hacía rituales.” “Seguro por eso nadie la soporta.” Yo ya estaba acostumbrada. De verdad. Las palabras dejaron de dolerme hacía mucho tiempo. Pero Adrián… Adrián reaccionó distinto. Sentí cómo su cuerpo se tensó inmediatamente. Y cuando levanté la mirada hacia él, algo dentro de mí se heló. Sus ojos. Nunca olvidaré sus ojos aquella tarde. Se habían oscurecido completamente. No metafóricamente. Literalmente. Como si la oscuridad estuviera extendiéndose lentamente dentro de ellos. Los chicos dejaron de reír. Porque ellos también lo notaron. El aire alrededor de Adrián se volvió pesado. El viento comenzó a moverse violentamente sobre el lago y las ramas de los árboles crujieron como si algo enorme estuviera respirando entre ellas. —Adrián… —susurré nerviosa. Él seguía mirando a los chicos. Y por un segundo realmente pensé que iba a matarlos. No sé cómo explicarlo. Simplemente lo supe. Había algo monstruoso escondido dentro de él tratando de salir. Entonces tomé su mano. Y todo se detuvo. El viento cesó. Los árboles dejaron de moverse. Adrián cerró los ojos lentamente, respirando con dificultad antes de volver a mirarme. Y el terror desapareció de su rostro tan rápido que casi pensé haberlo imaginado. —Vámonos —dijo con voz tensa. No habló durante todo el camino de regreso. Y aunque intenté preguntarle qué había sido eso, simplemente respondió: —A veces las personas hacen que quiera convertirme en alguien horrible. No entendí completamente sus palabras en ese momento. Pero debí haberlo hecho. Porque las señales siempre estuvieron ahí. Aun así… me enamoré de él. Quizá porque las personas rotas suelen enamorarse de aquello que las entiende incluso en su oscuridad. O quizá porque Adrián era la primera persona que lograba hacerme sentir viva. La primera vez que me besó estaba lloviendo. Por supuesto que estaba lloviendo. En Blackwood siempre llovía cuando algo importante estaba a punto de ocurrir. Habíamos quedado atrapados bajo el techo abandonado de una vieja estación de tren cerca del bosque. El sonido de la lluvia golpeando las láminas metálicas llenaba el silencio incómodo entre nosotros. Adrián me observaba demasiado. Como si estuviera intentando memorizar cada parte de mi rostro. —¿Qué pasa? —pregunté nerviosa. Él dudó unos segundos antes de responder. —Nada… solo estoy intentando entender por qué sigues acercándote a mí. Solté una pequeña risa. —Porque me gustas. La expresión de Adrián cambió inmediatamente. Dolor. Eso fue lo que vi. Un dolor tan profundo que me hizo sentir un vacío extraño en el pecho. —No deberías decir eso —murmuró. —¿Por qué? No respondió. Pero tampoco se alejó cuando me acerqué un poco más. Ni cuando mi mano rozó la suya. Ni cuando mi respiración comenzó a mezclarse con la de él. Y finalmente… tampoco se alejó cuando lo besé. O quizá fue él quien me besó primero. Ya no lo recuerdo claramente. Solo recuerdo el escalofrío. Porque en el instante en que nuestros labios se tocaron, una sensación helada atravesó todo mi cuerpo como electricidad. Mis manos comenzaron a temblar. Y entonces las imágenes aparecieron. No eran sueños. No eran recuerdos. Eran algo peor. Me vi a mí misma usando ropa antigua, parada dentro de un círculo dibujado con sangre mientras decenas de velas negras iluminaban una habitación imposible. Vi a Adrián frente a mí. Pero no era el Adrián que conocía. Se veía distinto. Más adulto. Más oscuro. Había sangre recorriendo sus manos y sus ojos parecían completamente vacíos mientras me sostenía el rostro. —Esta vez sí lo lograrás —me decía. Después escuché gritos. Muchos gritos. Y desperté. No… no desperté. Porque seguía besándolo. Pero las imágenes desaparecieron tan rápido que apenas pude respirar. Me aparté bruscamente. Adrián también estaba alterado. Podía verlo claramente. Sus manos temblaban ligeramente y su respiración estaba agitada. —¿Tú también lo viste? —pregunté. El silencio entre nosotros fue suficiente respuesta. Y aun así… volví a besarlo. Porque algo dentro de mí lo necesitaba. Aunque una parte de mí comenzaba a entender que amar a Adrián era como abrazar algo que podía destruirme completamente. Después de eso, todo empeoró. Los dolores de cabeza comenzaron primero. Pequeños al principio. Apenas una presión incómoda detrás de los ojos. Pero luego se volvieron insoportables. Había momentos donde sentía que mi cabeza iba a partirse en dos. El dolor llegaba acompañado de imágenes repentinas que aparecían incluso estando despierta. Al principio no tenían sentido. Veía habitaciones desconocidas. Símbolos extraños grabados sobre paredes antiguas. Bosques ardiendo. Personas usando túnicas negras. Y siempre… siempre aparecía Adrián. A veces cubierto de sangre. A veces abrazándome. A veces llorando mientras repetía mi nombre. Comencé a perder la noción entre lo real y lo imposible. Podía estar caminando por los pasillos de la escuela y de repente ver sombras moviéndose detrás de los demás estudiantes. Escuchaba susurros entre las paredes. Veía figuras observándome desde las ventanas incluso cuando estaba completamente sola. Y mientras más tiempo pasaba con Adrián… más claras se volvían las visiones. Ya no eran solo imágenes. Comenzaban a sentirse como recuerdos. Recuerdos de una vida que no era mía. O quizá sí. Veía una ciudad antigua cubierta por nieve negra. Veía a una mujer con mi rostro parada frente a un altar mientras cientos de personas se inclinaban ante ella. Y siempre estaba él. Siempre Adrián. Observándome exactamente de la misma forma en que lo hacía ahora. Con amor. Con culpa. Con devoción absoluta. Una noche desperté gritando después de una de aquellas visiones. Tenía sangre saliendo de la nariz y las paredes del sótano estaban cubiertas de marcas negras, como si algo hubiera arañado desesperadamente desde dentro. Y en el centro de la habitación había una frase escrita. “No puedes seguir dormida.” Retrocedí aterrada. Porque aquella letra… era mía. Comencé a notar que Adrián también estaba cambiando. Había días donde parecía más distante que nunca, como si estuviera luchando constantemente contra algo dentro de él. Desaparecía durante horas o incluso días enteros y regresaba con heridas que nunca quería explicar. Otras veces aparecía de madrugada afuera de mi casa solo para asegurarse de que estaba bien. Y en ocasiones… en ocasiones me amaba con una intensidad aterradora. Como si todo el amor del mundo estuviera concentrado dentro de él. Recuerdo una noche donde me encontró llorando detrás de la escuela después de una discusión horrible con Clara. No dijo nada. Simplemente me abrazó. Y durante unos minutos sentí algo que jamás había sentido en toda mi vida: seguridad. No la falsa seguridad que ofrecen las palabras bonitas. No. Era algo más profundo. Más antiguo. Como si Adrián hubiera nacido únicamente para encontrarme. Sus dedos acariciaban mi cabello lentamente mientras yo lloraba contra su pecho. —No dejaré que vuelvan a lastimarte —susurró. Y por la forma en que lo dijo… supe que hablaba completamente en serio. Eso era lo peligroso de él. Podía parecer monstruoso un momento… y al siguiente hacerte sentir más amada de lo que jamás imaginaste posible. Y quizá por eso ignoré todas las señales. Porque una parte de mí ya estaba demasiado enamorada para escapar. Aunque mi cuerpo comenzaba a romperse. Aunque las visiones eran cada vez peores. Aunque el sótano parecía más inquieto cada noche. Aunque los susurros ya no solo aparecían cuando estaba dormida. Porque ahora los escuchaba incluso despierta. “Recuerda…” “El tiempo se acaba…” “Él te encontró otra vez…” Otra vez. Esa palabra comenzó a perseguirme constantemente. Como si todo esto ya hubiera ocurrido antes. Como si Adrián y yo fuéramos una historia condenada a repetirse una y otra vez. Y quizá esa era la verdad. Quizá no nos estábamos enamorando. Quizá solo estábamos recordándonos. Y aun quedan muchas cosas más que nunca dijimos…
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