Esa mañana me desperté un poco antes a que sonara la alarma, me estuve en la cama un buen rato sin moverme, mirando a la nada tratando de dejar mi mente en blanco por momentos.
Tomé una larga ducha, me maquillé con calma con un estilo bastante sencillo y fresco. Quería verme relajada. Aunque en realidad no lo estuviera.
Decidí ponerme una blusa blanca cuello bandeja, manga larga, ajustada. Una falda larga hasta el suelo de color n***o, unas sandalias negras de tacón alto y correas, decidí peinar mi cabello de lado con un poco de ondas y suelto. Tomé el collar que me obsequio Alexandru y me lo puse con mucho cariño.
Tomé mis cosas, llamé un taxi y salí para el aeropuerto.
Una vez en la sala de abordaje pensé en Jacob tomé mi teléfono y lo observé por unos minutos algo indecisa. Marqué un par de veces y no tomó mi llamada así que decidí dejarle un mensaje.
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Tuve que cambiar la hora de mi vuelo. Nos vemos en el hotel
Amelia.
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Esperé unos minutos y no recibí respuesta alguna, apagué mi teléfono y tomé el avión.
Quería trabajar un poco más para aprovechar el tiempo en el vuelo, sin embargo, por más que intenté no logré concentrarme.
- ¿Desea tomar algo señorita? – Me preguntó una joven bastante atractiva con una sonrisa amable.
- Sí, por favor. Una copa de vino blanco. Gracias – Le respondí con una sincera sonrisa.
- Ya se la traigo – respondió ella de la misma manera.
El vino no era el mejor, pero sentía que me daba algo de valor, tomé unas cuatro copas seguidas. Pensé que si tomaba más los nervios se desvanecerían, pero no fue así.
- Por favor abrocharse el cinturón, vamos a aterrizar – escuché a lo lejos, al mismo tiempo que el avión sobrevolaba para acomodarse en la pista de aterrizaje.
Pude sentir como la sangre bajó de mi rostro, empecé a temblar, cerré mis ojos, controlé mi respiración y traté de tranquilizarme. No es miedo por volar, es miedo por sentir, por sentir la realidad que me esperaba unos minutos después.
Cuando me levanté de la silla, todo me dio vueltas, no debí tomarme esas copas de vino demás.
Al salir del avión sentí mis pasos pesados, mi corazón latía fuertemente, un nudo en la garganta no me dejaba respirar con claridad. Mis manos estaban congeladas, sudaba frio pero sentía mi rostro caliente.
Iba saliendo de la sala de llegadas y a lo lejos vi un hombre alto, fornido de traje gris, muy elegante, su mirada de miel iba de lado a lado en busca de algo o alguien.
En ese momento mi corazón dio un brinco y empezó a latir con fuerza, como si nunca hubiese latido, ni con el ejercicio más extenuante había sentido mi corazón correr con tanta vida, respiré profundamente varias veces.
Me paré un segundo, ¡Anda Amelia, eres una mujer fuerte y valiente! Tomé valor de no sé dónde y caminé o quizá levité directo a él. Ya no tenía control de mi cuerpo.
Me acercaba más y más y sus ojos aún miraban de un lado al otro, su cuerpo se veía tenso y su rostro sin expresión alguna. En un instante sus ojos se encontraron con los míos, el mundo al rededor desapareció por completo, ya no veía la gente pasar por mi lado, todos los sonidos desaparecieron exceptuando mi respiración y el bum de mi corazón, en esa pequeña eternidad solo existimos entre nuestras miradas.
Su rostro se iluminó y lo llenó de una amplia sonrisa, pasó su mano por el cabello y alisó su impecable traje con la otra mano.
Al ver su sonrisa inmediatamente mi cuerpo le respondió con una gran sonrisa, mi pecho se llenó de un extraño calor, por los poros de mi piel irradié felicidad.
Después de 2.300 kilómetros me encuentro frente a frente con una gran sonrisa, no puedo dejar de ver sus intensos ojos, entre miel con destellos de oro y sol.
- Hola -
- Hola – Susurramos al mismo tiempo, sentí sus manos rodeando mi cintura, el solo rosé parece electrificante, me lleva hacia su cuerpo lentamente, levanté mis brazos y le rodeé el cuello, mis ojos se llenaron de lágrimas, los cerré fuertemente para evitar que siguieran saliendo, recosté mi rostro sobre su cuello, respiré profundamente, sentí el intenso olor a su perfume que olía a dulzura, brisa y calor en medio de la nieve, seguido de un ligero olor a tabaco y alcohol. Me sentí un poco avergonzada, no debí tomar tanto vino en el avión.
Pude sentir su respiración entre cortada y acelerada.
- Mi chica sensual – me susurró en el oído con mucha tranquilidad.
- Alex... – Le susurré de vuelta, entre tanto mi corazón se llenaba de alegría y tranquilidad.
Nos separamos un poco para vernos el rostro, me regaló una tierna sonrisa y besó mis mejillas. El toque de sus labios con mi piel me hizo exaltar, su calidez recorrió cada centímetro de mi cuerpo.
- Que guapísima estas – dijo alejándose un poco más para observarme completamente y sus ojos se veían algo vidriosos.
- Gracias – dije sonrojándome.
- Me gusta tu collar – la comisura de sus labios se alzó de medio lado.
Llevé mi mano al cuello y lo acaricié muy delicadamente – A mí me gusta más – dije con una sonrisa de complicidad.
- Debes estar hambrienta, vamos a comer algo – La verdad es que lo estaba, no logré pasar bocado en la mañana y ahora tenía unos tragos encima. Tomó mis maletas – Déjame ayudarte – dijo alzando mi maleta del suelo.
- Gracias – susurré, las palabras no querían salir con valor de mi boca.
Me llevó junto a una camioneta negra con vidrios oscuros muy elegante. Abrió la puerta y me ofreció su mano para ayudarme a subir.
Puso las maletas con mucho cuidado en la cajuela del auto y se subió.
- ¿Qué quieres comer? – preguntó mientras encendía el coche.
- No conozco nada de este lugar, confío en tu gusto – sonreí nerviosa, no podía creer que después de todo estaba aquí junto a él. Todo parecía ser un sueño y si lo era, no quería despertar jamás.