Fue casualidad. Había terminado mi turno y estaba cansada, habíamos tenido hasta tres casos de asesinatos y me dolía la cabeza. El capitán Rodríguez, de criminalística, sonrió al verme soplando agotada, tumbada en mi silla. Él, con su equipo, empezó a reemplazarnos en las noches por orden de la comandancia. -Parece que tuviste mucha acción-, me dijo sacando un termo de su maletín deportivo y acomodándolo en su gaveta. -Algo así-, dije apagando mi PC y firmando la entrega de mi pistola. -¿Cómo está Garrido?-, se interesó. -Mejor, sonreí, lo llamé y me dijo que ya se muere de ganas de volver a la cancha- Rodríguez alzó el hombro. -Sabes que la comandancia no arriesga a sus efectivos. Fue una bala en una zona muy delicada-, me dijo preocupado. Él tenía razón. Con Matías ocurrió lo mismo.

