Mark esperó hasta llegar a casa. Solo lo separaban unos metros de la granja; aquella había sido su hogar toda la vida. Su padre también había vivido allí y había sido el administrador, igual que él ahora, siguiendo una tradición familiar. –Iré a terminar mi tarea, estaré en mi dormitorio –avisó la niña, a punto de salir corriendo, pero él la detuvo. –Addison, espera –dijo, metiendo la mano en el bolsillo de su pantalón y sacando una pequeña bolsa de tela –. Esto te lo envió Sarah. –Ah… –Addison se acercó despacio y la tomó –. Gracias. –¿Tienes algo que decirme? –No sé qué es lo que quieres que te diga –respondió, encogiéndose de hombros. –¿A qué vas a su dormitorio? –Solo hablamos, ella me cae bien. –¿En serio? –frunció el ceño. –Es bonita y tiene ropa muy linda. Si tú fueras a ve

