El hombre que me asignaron como abogado llegó sin prisa, como si yo fuera un trámite más en su agenda. Tendría unos cincuenta años, quizá un poco más. Cabello entrecano, camisa clara mal planchada, una expresión cansada que no era hostil, pero tampoco humana. Traía una carpeta delgada bajo el brazo, demasiado delgada para contener una vida entera. Se sentó frente a mí sin saludar. Tampoco se presentó me dijo su nombre. No me ofreció ni ese apretón de manos educado que se ve en las películas, apenas sí me miro. —Voy a ser directo —dijo, abriendo la carpeta—. No estamos aquí para contar historias. Estamos aquí para minimizar daños. Esa fue su introducción. No preguntó cómo estaba. No me pidió que respirara. No me dijo que tenía derechos. Empezó por el final. —El chico está grave —continu

