La sala de interrogatorio era más pequeña de lo que había imaginado. Una mesa, tres sillas, una grabadora encendida que nadie mencionó pero que estaba ahí, como un ojo que no parpadea. La luz blanca caía directa, sin dramatismo. No había música de fondo, ni tensión cinematográfica. Solo preguntas. Dos mujeres frente a mí. Una mayor, con el cabello recogido, postura recta, mirada dura. La otra más joven, con ojeras suaves y un cuaderno entre las manos. Ella fue la primera en hablarme con una voz que no parecía acusatoria. —Elisa —dijo—. Queremos que nos cuentes qué pasó. Desde tu punto de vista. Desde tu punto de vista. Como si eso ya viniera con un asterisco. Respiré hondo. No para tranquilizarme, sino para ordenar. Me di cuenta de algo extraño: no tenía prisa. No estaba desesperad

