El tercer día fue el que terminó de quebrarme. No por lo que dijeron. Sino por cómo lo dijeron. Herbert fue el primero en subir. Cuando lo vi caminar hacia el estrado sentí algo parecido a esperanza. No una esperanza grande, no una salvación milagrosa, sino algo pequeño: la posibilidad de que alguien dijera “no era así”. Elisa no es lo que dicen. Herbert siempre fue torpe con las palabras, pero honesto. O eso creía. Se sentó. Se acomodó los lentes. Sus manos temblaban. Eso me dio un segundo de alivio. Estaba nervioso. Porque sabía que esto era grave. Porque sabía que yo estaba ahí. Porque sabía lo que pasó… ¿verdad? —¿Conoce usted a la acusada? —preguntó el fiscal. —Sí… desde hace años. Íbamos en la misma escuela, pero ella no habla mucho. Su voz sonaba más baja de lo habitu

