Daniel volvió una semana después de la sentencia. No traía flores. No traía falsas promesas. No traía consuelo. Traía algo peor. Silencio. Se sentó frente a mí en la sala de visitas, abrió su carpeta y durante varios segundos no dijo nada. Solo pasaba páginas. Yo aprendí rápido que cuando él no hablaba era porque estaba ordenando algo que todavía no sabía cómo decir. —Hay cosas que no me cuadran —dijo finalmente. Esa frase me hizo levantar la vista. No “vamos a apelar”. No “tenemos esperanza”. No “confía en mí”. Hay cosas que no me cuadran. Eso no me gustó más, pero sí me intrigó más —¿Qué cosas? —pregunté. Me observó unos segundos, como evaluando cuánto debía decirme. —Tu versión no es perfecta —dijo con honestidad—. Hay huecos. Hay momentos que no recuerdas con claridad. Pero

