Lo que el tiempo no pudo borrar Sicilia, 2000. Cristina De Santi no había tenido muchas libertades en su vida. Segunda hija de un hombre duro, criado con la convicción de que las mujeres eran moneda de cambio entre alianzas familiares, creció entre paredes blancas, silencios forzados y normas marcadas en mármol. Pero había algo en ella que no encajaba del todo en ese molde. Amaba los libros. Se escapaba al campo a leer. Y fue ahí donde lo vio por primera vez. El joven se llamaba Angeló Mancini, trabajaba en los viñedos que rodeaban la propiedad de los De Santi. Era alto, moreno, con las manos curtidas por el trabajo, y una sonrisa limpia, sin dobleces. Cristina lo observaba desde lejos al principio, fingiendo estar inmersa en su novela. Él también la notaba. Al principio solo bajaba la

