CAPÍTULO DIECIOCHO: EL COLOR DEL INFIERNO

2051 Palabras
Agni tiró del abrigo hasta que cubrió por completo su cabeza, aseguró la mochila y a los segundos salió con su hermano. Era una ciudad, un reflejó de Akino pero con mucha pobreza, todos los pecados parecían estar ahí, y también los miedos. Agni apretó los labios cuando ni bien avanzaron dos pasos, había un anciano con un pequeño niño de tres años pidiendo comida, levantando su tarrito de leche para que las almas que vivían en el infierno pudieran darle algunas monedas, era su infierno, y se repetiría una y otra vez.             —Creo que este será nuestro final —murmuró Enzo tomando la mano de su hermana para que no sacara monedas, si lo hacía, terminaría por llamar la atención y era lo que no querían—. Me pregunto, ¿Cuál será nuestro limbo?             —Matando, lo más seguro.             Después de eso ninguno de los dos habló, avanzaron a paso lento, viendo todo alrededor, Agni se había propuesto que al salir de ahí haría una novela sobre eso, la gente pensaría que era ficción y ella tendría vivido todo ese recorrido que cada vez provocaba miedo en una guerrera de tal magnitud.             — ¡Abrigos, lleven sus abrigos! —Volvió a pasar la criatura y le regaló una sonrisa a Agni para después guiñarle uno de sus tres ojos—. ¡Almas nuevas, pasen por aquí y lleven sus abrigos!             — ¿Cuántas han ingresado hoy? —los mellizos se detuvieron en una fila donde estaban comprando alimento, sería una buena tapadera.             —En una hora cerca de cuatrocientas personas, la mitad han sido de una isla —contestó un hombre pálido y con algunas zonas de su cuerpo hinchadas—. Han muerto ahogadas como yo, ¿eso me hace familia de ellos?             —Un idiota más seguro —contestó el vendedor de abrigos avanzando y ganándose una mala mirada del hombre pálido. Los hermanos dieron una moneda y el hombre les dio la comida sin siquiera fijarse más de lo normal en ellos.             Avanzaron, el lugar era bastante grande, pero estaban tratando de seguir el camino descrito por Erein, ahora solo debían ver a una mujer sostener a un bebé, ese sería el lugar donde ellos cruzarían. Enzo miró a su hermana de reojo viendo que estaba mirando con disimulo alrededor, esperando que aparezca la mujer y así fue. Ella fue la esposa de uno de los Brais y sostenía en sus brazos un bebé, estaba con frío y sus ojos estaban cansados, el bebé lloraba, y más de uno lanzó una maldición hacia ella diciéndole que callara al mocoso, ella trató de hacerlo, pero el niño simplemente no se callaba. Era de su familia, aquel pequeño lo era. La joven sacó de su mochila uno de las pulseritas bendecidas por Solda para que Aratith no tuviera miedo, no sufriera de susto y no llorara. Así que se acercó a la mujer, le pidió permiso y colocó la pulsera en su tobillo, el bebé lentamente se fue calmando, luego abrió aquellos hermosos ojos que estaban rojos. La mujer los miró con sorpresa, viendo que su hijo después de tantos siglos, había calmado su llanto, incluso las almas alrededor notaron aquello, y se acercaron con curiosidad. Enzo lanzó una maldición, no debían llamar la atención y Agni había hecho lo opuesto.             —Mi madre es una bruja, hizo muchos de estos para calmar a los niños —explicó la muchacha, algunos le creyeron, otros ignoraron y unos pocos vieron con desconfianza a aquella pareja que deambulaban—. Tu hijo no volverá a llorar.             —Gracias. —dijo la mujer fijándose en las facciones de aquellos jóvenes, se le hacían tan conocidos, y tal vez no se equivocó, pero no dijo nada, porque ellos eran Brais y el hijo que sostenía también lo era.             Los mellizos cruzaron, avanzando un poco más rápido, ¿Cuánto tiempo iba? Enzo no había dejado de contar desde que estaban ahí, y podía calcular que tres horas ya, pero parecían minutos, cada paso entonces una eternidad. Lo más probable es que terminen saliendo más tarde de lo acordado con su familia. Avanzaron, y cuando la noche se puso, tuvieron que buscar un lugar donde dormir, buscaron, pero ninguno estuvo disponible, pero cuando ya tenían pensando dormir en la calle, hacer vigilia por si alguna alma se acercaba más de lo normal, aquella mujer volvió aparecer, con su bebé sonriendo.             — ¡Vengan! —inseguros la miraron pero después de un rato, cuando vieron para a los minotauros, ellos avanzaron y terminaron entrando a una casa de esteras, iluminada por una vela en una vieja mesa. Había una cama, una cunita y luego juguetes en el suelo, todos tallados a madera—. No es mucho, pero podrán pasar la noche.             — ¿Por qué nos has ayudado? —los hermanos dejaron descansar las mochilas en el suelo, vieron alrededor, como vivían no era algo bueno y menos para un bebé.             —Porque son familia de mi hijo. —Los hermanos se sorprendieron ante lo que la mujer dijo—. Yo estuve con Omeg Brais.             —Eres quien se quitó la vida y tiempo después él te siguió —la mujer bajó la mirada avergonzada y con la tristeza impregnada.             — ¡Enzo!             —No, está bien —la mujer colocó al bebé en el suelo para que jugara con sus muñecos de madera—. Soy ella, mi infierno es deambular por todo este lugar con mi bebé llorando, una y otra vez, hasta hoy que tú lo has calmado.             —No entiendo, tú deberías estar embarazada…             —Intentaron sacar el bebé cuando yo ya…había muerto —explicó sentándose y les hizo señas para que ellos la imitaran, los hermanos se quitaron los abrigos y la mujer admiró la belleza de los Brias, seguía presente—. Él vivió por segundos, luego miró, ni siquiera se pudo bautizar y tener un nombre, ese es su infierno.             — ¿Qué pasó con Omeg?             —Todos los Brais están aquí, pero lejos, recibiendo su propio infierno —explicó la joven viendo al bebé que soltaba risotadas, sus ojos se llenaron de lágrimas ante aquella escena, siglos, muchos siglos y nunca creyó ver a su hijo reír así—. Liev como castigo los mandó a un lugar muy oscuro, donde ellos se matan entre sí, gritan pidiendo que paren, pero el dios del infierno no quiere.             —Siempre fue pintado como bueno…             —Es lo peor, después de que Elan se descuidara, Liev hizo lo que quiso con este mundo —para los hermanos no pasó desapercibido como sus ojos brillaron al mencionar el nombre de Elan—. ¡Es cruel!             —Tal parece que sí.             — ¿Pero qué hacen aquí? Si Liev los encuentra, no podrán salir.             —Estamos en misión, debemos conseguir dos flores para poder liberar al dios Erein —explicó Agni y la mujer la miró—. Ambas son cosechadas por Liev y por Helena.             —Se sobre las flores que me hablas, he ido a esos campos, pero no sabía cuál era su función.             — ¿Crees que puedas llevarnos hacia ese lugar?             —Por supuesto, pero, debe ser cuando ingresen nuevas almas, será nuestra distracción para estar por allá. Eso sí, deben dejar sus mochilas y vestir acorde a este lugar.             —Queremos esas flores y luego iremos por el dios.             — ¿Irán hasta el castillo? —preguntó y los mellizos asintió, ella asustada negó—. ¡No es buena idea! Están los dos ahí, y no sé quién es más peligroso, aparte el castillo es custodiado por minotauros, mucho más ahora que están los príncipes.              —No podemos desviarnos de nuestra misión, aparte, ya hemos enfrentado minotauros. Ese no será un problema.             —¿Ustedes son mellizos? —ella preguntó y ambos asintieron—. Sé que son Brais, pero es raro que haya nacido una mujer y mellizos.             —Últimamente nos lo dicen muy seguido.   (***) Encima de su ropa, Agni llevaba un vestido gris, roto pero limpió. Su cabello había sido trenzado y encima llevaba el abrigo, Tulipan les había puesto polvo en todo el cuerpo para que nadie notara el rubor en su piel, al igual que ella, Enzo también llevaba ropa encima. Los mellizos habían preparado arco y flechas, llevando escondidas en su espalda, mientras que en sus piernas estaban sus armas carcajadas con el líquido que podía detener por largos minutos a los dioses. Estaban listos para tener amblas rosas y mezclarlas, tener el antídoto y dárselo a Erein. Temprano los cuatro salieron, esta vez tanta atención no tuvieron, el niño iba tranquilo y dormido en brazos de su madre, mientras los mellizos iban hablando con Tulipan. Avanzaron, el camino fue largo hasta que vieron unos campos hermosos y entre tantas hermosas flores, había unas que sobresalían, era la que había hecho Helena. Tal como había dicho la mujer, a esa hora recibían nuevas almas, Agni miró sobre su hombro y tuvo que sostener del brazo de su hermano al ver dos rostros conocidos, su corazón latió rápido al ver a dos jóvenes tomados de la mano, jóvenes a los que ella les dio clase el año pasado, ¿de qué había  muerto? Ni siquiera tuvo tiempo de preguntar, ella fue arrastrada por su hermano y con cuidado de que nadie la viera, tomó la rosa, con cuidado empezó a sacar las hojas y las colocó en un pequeño tuvo que luego lo tapó y guardó. Volvieron a tomar el camino de la colina, y a lo lejos vieron el jardín de Liev, n***o y hermoso, algo que nunca habían visto. Esta vez quien tomó la rosa fue Enzo, tomó dos con cuidado, la joven guardó una, junto con la otra rosa que había tomado por si fallaba. Se alejaron del jardín del dios del infierno y se sentaron mientras Agni hacía las mezclas, luego vio como tomaba un color diferente, ya estaba listo. Lo guardó en el bolsillo de su pantalón, no sin antes envolverlo en una caja pequeña de acerco por si se caía, así estaría segura de que el pequeño objeto de vidrio no se rompería.             —Ahora debemos ir al castillo.             —Ya no puedo acompañarlos, pero si puedo guiarlos.             —Tulipan, tu ayuda ha sido muy buena para ambos, sin ti no sé qué hubiésemos hecho.             —Ustedes son Brais, saben siempre que hacer —Enzo se alejó para revisar la copa del diario de Erein, lo revisó y Agni aprovechó para tomar el bebé en sus brazos. Quien no nació, quien seguramente le hubiese dado primos, la joven se inclinó dejando un suave beso en su frente fría.             —Dale un nombre, Tulipan, es hora de que les un nombre —Agni le entregó el bebé y la mujer miró al pequeño.             — ¿Cómo crees que debería llamarlo?             —Algo que te haga feliz.             —El mar, nunca más lo volví a ver —Agni rebuscó en su bolsillo y arrancó una hoja del diario, Erein también era un buen dibujante. Le entregó la hoja donde el dios había plasmado el mar desde su barco—. ¡Oh, Agni!             —Un pedacito en este infierno.             — ¡Suéltenme! —el grito de Enzo hizo que las dos mujeres se sobresaltaran, cuando Agni quiso avanzar, Tulipan la sujetó con fuerza y señaló con su mentón hacia el dios que se acercaba. Oh, no ¡Maldición!             Lentamente se alejó cuando su hermano asintió en su dirección, no podía irse sin él ¡No podía!             —Te he sentido desde que pisaste el infierno, Enzo, ¿crees que no me daría cuenta?             ¿Cómo es que solo lo había sentido a su hermano?             — ¿A dónde vas a llevarme, Liev?             —Ah, voy a divertirme contigo —el dios del infierno soltó una carcajada ronca para después girarse al ver una multitud acercarse—. ¡En estas tierras oscuras tenemos un Brais! ¡Enzo Brais ha venido a visitarme! ¿Qué creen que debería hacerle?             — ¿Dijo Brais? —murmuraron alrededor.             —¡Mantenlo, así como ellos nos han matado! —Agni entró en desesperación pero Tulipan la sostuvo con mayor fuerza.             —¡Hágalo esclavo, humíllelo! 
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