Era un pequeño grupo el que los acompañaba, el más confiable por si había una filtración de información. Incluso Zigor estaba ahí, algo ansioso y llevando su uniforme de combate, como si él fuera entrar.
Andrea y Coll estaban ahí, muy cerca del lugar y sorpresivamente por donde Erein había entrado era cerca del mar, se dividía el mar con la tierra, ahí mismo habían unas piedras que estaban unidas y se abría, había un camino subterráneo, al entrar también estaba una gran vela para iluminar el camino en el infierno, irónicamente.
Héctor resopló varias veces estando en desacuerdo con la decisión que había tomado su hijo, incluso siendo su hijo, no podía meterse, era el líder, y todo lo que decía; era correcto.
—Tienen aquí comida para una semana, tienen agua suficiente y abrigo para lo frío que es allá adentro —explicó Andrea tendiéndole a cada uno una mochila, los mellizos asintieron.
—Agni —la joven se giró al encontrarse con la seriedad del moreno de Coll—. Puedo ir con ustedes, estoy capacitado para hacerlo.
—Coll, estaremos bien, tanto Enzo como yo también estamos capacitados.
— ¡Pero no quiero que te vayas sola!
—Coll, tú tienes que ayudar a las personas a que puedan irse de la playa, si hay el supuesto tsunami, entonces manos faltaran aquí arriba.
—Puedo darle el poder a alguien más, cualquiera puede remplazarme.
—Sabes que no, que eso es imposible, tu fuerza e inteligencia es algo que valora mucho Zigor.
—Entonces te vas.
—Volveré.
—Cuando esto acabe, voy a llevarte por un helado —dijo en voz alta haciendo que todos se giraran ante su voz, algunos rieron y otros como los Brais hicieron una mueca.
La muchacha sonrió y se inclinó dejando un suave beso en la mejilla del moreno, quien aprovechó el momento para tirar de ella y abrazarla, fuerte, seguro. Se preguntó Agni si algún momento de su vida volvería a sentir todo eso que despertó Erein en su momento.
No quería hacer promesas, no cuando estaba de camino al infierno, pero antes de venir había pedido poder tomar a su sobrino en brazos, aunque estaba restringido, el doctor accedió. Artaith había abierto esos bonitos ojos y apretado sus manitos, ella lo había olido y sentido la calidez de su piel.
—Volveré, así que debes estar sano para llevarte a un parque. Voy a comprar una playera ridícula que ambos usaremos. —le dijo besando su cabecita con ternura mientras escuchaba como el pequeño luchaba por su vida, atrás suyo Zigor soltó una suave carcajada que alimentó el corazón de Agni.
—Vas a volver, Artaith necesita de su tía.
—Cuídalo en mi ausencia, por favor.
—Siempre.
Zigor había aprovechado en sacar su teléfono para sacar una foto de aquel momento. Todo se sentía tan amargo, el sabor lo tenía en la boca.
Agni sacudió la cabeza y se acercó a su padre, lo abrazó y lo sintió temblar, pobrecillo. Lo amaba, quería a ese hombre muchísimo y con tan razón no quería que sufriera.
—Cuídate papá, procuraré volver antes.
—Vuelve siempre a mí, hija.
Ella sonrió después de abrazarlo, se dirigió hacia donde estaba Zigor y Enzo, los demás los siguieron, la muchacha recibió un rápido abrazo del rubio pero que fue suficiente para soportar el invierno de allá abajo.
Enzo se coloró el gorro y encendió la linterna que llevaba ahí, la muchacha tomó la vela que estaba colgada, después de despedirse, empezaron a bajar, la luz por donde había entrado, cada vez se hacía más pequeña y luego de largos minutos terminó por desaparecer, ambos hermanos soltaron un suspiro y siguieron caminando, por lo que terminó siendo horas.
Un camino largo, en algunas ocasiones se detuvieron a tomar agua y otras a escribir en sus manos para que el otro los leyeran, estaban tratando de hacer el mínimo ruido para que nadie los escuchara. Enzo miró la hora, había ingresado a las seis de la mañana, y ya eran pasada de las doce, después de media hora, se dio cuenta que el reloj se había detenido, así que tuvieron que llevar la cuenta en la cabeza.
Horas más tarde, las linternas dejaron de funcionar, los radios y toda tecnología, así que el mellizo tuvo que sacar velas y fósforos para poder iluminar el camino. Poco después de encenderla, una tenue luz se vio al final del camino, se dieron prisa y luego fueron azotados por un frío que hizo que sus huesos rugieran.
Agni tiró del barbijo que llevaba puesto, así podría cubrir su nariz y boca del frío, de ahí iban súper abrigado, ya que Solda había encontrado el abrigo que Erein había traído del infierno y en La legión, había hecho dos parecidos, impregnando la misma aroma.
Ambos hermanos apagaron las velas y luego vieron cómo se extendía una ciudad, una gris y pobre.
— ¡Abrigos, abrigos para poder ser feliz en el infierno! —gritaba una criatura con tres ojos caminando de un lado a otro con los mismos abrigos que portaban los mellizos.
Estaban en la entrada del infierno.