CAPÍTULO DIESEIS: LAS PROFUNDIDADES DEL INFIERNO

3042 Palabras
Erein sacudió la cabeza ante aquellos recuerdos, negó una y otra vez hasta que pudo salir por fin de ellos. Estaba en el barco y era de noche, estaba siendo iluminado por grandes velas, así que él mismo se lanzó al agua, nadó y nadó hasta que estuvo cerca de la orilla. Golpeó la tierra con el tridente, exactamente treinta veces hasta que se abrió y él pudo ingresar. Se ajustó la gabardina que llevaba puesta, tomó una de las velas que iluminaban el camino rocoso, pasaron largos minutos hasta que pudo ingresar. El infierno era el lugar más pobre que podía existir, las almas ahí, todas palpables, junto con las criaturas de la oscuridad vendían para comer, se vendían incluso. Parecía un mercado n***o donde se encontraba todo, incluso las joyas más hermosas. Algunas almas habían sido enterradas con joyas para que Liev los mandara al paraíso, pero estas almas ambiciosas habían decidido hacer trueques, y más de una crear cosas grandes. Cuando él empezó a caminar, todos empezaron a verlo con curiosidad y los murmullos se hicieron presente, él pudo incluso escuchar su nombre. Mientras más se adentraba al infierno, el frío lograba calar con más fuerzas.             — ¡Abrigos, lleven sus abrigos por tres monedas de oro! —gritó un demonio con tres ojos llevando consigo abrigos de piel de oveja, suponía que venían de todos los animales que Liev se había robado.             ¿Hace cuánto no venía a ese lugar? Siglos, y ahora era peor que antes.             — ¿No crees que tres monedas es mucho, amigo? —inquirió Erein deteniéndose con el demonio que sonrió mostrando su falta de dentadura.             —Esto podrá ocultar que eres un dios y podrás pasar desapercibido —contestó burlón. Erein maldijo al notar las miradas de los demás. Sacó de su bolsillo una bolsa de monedas y sacó tres, se las tendió y el demonio le entregó el abrigo blanco.             El dios del mar se lo colocó con rapidez, incluso cubrió su cabeza y lo amarró en su cuello, y sí, las siguientes cuadras ya no se fijaban en él y también lo cubría del frío. No supo cuánto tiempo caminó, y lo podrido de ese lugar lo repulsaba, ¿en que lo había convertido Liev? Su padre nunca lo entregó así. Vio a varias almas pedir dinero, incluso, pudo reconocer a varias de aquella isla, aturdidas, preguntando sobre la isla Elan, porque así fue llamada. Pasó mucho tiempo hasta que pudo ver algo de color entre tanto gris, vio un campo con cantidad de animales, todos robados por su hermano seguramente, ya podía entender porque había tanta venta en el infierno. Era un caos. Se detuvo cuando un alma envolvió su mano alrededor de su pierna, él bajó la mirada y vio al pequeño de rizos dorados, ojos aguados. ¿Qué hacia un niño en el infierno? ¿No se supone que deberían estar en el paraíso?             — ¿Puede darme unas monedas, señor? Tengo mucho frío y moriré congelado.                  Quiso decirle que ya estaba muerto, pero solo se puso a su altura, sacudió la manta de rizos y luego sacó su bolsa de dinero, y le tendió unas monedas de oro. El niño sonrió y salió corriendo en dirección al demonio que vendía los abrigos de piel, de ahí, pudo ver muchos así, perdidos, sin poder asimilar que estaban en el infierno.             —El infierno es peor de lo que esperabas, ¿no? —una voz suave lo hizo girar, encontrándose con una mujer de ojos esmeralda, en sus brazos sostenía un pequeño cuerpo que se sacudía—. Liev no es justo, y nos hace trabajar para obtener abrigo en su propia oscuridad.             — ¿Por qué tu bebé no está en el paraíso?             —Ya no existe paraíso, Liev lo destruyó para tener lo que quería.             — ¡El equilibrio del mundo caerá!             —Ya lo hizo, dios del mar, desde hace siglos. —La mujer arrulló a su bebé y se alejó.             Él se apresuró a llegar hacia el castillo ostentosos que estaba en medio de pobreza, frío y suciedad, ahí donde todo parecía estar bien. Entró aunque la luchó contra los demonios que custodiaban las sagradas puertas, pero logró entrar.             Liev estaba sentado frente a una mesa larga y con un buen banquete, a su lado una mujer hermosa pero triste, y frente a ella tres niños pequeños que poseían los ojos rasgados pero que tenían el cuerpo de minotauros, ¿así era como había estado creando su ejército?             — ¿Qué has hecho?  —tartamudeó y su hermano dejó de comer, colocó los cubiertos en la mesa y luego limpió su boca con la servilleta blanca. Sonrió viéndolo, como si estuviera haciendo algo muy natural.             — ¡Hermano! ¿Qué te trae a mi humilde morada?                 — ¿Qué le has hecho al infierno?             —Ah, los cambios. Nada que no lo ayude a mejorar, Elan estaría feliz.             — ¡Ya no hay paraíso!             —Tampoco juicios, todas las almas deben buscar manera de sobrevivir —contestó sin dejar de sonreír—. ¿No crees que es una gran idea? — ¿Qué has hecho desquiciado? —inquirió en voz baja viéndolo seguir comiendo como si todo estuviera bien.             —Es mi reino, Erein, todo aquí gira en torno a mis reglas —contestó dejando los cubiertos a un lado y viéndolo fijamente. Erein miró a la mujer, sus ojos tristes pero le sonreía a los niños mitad minotauros. Se le hacía conocida, ¿pero de dónde?             — ¿Y estos…niños?              — ¡Ah! Mis hijos, de los tanto que he tenido —estiró la mano hacia la mujer y luego se la llevó a la boca, dejando un suave beso—. Lin, Lier y Leopoldo             — ¡Nosotros no podemos tener hijos!             —Con las mortales no, pero aquí en mi reino sí.             —No te estoy entendiendo.             —Salgamos, te haré un recorrido del infierno —se puso de pie, arregló el traje oscuro y luego se acercó para dejar un beso en la cabeza de cada criatura, que seguían comiendo, como si todo ahí fuera normal. El dios del mar vio los ojos oscuros de la mujer, como si pidiera ayuda, y ahí la recordó, ella era el amor de aquel guerrero que luchó contra los dioses ¡Liev la robó para él!             A medida que descubría ese lugar, podía notar que estaba tan podrido como el corazón de su hermano, que no era algo bueno, que no era tan bueno como él por siglos pensó. En su cabeza Liev seguía siendo un pequeño niño asustadizo, pero ahora podía ver que no, y ahora podía confirmar que él fue quien lo manipuló. Liev avanzó y abrió unas puertas grandes de acerco, el dios del mar lo siguió, con cautela, manteniéndose a la expectativa por si salía un ataque inesperado. Antes de llegar, había pedido que protegiera su corazón, que lo envolvieran con agua, que nada cruzara para que no volviera nunca más hacer manipulado, y mucho menos por el dios del infierno. El sol lo golpeó y tuvo que colocarse la mano encima de la frente para protegerse del sol, cuando sus ojos se acostumbraron, pudo visualizar un lugar muy parecido a la isla con la diferencia que era pequeño, había animales yendo de un lado a otro, incluso perros. Había una pequeña banca y desde ahí se tenía una perfecta vista del mar, todo muy detallado, como si quisiera tener algo de la tierra en su propio infierno.             — ¿Qué es esto?             —Mi reino. —    ¿Cuándo lo cambiaste tanto? —Ah, eso fue desde que Elan dejó de venir al infierno, le dolía tanto pisar este lugar, que aproveché para cambiarlo —Liev desabrochó el saco azul marino y se sentó en el banco, Erein aun indeciso lo acompañó. Se sentó y admiró el mar, la calma que ni por asomo tendría—. Elan fue el primero en romper las reglas.             — ¿De qué estás hablando? —Elan desde el cielo vio a joven doncella, la seguía cada que podía y se fue enamorando —explicó y Erein se sorprendió ante aquella contestación—. Cuando ella cumplió la edad adecuada para casarse, su corazón no pudo soportar verla comprometerse con alguien más, ¿sabes lo irónico de la vida?             — ¿Qué?             —Que les dio la bendición mientras su corazón se hacía pedazos —Liev sostenía en sus manos una pequeña flor, le fue quitando hoja por hoja, con lentitud, como si le doliera hacer eso—. Ella se casó, tuvo hijos y siempre le rezó a Elan, de hecho, los altares más bonitos se los hizo ella.             — ¿Por qué dijiste que la vida era irónica?             —Porque ella también lo amaba, y se casó con un Brais para poder estar cerca de Elan, pero ninguno lo supo —siguió contando, Erein cada vez quedaba sorprendido de lo que sus hermanos habían hecho—. Ella murió por enfermedad, joven aun, Elan sufrió mucho y me pidió que la guiara al paraíso, lo curioso es que murió con su bebé.             — ¿Ella anda por aquí con un bebé en sus brazos? —Liev asintió y Erein apretó los labios—. ¡Elan te rogó para que los llevaras al paraíso! ¿Por qué no lo hiciste?             —Es mi reino, yo mando. —contestó sin inmutarse—. Elan dejó de venir aquí, así que empecé a cambiar todo, y cerré el paraíso para las almas, ahora viven su infierno, pagan sus pecados de una manera menos tortuosas que antes y bueno los que iban al paraíso, ¿Qué lástima no crees? — ¿Por qué haces esto? ¿Por qué cambiaste? —La vida está en constante cambio, hermano, el infierno también. — ¿Nada de esto te afecta? ¡No sientes empatía por tus hermanos! —Solo dejé de pensar en los demás y fui feliz —soltó una risita y se puso de pie arrojando la flor sin pétalos. Erein lo tomó de las solapas, alzándolo y el dios del infierno mantuvo la maldita sonrisa en la cara, como si nada le afectara. Al hacerlo, sintió más frío y vio que alrededor se oscurecía, que los animales empezaban a esconderse y que el mar se alejaba, como si tuviera miedo, en segundos había muchos minotauros cerca, de varios tamaños e incluso los pequeños que había dentro del reino. ¿Era necesario que Elan despertara? Tal vez sería el único que traería la tranquilidad, la paz que necesitaba ese mundo. Sus hermanos estaban haciendo de las suyas, y Liev era ahora el más peligroso, estaba viviendo su vida feliz a costa de los demás y no se inmutaba, como si no tuviera corazón, sentimientos. No lo reconocía, no podía reconocer al hermanito pequeño que cuido cuando los relámpagos de Elan lo asustaban, cuando lo cargaba y lo arrullaba para que pudiera dormir mientras su hermano mayor practicaba.             —Hace treinta años, ¿tú me despertaste y manipulaste, verdad? —vio la culpabilidad en sus ojos, Erein soltó un quejido lastimero y lentamente lo soltó. Retrocedió, sintiéndose usado—. ¡¿Por qué?!             —Erein, ¿no los has comprendido? Somos Dioses, e injustamente Elan nos durmió, nos atrapó y pasamos siglos viviendo un verdadero infierno, caminando por un sendero que no tenía final —dijo como defensa, alzando el tono de la voz—. ¿A caso eso no te pasó a ti? ¡Tú también lo sentiste! Seguramente caminaste y caminaste tratando de llegar al mar y nunca lo hiciste.               No se equivocaba, había sucedido así, ese sueño al que lo puso Elan fue de los peores, desde entonces le tenía miedo al dormir, temía volver a estar en ese lugar donde nunca pudo llegar al mar. Él estaba hecho de agua, ¿Cómo cruelmente podían alejarlo?             — ¿Quiénes están despiertos?             —Tú, yo y Maua —confesó—ella desapareció en el dos mil, no volví a saber de ella, pero la sentí. Nunca se volvió a presentar en ninguna de sus formas.               — ¿Ella te dijo que me manipularas?             —Sí.             — ¡Maldición! —Gritó golpeando con fuerza el banco, Liev se quedó inmóvil, sabiendo que su hermano tenía mucho que digerir—. ¿Qué ha hecho todo este tiempo?             —Que no ha hecho, Erein. Maua nunca fue buena, pero Elan siempre quiso encontrarle bondad, cuando todos sabíamos cómo había nacido.             — ¡Tú sabías su naturaleza y aun así la ayudaste!             —Ella me ayudó a despertar, ¿Qué querías que hiciera?             —Tú eres poderoso, tienes criaturas aquí que podrían hacer todo para mantenerla lejos de inocentes.             — ¿No lo entiendes, verdad? —Erein vio sus nudillos lastimados, la ira envolviéndolo. Soltó un suspiro pesado girándose para encarar a su hermano—. Maua si tuvo hijos, se reprodujo y no solo eso, ella ahora domina más de lo que nosotros podemos imaginar. Si ella quisiera, pudiera destruir el corazón de Elan, y el mundo fuera peor que un caos.             — ¿Conoces a sus hijos, sabes de que son capaces?             —Sí, conozco a uno, de los mejores guerreros, con algunos poderes. Son semidioses, pero antes de los perfectos, vinieron los defectuosos —Liev lanzó una mirada a todos sus hijos, porque si, todos eran aun defectuosos, ninguno nací con su forma humana—. Eso son los peores, es como si ella quisiera arma un ejército, pero no sabes contra quien.             —Ella ya causó un caos en el pasado, ¿Qué más quiere?             —El poder absoluto.             Hizo más frío, Erein tiró del abrigo y se alejó, Liev lo alcanzó:             —Nadie es perfecto como tú, Erein, algunos si vamos por nuestra felicidad.             — ¡Tenemos un rol en este mundo! Pero todos decidieron pensar en sí mismos y olvidarse que la humanidad era la que estaba en peligro.             — ¡Porque también sentimos! —exclamó el dios del infierno con rabia y los ojos oscurecidos—. Elan nos hizo amar a los mortales y luego querer sentir como ellos, y míranos, ahora a punto de acabar con su creación.             —No permitiré que todo se repita, no puedo, mi consciencia no me lo permite.             — ¿Y qué harás? ¿Apagar el fuego con el agua? —dijo con sarcasmo.             —Soy mayor que ustedes, y domino mucho —escupió moviendo sus manos y apareciendo el tridente, lo levantó dejando las puntas muy cerca del cuello, incluso llegaron a raspar la piel de porcelana de su hermano. Alrededor  se escucharon gritos y Liev levantó las manos para que se calmaran—. Tú juegas a la familia feliz y esa mujer seguirá amando al guerrero, por eso tus hijos nacen así, Maua crea hijos perfectos pero ninguno con el corazón para poder amar lo que le pertenece a su madre. ¿Crees qué así triunfarás?             Con esas palabras se alejó de ahí, cada tanto veía por el rabillo del ojo a la defensiva de que lo siguieran, pero su hermano se mantuvo en el mismo lugar, con la ira dibujada en su rostro, mientras veía a su creación alrededor. Liev buscaba que lo amaran, y por eso había hecho del infierno algo peor, un desequilibrio para el mundo, con razón constantemente podía sentir la oscuridad en la tierra, sentir las almas atormentadas, y ya sabía por qué. Agni apretó los labios cuando dejó de leer, se sorprendió por todo lo que Erein había escrito, todo a punto de letra, tal vez había llevado alguna grabadora o algo para poder escribir todo, quería documentar todo lo que había visto en el infierno, y aquella pequeña parte era aterradora, ¿Cómo poder cruzar sin que las almas no se dieran cuenta que ellos eran humanos? agradecía que los dos tuvieran un color de piel muy blanco, pero su olor era diferente, ¿Cómo iban a cruzar? La muchacha siguió leyendo, pero la siguiente página era una carta que aún conservaba su selló, la giró y su nombre estaba escrito con gracia.  Sé que eres tú, sabía que tarde o temprano este diario que tanto me insististe en escribir es tuyo ahora, con la información que quieras, todo lo que viví está aquí, te pertenece Agni, he vivido para que tú puedas leerme. Sabía que pasaría esto, que Liev volvería a encontrarme, pero esta vez sería más fuerte su dominio sobre mí, ¿verdad? Debo ser un idiota por alejarte, no luchar, pero créeme cuando te digo que no puedo, que por dentro debo estar gritando para ser liberado pero no me sueltan, cariño, me tiene atado, y el alma me duele. Lo he vivido antes, y sé cómo debe sentirse ahora, una versión mala de mí, algo que nunca podré ser. Ve por mí al infierno, sé que puedes, sé que lo harás. Pero ten cuidado, el infierno reconoce las almas que incluso por segundo estuvieron ahí, y muchas verdades saltan a la vista, ten cuidado y no te dejes embrujar por lo que hay allá abajo. Búscame, hay dos clases de flores en el infierno, una cultiva mi cuñada Helena, son como el sol, ya que ella no lo ha podido ver en muchos siglos. Tiene el don de que las almas se curen, y luego hay otras que hace mi hermano, le recuerda la tierra y sus buenos tiempo, es color negra, es la única que puede hacer que vuelva hacer yo y luego las flores de Helena sanarán las heridas que me dejó ser alguien malo. Búscame, mi querida Agni. Búscame.   Ella giró la carta y vio dibujo de las flores de las que Erein hablaba, ese debía ser el antídoto para poder curarlo, entonces debía ir preparada para poder curarlo. Soltó un suspiró y descansó su cabeza en la almohada, agotada por haber leído ese diario y por aquella misión que tendrían en dos días. En unas horas tendría que levantarse para que Solda los entrenara, ¿estaba feliz por volver a Erein? Sonaba un cuento tonto donde ella era quien salvaba al príncipe. 
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