Agni tenía la cabeza hecha un mar de confusiones, llevaba cerca de cuatro horas en el museo y eso era un recordatorio de que Erein ya no estaba, más cuando le había tocado exponer sobre él y los demás dioses a un grupo de alumnos de secundaria, todos escuchaban atentamente lo que ella explicaba, pero nadie se daba cuenta que en cada palabra de Agni; su corazón se rompía.
A las trece horas estaba yendo almorzar junto con Enzo, quien le llevaba su cartera mientras ella recogía su cabello. Estaban cansados, no estaban durmiendo mucho, y eso se podía notar en su rostro, en las orejas que llevaban, aunque Agni las había ocultado, su mellizo no.
— ¿Este no es el libro favorito de Elan? —su mellizo revisó su cartera hasta sacar el libro, pero esta vez en idioma original y con unas escrituras.
—Lo pedí hace poco y hoy me llegó, debo de analizarlo junto con lo que está escrito ahí.
— ¿Y para qué?
— ¿Tú crees que Elan va a leer algo y que no signifique nada? Él me está dando toda la información, pero yo no le estoy entendiendo.
—Debes dormir, Agni, o no podrás rendir lo suficiente.
—Debemos, el viernes hay que pedir la noche y nos dormimos —ella se estiró y luego se lanzó abrazar a su hermano, quien soltó una risita y la sostuvo feliz.
— ¿Agni y Enzo Brais? —una voz suave los llamó, ambos giraron al ver una mujer rubia frente a ellos, quien sostenía de la mano un pequeño. ¿Era alguien del museo? No recordaba haber visto o escuchado un niño.
—Sí, ¿sucede algo?
—Son ustedes, están grandes…—ella vaciló y los mellizos se inquietaron—. Soy Laura, su madre.
Ambos soltaron una maldición, justo en ese momento ella estaba ahí, queriendo hablar, ni siquiera se acordaban de su rostro, Enzo mismo se había encargado de quemar todas las fotos de su madre cuando se fue, así que no había ni un solo recuerdo, nada y ahí estaba. Tan rubia como Zigor, o como esa criatura que seguramente era su medio hermano, tan de ojos amables como ninguno de los tres, los mellizos no tenían nada de ella, absolutamente nada.
— ¿Qué quieres? ¿Ya te cansaste de tu vida tranquila y vienes a j***r la nuestra? —siseó Enzo molesto dando un paso hacia adelante, pero se detuvo a decir más cosas cuando el niño se lo quedó viendo—. Estamos ocupados.
—Por favor, llevo casi un mes buscando que Zigor me atienda pero…—tartamudeó, Agni vio el carro que estaba estacionado, era de ella, y no era un carro de esos normales. Así que podía asumir que la situación económica de su madre era demasiado buena—. ¿Podemos hablar unos minutos?
— ¡No!
—Sí.
Agni dijo eso y los ojos de Laura se iluminaron, Enzo hizo una mueca y después de segundos le dijo que los siguiera, mientras ellos iban adelante, su hermana sostuvo su mano pero el mellizo estaba tan molesto, tan furioso, que el recuerdo de su partida llegó bruscamente y tuvo que sostenerse de su hermana.
— ¡Hay una carta! —la voz suave y lastimera de Agni sobresaltó a los dos hermanos, Zigor estaba serio y con los ojos aguados, mientras un Enzo lloraba, su visión estropeada, pero aun sin poder comprender como su mamá se había ido, los había abandonado así, sin más.
¡Por qué no se quedó! Porque su vida era difícil, los Brais eran difíciles, pero ¿por qué no hacer el intento de quedarse, de estar en su vida? Si no la entendía, si tenía miedo, debió quedarse y decirles que había dos razones grandes para volver, ella y Héctor.
Enzo le quitó la carta a su hermana, limpió sus ojos y luego leyó en voz alta, para que sus hermanos también pudieran escucharlo.
Querido Zigor, Agni y Enzo.
Debo pedirles perdón, creo que nunca podré obtenerlo, mucho menos cuando he abandonado a mis tres niños que me necesitaban. Tal vez ahora no podrán comprender la razón porque me voy, pero al crecer tal vez entiendan que era la salida para una mujer que tarde o temprano iba a perderlos, cuando un hijo pierde a sus padres le dicen huérfano, pero, ¿Cómo se la llama a una mujer que pierde a sus hijos?
Sé que son fuertes, inteligentes y valientes, pero eso no quita que la vida pueda arrancármelos, ese mundo oscuro donde están o su propio abuelo.
Quise llevarlos lejos, quise sacarlos de ese mundo y del apellido tan fuerte que es el que llevan, pero no pude ¡Lo intenté! Tantas veces y ninguna resultó. El corazón se me hizo pedazos cuando tomé la maleta y me fui, sé qué sufrirán y me odiaran, pero volveré, por ustedes siempre lo haré.
Zigor, cuida de tus hermanos, eres el mayor, mantén a los mellizos lejos de Uriel, y cuídalos en cada batalla, decirles que no vayan, que no arriesguen su vida por unos dioses que son malagradecidos, será como hablarle a la pared, nunca escucharán. En un punto entenderán que aquella misión es s*****a, que aquel mundo los consume y no podré protegerlos bajo mis alas, porque yo habré volado muy lejos.
Agni y Enzo, los mellizos que no nacían en mucho tiempo, su corazón siempre sea uno, cuídense y sepan que tiene la misma fuerza, su vínculo es irrompible, cuídense, que nadie rompa sus hilos o el otro no podrá vivir solo.
Los amaré, siempre los amaré, a donde vaya tendré sus rostros en mi mente.
Laura jeffers De Brais.
—Nunca volviste —fue lo primero que dijo Enzo cuando se sentaron y el niño fue presentado como hijo de ella y su esposo, Dorian.
— ¿Qué?
—En la carta, en la que dejaste cuando nos abandonaste decía que volverías, pero nunca lo hiciste.
El silencio incomodo que se formó solo rompió Dorian, quien jugaba con sus carritos, y cada tanto con timidez miraba hacia sus hermanos mayores.
—Intenté pero Uriel siempre me encontraba tratando de llegar a ustedes o a su padre.
—No me sorprende de Uriel, es una artimaña —Agni habló con más calma en dirección a Laura, quien le regaló una sonrisa y sus ojos se iluminaron—. Uriel fue desterrado del museo y Zigor se hizo cargo como el líder.
La sonrisa de la mujer se congeló, sus ojos se oscurecieron ante aquellas palabras.
— ¿Líder de ese mundo suyo, verdad? ¿Por qué Héctor no lo detuvo? —Agni apretó su copa de vino, ni siquiera tenía hambre, ahora tenía un hueco en el estómago.
—Porque nuestro mundo necesita un líder y Zigor siempre demostró tener los dotes de uno —explicó amablemente la muchacha—. Por cierto, hace unos días nació su primer hijo, Artaith Brais.
— ¿Zigor es papá? —el mundo cayó a los pies de ella, su hijo mayor, su niño serio era papá y ni siquiera ella había estado cerca para ver ese alumbramiento, para ver la felicidad en su rubio—. Yo…, yo no sabía. ¿Qué pasó con la mamá?
—Murió. —respondió Enzo con sequedad, Agni corrió la mirada y Laura se llevó la mano a la boca, ¿Zigor la había matado…?—. Artaith nació a los siete meses y ella tuvo una hemorragia, lamentablemente no soportó murió poco tiempo después del nacimiento de mi sobrino.
— ¿Cómo está Zigor, y el bebé? Al ser prematuro debe estar aun en el hospital.
—Eh, sí, ambos están fuera de Akino por la salud del niño, así que…
La joven dejó la oración en el aire, vio lo triste que estaba Laura, así que sacó su celular y buscó entre las tantas fotos que le había tomado a su sobrino, una en especial, donde Zigor salía mirándolo. Le tendió el celular y su madre con dedos tembloroso lo tomó, después de largos segundos un gemido de su pecho escapó, las lágrimas empezaron a bajar una tras otra, mientras se llevaba la mano al pecho.
No había duda que Laura sentía amor hacia sus hijos, pero ¿ellos tenían algún sentimiento tan fuerte como el amor para darle? No estaba seguro.
— ¿Puedes regalarme la foto? —ella preguntó y Agni asintió tomando su celular, cerca de ahí había un local donde podía imprimirla.
Se alejó pero se llevó con la sorpresa cuando tenía a Dorian sosteniendo su falda, ella se sorprendió y luego miró a su hermano, quien veía la escena con la misma cara de Agni. La muchacha no sabía como tratar con los niños, con Artaith era diferente, era su sobrino y lo había esperado por mucho tiempo, pero con aquel niño que era su medio hermano ¿Cómo lo haría?
Después se vio deteniéndose para tomarle foto a Enzo a la distancia, luego cuando estuvo en local, estiró las manos hacia el niño rubio y éste se lanzó hacia ella con una sonrisita de coqueta, aun consternada, pidió que les tomara una foto. Ambos veían a la cámara, pero el bebé la sostenía del cuello con ternura, y pidió dos copias de esa foto.
Habían cuatro fotos impresas, una se quedó ella y la guardó en su billetera, luego en un pequeño sobre guardó la de Zigor con su sobrino, la otra suya con Dorian y por último la que salía Enzo, aunque serio, era lo máximo que podía darle a Laura.
Tomó la mano del pequeño y volvió, Dorian iba hablando, y ella lo escuchaba atentamente aunque no entendía nada de lo que decía. Era un pequeño adorable, le gustaría volver a verlo, claro que sí. Cuando volvió se encontró con una Laura con los ojos llorosos y un Enzo molesto.
—Laura, ten, espero te guste —ella asintió forzando una sonrisa cuando su hija con cuidado colocó a Dorian en la silla, el rubio rápidamente se lanzó al cuello de su hermana mayor, enamoradísimo y Agni con dulzura le devolvió el abrazo—. Espero volver a verte Dorian, te cuidas ¿sí?
— ¡Sí!
Agni siguió hacia su hermano molesto, no giró, porque su corazón a veces era traicionero.
(***)
—Agni, ayúdame con el chaleco —pidió Enzo y Agni se acercó para asegurar muy bien el chaleco de su hermano, luego le dio unas palmaditas y avanzó, pero Enzo la detuvo—. ¿Le diremos a Zigor sobre la visita de esa mujer?
—Es lo más adecuado.
— ¡No tenía por qué buscarnos! —explotó el muchacho y Agni tomó la mano de él, entrelazaron sus dedos y se miraron con dulzura, mucho afecto.
—Es nuestra madre aunque tú la odies, por supuesto que había razón para buscarnos —ella le dijo en susurro para que los demás no los escuchara—. La herida de su ausencia aún está presente en los tres, quisiera poder decir que la amo como ella espera ser amada, pero es imposible, pero al menos tratar de comprender porque decidió irse. Mira a Airtaith, se ha quedado solo, sin su madre, y supongo que ella hubiese sufrido al ver el mundo donde crecerá.
—Agni, hay algo que tú no entiendes —Enzo la tomó de los hombros y él levantó la mirada—. Bel no es la madre de nuestro sobrino, ni siquiera lo tuvo en su vientre, su madre es Maua.
—Enzo…
—Tienes que entenderlo, mejor temprano que tarde.
La muchacha asintió, después de unos minutos en silencio, partieron hacia donde Zigor se encontraba, a su lado estaba Solda, ansiosa y los hermanos vieron que no era una buena señal.
—Tenemos una misión.
—Pero para dentro de dos días. Ahora necesito que duerman y luego estudien este diario.
— ¿De quién es?
—De Erein, y aquí está un camino hacia el infierno.
— ¿El diario de Erein? —Agni tartamudeó y Zigor asintió viendo los ojos que por segundos se pusieron triste, pero volvieron a tener ese azul característico de su hermana.
— ¿Iremos al infierno?
—Creí que tus hermanos sabían —preguntó indignada Solda, los mellizos vieron seriamente a la diosa.
—Se están enterando. —murmuró fríamente el rubio para después verlos—. Esta misión puedo dárselas a alguien más, está en ustedes. ¿Quieren tomarla?
—Por supuesto, ya hemos tratado con dioses, y ahora tenemos una ventaja que ninguno de ellos saben —expresó Enzo con media sonrisa—. Iremos, ¿verdad Agni?
—Iremos. Solo debes decirme que quieres que hagamos, todo lo que vamos a necesitar y estaremos listos para partir hacia el infierno.