—Te gusta la naturaleza —la voz ronca de Elan hizo que Agni se girara para ver al dios de pie, ella esbozó una sonrisa natural, esas que le había entregado en los últimos dos meses, habías sido difícil acercarse a él, era un dios que fácilmente no iba a confiar en ella, pero ahora, después de cada misión de búsqueda de dioses, ellos se reunían media hora para hablar, para quedarse en silencio o compartir una taza de café.
Era nulo el cercamiento, pero más no podían hacer, y Zigor empezaba a desesperarse, aún más cuando Jay Day le entregaba cada tanto un libro que revelaba cada historia de los Brais, peor aún; Jay estaba escribiendo sobre ellos.
—Por supuesto, el campo siempre ha sido algo que me ha traído —la joven avanzó por el pequeño patio que había en una de las habitaciones, creación para Solda y Elan, porque, aunque no podían salir de la base, necesitaban sentirse cómodo en un lugar que parecía una cárcel—. Siempre he soñado con tener una granja.
La risa de Elan la hizo sonreír, si, y fue genuina.
— ¿Con vacas?
—Con vacas —afirmó la joven yendo directamente a sentarse en el suelo, el dios se sentó a su lado y ambos vieron al conejo salir de sus escondites, era un regalo de Zigor hacia Solda, quien con mucha felicidad lo había recibido, Agni sabía que el rubio no era malo, pero ese tipo de cosas las hacía para obtener algo.
—Léeme otra vez, me gusta escucharte —Agni se sorprendió, pero asintió tomando el libro pequeño que el dios había sacado, siempre lo llevaba a todos lados, decía que era su favorito, de todos los cientos de libros que había leído.
La joven aclaró su garganta y luego lo miró, tan diferente a Erein físicamente como en actitud. Erein, no lo veía hace meses, ni siquiera lo sentía cerca, ¿estaba bien? ¿Se encontraba bien? Su corazón seguía estando angustiado por el dios del mar que en su momento la amó y fue bueno.
La muchacha abrió el libro y leyó el primer capítulo, suave, como si fuera un secreto en ambos.
Olía a paz, ¿A caso la paz tenía olor? Se había preguntado muchas veces cuando había ido al bosque, recorrido cada árbol, tomado una flor e incluso bañado en el río. Pero sí, para él tenía olor.
Olía a ella.
La pequeña mujer de sonrisa amistosa, que ojos llenos de vida y cabello como la noche. Se preguntaba si alguna deidad tenía inclinación por algunos, no podía existir alguien tan bello como ella, pero luego la veía riendo tendida en el suelo, con animales rodeándola, como si fuera una ninfa más, como si ellos quisieran retenerla para que nadie viera su belleza.
Mírame.
Había dicho en un susurro mientras se ocultaba tras el árbol y con esmero la miraba, y ella, siendo cautelosa se giró sin dejar de sonreír. Algunas mechas negras cayeron en su frente blanca, eso solo la hizo ver más hermosa.
Ella sostuvo un pequeño pájaro junto a su pecho y empezó a caminar en dirección al río mientras los animales del bosque la seguían…”
—De todos los libros eliges el más cursi y depravado —bromeó la joven sin cerrar el libro, Elan aun perdido en las letras tardó en volver, después le regaló una sonrisa que para los demás era aterradora, pero a veces a ella le daba calidez.
Ella también se había preguntado si era su hija, si había rencarnado en la época donde él despertaría. Aquello la tenía ansiosa, ¿y si resultaba serlo? Creo que aquello solo destrozaría el corazón de su padre, era su guerrera.
—Me parece una narrativa exquisita —contestó Elan—. Me hace recordar cuando Akino era cálida, cuando podía desde mi trono ver su avance, ahora me parece tan aterradora, tan peligrosa. ¿Podría confiar en andar por la calle?
—Akino es moderna, pero sigue teniendo el mismo peligro que cuando los ocho Brais estuvieron de pie luchando —murmuró la joven y Elan no pudo sonreír por el ceño fruncido de la muchacha. Al instante su radio sonó, ambos hicieron una mueca porque aunque Agni no quisiera admitirlo en voz alta, disfrutaba de su compañía. Mucho.
— ¿Noticias sobre mis hermanos?
—Creo que tenemos a la persona que vio a Liev muy cerca, así que puede que hoy te traiga buenas noticias —la joven se levantó y le tendió el libro a Elan, quien se quedó sentado—. Nos vemos.
—Cuídate, querida.
Agni salió de ahí, después de un rato cuando ya se encontraba alejada de aquella habitación, soltó un largo suspiro, su cuerpo medio tembló pero se recompuso al instante, no quería levantar sospechas.
En el camino se encontró a Zigor, quien últimamente andaba ansioso y de un humor que nadie quería tolerar, pero al ser el líder, varios dejaban pasar su carácter, Agni creía que la mayoría entendía por lo que estaba pasando, lo frustrante que era saber que los dioses estaban en la tierra pero, cada que estaban cerca ellos, los dioses huían riéndose en su cara.
Bel seguía comportándose de la misma forma, con la diferencia que había cumplido siete meses de embarazo, o sea, hace menos de siete meses que Erin se había ido. Sonaba una eternidad, para Agni lo era.
— ¡Ella no entiende! —explotó Zigor cuando estuvo en el salón donde Agni lo había empujado para hablar—. Quiere quedarse y criar a Artaith.
— ¿No quiere firmar?
—Ni siquiera quiere irse, dice que ella no se irá de la casa de su hijo —Agni suspiró, aquella mujer seguía siendo una desconocida desde que salió embarazada de su hermano, cuando se cruzaban en los pasillos o cocinas, solo le volteaba la cara, cansada e incluso parecía fastidiada.
—Hablaré con ella.
—No es alguien con la que ya se pueda hablar, no es la Bel racional que conocemos. —escupió cansado llevando en su mano el pañuelo n***o, la joven lo tomó y lo hizo sentarse para ella misma colocárselo, alejando las ondas rubias, luego su hermano apoyó su frente en el hombro de su hermana, aspirando varias veces hasta que logró calmarse—. ¿Alguna novedad?
—Me hace leer el libro, ese bendito libro.
—Es el libro que hablan de la diosa que siempre era vista en el bosque —Agni asintió repetidas veces al verlo balbucear aquello—. Puede que seas la rencarnación de su hija, puede que trate de despertar algún recuerdo, ¿pero qué?
—No crea que sea su hija, no lo siento…
Zigor tiró de ella para abrazarla, lo suficiente fuerte para que la muchacha pudiera soltar otro suspiro y sus ojos se llenaran de lágrimas.
—Somos tu familia, eso no lo olvides.
(***)
Otra vez viéndola, sí, algo hacía que se sintiera atraído por la joven ¡¿pero qué?! Ahora se sabía todos los caminos para salir del infierno sin que nadie notara su ausencia, pero es si pasaba más de un día, él enloquecería si no la veía. Aquella sensación lo hacía tan débil que quería arrancarse el corazón, ubicar aquel sentimiento y quemarlo.
Ese día también había salido, y ella estaba ahí, recostada a una camioneta con la ropa negra que todos usaban, el cabello recogido y un libro en mano, leyendo, ¿Qué leía? Y cuando quiso acercarse se sorprendió al ver a Elan demasiado cerca, incluso tomando los cabellos sueltos de ella entre sus dedos y alentándola a leer, su hermano parecía sentirse pleno alrededor de su Agni, tan cercano que lo hizo enfurecer.
—Lo elegí para ti de mi biblioteca, ¿te gusta?
— ¿Me estás regalando un libro? —Elan soltó una carcajada, la misma actitud que ponía cuando las mujeres más bellas estaban cerca de él, pero para después decir que él no se involucraría nunca con una mujer, pero bien que le gustaba tener la atención de ellas.
Vio a Agni tenderle el libro y luego ser abrazada por el dios, aquello solo causó una ira inimaginable en el cuerpo del dios, quien apretó los labios e hizo temblar la tierra, trayendo consigo el mar, quería ahogarlo, quería acabar con él, destruirlo.
Levantó la mano con la intensión de darle un bocado de su propia comida, pero Liev lo detuvo cuando se colocó en su campo de visión, estaba molesto ¡Él! Ni siquiera debería molestarte, eran ellos los que vivían en el infierno, escuchando lo enfermo que estaba su hermano menor, como fingía tener una familia feliz cuando Helena ni lo amaba y aquellos niños solo lo querían porque Liev se mostraba como alguien bueno, si aquellos niños vieran la bestia que era, entonces no se acercarían a él, ni por asomo.
— ¿Qué crees qué haces?
—Erein, eres fuerte, sé que quieres hacerlo, pero debemos esperar un poco más —contempló Maua a su espalda, la diosa se veía más demacrada, pero eso ni siquiera la hacía ver menos fuerte o el quitaba aquellos maniáticos pensamientos.
— ¡Tratamos de mantener perfil bajo como dijiste! ¿Por qué no reprendes más a Erein?
—Porque soy el mayor maldito mocoso enfermo —escupió el dios del mar sin quitar la mirada de Agni y Elan, quienes incluso se habían acercado más, ella ahora estaba con su ballesta, apuntando a varias direcciones mientras protegía a Elan—. Ella lo protege como si fuera su amor.
— ¡Que recuerdos! —Maua soltó una risita y Erein la vio de reojo, llevando ropa ancha, temblando cada instante, se preguntó si ella estaba bien—. Hace seis meses o más, ¿Cuánto tiempo crees tú?
— ¿De qué hablas? —claro que sabía de qué hablaba, por supuesto que lo sabía.
—Ella te estaba protegiendo, así como protege a Elan.
—Es su trabajo proteger a los dioses, a los corazones.
— ¿Tú crees? —Maua se inclinó viendo a los otros hermanos aparecer pero ellos no venían solos, no, por supuesto que no. Como un hada estaba caminando entre los mortales, sintiéndose superior y teniendo las miradas de los demás.
Solda.
Siempre Solda sobre todas, incluso sus hermanos la amaron más a la diosa del bosque que a ella, ¿Cómo competir con eso? ¡Nadie podía ser tan buena! La luz tenía sombra, y estaba segura que la de la diosa del bosque era enorme.
—Ya se pondrá el sol —Erein acabó con el silencio que se había formado, echó una mirada hacia abajo, donde el ejército estaba listo para salir y atacar si se les daba la orden.
Esperaron un poco más y cuando los mortales empezaron a estar intranquilos porque la noche los encontró, escucharon a Zigor gritar dando órdenes y en minutos aquel lugar estaba iluminado, en minutos había una formación y los dioses se dieron cuenta que ya no eran veinte guerreros, eran más de cien, incluso escondidos, Liev podía escuchar los corazones, tan calmados, como si aquello no les aterraba.
Ni bien todo oscureció fue Erein quien avanzó, la luz dio contra su rostro y tuvo que ser bastante cuidadoso cuando la buscó entre las miradas, pero ahí estaba ella, calmada, sosteniendo su arma sin temblar, con la intensión de herirlo. Lastimarlo, aquello por alguna razón lo hizo sentir mal, pudo sentir un dolor esparcirse por todo su cuerpo. Así como la luz tenía sombra, la oscuridad tenía velas encendidas, y estaba seguro que eso pasaba con él mismo.
Entre las sombras apareció Liev con media sonrisa en la boca, incluso hizo la inclinación de saludo, pero lo hizo con burla, Erein pudo escuchar el gruñido que escapó de la garganta de los tres Brais.
El dios del mar vio como un moreno se acercó a Agni, como le tendió un radio con sutileza y la miraba con ojos de enamorado ¿Cuántos más estaban enamorados de ella? Aquello solo hizo que sintiera un amargo en la boca.
— ¡Reunión familiar! Por supuesto, los encantos de Solda no pueden esperar, ¿Qué nos quieres cantar hoy, hadita? —inquirió Maua saliendo de la tierra, haciendo que algunos guerreros dieran un saltito pero que fue cubierto, estaba seguro que su hermana no había olido el miedo en ellos ya que solo duró segundos.
Vio el rostro de Elan pasar de tranquilidad a ponerse rudo, incluso Solda. Su pequeña Solda, aquellos sentimientos parecían no apagarse, él pudo ver la tristeza en aquellos ojos al verlo, y él con indiferencia miró a otro lado.
—Me imaginaba que tras el terror estarías tú, desde pequeña fuiste alguien que quería llamar la atención, que quería sentirse superior ¡Superior! —soltar una carcajada ronca Elan y Maua sonrió de manera fría, Erein sabía que aquellas palabras le afectaban—. Entréguense ahora y no seré severo, solo los dormiré para toda la vida…serán sueños gloriosos, como los tuyos Maua.
—Basta.
Maua llevó los ojos hacia el rubio que había dado unos pasos hacia adelante con mirada desafiante.
—Por supuesto, la fiesta no puede empezar sin los Brais ¿Cuándo dejaran de aparecer? Parece que son como las ratas, se reproducen cada que dejas un par vivas —Maua hablaba con mucho rencor, Erein podía sentir lo tenso que estaba Liev, sabía que su hermano menor tenía mucho que perder, como su familia que había creado, sabía que lo perdería todo por seguir los pasos de Maua o mejor dicho: siendo peor que ella—. Tal vez alguien te haga bajar la cabeza, Castigo, alguien que, ¿quieres? Y no solo tú.
Desde las sombras salió ella, los ojos perdidos y una prominente barriga, ¿Quién era esa mujer? Al parecer la mayoría sabía quién era, en especial los Brais que saltaron rápido pero Liev levantó la mano haciendo que aparecieran sus hijos mayores, levantando sus armas si alguno daba un paso.
La muchacha parecía haber tenido segundos de lucidez, porque sus ojos se llenaron de lágrimas pero luego nuevamente volvió a estar perdida.
—Dime, Zigor Brais, ¿tú también lloras? —susurró con una sonrisa en la boca sacando una espada, nadie vio venir eso, ni ellos. Maua sin quitarle la mirada de encima al rubio, enterró la espada en el estómago de la mujer quien soltó un grito seguido por lo de los Brais.
La joven tembló llevándose las manos a su vientre viendo la sangre salir, luego sus ojos fueron hacia Zigor y Agni quienes sin pensar habían tomado espada y lanzado a luchar, sin temer, con la única misión: salvar aquella mujer.