Antes de que existieran los reinos, las manadas o los clanes, el mundo era apenas un lienzo de sombras y fuego. La Diosa Luna caminaba en los cielos solitarios y lloraba lágrimas de plata que caían sobre la tierra desnuda, le pesaba la soledad en tan vasto mundo. De esas lágrimas nacieron los primeros seres, mitad carne, mitad espíritu, destinados a dar equilibrio a la creación, y acompañar a los Dioses en un planeta tan generoso. De esas lágrimas, la Diosa modeló a Azrael, el primero de los vampiros. Era hermoso como la noche, su piel pálida reflejaba la luz de la luna, y sus ojos ardían con un rojo encendido. A él le entregó la eternidad, pero también la sed: la necesidad de alimentarse de la sangre, el río vital que la Luna había escondido en cada criatura. —Eres mi guardián de la o

