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1415 Palabras

El campo de batalla se extendía como una herida abierta sobre la tierra. De un lado del territorio de Azrael se alzaban los vampiros, formados en filas oscuras y silenciosas, con los ojos brillando como brasas contenidas. No gritaban. No temblaban. Esperaban. Azrael se mantenía al frente, erguido, con la calma peligrosa de quien ha librado demasiadas guerras como para temer otra más. Del otro lado estaba Umbra. Lo acompañaban sus esposas, inmóviles y bellas como estatuas malditas; una bruja envuelta en símbolos antiguos, y una loba de mirada vacía, marcada por la sombra. Tras ellos se extendía su verdadero ejército: sombras vivas, retorcidas, sin forma definida, que se movían como si la noche misma hubiera decidido pelear. Y a su lado caminaba Zar. El alfa de los licántropos. Una bur

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