Crecer duele. Pt. 2.

1547 Palabras
Jenny estaba pasando un momento verdaderamente divertido con Emilio cuando su teléfono sonó. Dudó mucho en tomar la llamada, dado que era un número desconocido, así que dejó que entrara al buzón. Estaba a punto de guardar el teléfono de nuevo cuando el mismo número llamó de nuevo, lo cual le generó cierta curiosidad. -¿Es usted la señorita Jennifer Téllez?- dijo una voz femenina desconocida. Sonaba un poco cansada y tranquila, en comparación con el ruido que se escuchaba de fondo.  -¿Quién habla?- esa voz puso a Jenny nerviosa. ¿Por qué sabía su nombre una desconocida? -Le llamamos del Hospital de Traumatología de Lomas Verdes. ¿Conoce usted a Saúl y Carmen Téllez?- dijo de nuevo esa voz tan tranquila. ¿Por qué esa voz le estaba poniendo los pelos de punta? -Sí… Son mis padres… ¿Por qué me está llamando?- La mente de Jenny hizo un click de pronto y un pensamiento emergió dando respuesta a su pregunta pero ella lo empujó al fondo de su mente, negándose a aceptar esa posibilidad. Cualquier cosa menos eso. -Le recomiendo que venga lo más pronto posible, estamos haciendo todo lo posible pero no creo que resistan mucho más.- habló esa voz, con esa tranquilidad tan desagradable, otra vez. ¿Sería que había hecho ese tipo de llamadas muchas veces y por eso no parecía importarle la seriedad de ese asunto? -¿De qué habla?- preguntó Jenny con la pequeña esperanza de que fuera una clase de broma de su padre o algo así… Por favor… -Recibimos a una pareja que tuvo un accidente. El coche quedó prácticamente destrozado y ellos están muy graves. Tiene que venir para que nos diga si son los señores Tellez…- contestó la voz como si estuviera hablando del calor de la tarde… Sin ninguna clase de sentimientos, otra vez. En ese instante Jenny sintió que el mundo cambiaba el ángulo en el que lo miraba y el piso estaba demasiado cerca de su cara, hasta que Emilio la jaló de la ropa y la miró, asustado: -Nena, ¿Qué pasa? ¿Quién te llamó?- Preguntó Emilio preocupado al ver la palidez en el rostro de Jenny.  -No… No sé… No entiendo nada…- De pronto su mano se sentía sin fuerzas para seguir sosteniendo el teléfono y simplemente lo dejó caer. No importaba nada… no importaba nadie… Ella se dejó caer en el muro de la pista mientras Emilio levantaba el teléfono y atendía la llamada.  -Sí… Sé dónde está el hospital… Sí, entiendo, estaremos ahí… Claro, no se preocupe… Sí, yo la llevaré… Muchas gracias.- La forma en que la miró la hizo sentirse aún peor. Esa mezcla de lástima y compasión… No lo soportaba… No podían ser ellos. -No quiero ir. No son mis padres.- Dijo en cuanto lo vió acercarse a ella con cautela. -Eso no lo sabemos, por eso debemos ir lo más rápido que se pueda, nena.- La tomó suavemente de la mano y comenzó a deslizarse hacia la salida. Ella sólo se dejó arrastrar, no tenía fuerza para nada, ni siquiera para luchar en contra de su mejor amigo. -No, no quiero… No pueden ser mis padres.- -Espero que no, nena. Pero debemos ir a averiguarlo y salir de la duda. Si no son tus padres… Quizá sean los de alguien más y esa persona merece saber que sus padres están graves, ¿No lo crees?- -De acuerdo, vamos.- Salieron de la plaza y durante todo el trayecto en el coche de Emilio, Jenny pensó en lo tonto e irreal que parecía todo.  Por primera vez en años, sus padres se estaban llevando bien. Habían resuelto el supuesto problema de infidelidad y eso le había devuelto la tranquilidad a la casa porque su madre ya no se quejaba de que hacía falta dinero en la casa y su padre no paraba de decirle que estaba ansioso de que cumpliera los 18 años. Le encantaba verlos así. Le encantaba llegar a casa y encontrar a su madre en la cocina, preparando una deliciosa cena mientras esperaba a que su padre llegara, como cuando era niña. Le encantaba que, a veces, cuando Emilio jugaba fuera, salieran juntos al cine o simplemente al parque a caminar. Entonces, si todo era tan bueno ¿Por qué una desconocida tenía que llamar para decirle ese montón de estupideces sobre que sus padres habían tenido un accidente y estaban prácticamente al borde de la muerte?  ¿Por qué? ¿Por qué a ella?  ¿Por qué, si sólo le faltaban unas semanas para su cumpleaños y para terminar la preparatoria? ¿Por qué si estaba segura de que iba a ser seleccionada en su primera opción de la Universidad? ¿Por qué si todo iba tan bien? Media hora después llegaron al hospital y Emilio la condujo directamente a una zona poco concurrida donde, al parecer, los estaban esperando. A Jenny le pareció curioso que también la madre de su amigo estaba ahí, con una cara de tremenda preocupación, a pesar de lo mucho que le incomodaba estar en ese lugar. -Soy Jennifer Téllez.- Dijo a la recepcionista, al mismo tiempo que le entregó su credencial de la escuela.  -¿Es su única identificación?- -De momento sí, cumpliré 18 en mayo, pero ya tengo el trámite hecho.- -Entonces… Está bien, por aquí por favor.- -¿Ellos pueden ir conmigo?- -Claro. Aunque debo decirle que las personas que debe reconocer ya han fallecido.- -Oh…- -Venga por aquí por favor. ¿Reconoce usted?- Cuando la mujer removió la sábana que cubría el primer cuerpo, Jenny sintió que su estómago se contrajo entre las náuseas y el vértigo. ¿Cómo era posible que, debajo de una piel completamente verde y llena de quemaduras, estuviera la cara que tantas veces le sonrió?  -Ay, por Dios… Mamá…- -Señorita… ¿Reconoce usted a estas personas?- -Mamá… Ese es su anillo de matrimonio…- Dijo cuando tomó su mano y en su dedo anular estaba el anillo que siempre miraba con tanto amor. -Continuemos con el otro cuerpo. ¿Reconoce usted?- En cuanto la enfermera levantó la sábana que cubría el otro cuerpo, Jenny lo miró unos instantes y luego, simplemente se desmayó. Cuando volvió en sí, estaba en la sala de la casa de Emilio y, por alguna inexplicable razón, estaba acostada en su cama y él estaba sentado a su lado. -Tuve un sueño rarísimo.- le dijo mientras le extendía la mano para tocarlo. -¿En serio?- él acarició con cuidado su cabello, como siempre que ella estaba triste. -Sí… soñé que me habían llamado de un hospital para decirme que mis padres habían muerto… Una cosa espantosa. Lo bueno es que ya desperté.- Ella tomó su mano y le sonrió mientras se incorporaba para quedar a su altura. -Nena… Eso no fue un sueño…- dijo Emilio con cautela mientras acariciaba su mejilla. -No Emilio… No me digas eso…- suplicó ella con mucho dolor. -Jenny, por favor, tienes que escucharme.- la tomó por los hombros cuando notó que su actitud se volvía un tanto violenta. -No, déjame en paz. No quiero verte.- ella simplemente se escurrió de entre sus manos y se acostó dándole la espalda. De alguna forma, entre los padres de Alfredo y la madre de Emilio, se encargaron de que se hicieran todos los trámites necesarios para el funeral de sus padres y, más tarde, para los trámites que había que hacer respecto a las propiedades que tenían. Esos meses fueron algo realmente duro para Jenny, sin embargo, un poco de paz llegó a su vida cuando la señora Miranda, la madre de Alfredo, la llevó a su casa para vivir con ellos. A partir de eso, se limitó a llevar su vida en automático. A vivir con un orden específico para todo: escuela, carrera técnica, trabajar con la mamá de Emilio limpiando la casa, hacer tarea y llorar hasta dormir. Día tras día, semana tras semana, hasta el fin del curso. Lo más duro para Jenny fue el momento en el que se dio cuenta, mientras limpiaba la mesa del comedor en la casa de Emilio, que no tenía nadie con quién pasar a recoger sus documentos, ni tomarse la foto el día de la ceremonia de graduación. Cuando esa certeza de soledad la golpeó de nuevo no pudo controlar su llanto y estaba dispuesta a quedarse así, hasta que la señora Alicia llegó para tratar de consolarla. -¿Quieres contarme, pequeña?- -Es que… Estoy completamente sola. Nadie está conmigo y yo…- -No estás sola, pequeña. Nosotros estamos contigo y también tu amigo Alfredo. Así que no, no estás sola.-  -Claro que sí… Nadie de la familia de mis padres quiso quedarse con mi custodia y tampoco querrán venir para la recepción de documentos.- -Bueno pequeña, no tienes por qué hacerlo sola. Si me lo permites, yo puedo ir contigo.- -No tiene por qué hacerlo señora. No se preocupe, no es su obligación.- -No es obligación, para mí sería un gran honor que me dejaras hacerlo. Sabes que respetaba mucho a tus padres y, la verdad, me sentiría muy honrada de que me permitas compartir ese logro contigo.- -¿En serio?- -Claro que sí, sabes que Emilio y yo te queremos muchísimo.- -Muchas gracias.-
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