En diciembre, cuando Emilio me dijo que me quería mucho, me sentí muy conmovida porque yo también lo quiero mucho. Es un gran amigo.
Quisiera decir que mis vacaciones fueron tranquilas y felices, pero no es así. Dejando de lado las toneladas de tarea y los libros que nos pidieron leer los profesores, las cosas en casa se pusieron bastante feas porque mis padres decidieron que la cena del 24 de diciembre era un buen momento para pelear por la supuesta amante que mi padre tiene. La verdad no sé si es que papá está engañando a mamá, pero sus peleas son cada vez más frecuentes y más violentas.
A veces simplemente se gritan un poco y luego se calman, pero en otras ocasiones, comienzan a lanzar lo que tengan a la mano y me da muchísimo miedo que las cosas se salgan de control por sus tonterías.
Esa noche, mientras ellos gritaban, me escapé a mi recámara y traté de ignorar lo que pasaba pero me fue imposible. El dolor en mi pecho era demasiado grande como para estar ahí sin hacer nada. Me sentí muy arrepentida de no haber aceptado la invitación de la mamá de Emilio para ir a cenar con ellos y le envié un mensaje para contarle lo que sucedía.
Aunque también le envié otro a Alfredo, no me contestó nada. La verdad es que no habíamos hablado para nada desde el último día de clases, cuando me llamó para ir a una fiesta con sus amigos y le dije que no porque estaba con Emilio, en la fiesta que el equipo organizó por la victoria del torneo de invierno.
Todos los días de vacaciones le envié mensajes tratando de disculparme por mi falta de juicio en su regalo pero no quiso contestarme y, creo que lo entiendo. Debí tener en cuenta que él se desarrollará en un círculo mucho más selecto que el mío o el de Emilio y no pueden verlo con algo tan simple como eso.
Para la cena de año nuevo, decidí sí irme con Emilio porque mi mamá me dijo que vendrían las hermanas de papá y, la verdad, no me gusta pasar tiempo con ellas. Son, por completo, lo opuesto a mi. Se la pasan hablando de lo mucho que les gusta ir a comprar ropa y mirar muchachos y a mí lo que realmente me gusta es ir a pasear a algún parque y escuchar música en mi cama.
La primera semana de clases ha sido, a mi parecer, aún más pesada que la de inicio de curso. Todas las tareas que hicimos durante las vacaciones parecen no haber sido suficientes para los profesores y ya nos dejaron muchas más. Lo único bueno de la tarea es que el profesor de pintura nos dijo que por fin dejaremos de usar pintura politec para pasar a los gises pastel.
Alfredo ha estado un poco extraño en estos días. Ha hablado con nosotros, sí, pero la forma en que lo hace me inquieta un poco. Es demasiado amable con Emilio y conmigo y eso es inusual en él. No me molesta que lo sea, porque eso significa tener que estar en tensión todo el tiempo por las actitudes que tienen el uno con el otro, pero esa forma de comportarse me hace pensar que está pasando por algo complicado y quisiera ayudarlo.
Para mi fortuna, hoy es domingo y pude avanzar bastante con las tareas que nos dejaron, así que me permito quedarme acostada en cama hasta tarde y me pongo a escuchar música en el teléfono. Tengo un poco de conflicto entre escuchar a Panteón o algo un poco más “fresa” como Alejandro Fernandez, pero mis ganas de escuchar ska ganan y pongo Acábame de matar mientras me levanto y poco a poco arreglo mi cama. El disco se sigue reproduciendo y a mitad de ¿Qué pasará? se escucha una notificación de mensaje y lo reviso, pensando que quizá Emilio quiera salir.
Nos vemos a las 2 en Metro El Rosario. Ponte igual de guapa que en Diciembre y no llegues tarde.
El mensaje resulta ser de Alfredo y miro la hora: son las 11. Si me apuro a hacer todo lo que debo hacer aquí, creo que sí podría llegar a tiempo al lugar que me ha indicado, aunque me salte el desayuno. Me alegro de que me pida vernos porque eso significa que ya no está molesto conmigo.
Tomo un baño rápido y me arreglo el cabello lo mejor que puedo para que quede bonito, tal y como él me lo pidió. Termino de arreglarme y salgo a las 12.30 de casa con dirección a Indios Verdes. Afortunadamente, el trayecto es rápido y el metro tampoco se tarda tanto, así que, a la 1:30, estoy en El Rosario.
La estación es sumamente fría y grande, así que paso los siguientes 20 minutos temblando de frío y buscando a mi amigo. Cuando lo encuentro le doy un saludo discreto pero él me toma desprevenida y me abraza con fuerza. Él es así y esta es su forma de decirme que todo estará bien.
-Te ves muy guapa.-
-Gracias, es importante para mí que tú lo digas Aunque Emilio también dice, a veces, que me veo guapa..-
-No debería importarte la opinión de nadie más, sólo la mía.-
Como no sé qué contestar a eso, sólo suelto una risita nerviosa y lo sigo por el andén hasta el cambio de línea. Nuestro trayecto es la cosa más silenciosa de la vida y, aunque me muero de ganas por preguntarle a dónde vamos, evito hacerlo para no molestar el aparente buen humor de Alfredo.
Nos bajamos en Refinería y, sorpresivamente, toma mi mano con los dedos entrelazados. Caminamos, de nuevo en silencio, bastante rato hasta que llegamos a un parque y es cuando, por fin, habla.
-Hace mucho tiempo que quería venir aquí contigo.-
-¿En serio?-
-Sí, pero no se había presentado la ocasión. Me gusta este lugar y espero que a tí también te guste.-
-Bueno, vamos a ver.-
Entramos al Parque y es una experiencia bastante bonita. Alfredo en verdad entiende las cosas que me agradan. El lugar tiene montones de setos y un estanque enorme con peces que se asoman cuando pasas.
Nos pasamos casi todo el día bajo el sol recorriendo el lugar hasta que, como a eso de las 5, toma mi mano de nuevo y me dirige hacia una zona en particular del Parque: el orquidario.
Un gusto heredado de mi madre son esas flores. Son de mis favoritas, sin embargo me es imposible tenerlas. En primer lugar porque hasta las plantas de plástico se me secan; y en segundo porque su mantenimiento es muy complicado, por no decir costoso.
Pasamos un rato ahí, contemplando la delicada belleza de las flores, cuando Alfredo suelta mi mano y me mira serio.
-Tengo algo que decirte.-
-¿Qué pasa?-
-Uhm… Creo que tengo que disculparme contigo.-
-¿Por qué dices eso? No entiendo a qué te refieres.-
-Sí… Tengo que disculparme por lo que te hice antes de salir de vacaciones. No debí portarme de esa forma contigo. Fue un regalo y debí aceptarlo.-
-No, Alfredo, no te preocupes.-
-Sé que tengo razón, pero aún así mereces una disculpa. No fue correcto de mi parte portarme así. Así que, ¿Qué te parece si buscamos algo que me guste y te dejo pagarlo?-
-Ah… ¿Bueno? Si eso significa que estamos bien, entonces hay que hacerlo.-
-Genial… ¿Te gustó este lugar?-
-Claro que sí. Muchas gracias por traerme.-
-De nada. Podemos venir otra vez si quieres.-
-¿En serio? Eso me gustaría muchísimo.-
-Bueno, entonces hay que hacerlo. Ahora debemos irnos porque ya van a cerrar.-
-Está bien, vamos.-
Cuando salimos del orquidario el viento es demasiado frío y comienzo a tiritar a causa de mi suéter, que es muy delgado para estas épocas del año. Además, tengo bastante hambre porque no he comido nada en todo el día. Alfredo se quita la sudadera que lleva y me la ofrece para cubrirme. Agradezco su gesto porque hace demasiado frío para mí y su sudadera está calentita, además, su loción es muy intensa y eso me agrada.
Caminamos de regreso a la estación del metro y, en los torniquetes, Alfredo se detiene y me mira con incomodidad.
-¿Te molestaría irte sola? Tengo algo que hacer por aquí y no puedo acompañarte hasta Indios Verdes. Espero que lo entiendas.-
-Claro, no te preocupes. Espero que todo esté bien con tu asunto.-
-Lo estará, gracias. Ve con cuidado.-
-Claro, nos vemos mañana.-
-Por cierto, me regresas mañana mi sudadera.-
Dicho esto se va y yo entro a la estación. Afortunadamente, adentro está calentito y no hay tanta gente, lo que significa que puedo elegir el lugar donde sentarme sin problemas. Hago cuentas de las horas que me quedan para hacer la tarea de Pintura y, restando las dos que me tomará llegar a casa, tendré como unas tres para terminar mi tarea.
Cuando llego a casa, noto que no hay nadie y creo que es un buen momento para atacar el refrigerador. Reviso lo que hay y me pongo a calentar lo que será mi cena, un poco de sopa de verduras y picadillo. Devoro mi comida y noto que mis padres aún no llegan. Trato de llamarle a mi padre pero no atiende, así que me voy a mi habitación para hacer mis deberes.
Comienzo con lo de Pintura y hago el boceto de un desierto en luna llena. Me esmero uno poco en los detalles y busco mis pinturas para darle un poco de color. Me toma un par de horas terminarlo pero, afortunadamente, no tengo errores y el resultado me agrada bastante.
Miro la hora en el teléfono que son las 11:30 de la noche y noto que Emilio me ha mandado un mensaje de texto desde hacía horas.
Espero que hayas tenido un bonito día, ya quiero que sea mañana para mostrarte mi tarea de Pintura.
Le contesto que también quiero mostrarle lo mío, pero ya no me contesta. Supongo que estará dormido y decido que haré lo mismo, pero antes llamo de nuevo a mi padre y, de nuevo, no contesta.
Como ya es muy tarde, decido que es hora de dormir y pongo la sudadera de Alfredo en la cama, junto a mi almohada, y me acuesto, sumergiendo mi mente en un montón de sueños confusos sobre Emilio, Alfredo y una chica que se parece a mí, pero con los ojos de un hermoso color verde.