Sigo sumida en mis pensamientos hasta que un semidesnudo Emilio sale de la ducha y me mira como si fuera a desaparecer en cualquier momento. Se acerca a mí y siento como su aroma me embriaga y aturde mis sentidos.
-Estás algo tensa, nena.-
-Sí, es que tengo muchísimas cosas que hacer en el trabajo. Los preparativos de la boda y la actitud de la señorita Ricardi no son cosas fáciles de manejar...-
-Si puedo ayudarte en algo, con gusto lo haré. Sólo tienes que pedirlo.-
-Bueno, por ahora me gustaría un masaje...-
-Tus deseos son órdenes para mi, nena. ¿Te parece si usamos esa maravillosa tina que tienes en ese baño que es tan grande como mi habitación?-
-Creo que sí, me gustaría, pero... ¿Será bueno para ti? Digo, acabas de tomar un baño y no sé si sea bueno bañarte de nuevo.-
-No me molesta mojarme de nuevo. Además, quiero que te relajes. Martha ha cambiado bastante y su actitud fue la de una típica chica tonta el día de hoy. Quiero que olvides todo por ahora, que te relajes y descanses un poco.-
-Gracias... de verdad.-
-Por ti, lo que sea...-
-Espera... sólo... no hay que ser tan... ruidosos... ¿Vale?-
-Está bien... Yo en verdad sólo hablaba del baño, pero veo que estás de humor para más cosas...-
-Yo... sí... pero...-
Estoy a nada de decirle algo sobre el recato cuando un sonoro gemido inunda la quietud de la noche y Emilio me mira divertido mientras desabotona mi camisa y mi piel reacciona ante su toque.
Vamos al baño y, mientras la tina se llena lentamente, se dedica con calma a desvestirme.
-¿Aún te duele?- pregunta tranquilo mientras pasa sus dedos por encima de mi monte de venus y siento como es que mi respiración se engancha.
-No... no mucho...- digo tratando de disimular el deseo que comienza a correr por mis venas y lo miro.
-Perfecto.- susurra antes de bajar mi ropa interior y comenzar a hacer magia con su lengua.