ANASTASIA
Ahora mismo si agarran una aguja y me pinchan con ella les aseguro que no sale ni una sola gota de sangre.
- ¡¿Qué?! ¡Eso no puede ser! ¡Tiene que ser mentira! – digo en shock.
- Ojalá fuera una mentira, pero para mí desgracia llevo su maldita sangre en mis venas – me dice con seguridad.
- ¿Cómo lo supiste? – le pregunto con curiosidad.
- Como te dije hace un rato, todas las noches desde que paso sueño con la muerte de mi madre biológica y nunca había podido verle la cara al hombre que la mato hasta que paso lo del ataque. Lo vi, era él, Marcus… Se presentó en la casa preguntando por mí para llevarme con él, de la misma manera que lo hizo contigo cuando creía que eras su hija.
- ¿No te habrás confundido? Tal vez tus recuerdos se mezclaron con todo lo que paso.
- No y esta es la mejor prueba – me dice antes de darme la espalda y bajarse un poco la toalla para que viera el lunar en forma de media luna que tiene en su nalga derecha.
Marcus tiene un lunar exactamente igual y en la misma zona.
- ¿Sigues creyendo que me confundí? – me pregunta y yo niego en respuesta – En cuanto nos abran la puerta me voy a mantener lo más alejado de ti posible, no te preocupes.
- No – le digo poniéndome en frente de él para impedir que se aleje – Y como se te ocurra hacer eso te juro que le pido a todos que nos encierren en una habitación el resto de nuestras vidas.
- ¡¿Te volviste loca?! – me pregunta incrédulo.
- Tal vez – le digo tocándole el rostro con mis manos – Escúchame muy bien Santino Corleone… Corleone no es nuestro apellido, ¿verdad?
- No, Corleone es mi segundo nombre, nuestros apellidos oficiales son Bianco Rossi.
- A menos de que la boda fuera un montaje, tú y yo estamos casados ante Dios y juramos estar juntos hasta que la muerte nos separe, así que más te vale cumplir esa promesa, a no ser que prefieras que te mate – le digo seria.
- No serias capaz – me dice sonriendo.
- Ponme a prueba – lo reto.
- ¿Estás segura de que quieres estar el resto de tu vida conmigo? – me pregunta con curiosidad.
- Sí, idiota – le digo sonriendo antes de unir nuevamente mis labios a los suyos.
Le rodee el cuello con mis brazos y le pase mis dedos por su nuca mientras él recorría mi espalda con sus grandes manos para profundizar más el beso.
Los besos se empezaron a convertir en fuego y cuando me di cuenta me estaba quitando el top de tirantes de mi pijama, respire hondo debido a mis inseguridades sobre mi cuerpo, las cuales son producto de los insultos continuados de Marcus, pero a Santino parece no importarle en lo absoluto. No pude evitar morderme el labio cuando se inclinó y giro su lengua alrededor de uno de mis pezones provocándome ráfagas de placer a todo mi cuerpo que se intensificaron cuando metió una de sus manos por dentro de mi short y comenzó a acariciarme el clítoris.
Estuvo un buen rato jugando así antes de cargarme en sus brazos al estilo princesa y sin dejar de besarnos me llevo a la cama en donde me recostó con sumo cuidado como si yo fuera una de esas muñequitas de porcelana que pueden romperse solo con tocarlas. Con uno de sus muslos me abrió las piernas para luego colocarse en medio de ellas y apoyándose de sus antebrazos para no aplastarme nos seguimos besando con desesperación. Por más que trataba de controlar mi pulso no podía y menos sintiendo su masculinidad tocando mi núcleo adolorido, cosa que provoco que me retorciera debajo de él.
Poco a poco fue bajando por mi cuerpo llenándome de besos y caricias hasta que llego a mi monte de venus donde dejo un beso por encima de mi short antes de quitármelo y a medida que lo hacía iba dejando besos húmedos por mis piernas.
Agarre las sábanas cuando sentí su lengua recorrer mi entrada de arriba abajo, abriéndome para él. No espere un golpe de placer tan intenso y más cuando succiono mi clítoris, lo que provocó que me arqueara contra su boca y que soltara un gemido.
- ¡Shhh! No grites, nos van a escuchar – me pide con la cabeza metida en medio de mis piernas.
- ¿Y qué quieres? La culpa es tuya – le digo casi sin aire.
No me dijo nada más solo se rio con picardía antes de seguir con su trabajo que me tenía volando de placer entre succiones a mi clítoris y lamidas por mi entrada.
- ¡Oh Dios, Santino! – dije sin poder resistirme más al orgasmo.
- Déjalo ir.
En el momento en que me relaje mi cuerpo detonó, intensas oleadas de placer me mecieron hasta la medula. Una y otra vez gemí incluso gritando su nombre en el punto más alto de mi orgasmo.
Mientras el orgasmo fue disminuyendo, Santino no dejo de besar mi cuerpo y cuando no sentí sus labios encima de mí ni el calor de su cuerpo abrí los ojos y vi cómo se estaba quitando la prótesis, pero cuando se quitó la toalla que tenía amarrada a la cintura y vi su erección me dieron ganas de salir corriendo.
El tamaño y el grosor de su amiguito es casi como mi antebrazo.
- ¡Eso no cabe ni de broma! – le digo preocupada sin poder dejar de mirar a su amiguito.
- Tranquila. Estás lo suficientemente lubricada para que entre sin problema, pero tienes que estar relajada – me dice arrastrándose hacia mí como si fuera un animal salvaje – ¿Confías en mí?
- Sí, pero…
No me dejo decir nada más, se apoderó de mis labios lo que provocó que me olvidara de su tamaño y al mismo tiempo que quisiera tenerlo más cerca de mí, así que lo abrace, coloque mis manos en su espalda sobre los omóplatos, necesitaba sentirlo, tocarlo.
Pasado un rato empecé a sentir la gruesa cabeza de su pene recorrer mi entrada de arriba abajo y con mucha suavidad empezó a adentrarse en mí.
- ¡AH! – gemimos los dos al mismo tiempo.
- ¡Joder! Estás muy apretada – dice mordiéndose los labios mientras sigue adentrándose poco a poco en mí.
Nuestras respiraciones eran pesadas y los besos se volvieron más profundos con el mordisqueo ocasional.
Me sentí completamente llena cuando lo tuve dentro de mí hasta la empuñadura. Santino se quedó quieto mientras yo me adaptaba, pero honestamente no lo necesitaba. No hubo el dolor que esperaba, ningún desgarro forzado como había visto en algunas pacientes que me toco atender en mis prácticas en el hospital. Santino había sido muy cuidadoso, atento y paciente.
- ¿Te duele mucho? – me pregunto con curiosidad y yo negué con mi cabeza temiendo que se alejara cuando más lo necesito – Dime si te lastimo.
Me sorprendió mucho su moderación, pero yo estaba lista para más, así que le clave las uñas en la espalda mientras él se retiraba y volvía a adentrarse en mí poco a poco. Cada minuto que pasaba, se movía más rápido y con más fuerza tanto que la cabecera de la cama golpeaba la pared cada vez que movía sus caderas. La estimulación de mi clítoris fue demasiado pronto y sentí como mi orgasmo florecía en mi interior nuevamente.
- ¡Santino, me voy a correr! – le digo tratando de evitarlo y provocando que se adentrara en mí con más fuerza.
- Déjalo ir – me dice antes de gritar mi nombre.
Cuando llegue fue más difícil que la última vez. Arquee mi espalda y me corrí con fuerza, gritando su nombre mientras mi v****a sufría un espasmo alrededor de su erección, lo que provocó que él también se corriera dentro de mí. Unas cuantas estocadas más y Santino desapareció igual que yo. Su gran peso cayó brevemente sobre mí antes de deslizarse hacía un lado llevándome con él y quedando yo encima de él.
En esa posición podía escuchar su corazón que parecía que se le iba a salir del pecho mientras me acariciaba la espalda.
- ¿Te lastimé? – me pregunta con curiosidad una vez nuestras respiraciones se calmaron.
- No – le digo con una sonrisa mirándolo a los ojos – ¡Oye! ¿Cómo crees que se vayan a tomar esto?
- ¿Quiénes? ¿Nuestros padres? – me pregunta y yo asiento en respuesta – Se van a poner eufóricos de la alegría. Desde que saben que estoy enamorado de ti no han parado de insistirme en que aproveche la oportunidad para conquistarte…
- ¡¿Qué fue lo que dijiste?! ¡¿Qué estás qué?!
- Me escuchaste perfectamente bien – me dice con una sonrisa.
- No, yo no escuche nada, a ver, repítemelo – le pido.
- Qué mala eres – me dice todo sonrojado.
- ¡Ay! Tan grandote y tan vergonzoso – le digo para chincharlo.
- Te diviertes, ¿verdad?
- Un poco – le digo riéndome – Pero… a ver dime.
Suelta un suspiro pesado.
- Te quiero. Estoy enamorado de ti – me dice y yo siento que el corazón se me va a salir del pecho al escucharlo.
- Yo no te quiero… Yo te amo – le digo antes de besarlo.