Llegué hasta la casa de Steven, el mejor amigo de mi primo, la música a todo volumen me dejó saber que no tendría tanta paz después de todo, parece que una buena fiesta se estaba llevando a cabo y que todos estaban más que dispuestos a participar, todos menos yo…Entré en el lugar, chicas y chicos bailaban por todos lados, algunas parejitas se besuqueaban en los rincones, otras bebían sin control, muchos quizás ya estaban ebrios o drogados y el resto se dividía en los que intentaban terminar como los ya mencionados y los más normales que sólo se divertían sanamente; me adentré aún más y allí lo encontré, bailando con una pelirroja muy linda y sonriente, me observó y sonrió ampliamente. Se acercó a mí y me abrazó.
─ ¿Qué haces aquí, Any? ¿Está todo bien? ─ preguntó llevándome al jardín de la casa.
─ Sí, lo estoy... Sólo... discutí con Merth ─ dije desviando la mirada.
─ ¿¿Qué?? Ese inútil... Conocerá a tu primo cuando lo vea ─ me dijo enojado. ─ Ahora toma algo y baila conmigo, necesitas despejar tu mente.
Me tomó de la mano, entramos nuevamente y me tendió un vaso con un extraño brebaje color verde y azul, lo miré con desconfianza, probé un poco, dulce, muy dulce; seguí bebiendo y cuando se acabó, otro vaso llegó a mi mano. Y así sucesivamente. No sé cuántos había tomado, sólo sé que mis penas ya no existían, me estaba divirtiendo, bailaba con Patrick y Steven, la música llenaba mis oídos y mi mente sólo tenía espacio para una idea; seguir disfrutando. Era la primera vez que bebía, la primera que iba a una fiesta con mi primo ya que es dos años mayor que yo. Eso quiere decir, que era una fiesta de universitarios con todas las letras. El mareo se había apoderado de mi cuerpo, leve pero constante, me sentía como en una bruma, el humo y la música no ayudaban a mi estado, una canción lenta empezó a sonar por los enormes parlantes y mi primo ya se encontraba en un rincón de la sala besándose con la pelirroja que lo acompañaba hacía unos momentos y yo bailaba con su amigo, Steven, él me tomó por la cintura y me acercó aún más si es que eso era posible, rodeé su cuello con mis brazos y nos quedamos unos segundos viéndonos. Era un joven muy apuesto, cabello rubio ceniza, ojos azules y pequeñas pecas casi invisibles al ojo sobre su nariz y mejillas. En verdad era apuesto.
Poco a poco acortó la distancia entre nosotros y sus labios se posaron en los míos, dulce y suave, suspiré dejándome llevar pero para mí desgracia inmediatamente el rostro de Kaia llegó a mi mente y me separé de Steven, quién me observaba tranquilo. Le sonreí y salí de la casa corriendo entre el gentío, llegué al jardín y respiré profundo, tratando de que el aire llegara a mis pulmones, el mareo seguía presente y se sumó un punzante dolor de cabeza; intenté mantenerme en pie pero caí varias veces al suelo, maldita la hora en que decidí venir, Merth estaría preocupado… ¡Qué se joda! Yo soy su tarea o trabajo, ya no recuerdo ni lo que me dijo, una señal de que necesito descansar.
─ Veo muy mal... ─ me quejé cayendo de bruces al suelo y riendo sonoramente.
─ Qué patéticos, ustedes los humanos llegan a ser muy estúpidos a veces ─ escuché una voz femenina.
Alcé la vista y allí estaba, en todo en su esplendor, un demonio, ¿Qué cómo lo sé? Fácil. Sus enormes alas, eran tan extrañas, tan diferentes a las de Merth, que eran blancas y suaves pero estas se veían como si estuvieran tramadas, no eran escamas, no eran plumas, no eran como las de las aves ni como las de murciélagos. Era una extraña y horrenda mezcla, observé al extraño ser pasearse a mí alrededor, observándome detenidamente, ¿Tenía que ser hoy? ¿Acaso no podía emborracharme como una persona normal? No, ya ven que no.
─ Dime, ¿Cómo te gustaría morir? ─ me preguntó tomándome del cuello y elevándome más allá de su propia altura. ─ Me ordenaron matarte, con mucho gusto lo haré, francamente me caes muy mal.
Su sonrisa, de oreja a oreja, me dejó ver dos colmillos filosos, pude apreciar mejor su rostro, era bonita pero los pequeños cuernos a los lados de la cabeza me daban un poco de impresión, por detrás de ella algo se balanceaba de un lado a otro, ¿Una cola? ¡Sí! ¡Era una especie de cola! Mi corazón iba a mil, la presión que su mano hacía en mi garganta no dejaba pasar mucho oxígeno a mis pulmones, me estaba sofocando, mi corazón palpitaba errático, el mundo me daba vueltas y sentía las lágrimas caer por mis mejillas, estaba asustada y sentía que moriría en cualquier momento.
─ Oh, no llores mocosa, no puedo prometer que será rápido, me gusta hacer sufrir a los humanos ─ sonrió sabiendo que me aterrorizaba tal idea.
En unos segundos estaba en el suelo, tosiendo y tosiendo, tratando de respirar, tratando de no entrar en pánico, de no morir allí mismo, mi sistema comenzaba a liberarse de los efectos del alcohol, y eso me ayudaría a escapar; me puse de pie, comencé a correr en dirección a la casa pero una fuerza sobrenatural me jaló hacia el demonio, caí de boca al suelo, fui arrastrada hasta ella, sus ojos eran totalmente blancos, no había nada en ellos y su sonrisa malévola me daba escalofríos.
─ ¡Ven acá, chiquilla! ─ gritó tomando mi pie.
─ ¡Suéltame! ─ grité pataleando con todas mis fuerzas.
─ Como gustes, tengo formas de hacerte gritar ─ sonrió lanzándome por los aires haciendo que me estrellara contra el suelo y rodara hasta volver a golpearme, está vez contra el tronco de un árbol.
Toqué mi sien izquierda, estaba herida y sangraba, mi cabeza dolía y mi vista estaba ligeramente nublada pero nada se compararía al dolor que sentiría en unos pocos minutos, de pronto mi rostro ardía, de tal manera que pensé que me quemaba viva; sus manos me habían tocado y me consumía desde dentro, mi piel se rasgaba y sangraba, grité. Grité como nunca, grité de dolor y peleé porque me soltara y entonces lo hizo, se abalanzó sobre mí y poso sus manos pútridas en mi pecho, mi corazón palpitó desbocado, mi miedo se expandió por mi cuerpo junto con el dolor; nuevamente me estaba quemando, ardía como mil infiernos, traté de golpearla y alejarla de mí, pero el sólo hecho de que yo la tocara me quemaba. Mis manos sangraban y estaban al rojo vivo, la piel de mi pecho parecía desprenderse poco a poco, seguía gritando, mi garganta dolía de tanto forzarla para ser oída por alguna alma vagabunda, me era imposible aguantar semejante dolor.
─ ¡¿Te duele?! ¡Dime si te duele! ─ dijo riendo la mujer.
─ ¡Ya para! ¡Para! ─ gritaba mientras lloraba.
Por Dios, moriría aquí y ahora, ya no podía más, no podía seguir aguantando, no quería. Sí debía morir prefería estar inconsciente y no sentir dolor, esto era una tortura, una desgarradora, una muy cruel.
Me sentí mareada, pronto comencé a sentir el dolor ajeno a mí, mi cerebro no soportaba toda la tensión y adrenalina que circulaba por mi cuerpo, no había forma de que un ser humano aguatara tanto sufrimiento sin querer desfallecer. Y lo supe, me desmayaría. Al fin.
No protesté, no me esforcé por mantenerme despierta, sólo, me dejé ir. Qué Morfeo me acunara en sus brazos, que un ángel guardián viniera en mi búsqueda y me llevara de una vez y así, simplemente, me sumí en la oscuridad. La profunda oscuridad del sueño.