Guardó silencio. Mientras estuvo hablando, mil sentimientos contrapuestos
se debatían en el pecho de Ambrosio. La sorpresa ante su inesperada
revelación, el resentimiento ante su osadía al ingresar en el monasterio, la
conciencia de la severidad con que le correspondía contestar, eran
sentimientos de los que se daba cuenta. Pero había otros también, de los que
no se percataba. No percibía que su vanidad se sentía halagada ante las
alabanzas a su elocuencia y su virtud; de que sentía un secreto placer al ver
que una mujer joven, y hermosa al parecer, había abandonado el mundo por él,
y había sacrificado toda otra pasión a la que él le había inspirado; y aún se
daba menos cuenta de que su corazón latía de deseo mientras sentía en su
mano la dulce presión de los delicados dedos de Matilde.
Gradualmente, se recobró de su ofuscamiento. Sus ideas se hicieron menos
perplejas; se dio cuenta inmediatamente de la extremada insensatez que
suponía el consentir que Matilde permaneciese en la abadía, después de
revelar su sexo. De modo que adoptó un aire de severidad y retiró la mano.
—¡Vamos, señora! —dijo—; ¿acaso esperáis realmente que os conceda
permiso para permanecer entre nosotros? Y aun cuando yo accediese a ello,
¿qué beneficio podría derivarse de ello? ¿Creéis que yo podría corresponder a
un afecto que...?
—¡No, padre, no! Yo no espero inspiraros un amor como el mío. Yo sólo
deseo la libertad de estar cerca de vos, pasar algunas horas al día en vuestra
compañía; obtener vuestra compasión, vuestra amistad y estima. Creo que mi
petición no es desorbitada.
—¡Pero reflexionad, señora! Reflexionad un momento cuán impropio sería
que yo diese cobijo a una mujer en la abadía; a una mujer, además, que
confiesa que me ama. No puede ser. El riesgo de que os descubran es
demasiado grande, y no quiero exponerme a tan peligrosa tentación.
—¿Tentación, decís? Olvidad, padre, que soy mujer, y no existirá.
Consideradme sólo como un amigo, como un desventurado cuya felicidad,
cuya vida, depende de vuestra protección. No temáis que vaya a recordaros
que el amor más impetuoso, el más desatado, me ha impulsado a disfrazar mi
sexo; o que, instigada por deseos ofensivos para vuestros votos y para mi
propio honor, intente apartaros del sendero de la rectitud. No, Ambrosio;
aprended a conocerme mejor. Yo os amo por vuestras virtudes: perdedlas, y
con ellas perderéis mi afecto. Os miro como a un santo. Probadme que no sois
más que un hombre, y os dejaré con repugnancia. ¿Vais entonces a temer de
mí la tentación? ¿De mí, en quien los deslumbrantes placeres del mundo no
despertaron otro sentimiento que el de desprecio? ¿De mí, cuyo afecto se basa
en vuestra carencia de toda debilidad humana? ¡Oh! ¡Desechad tales
aprensiones perniciosas! Pensad más noblemente de mí; pensad más noblemente de vos. Yo soy incapaz de induciros al pecado; y sin duda vuestra
virtud está cimentada sobre una base demasiado firme para que la hagan
tambalearse unos deseos injustificables. ¡Ambrosio, queridísimo Ambrosio!
¡No me arrojéis de vuestra presencia; recordad vuestra promesa y autorizadme
a que me quede!
—Imposible, Matilde; es vuestro interés el que me obliga a rechazar
vuestra súplica, ya que tiemblo por vos, no por mí. Después de vencer las
ebulliciones de la juventud; después de pasar treinta años de mortificación y
penitencia, podría permitir que os quedarais sin peligro, y sin temor a que me
inspiraseis sentimientos más cálidos que el de la mera compasión. Pero vuestra
permanencia en la abadía no puede traeros más que fatales consecuencias.
Interpretaríais mal todas mis palabras y mis acciones. Aprovecharíais con
avidez todas las ocasiones que os alentasen a esperar una correspondencia a
vuestro afecto. Insensiblemente, vuestras pasiones predominarían sobre
vuestra razón; y lejos de reprimirlas mi presencia, cada momento que
pasáramos juntos no serviría más que para irritarlas y excitarlas. ¡Creedme,
desventurada mujer! Tenéis mi sincera compasión. Estoy convencido de que
hasta aquí habéis actuado con los más puros motivos. Pero aun cuando sois
ciega a la imprudencia de vuestra conducta, sería culpable en mí el no abriros
los ojos. Me doy cuenta de que el deber me obliga a trataros con rudeza: debo
rechazar vuestra súplica y disipar toda sombra de esperanza que contribuya a
alentar sentimientos tan perniciosos para vuestra paz: Matilde, tendréis que
iros de aquí mañana.
—¿Mañana, Ambrosio? ¿Mañana? ¡Oh! ¡Sin duda no lo decís en serio!
¡No podéis decidir arrojarme a la desesperación! ¡No podéis tener la
crueldad...!
—Habéis oído mi decisión, y debéis obedecer. Las reglas de nuestra orden
prohíben que permanezcáis aquí. Sería perjurio ocultar el hecho de que hay
una mujer entre estos muros, y mis votos me obligarían a declarar vuestra
historia a la comunidad. ¡Debéis marcharos de aquí! ¡Os compadezco, pero no
puedo hacer nada más!
Pronunció estas palabras con voz débil y temblorosa. Luego, levantándose
de su asiento, se dispuso a regresar apresuradamente al monasterio. Matilde
profirió un grito, echó a correr tras él y le detuvo.
—¡Esperad un instante, Ambrosio! ¡Permitid que os diga una cosa!
—¡No quiero escucharos! ¡Soltadme! ¡Ya sabéis mi decisión!
—¡Sólo una palabra! ¡Una sola, y habré terminado! —¡Dejadme! ¡Son
inútiles vuestras súplicas! ¡Deberéis marcharos mañana!
—¡Id, pues, bárbaro! Pero aún me queda este recurso. Diciendo esto, sacó de pronto un puñal: se desgarró el hábito y apoyó la punta del arma contra su
pecho. —¡Padre, no saldré viva de estos muros!
—¡Deteneos! ¡Deteneos, Matilde! ¿Qué vais a hacer? —Vos estáis
decidido, y yo también. En el instante en que me dejéis me hundiré este acero
en el corazón.
—¡San Francisco bendito! ¡Matilde, habéis perdido el juicio! ¿Os dais
cuenta de las consecuencias de vuestra acción? ¿De que el suicidio es el más
grande de los crímenes? ¿De que destruiréis vuestra alma? ¿De que perderéis
vuestra posibilidad de salvación? ¿De que os enviará a la condenación eterna?
—¡No me importa! ¡No me importa! —replicó ella apasionadamente—. ¡O
me conduce vuestra mano al paraíso, o me arroja la mía a la perdición!
¡Hablad, Ambrosio! ¡Decid que ocultaréis mi historia, que seguiré siendo
vuestro amigo y compañero, o este puñal beberá mi sangre!
Al tiempo que pronunció estas palabras, alzó el brazo e hizo el movimiento
como para clavárselo. Los ojos del fraile siguieron espantados la trayectoria de
la daga. Matilde se había rasgado el hábito y su pecho quedaba medio al aire.
Apoyó la punta del arma sobre el seno izquierdo. Y ¡oh, qué seno! La luna,
iluminándolo de lleno, permitió al monje observar su deslumbrante blancura.
Sus ojos se demoraron ávidos en la hermosa redondez. Una sensación hasta
entonces desconocida inundó su corazón, con una mezcla de ansiedad y placer.
Un fuego abrasador le recorrió todos los miembros. La sangre hirvió en sus
venas, y mil deseos insensatos aturdieron su imaginación.
—¡Deteneos! —exclamó con voz entrecortada—. ¡No puedo resistirlo
más! ¡Quedaos pues, hechicera! ¡Quedaos para mi perdición!
Y abandonando precipitadamente el lugar, se retiró al monasterio. Llegó a
su celda y se arrojó sobre el lecho trastornado, indeciso y confundido.
Durante un rato fue incapaz de ordenar sus ideas. La escena en que
acababa de verse envuelto había suscitado tal diversidad de sentimientos en su
pecho que fue incapaz de determinar cuál predominaba. No sabía qué actitud
debía adoptar frente a esta perturbadora de su paz. Era consciente de que la
prudencia, la religión y el decoro exigían obligarla a abandonar la abadía. Pero
por otra parte, había razones tan poderosas que la autorizaban a quedarse, que
se sentía demasiado inclinado a permitirle que lo hiciera. No podía evitar
sentirse halagado por la declaración de Matilde, y por el hecho de haber
conquistado impremeditadamente un corazón que había resistido los asedios
de los más nobles caballeros de España. El modo en que había ganado su
afecto era también de lo más satisfactorio para su vanidad: recordaba las
muchas horas dichosas que había pasado en compañía de Rosario, y sentía
miedo al vacío que su marcha dejaría en su corazón. Pero además, reflexionó, como Matilde era rica, su favor podía ser de gran beneficio para la abadía.
«¿Y qué riesgo corro yo —se dijo— dejándola que se quede? ¿No puedo
fiar sin peligro en sus afirmaciones? ¿Acaso no puedo olvidar con facilidad su
sexo, y seguir considerándola mi amigo y discípulo? Sin duda su amor es tan
puro como lo describe. De haber sido fruto de la mera licencia, ¿lo habría
ocultado durante tanto tiempo en su pecho? ¿No habría empleado algún medio
de procurarle satisfacción? En cambio, ha hecho todo lo contrario. Se ha
esforzado en ocultarme su propio sexo; y nada, de no ser por el temor a que
mis insistencias la descubriesen, la habría obligado a revelar el secreto. Ha
cumplido con los deberes de la religión tan estrictamente como yo. No ha
hecho intento alguno de excitar mis pasiones dormidas, ni ha conversado
conmigo hasta esta noche acerca del amor. De haber estado deseosa de ganarse
mi afecto y no mi estima, no me habría ocultado sus encantos tan
cuidadosamente. Hasta este mismísimo momento no le he visto la cara;
aunque ciertamente deben de ser un rostro precioso y un cuerpo hermoso los
suyos, a juzgar por su... por lo que he visto.»
Al cruzarle esta última idea por la imaginación, un rubor le encendió las
mejillas. Alarmado por los sentimientos a los que acababa de abandonarse, se
entregó a la oración; se levantó de su lecho, se arrodilló ante la hermosa
Virgen e imploró su ayuda para sofocar tan culpables emociones. Luego
regresó a la cama y se abandonó al sueño.
Se despertó enfebrecido y cansado. Durante el sueño, su inflamada
imaginación no había cesado de girar en torno a escenas voluptuosas. Había
soñado que Matilde estaba ante él, y que volvía a demorar sus ojos en su seno
desnudo. Ella le repetía sus protestas de amor eterno, le arrojaba los brazos
alrededor de su cuello y le cubría de besos. Él se los devolvía: la estrechaba
apasionadamente contra su pecho y.… se disipaba la escena. A veces, sus
sueños le presentaban la imagen de su Virgen predilecta, e imaginaba que
estaba de rodillas ante ella. Al ofrecerle sus votos, los ojos de la imagen
parecían mirarle con inefable dulzura. Posaba sus labios en los del retrato, y
los encontraba cálidos: la animada figura del cuadro salía de la tela, le
abrazaba afectuosamente, y sus sentidos eran incapaces de soportar la
intensidad de tanto placer. Tales eran las escenas que ocuparon su cerebro
durante el sueño. Sus deseos insatisfechos le presentaron las imágenes más
sensuales y provocativas, y le sumergieron en goces que hasta entonces había
ignorado.
Se levantó de su lecho lleno de confusión ante el recuerdo de esos sueños.
Asimismo, se sentía avergonzado al pensar en las razones que la noche
anterior le indujeron a autorizar a Matilde a quedarse. Ahora se había disipado
la nube que le había ofuscado el juicio. Se estremeció al contemplar los
argumentos en sus verdaderos colores, y vio que había sucumbido a la adulación, a la avaricia, al amor propio. Si en una hora de conversación
Matilde había producido en él un cambio tan considerable de sentimientos,
¿qué no podía esperar, si permanecía más tiempo en la abadía? Consciente del
peligro que le acechaba, despertó de su sueño de confianza, y decidió insistir
en que se marchase sin demora. Empezaba a comprender que no era tan
invulnerable a la tentación, y que por mucho que Matilde se mantuviese dentro
de los límites de la modestia, él se sentía incapaz de enfrentarse con estas
pasiones, de las que equivocadamente se creía exento.
—¡Inés! ¡Inés! —exclamó, en medio de sus tribulaciones—. ¡Ya empiezo a
sentir tu maldición!
Abandonó su celda, dispuesto a expulsar al fingido Rosario. Asistió a los
maitines, pero sus pensamientos estaban ausentes, y prestó al oficio escasa
atención. Su corazón y su cerebro estaban llenos de objetos mundanos, y rezó
sin devoción. Terminado el oficio, bajó al jardín, dirigió sus pasos hacia el
mismo lugar en el que tan embarazoso descubrimiento había hecho la noche
anterior. No dudaba que Matilde iría a buscarle allí: y no se equivocó. Poco
después entró ella en la ermita, y se acercó al monje con timidez. Tras unos
minutos, durante los cuales permanecieron en silencio, pareció ella como a
punto de hablar. Pero el abad, que había estado hasta ahora haciendo acopio de
toda su resolución, la interrumpió apresuradamente. Aunque ignoraba aún
cuán vasto era el influjo de su voz, temía su melodiosa seducción.
—Sentaos a mi lado, Matilde —dijo, adoptando una expresión de firmeza,
aunque evitando cuidadosamente el más mínimo asomo de severidad—;
escuchadme con paciencia, y creed que lo que voy a deciros no está motivado
tanto por mi propio interés como por el vuestro. Creed que siento por vos la
más cálida amistad, la más sincera compasión, y que no podéis sentiros más
apenada de lo que me siento yo al teneros que decir que no debemos volver a
vernos.
—¡Ambrosio! —exclamó ella con una voz que expresaba a la vez sorpresa
y dolor.
—¡Serenaos, amigo mío, mi buen Rosario! ¡Dejadme que os llame por este
nombre tan querido para mí! Nuestra separación es inevitable; me avergüenza
confesar cuán sensiblemente me afecta... Pero así debe ser. Me siento incapaz
de trataros con indiferencia, y esa misma convicción me obliga a insistir en
vuestra marcha. Matilde, no debéis permanecer más tiempo aquí.
—¡Oh!, ¿dónde buscaré ahora sinceridad? Hastiada de un mundo
insincero, ¿en qué región dichosa se oculta la verdad? Padre, yo esperaba que
imperase aquí; yo creía que vuestro pecho era su altar predilecto. ¿Así que
también vos demostráis ser falso? ¡Oh, Dios! ¿También vos podéis
traicionarme?
—¡Matilde!
—¡Sí, padre, sí! Os reprocho, con toda justicia. ¡Oh!, ¿dónde están
vuestras promesas? Mi noviciado no ha expirado, y, sin embargo, me obligáis
a abandonar el monasterio. ¿Podéis tener valor para arrojarme de vuestra
presencia? ¿No me habéis hecho solemne juramento de lo contrario?
—Yo no os obligo a que abandonéis el monasterio; habéis recibido mi
solemne juramento de lo contrario. Pero si apelo a vuestra generosidad al
declararos las turbaciones en que me sume vuestra presencia, ¿no me
relevaréis de ese juramento? Pensad en lo peligroso que sería si esto se
descubriese, en el oprobio en que me hundiría semejante contingencia.
Considerad que están en juego mi honor y mi reputación, y que mi paz
espiritual depende de vuestro con sentimiento. Hasta ahora mi corazón ha sido
libre. Me separaré de vos con pesar, aunque no con desesperación. Quedaos, y
en pocas semanas habréis sacrificado mi felicidad en el altar de vuestros
encantos. ¡Sois demasiado atractiva, demasiado afectuosa! ¡Os amaría! ¡Me
volvería loco por vos! ¡Mi pecho acabaría siendo presa de deseos que el honor
y mi profesión me prohíben satisfacer! Si los reprimiera, la impetuosidad de
mis deseos insatisfechos me arrastraría a la locura; y si cediera a la tentación,
sacrificaría a un momento de placer culpable mi reputación en este mundo y
mi salvación en el otro. Así que apelo a vos para que me defendáis de mí
mismo. ¡Preservadme de convertirme en víctima de los remordimientos!
Vuestro corazón ha sentido ya las angustias del amor sin esperanza. ¡Oh, si de
veras me amáis, ahorrad al mío esas angustias! Libradme de esa promesa; huid
de estos muros. Si os marcháis, os acompañarán mis más fervientes plegarias
en favor de vuestra felicidad, así como mi amistad, estima y admiración. Si os
quedáis, os convertiréis para mí en fuente de peligros, de sufrimiento, ¡y de
desesperación! Respondedme, Matilde: ¿cuál es vuestra decisión? —Ella
siguió callada—. ¿No decís nada, Matilde? ¿No queréis darme a conocer
vuestra decisión?
—¡Cruel! ¡Cruel! —exclamó Matilde, retorciéndose las manos con agonía
—. ¡De sobra sabéis que no me dais a elegir! ¡De sobra sabéis que no tengo
otra voluntad que la vuestra!
—¡Entonces no me había equivocado! La generosidad de Matilde es tan
inmensa como yo esperaba.
—Sí; demostraré la sinceridad de mi afecto sometiéndome a la sentencia
que me destroza el corazón. Os devuelvo vuestra promesa. Hoy mismo
abandonaré el monasterio. Tengo una pariente, la abadesa de un convento de
Extremadura: acudiré a ella, y abandonaré el mundo para siempre. Pero
decidme, padre, ¿me acompañarán vuestros parabienes en mi soledad?
¿Apartaréis alguna vez vuestra atención de los objetos divinos para dedicarme un pensamiento a mí?
—¡Ah, Matilde, me temo que pensaré en vos demasiadas veces para mi
serenidad!
—Entonces, no deseo nada más, salvo que podamos reunirnos en el cielo.
¡Adiós, amigo mío! ¡Ambrosio mío! ¡Pero antes, desearía con toda el alma
llevarme alguna prenda en señal de vuestro afecto!
—¿Qué podría daros?
—Algo... cualquier cosa. Una de esas flores será suficiente. —Y señaló un
rosal que había plantado en la puerta de la gruta—. La ocultaré en mi pecho; y
cuando muera las monjas la descubrirán marchita sobre mi corazón.
El fraile fue incapaz de hablar: con el paso lento y el alma agobiada por la
aflicción, salió de la ermita. Se acercó al arbusto, se inclinó a coger una de las
rosas. De pronto, profirió un grito penetrante, retrocedió apresuradamente y
dejó caer la flor, que ya había cortado. Matilde, al oír el grito, corrió ansiosa
hacia él.
—¿Qué ocurre? —preguntó—. ¡Contestadme, por el amor de Dios! ¿Qué
ha sucedido?
—¡Acabo de recibir la muerte! —contestó con voz desfallecida—. Oculta
entre las rosas..., una serpiente...
Aquí se hizo tan intenso el dolor de la herida, que su naturaleza fue incapaz
de soportarlo. Le abandonaron los sentidos y se desplomó exánime en los
brazos de Matilde.
La angustia de ésta fue indescriptible. Se mesó los cabellos, se golpeó el
pecho, y no atreviéndose a abandonar a Ambrosio, comenzó a llamar con
grandes voces a los monjes para que acudiesen en su auxilio. Lo consiguió
finalmente. Alarmados por sus gritos, acudieron presurosos varios hermanos al
lugar, y transportaron al superior de la abadía. Le acostaron inmediatamente, y
el monje que ejercía las funciones de cirujano en la comunidad se dedicó a
examinar la herida. La mano de Ambrosio se había hinchado
considerablemente. Los remedios que le habían administrado, es cierto, le
devolvieron la vida, pero no los sentidos; desvariaba, presa de todos los
horrores del delirio, echaba espumarajos por la boca, y cuatro de los monjes
más fornidos apenas podían tenerle sujeto en la cama.
El padre Pablos, que así se llamaba el cirujano, examinó rápidamente la
mano. Los monjes rodeaban el lecho, aguardando ansiosamente el veredicto.
Entre éstos, el fingido Rosario no parecía el menos afectado por la calamidad
del fraile. Miraba al paciente con indecible angustia; y los gemidos que a cada
instante escapaban de su pecho bastaban para delatar la violencia de su aflicción.
El padre Pablos sajó la herida. Al retirar su lanceta, vio la punta teñida de
un humor verdoso. Movió la cabeza pesarosamente, y se apartó de la cama.
—Es lo que me temía —dijo—. No hay esperanza.
—¿No hay esperanza? —exclamaron los monjes al unísono—. ¿Que no
hay esperanza, decís?
—Por los efectos tan inmediatos, sospechaba que le ha picado un
cientipedoro: el veneno que veis en la lanceta confirma mi idea. No vivirá más
de tres días.
—¿Y no puede haber remedio posible? —preguntó Rosario.
—Si no se le extrae el veneno, no tiene salvación; y para mí aún sigue
siendo un secreto el modo de extraerlo. Todo lo que puedo hacer es aplicarle
hierbas a la herida para aliviarle el dolor. El paciente recobrará los sentidos.
Pero el veneno corromperá toda la masa de su sangre, y a los tres días dejará
de existir.
Excesiva fue la universal aflicción al oír esta sentencia. Vendó Pablos la
herida como había prometido, y luego se retiró, seguido de sus compañeros;
sólo se quedó Rosario en la celda al habérsele asignado, a instancias suyas, el
cuidado del abad. Ambrosio, sin fuerzas después de la violencia de sus
esfuerzos, había caído en un profundo sopor. Tan completamente agotado
estaba por el cansancio que apenas manifestaba signos de vida. Y aún se
encontraba en este estado cuando regresaron los monjes para ver si se había
operado algún cambio. Retiró Pablos la venda que cubría la herida, movido
más por la curiosidad que por la esperanza de descubrir algún síntoma
favorable. ¡Y cuál no fue su asombro, cuando descubrió que la inflamación
había desaparecido completamente! Pinchó la mano: su lanceta salió limpia y
sin mancha. No se veía señal alguna de veneno. Y de no apreciarse de manera
visible el orificio, aún habría puesto en duda Pablos que hubiese existido
herida de ninguna clase.
Comunicó la noticia a los hermanos: la alegría sólo fue comparable a la
sorpresa. Este último sentimiento, sin embargo, lo disipó al explicar la
circunstancia de acuerdo con sus propias ideas. Estaban convencidos de que su
superior era un santo, y pensaban que nada más natural que el que San
Francisco hubiera hecho un milagro en su favor. Esta opinión fue acogida
unánimemente. Y la declararon tan ruidosamente, y vociferaron «¡Milagro!
¡Milagro!» con tanto fervor que no tardaron en turbar los sueños de Ambrosio.
Inmediatamente, los monjes se agruparon alrededor de su cama, y le
expresaron su alegría ante la prodigiosa recuperación. Había recobrado completamente sus sentidos y no sentía nada, salvo una cierta languidez y
debilidad. Pablos le administró una medicina tonificante y le aconsejó que
guardase cama dos días. Luego se retiró, recomendando al paciente que no
hablase demasiado, sino que procurase descansar. Los demás monjes siguieron
su ejemplo, y el abad y Rosario se quedaron sin testigos.
Durante unos minutos, Ambrosio contempló a su acompañante con una
mezcla de placer y aprensión. Ella estaba sentada en el borde de la cama, con
la cabeza inclinada y cubierta como siempre con la cogulla del hábito.
—¿Aún estáis aquí, Matilde? —dijo el fraile al fin—. ¿No estáis satisfecha
con haberme puesto en ocasión tan próxima a la muerte que nada sino un
milagro ha podido salvarme de la tumba? ¡Ah!, sin duda ha sido el cielo quien
ha enviado la serpiente para castigarme...
Matilde le interrumpió poniéndole una mano en los labios con gesto alegre.
—¡Chist, padre! ¡Chist! ¡No debéis hablar!
—Quien ha dado esa orden ignora las urgentes cuestiones que tengo que
decir.
—Pero yo sí, y sin embargo, os doy la misma orden terminante. Me han
encargado que os cuide, así que no debéis desobedecerme.
—¡Estáis de humor, Matilde!
—Puede que sí: acabo de tener un placer como jamás había tenido en la
vida.
—¿Qué placer?
—Tengo que ocultarlo a todos, pero sobre todo a vos.
—¿Sobre todo a mí? Por favor, os lo ruego, Matilde...
—¡Chist, padre! ¡Chist! No debéis hablar. Pero puesto que no parecéis
tener deseos de dormir, ¿permitís que procure entreteneros con mi arpa?
—¡Cómo! No tenía idea de que supierais música.
—¡Oh, soy muy mala tañedora! Pero puesto que os han prescrito silencio
durante cuarenta y ocho horas, procuraré distraeros cuando estéis cansado de
vuestras propias reflexiones. Voy a traer el arpa.
No tardó en regresar con ella.
—Bueno, padre; ¿qué queréis que cante? ¿Queréis oír la balada que trata
del valeroso Durandarte, que murió en la famosa batalla de Roncesvalles?
—Como queráis, Matilde.
—¡Oh! ¡No me llaméis Matilde! ¡Llamadme Rosario, llamadme amigo!
Son nombres que me gusta oír de vuestros labios. ¡Ahora escuchad!
Templó el arpa, y después ejecutó un preludio con tan exquisito gusto que
reveló un perfecto dominio del instrumento. Tocó una tonada melodiosa y
sentida. Al oírla, Ambrosio sintió que le desaparecía el desasosiego, y que una
plácida melancolía inundaba su pecho. Súbitamente, Matilde cambió de aire:
con mano firme y rápida arrancó unos acordes marciales, y luego cantó la
siguiente balada en un tono a la vez sencillo y melodioso: