Capitulo 6

2995 Palabras
Mientras Matilde cantaba, Ambrosio escuchaba con deleite: jamás había oído voz más armoniosa, y se preguntaba cómo sones tan celestiales podían ser producidos por criaturas que no eran ángeles. Pero aunque se permitió el goce del oído, una simple mirada le convenció de que no debía fiarse del de la vista. La cantora estaba sentada a cierta distancia de su lecho. La actitud con que se inclinaba sobre su arpa era natural y graciosa. La cogulla se le había deslizado hacia atrás un poco más de lo habitual, dejando ver unos labios de coral, maduros, frescos y cálidos, y una barbilla cuyos hoyuelos parecían ocultar mil cupidos. La ancha manga de su hábito habría rozado las cuerdas del instrumento, pero ella había evitado la molestia subiéndosela por encima del codo; y de este modo vio Ambrosio que el brazo descubierto estaba dotado de la más perfecta simetría, y que la delicadeza de su piel podía haber competido en blancura con la nieve. Ambrosio no se atrevió a mirar más. Una ojeada le había bastado para convencerse de lo peligrosa que era la presencia de esta criatura seductora. Cerró los ojos, pero luchó en vano por borrarla de su pensamiento. Siguió viéndola allí, adornada con todas las prendas que su enfebrecida imaginación era capaz de forjar. Cada uno de los encantos que había visto se lo presentaba aún más hermoso, y los que habían permanecido ocultos, su imaginación los representaba con espléndidos colores. Sin embargo, aún estaban presentes en su memoria sus votos, así como la necesidad de mantenerlos. Luchó contra el deseo, y se estremeció al darse cuenta de lo profundo que era el abismo que tenía ante sí. Matilde había dejado de cantar. Temiendo la influencia de sus encantos, Ambrosio siguió con los ojos cerrados y elevó sus plegarias a San Francisco para que le socorriese en tan peligroso trance. Matilde creyó que se había dormido. Se levantó, se acercó a la cama sigilosamente, y le observó con atención durante unos minutos. —¡Se ha dormido! —dijo por fin en voz baja, aunque el abad la oyó perfectamente—. ¡Ahora puedo mirarle sin ofenderle! ¡Puedo mezclar mi aliento con el suyo; puedo extasiarme en su semblante sin que piense él que pueda haber impureza ni engaño! ¡Teme que le seduzca y le induzca a violar sus votos! ¡Oh! ¡Qué injusto! De querer yo excitar su deseo, ¿le ocultaría tan cuidadosamente mi semblante? Este semblante, del que le oigo a diario... Se calló, y se sumió en sus propios pensamientos. —¡Ayer mismo —prosiguió—, hace unas horas incluso, era querida por él! ¡Me estimaba, y mi corazón se sentía con ello satisfecho! ¡Ahora! ¡Oh, ahora, qué cruelmente ha cambiado mi situación! ¡Me mira con recelo! ¡Me pide que le deje para siempre! ¡Oh, tú, santo mío! ¡Ídolo mío! ¡Tú, que ocupas el segundo lugar en mi pecho, junto a Dios! Dentro de dos días, mi corazón quedará desvelado ante ti. ¡Si hubieras conocido mis sentimientos cuando presenciaba tu agonía! ¡Si hubieras sabido lo mucho que tus sufrimientos han hecho aumentar mi amor por ti! Pero ya llegará el momento en que te convenzas de que mi pasión es pura y desinteresada. ¡Entonces te compadecerás de mí, y sentirás el peso entero de estas amarguras! Al decir esto, su voz se ahogó en un sollozo. Al inclinarse sobre él, le cayó una lágrima en su mejilla. —¡Ah! ¡Le he molestado! —exclamó Matilde, y se retiró apresuradamente.Su alarma fue infundada. No hay sueño más profundo que el de aquel que está decidido a no despertar. El fraile se hallaba en esta disposición de ánimo: aún parecía sumido en un descanso que cada minuto se volvía más difícil de disfrutar. La ardiente lágrima había infundido calor a su corazón. «¡Cuánto afecto! ¡Cuánta pureza! —se dijo para sus adentros—. ¡Ah!, si mi pecho se conmueve de este modo por la compasión, ¿qué ocurriría si lo agitara el amor?» Abandonó Matilde otra vez su asiento, y se retiró a cierta distancia de la cama. Ambrosio se aventuró a abrir los ojos, y a lanzarle una mirada temerosa. Vio que tenía la cara vuelta hacia el otro lado; su cabeza descansaba sobre el arpa en melancólica postura, y contemplaba el cuadro que colgaba frente al lecho. —¡Feliz, feliz imagen! —exclamó, dirigiéndose a la hermosa Virgen—. ¡A ti es a quien él ofrece sus oraciones! ¡A ti a quien vuelve los ojos con admiración! Yo creía que aliviarías mis pesares, pero no has hecho sino aumentar su peso. Me has hecho comprender que de haberle conocido antes de pronunciar sus votos, Ambrosio y la felicidad habrían sido míos. ¡Con qué placer contempla él este cuadro! ¡Con qué fervor dirige su plegaria a esta imagen insensible! ¡Ah! ¿No podrían estar inspirados estos sentimientos suyos por algún genio amable y secreto, partidario de mi afecto? ¿No podría ser el instinto natural del hombre el que le instruye...? ¡Callad, vanas esperanzas! No alentéis una idea que empaña el esplendor de la virtud de Ambrosio. Es la religión y no la belleza la que atrae su admiración. No es ante la mujer, sino ante la deidad, ante quien él se arrodilla. ¡Ojalá dijese tan sólo que de no haber estado prometido ya a la iglesia no habría despreciado a Matilde! ¡Oh! ¡Dejadme al menos abrigar esta idea adorable! Quizá acceda a reconocer que siente por mí algo más que piedad, y que un afecto como el mío puede merecer reciprocidad. ¡Quizá lo reconozca así cuando yo me encuentre en el lecho de la muerte! Entonces no tendrá que temer quebrantar sus votos, y la confesión de su afecto me aliviará los dolores de la agonía. ¡Si yo estuviese segura de eso! ¡Oh! ¡Con qué vehemencia suspiraría yo por que llegase el instante de mi disolución! El abad no perdió una sola sílaba de este discurso; y el tono con que Matilde pronunció las últimas palabras le traspasó el corazón. Involuntariamente, alzó la cabeza de la almohada. —¡Matilde! —dijo con voz turbada—. ¡Oh, Matilde mía! Al oír estas palabras, Matilde se sobresaltó y se volvió súbitamente hacia él. La rapidez del movimiento hizo que le cayese del todo la cogulla. Su semblante quedó completamente al descubierto ante los ojos inquisitivos del monje. ¡Cuál no fue su estupor al contemplar la réplica exacta de su admirada imagen de la Virgen! ¡La misma exquisita proporción de rasgos, la misma abundancia de dorados cabellos, los mismos labios sonrosados, ojos celestiales y majestuosidad de gesto adornaban a Matilde! Profiriendo una exclamación de sorpresa, Ambrosio cayó de nuevo en la almohada, sin saber si la criatura que tenía delante era mortal o divina. Matilde pareció sentirse confundida. Se quedó inmóvil, y se apoyó en su instrumento. Tenía los ojos fijos en el suelo, y sus blancas mejillas se habían teñido de rubor. Al recobrarse, su primer movimiento fue ocultar su semblante. Luego, con voz turbada e insegura, se aventuró a decir estas palabras al fraile: —El azar ha hecho que descubráis un secreto que sólo habría revelado yo en mi lecho de muerte. Sí, Ambrosio: en Matilde de Villanegas tenéis el original de vuestra amada imagen de la Virgen. Poco después de concebir mi desventurada pasión, se me ocurrió la idea de enviaros mi retrato: una multitud de admiradores me habían convencido de que yo poseía alguna belleza, y estaba deseosa de saber qué efecto podría producir en vos. Mandé pintar mi retrato a Martín Galuppi, célebre pintor veneciano que por entonces residía en Madrid. El parecido que sacó fue asombroso. Lo envié a la abadía de capuchinos como para venderlo, y el judío a quien se lo comprasteis era uno de mis emisarios. Porque lo comprasteis vos. Juzgad mi entusiasmo cuando me informaron que lo habíais contemplado con admiración, o más bien con adoración; que lo habíais colgado en vuestra celda, y que no dirigíais vuestras súplicas a ningún otro santo. ¿Me hará este descubrimiento, aún más, objeto de sospecha? Sin embargo, debería convenceros de la pureza de mi afecto, y moveros a concederme vuestra compañía y estima. Os he oído diariamente entonar las alabanzas de mi retrato, he sido testigo ocular de los transportes que su belleza produce en vos; sin embargo, no he querido emplear esas armas, que vos mismo me habéis proporcionado, contra vuestra virtud. Oculté a vuestros ojos aquellos rasgos que vos amabais inconscientemente. Procuré no excitar deseo alguno mostrando mis encantos, y haciéndome dueña de vuestro corazón por medio de vuestros sentidos. Mi único objetivo era atraer vuestra atención atendiendo asiduamente a los deberes religiosos, ganar vuestra estima convenciéndoos de que mi propósito era virtuoso y mi devoción sincera. Lo conseguí: me convertí en vuestro compañero y vuestro amigo. Oculté mi sexo a vuestro conocimiento, y de no haberme asaltado el temor de ser descubierta, jamás me habríais conocido más que como Rosario. ¿Y aún estáis decidido a echarme de vuestro lado? ¿No me permitís que pase en vuestra compañía las pocas horas que me quedan? ¡Oh, hablad, Ambrosio, y decidme que puedo quedarme! Este discurso dio ocasión al abad para recobrarse. Se daba cuenta de que, en la presente disposición de ánimo, la única escapatoria frente al poder de aquella encantadora mujer era evitar su compañía. —Vuestra declaración me ha dejado tan asombrado —dijo—, que en este instante me siento incapaz de contestaros. No insistáis en que os dé una respuesta, Matilde; dejadme ahora. Necesito estar solo. —Os obedezco; pero antes de irme, prometedme no insistir en que abandone la abadía inmediatamente. —Matilde, pensad en vuestra situación; pensad en las consecuencias si os quedáis. Nuestra separación es indispensable, y así ha de ser. —¡Pero hoy no, padre! ¡Oh! ¡Por compasión, hoy no! —Me presionáis demasiado, pero no puedo resistirme a ese tono de súplica: accedo a que os quedéis aquí el tiempo suficiente para preparar de algún modo vuestra marcha ante los hermanos. Os quedaréis dos días; pero al tercero... —suspiró involuntariamente—. Recordad que al tercero deberéis marcharos para siempre. Matilde le cogió la mano con vehemencia y posó en ella sus labios. —¿Al tercero? —exclamó con aire de extraviada solemnidad—. ¡Tenéis razón, padre! ¡Tenéis razón! ¡Al tercer día tendremos que separarnos para siempre! Una espantosa expresión relampagueó en sus ojos, al pronunciar estas palabras, que llenó de horror el alma del fraile. Besó ella su mano otra vez y salió rápidamente de la cámara. Deseoso de autorizar la presencia de tan peligrosa huésped, y consciente no obstante de que su permanencia infringía las reglas de su orden, el pecho de Ambrosio se convirtió en escenario de batalla de mil encontradas pasiones. Por último, su afecto por el fingido Rosario, ayudado por el ardor natural de su carácter, pareció inclinar la victoria de su parte. El éxito estuvo asegurado cuando la presunción que constituía el fundamento de su carácter acudió en auxilio de Matilde. El monje consideró que vencer la tentación suponía un mérito infinitamente mayor que evitarla. Pensó que más bien debía alegrarse de la ocasión que se le brindaba de probar la firmeza de su virtud. San Antonio había resistido a todas las seducciones de la concupiscencia; ¿por qué no podía él? Además, San Antonio fue tentado por el diablo, que puso en práctica todas sus artes para excitar sus pasiones, mientras que el peligro de Ambrosio provenía de una mera mujer mortal, temerosa y modesta, cuyo temor a la caída era no menos violento que el suyo propio. «Sí —se dijo—; la desventurada se quedará. No tengo nada que temer de su presencia. Aun cuando resultase ser yo demasiado débil para resistir la tentación, estoy a salvo del peligro, merced a la inocencia de Matilde.» Ambrosio debería haber sabido que, para un corazón inexperto, el vicio es siempre más peligroso cuando se oculta tras la máscara de la virtud. Se sintió tan perfectamente recuperado que cuando el padre Pablos le visitó otra vez por la noche, le pidió permiso para abandonar su aposento al día siguiente. Le fue concedida su petición. Matilde no volvió a aparecer más esa tarde, salvo en compañía de los monjes, cuando entraron todos juntos a interesarse por la salud del abad. Parecía temer conversar con él en privado, y sólo permaneció unos minutos en la habitación. El fraile durmió bien. Pero se repitieron los sueños de la noche anterior, y sus sensaciones de voluptuosidad se hicieron aún más agudas e intensas. Ante él flotaron las mismas visiones voluptuosas: Matilde, con todo el esplendor de su belleza, se abrazaba a su pecho y le prodigaba las más ardientes caricias. Él le correspondía con la misma ansiedad, y ya estaba a punto de satisfacer sus deseos, cuando la pérfida figura desapareció, dejándole sumido en todos los horrores de la vergüenza y la decepción. Despuntó el día. Cansado, abrumado y exhausto por estos sueños provocativos, no se sintió con ánimos de abandonar la cama. Se excusó de asistir a los maitines. Era la primera vez en su vida que faltaba. Se levantó tarde. En todo el día no tuvo ocasión de hablar con Matilde sin testigos. Su celda estaba constantemente llena de monjes deseosos de expresarle su preocupación por su salud; y aún andaba ocupado en recibir sus congratulaciones por su recuperación, cuando la campana los llamó a todos al refectorio. Después de comer, los monjes se separaron y se dispersaron por el jardín, buscando un sitio donde la sombra de los árboles o el retiro de alguna gruta les ofreciese el más agradable medio de dormir la siesta. El abad encaminó sus pasos hacia la ermita, invitando a Matilde con una mirada a que le acompañase. Obedeció ella, y le siguió en silencio. Entraron en la gruta y se sentaron. Ninguno de los dos parecía deseoso de iniciar la conversación, y se debatían bajo la influencia del mutuo embarazo. Por último, habló el abad: se limitó a comentar cosas indiferentes, y Matilde le contestó en el mismo tono. Parecía deseosa de hacerle olvidar que la persona que estaba sentada a su lado era otra que Rosario. Ninguno de los dos se atrevía ni deseaba tampoco hacer alusión al tema que más presente estaba en sus corazones. Los esfuerzos de Matilde por parecer alegre eran evidentemente dificultosos. Tenía el ánimo oprimido por el peso de la ansiedad, y cuando hablaba, su voz era desmayada y débil. Parecía deseosa de terminar una conversación que la aturdía; y quejándose de que no se sentía bien, pidió permiso a Ambrosio para regresar a la abadía. Éste la acompañó hasta la puerta de la celda; y cuando llegaron, el abad la detuvo para comunicarle que le daba permiso para que siguiese compartiendo su soledad el tiempo que ella gustase. Pero ella no dio muestra alguna de alegría ante esta noticia, a pesar de que el día anterior había estado tan deseosa de conseguir tal permiso. —¡Ay, padre! —dijo, moviendo la cabeza tristemente—. ¡Vuestra bondad llega demasiado tarde! Mi última hora está señalada. Debemos separarnos para siempre. ¡Sin embargo, creed que agradezco vuestra generosidad, y vuestra compasión, por una desventurada que tan poco la merece! Se llevó el pañuelo a los ojos. Tenía la cogulla sólo medio echada sobre la cara. Ambrosio observó que estaba pálida, y con los ojos cargados y hundidos. —¡Válgame Dios! —exclamó—. ¡Estáis muy enferma, Matilde! Voy a llamar inmediatamente al padre Pablos. —No; no lo hagáis. Estoy enferma, es cierto. Pero él no puede curar mi enfermedad. ¡Adiós, padre! Recordadme en vuestras oraciones mañana; mientras, ¡yo os recordaré en el cielo! Entró en la celda y cerró la puerta. El abad le envió el médico sin perder un instante, y aguardó impaciente el diagnóstico. Pero el padre Pablos regresó en seguida y declaró que había sido en balde. Rosario se negaba a dejarle entrar y rechazaba sus ofrecimientos de ayuda. No fue pequeña la desazón que esta información produjo a Ambrosio. Sin embargo, decidió dejar que Matilde pasase la noche como deseaba; aunque, si su estado no había mejorado por la mañana, insistiría en que la reconociese el padre Pablos. No sentía deseos de dormir. Abrió la ventana y se puso a contemplar los rayos de la luna que jugaban sobre el pequeño riachuelo cuyas aguas bañaban los muros del monasterio. El frescor de la brisa y la tranquilidad de la hora infundieron en el ánimo del fraile una vaga tristeza. Pensó en la belleza y el afecto de Matilde, en los placeres que podía haber compartido con ella, de no haberse encontrado sujeto por los grillos monásticos. Pensó que al carecer de esperanza, el amor de ella acabaría por sucumbir; que sin duda lograría apagar su pasión y buscaría la felicidad en los brazos de otro más afortunado. Se estremeció ante el vacío que la ausencia de Matilde dejaría en su corazón. Consideró con disgusto la monotonía del convento, y exhaló un suspiro al pensar en el mundo, del que se hallaba separado para siempre. Una llamada en la puerta le interrumpió todas estas reflexiones. La campana de la iglesia había dado ya las dos. El abad corrió a averiguar la causa de esta intromisión. Abrió la puerta, y entró un hermano lego, cuyo semblante denotaba agitación y premura. —¡Apresuraos, reverendo padre! —dijo—. Corred a la celda del joven Rosario. No para de insistir en que quiere veros. Está a punto de morir.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR