Mientras Matilde cantaba, Ambrosio escuchaba con deleite: jamás había
oído voz más armoniosa, y se preguntaba cómo sones tan celestiales podían
ser producidos por criaturas que no eran ángeles. Pero aunque se permitió el
goce del oído, una simple mirada le convenció de que no debía fiarse del de la
vista. La cantora estaba sentada a cierta distancia de su lecho. La actitud con
que se inclinaba sobre su arpa era natural y graciosa. La cogulla se le había
deslizado hacia atrás un poco más de lo habitual, dejando ver unos labios de
coral, maduros, frescos y cálidos, y una barbilla cuyos hoyuelos parecían ocultar mil cupidos. La ancha manga de su hábito habría rozado las cuerdas
del instrumento, pero ella había evitado la molestia subiéndosela por encima
del codo; y de este modo vio Ambrosio que el brazo descubierto estaba dotado
de la más perfecta simetría, y que la delicadeza de su piel podía haber
competido en blancura con la nieve. Ambrosio no se atrevió a mirar más. Una
ojeada le había bastado para convencerse de lo peligrosa que era la presencia
de esta criatura seductora. Cerró los ojos, pero luchó en vano por borrarla de
su pensamiento. Siguió viéndola allí, adornada con todas las prendas que su
enfebrecida imaginación era capaz de forjar. Cada uno de los encantos que
había visto se lo presentaba aún más hermoso, y los que habían permanecido
ocultos, su imaginación los representaba con espléndidos colores. Sin
embargo, aún estaban presentes en su memoria sus votos, así como la
necesidad de mantenerlos. Luchó contra el deseo, y se estremeció al darse
cuenta de lo profundo que era el abismo que tenía ante sí.
Matilde había dejado de cantar. Temiendo la influencia de sus encantos,
Ambrosio siguió con los ojos cerrados y elevó sus plegarias a San Francisco
para que le socorriese en tan peligroso trance. Matilde creyó que se había
dormido. Se levantó, se acercó a la cama sigilosamente, y le observó con
atención durante unos minutos.
—¡Se ha dormido! —dijo por fin en voz baja, aunque el abad la oyó
perfectamente—. ¡Ahora puedo mirarle sin ofenderle! ¡Puedo mezclar mi
aliento con el suyo; puedo extasiarme en su semblante sin que piense él que
pueda haber impureza ni engaño! ¡Teme que le seduzca y le induzca a violar
sus votos! ¡Oh! ¡Qué injusto! De querer yo excitar su deseo, ¿le ocultaría tan
cuidadosamente mi semblante? Este semblante, del que le oigo a diario...
Se calló, y se sumió en sus propios pensamientos.
—¡Ayer mismo —prosiguió—, hace unas horas incluso, era querida por él!
¡Me estimaba, y mi corazón se sentía con ello satisfecho! ¡Ahora! ¡Oh, ahora,
qué cruelmente ha cambiado mi situación! ¡Me mira con recelo! ¡Me pide que
le deje para siempre! ¡Oh, tú, santo mío! ¡Ídolo mío! ¡Tú, que ocupas el
segundo lugar en mi pecho, junto a Dios! Dentro de dos días, mi corazón
quedará desvelado ante ti. ¡Si hubieras conocido mis sentimientos cuando
presenciaba tu agonía! ¡Si hubieras sabido lo mucho que tus sufrimientos han
hecho aumentar mi amor por ti! Pero ya llegará el momento en que te
convenzas de que mi pasión es pura y desinteresada. ¡Entonces te
compadecerás de mí, y sentirás el peso entero de estas amarguras!
Al decir esto, su voz se ahogó en un sollozo. Al inclinarse sobre él, le cayó
una lágrima en su mejilla.
—¡Ah! ¡Le he molestado! —exclamó Matilde, y se retiró apresuradamente.Su alarma fue infundada. No hay sueño más profundo que el de aquel que
está decidido a no despertar. El fraile se hallaba en esta disposición de ánimo:
aún parecía sumido en un descanso que cada minuto se volvía más difícil de
disfrutar. La ardiente lágrima había infundido calor a su corazón.
«¡Cuánto afecto! ¡Cuánta pureza! —se dijo para sus adentros—. ¡Ah!, si
mi pecho se conmueve de este modo por la compasión, ¿qué ocurriría si lo
agitara el amor?»
Abandonó Matilde otra vez su asiento, y se retiró a cierta distancia de la
cama. Ambrosio se aventuró a abrir los ojos, y a lanzarle una mirada temerosa.
Vio que tenía la cara vuelta hacia el otro lado; su cabeza descansaba sobre el
arpa en melancólica postura, y contemplaba el cuadro que colgaba frente al
lecho.
—¡Feliz, feliz imagen! —exclamó, dirigiéndose a la hermosa Virgen—. ¡A
ti es a quien él ofrece sus oraciones! ¡A ti a quien vuelve los ojos con
admiración! Yo creía que aliviarías mis pesares, pero no has hecho sino
aumentar su peso. Me has hecho comprender que de haberle conocido antes de
pronunciar sus votos, Ambrosio y la felicidad habrían sido míos. ¡Con qué
placer contempla él este cuadro! ¡Con qué fervor dirige su plegaria a esta
imagen insensible! ¡Ah! ¿No podrían estar inspirados estos sentimientos suyos
por algún genio amable y secreto, partidario de mi afecto? ¿No podría ser el
instinto natural del hombre el que le instruye...? ¡Callad, vanas esperanzas! No
alentéis una idea que empaña el esplendor de la virtud de Ambrosio. Es la
religión y no la belleza la que atrae su admiración. No es ante la mujer, sino
ante la deidad, ante quien él se arrodilla. ¡Ojalá dijese tan sólo que de no haber
estado prometido ya a la iglesia no habría despreciado a Matilde! ¡Oh!
¡Dejadme al menos abrigar esta idea adorable! Quizá acceda a reconocer que
siente por mí algo más que piedad, y que un afecto como el mío puede
merecer reciprocidad. ¡Quizá lo reconozca así cuando yo me encuentre en el
lecho de la muerte! Entonces no tendrá que temer quebrantar sus votos, y la
confesión de su afecto me aliviará los dolores de la agonía. ¡Si yo estuviese
segura de eso! ¡Oh! ¡Con qué vehemencia suspiraría yo por que llegase el
instante de mi disolución!
El abad no perdió una sola sílaba de este discurso; y el tono con que
Matilde pronunció las últimas palabras le traspasó el corazón.
Involuntariamente, alzó la cabeza de la almohada.
—¡Matilde! —dijo con voz turbada—. ¡Oh, Matilde mía!
Al oír estas palabras, Matilde se sobresaltó y se volvió súbitamente hacia
él. La rapidez del movimiento hizo que le cayese del todo la cogulla. Su
semblante quedó completamente al descubierto ante los ojos inquisitivos del
monje. ¡Cuál no fue su estupor al contemplar la réplica exacta de su admirada imagen de la Virgen! ¡La misma exquisita proporción de rasgos, la misma
abundancia de dorados cabellos, los mismos labios sonrosados, ojos celestiales
y majestuosidad de gesto adornaban a Matilde! Profiriendo una exclamación
de sorpresa, Ambrosio cayó de nuevo en la almohada, sin saber si la criatura
que tenía delante era mortal o divina.
Matilde pareció sentirse confundida. Se quedó inmóvil, y se apoyó en su
instrumento. Tenía los ojos fijos en el suelo, y sus blancas mejillas se habían
teñido de rubor. Al recobrarse, su primer movimiento fue ocultar su semblante.
Luego, con voz turbada e insegura, se aventuró a decir estas palabras al fraile:
—El azar ha hecho que descubráis un secreto que sólo habría revelado yo
en mi lecho de muerte. Sí, Ambrosio: en Matilde de Villanegas tenéis el
original de vuestra amada imagen de la Virgen. Poco después de concebir mi
desventurada pasión, se me ocurrió la idea de enviaros mi retrato: una multitud
de admiradores me habían convencido de que yo poseía alguna belleza, y
estaba deseosa de saber qué efecto podría producir en vos. Mandé pintar mi
retrato a Martín Galuppi, célebre pintor veneciano que por entonces residía en
Madrid. El parecido que sacó fue asombroso. Lo envié a la abadía de
capuchinos como para venderlo, y el judío a quien se lo comprasteis era uno
de mis emisarios. Porque lo comprasteis vos. Juzgad mi entusiasmo cuando
me informaron que lo habíais contemplado con admiración, o más bien con
adoración; que lo habíais colgado en vuestra celda, y que no dirigíais vuestras
súplicas a ningún otro santo. ¿Me hará este descubrimiento, aún más, objeto
de sospecha? Sin embargo, debería convenceros de la pureza de mi afecto, y
moveros a concederme vuestra compañía y estima. Os he oído diariamente
entonar las alabanzas de mi retrato, he sido testigo ocular de los transportes
que su belleza produce en vos; sin embargo, no he querido emplear esas
armas, que vos mismo me habéis proporcionado, contra vuestra virtud. Oculté
a vuestros ojos aquellos rasgos que vos amabais inconscientemente. Procuré
no excitar deseo alguno mostrando mis encantos, y haciéndome dueña de
vuestro corazón por medio de vuestros sentidos. Mi único objetivo era atraer
vuestra atención atendiendo asiduamente a los deberes religiosos, ganar
vuestra estima convenciéndoos de que mi propósito era virtuoso y mi
devoción sincera. Lo conseguí: me convertí en vuestro compañero y vuestro
amigo. Oculté mi sexo a vuestro conocimiento, y de no haberme asaltado el
temor de ser descubierta, jamás me habríais conocido más que como Rosario.
¿Y aún estáis decidido a echarme de vuestro lado? ¿No me permitís que pase
en vuestra compañía las pocas horas que me quedan? ¡Oh, hablad, Ambrosio,
y decidme que puedo quedarme!
Este discurso dio ocasión al abad para recobrarse. Se daba cuenta de que,
en la presente disposición de ánimo, la única escapatoria frente al poder de
aquella encantadora mujer era evitar su compañía.
—Vuestra declaración me ha dejado tan asombrado —dijo—, que en este
instante me siento incapaz de contestaros. No insistáis en que os dé una
respuesta, Matilde; dejadme ahora. Necesito estar solo.
—Os obedezco; pero antes de irme, prometedme no insistir en que
abandone la abadía inmediatamente.
—Matilde, pensad en vuestra situación; pensad en las consecuencias si os
quedáis. Nuestra separación es indispensable, y así ha de ser.
—¡Pero hoy no, padre! ¡Oh! ¡Por compasión, hoy no!
—Me presionáis demasiado, pero no puedo resistirme a ese tono de
súplica: accedo a que os quedéis aquí el tiempo suficiente para preparar de
algún modo vuestra marcha ante los hermanos. Os quedaréis dos días; pero al
tercero... —suspiró involuntariamente—. Recordad que al tercero deberéis
marcharos para siempre.
Matilde le cogió la mano con vehemencia y posó en ella sus labios.
—¿Al tercero? —exclamó con aire de extraviada solemnidad—. ¡Tenéis
razón, padre! ¡Tenéis razón! ¡Al tercer día tendremos que separarnos para
siempre!
Una espantosa expresión relampagueó en sus ojos, al pronunciar estas
palabras, que llenó de horror el alma del fraile. Besó ella su mano otra vez y
salió rápidamente de la cámara.
Deseoso de autorizar la presencia de tan peligrosa huésped, y consciente
no obstante de que su permanencia infringía las reglas de su orden, el pecho de
Ambrosio se convirtió en escenario de batalla de mil encontradas pasiones.
Por último, su afecto por el fingido Rosario, ayudado por el ardor natural de su
carácter, pareció inclinar la victoria de su parte. El éxito estuvo asegurado
cuando la presunción que constituía el fundamento de su carácter acudió en
auxilio de Matilde. El monje consideró que vencer la tentación suponía un
mérito infinitamente mayor que evitarla. Pensó que más bien debía alegrarse
de la ocasión que se le brindaba de probar la firmeza de su virtud. San Antonio
había resistido a todas las seducciones de la concupiscencia; ¿por qué no podía
él? Además, San Antonio fue tentado por el diablo, que puso en práctica todas
sus artes para excitar sus pasiones, mientras que el peligro de Ambrosio
provenía de una mera mujer mortal, temerosa y modesta, cuyo temor a la caída
era no menos violento que el suyo propio.
«Sí —se dijo—; la desventurada se quedará. No tengo nada que temer de
su presencia. Aun cuando resultase ser yo demasiado débil para resistir la
tentación, estoy a salvo del peligro, merced a la inocencia de Matilde.»
Ambrosio debería haber sabido que, para un corazón inexperto, el vicio es siempre más peligroso cuando se oculta tras la máscara de la virtud.
Se sintió tan perfectamente recuperado que cuando el padre Pablos le visitó
otra vez por la noche, le pidió permiso para abandonar su aposento al día
siguiente. Le fue concedida su petición. Matilde no volvió a aparecer más esa
tarde, salvo en compañía de los monjes, cuando entraron todos juntos a
interesarse por la salud del abad. Parecía temer conversar con él en privado, y
sólo permaneció unos minutos en la habitación. El fraile durmió bien. Pero se
repitieron los sueños de la noche anterior, y sus sensaciones de voluptuosidad
se hicieron aún más agudas e intensas. Ante él flotaron las mismas visiones
voluptuosas: Matilde, con todo el esplendor de su belleza, se abrazaba a su
pecho y le prodigaba las más ardientes caricias. Él le correspondía con la
misma ansiedad, y ya estaba a punto de satisfacer sus deseos, cuando la
pérfida figura desapareció, dejándole sumido en todos los horrores de la
vergüenza y la decepción.
Despuntó el día. Cansado, abrumado y exhausto por estos sueños
provocativos, no se sintió con ánimos de abandonar la cama. Se excusó de
asistir a los maitines. Era la primera vez en su vida que faltaba. Se levantó
tarde. En todo el día no tuvo ocasión de hablar con Matilde sin testigos. Su
celda estaba constantemente llena de monjes deseosos de expresarle su
preocupación por su salud; y aún andaba ocupado en recibir sus
congratulaciones por su recuperación, cuando la campana los llamó a todos al
refectorio.
Después de comer, los monjes se separaron y se dispersaron por el jardín,
buscando un sitio donde la sombra de los árboles o el retiro de alguna gruta les
ofreciese el más agradable medio de dormir la siesta. El abad encaminó sus
pasos hacia la ermita, invitando a Matilde con una mirada a que le
acompañase. Obedeció ella, y le siguió en silencio. Entraron en la gruta y se
sentaron. Ninguno de los dos parecía deseoso de iniciar la conversación, y se
debatían bajo la influencia del mutuo embarazo. Por último, habló el abad: se
limitó a comentar cosas indiferentes, y Matilde le contestó en el mismo tono.
Parecía deseosa de hacerle olvidar que la persona que estaba sentada a su lado
era otra que Rosario. Ninguno de los dos se atrevía ni deseaba tampoco hacer
alusión al tema que más presente estaba en sus corazones.
Los esfuerzos de Matilde por parecer alegre eran evidentemente
dificultosos. Tenía el ánimo oprimido por el peso de la ansiedad, y cuando
hablaba, su voz era desmayada y débil. Parecía deseosa de terminar una
conversación que la aturdía; y quejándose de que no se sentía bien, pidió
permiso a Ambrosio para regresar a la abadía. Éste la acompañó hasta la
puerta de la celda; y cuando llegaron, el abad la detuvo para comunicarle que
le daba permiso para que siguiese compartiendo su soledad el tiempo que ella
gustase.
Pero ella no dio muestra alguna de alegría ante esta noticia, a pesar de que
el día anterior había estado tan deseosa de conseguir tal permiso.
—¡Ay, padre! —dijo, moviendo la cabeza tristemente—. ¡Vuestra bondad
llega demasiado tarde! Mi última hora está señalada. Debemos separarnos para
siempre. ¡Sin embargo, creed que agradezco vuestra generosidad, y vuestra
compasión, por una desventurada que tan poco la merece!
Se llevó el pañuelo a los ojos. Tenía la cogulla sólo medio echada sobre la
cara. Ambrosio observó que estaba pálida, y con los ojos cargados y hundidos.
—¡Válgame Dios! —exclamó—. ¡Estáis muy enferma, Matilde! Voy a
llamar inmediatamente al padre Pablos.
—No; no lo hagáis. Estoy enferma, es cierto. Pero él no puede curar mi
enfermedad. ¡Adiós, padre! Recordadme en vuestras oraciones mañana;
mientras, ¡yo os recordaré en el cielo!
Entró en la celda y cerró la puerta.
El abad le envió el médico sin perder un instante, y aguardó impaciente el
diagnóstico. Pero el padre Pablos regresó en seguida y declaró que había sido
en balde. Rosario se negaba a dejarle entrar y rechazaba sus ofrecimientos de
ayuda. No fue pequeña la desazón que esta información produjo a Ambrosio.
Sin embargo, decidió dejar que Matilde pasase la noche como deseaba;
aunque, si su estado no había mejorado por la mañana, insistiría en que la
reconociese el padre Pablos.
No sentía deseos de dormir. Abrió la ventana y se puso a contemplar los
rayos de la luna que jugaban sobre el pequeño riachuelo cuyas aguas bañaban
los muros del monasterio. El frescor de la brisa y la tranquilidad de la hora
infundieron en el ánimo del fraile una vaga tristeza. Pensó en la belleza y el
afecto de Matilde, en los placeres que podía haber compartido con ella, de no
haberse encontrado sujeto por los grillos monásticos. Pensó que al carecer de
esperanza, el amor de ella acabaría por sucumbir; que sin duda lograría apagar
su pasión y buscaría la felicidad en los brazos de otro más afortunado. Se
estremeció ante el vacío que la ausencia de Matilde dejaría en su corazón.
Consideró con disgusto la monotonía del convento, y exhaló un suspiro al
pensar en el mundo, del que se hallaba separado para siempre. Una llamada en
la puerta le interrumpió todas estas reflexiones. La campana de la iglesia había
dado ya las dos. El abad corrió a averiguar la causa de esta intromisión. Abrió
la puerta, y entró un hermano lego, cuyo semblante denotaba agitación y
premura.
—¡Apresuraos, reverendo padre! —dijo—. Corred a la celda del joven
Rosario. No para de insistir en que quiere veros. Está a punto de morir.