—¡Dios misericordioso! ¿Dónde está el padre Pablos? ¿Por qué no está
con él? ¡Oh, tengo miedo! ¡Tengo miedo!
—El padre Pablos le ha visto ya, pero su arte no puede hacer nada. Dice
que sospecha que el joven está envenenado.
—¿Envenenado? ¡Oh! ¡El desventurado! ¡Entonces es lo que yo me
sospechaba! Pero no perdamos un instante. ¡Quizá aún haya tiempo de
salvarle!
Echó a correr hacia la celda del novicio. Había ya varios monjes en su
cámara. El padre Pablos era uno de ellos, y sostenía una medicina en la mano,
la cual trataban de persuadir a Rosario que se tomase; los demás estaban
ocupados en admirar el divino semblante del paciente, que ahora veían por
primera vez. Su expresión era más encantadora que nunca. Ya no estaba pálido
ni lánguido. Un vivo rubor se había extendido por sus mejillas; sus ojos
brillaban con una alegría serena, y su gesto expresaba confianza y resignación.
—¡Oh, no me atormentéis más! —estaba diciendo a Pablos, cuando entró
el aterrado abad en la celda—; mi enfermedad está mucho más allá del alcance
de vuestra habilidad, y no deseo que me curéis de ella. —Luego, al ver a
Ambrosio, exclamó—: ¡Ah! ¡Aquí está! ¡Por fin le veo otra vez, antes de
partir para siempre! Dejadme, hermanos; es mucho lo que tengo que contar en
privado a este hombre santo.
Los monjes se retiraron inmediatamente, y Matilde y el abad se quedaron
solos.
—¿Qué habéis hecho, imprudente mujer? —exclamó éste, tan pronto como
se hubieron marchado todos—. Decidme, ¿son ciertas mis sospechas? ¿Voy a
perderos efectivamente? ¿Ha sido vuestra mano el instrumento de vuestra
destrucción?
Ella sonrió y le cogió la mano.
—¿En qué he sido imprudente, padre? He sacrificado un guijarro para
salvar un diamante. Mi muerte preserva una vida valiosa para el mundo, y más
querida para mí que la mía propia. Sí, padre: me he envenenado. Pero sabed
que este veneno circuló antes por vuestras venas.
—¡Matilde!
—Como os digo, estaba dispuesta a no revelároslo más que en el lecho de
muerte. Ahora, ha llegado ese momento. No podéis haber olvidado el día en
que os mordió el cientipedoro. El médico os desahució, declarándose
impotente para extraer el veneno. Yo sabía un medio, y no vacilé un instante
en emplearlo. Me dejaron sola con vos: vos dormíais. Os quité la venda de la
mano; besé la herida, y extraje la ponzoña con mis labios. El efecto ha sido más rápido de lo que yo esperaba. Siento la muerte en mi corazón. Antes de
una hora, habré pasado a un mundo mejor.
—¡Dios todopoderoso! —exclamó el abad, y se dejó caer casi exánime en
la cama.
Unos minutos después, se levantó de pronto, y se quedó mirando a Matilde
con todo el extravío de la desesperación.
—¡Os habéis sacrificado por mí! ¡Vais a morir, a morir por haber salvado a
Ambrosio! ¿Pero no existe un remedio, Matilde? ¿No existe ninguna
esperanza? ¡Decidme! ¡Oh! ¡Decídmelo! ¡Decidme que aún hay un medio de
salvaros!
—¡Consolaos, mi único amigo! Sí, aún tengo en mi poder un medio de
salvarme. Pero es un medio que no me atrevo a emplear. ¡Es peligroso! ¡Es
terrible! Sería comprar mi vida a un precio demasiado caro..., a menos que se
me permitiese vivir para vos.
—¡Entonces, vivid para mí, Matilde, para mí y mi gratitud! —Le cogió la
mano, y se la llevó arrebatadamente a los labios—. Recordad nuestras últimas
conversaciones; pues bien, ahora accedo a todo. Recordad con qué vívidos
colores me describisteis la unión de las almas; que sean las nuestras las que
realicen esa idea. Olvidemos las distinciones de los sexos, despreciemos los
prejuicios del mundo, y considerémonos el uno al otro tan sólo como
hermanos y amigos. ¡Vivid, pues, Matilde! ¡Oh! ¡Vivid para mí!
—¡Ambrosio, eso no puede ser! Cuando yo pensaba así, os engañaba y me
engañaba a mí misma. O muero ahora mismo, o me matarán los interminables
tormentos del deseo insatisfecho. ¡Oh!, desde nuestra última conversación, se
ha rasgado el velo espantoso que tenía delante de los ojos. No os amo ya con
la devoción que se tributa a un santo; ya no os aprecio por las virtudes de
vuestra alma: lo que anhelo es el goce de vuestra persona. En mi pecho
domina la mujer, y me he convertido en presa de las más violentas pasiones.
¡Fuera la amistad, que es palabra fría e insensible! Mi pecho arde de amor, de
incontenible amor, y sólo el amor puede aplacarlo. ¡Temblad, pues, Ambrosio,
temblad, si son escuchadas vuestras súplicas! Si vivo, vuestra fidelidad,
vuestra reputación, la recompensa por vuestra vida de sufrimientos, todo
cuanto estimáis, se habrá perdido irremediablemente. Ya no seré capaz de
combatir mis pasiones, aprovecharé cualquier ocasión para excitar vuestros
deseos, y me esforzaré en labrar vuestra deshonra y la mía. ¡No, no,
Ambrosio! ¡Ya no puedo vivir! Estoy cada vez más convencida de que no
tengo más que una alternativa; siento con cada latido que debo gozar de vos, o
morir.
—¡Me dejáis estupefacto! ¡Matilde! ¿Sois vos la que me habláis así? Hizo un movimiento como para levantarse. Ella profirió un grito, y medio
incorporándose de la cama, echó los brazos en torno al cuello del fraile para
detenerle.
—¡Oh! ¡No me dejéis! ¡Escuchad mis errores con compasión! Dentro de
unas horas, no existiré; un poco más, y me habré librado de esta pasión
vergonzosa.
—¡Desdichada! ¿Qué puedo deciros? Yo no puedo... No debo... ¡Pero
vivid, Matilde! ¡Oh! ¡Vivid!
—No os dais cuenta de lo que pedís. ¿Pues qué? ¿Viviré para hundirme en
la infamia? ¿Para convertirme en agente del mal? ¿Para labrar la destrucción
de los dos, la vuestra y la mía? ¡Sentid este corazón, padre!
Le cogió la mano. Confundido, turbado y fascinado, no la retiró, y sintió
debajo de ella palpitar su corazón.
—¡Sentid este corazón, padre! Aún lo habitan el honor, la verdad y la
castidad. Si mañana sigue latiendo, será presa de los más negros crímenes.
¡Oh! ¡Dejad, pues, que muera hoy! ¡Dejad que muera, mientras aún merezco
las lágrimas del virtuoso! ¡Quiero expirar así! —reclinó la cabeza sobre el
hombro de él, y su dorado cabello se derramó sobre su pecho—. Cobijada en
vuestros brazos, me sumiré en el sueño, vuestra mano cerrará mis ojos para
siempre, y vuestros labios recibirán mi último aliento. ¿Pensaréis alguna vez
en mí? ¿No derramaréis alguna vez una lágrima sobre mi tumba? ¡Oh! ¡Sí!
¡Sí! ¡Sí! ¡Este beso es mi garantía!
Era una hora avanzada. El silencio reinaba alrededor. La luz desmayada de
una lámpara solitaria iluminaba la figura de Matilde y difundía por la cámara
un resplandor confuso y misterioso. Ningún ojo indiscreto, ningún oído
curioso vigilaba a los amantes. No se oía nada, sino los melodiosos acentos de
Matilde. Ambrosio se hallaba en pleno vigor de la virilidad. Vio ante sí a una
mujer joven y hermosa, salvadora de su vida, adoradora de su persona, y cuyo
afecto la había llevado hasta el borde de la tumba. Estaba sentado junto a la
cama, su mano descansaba sobre el pecho de ella, que a su vez apoyaba la
cabeza sobre su pecho. ¿Qué tiene de extraño que cayera en la tentación?
Ebrio de deseo, apretó los labios sobre los labios que le buscaban. Sus besos
compitieron con los de Matilde en ardor y pasión. La estrechó
arrebatadamente entre sus brazos. Olvidó sus votos, su santidad y su fama. No
tuvo en cuenta otra cosa que el placer y la ocasión.
—¡Ambrosio! ¡Oh! ¡Ambrosio mío! —suspiró Matilde.
—¡Tuyo, tuyo para siempre! —murmuró el fraile, y se derrumbó sobre el
pecho de ella.