Capitulo 8

4585 Palabras
El marqués y Lorenzo prosiguieron en silencio hacia el palacio. El primero, entregado a evocar todas las circunstancias que recordaba que pudiesen producir la opinión más favorable en Lorenzo, sobre sus relaciones con Inés. En tanto el otro, justamente alarmado por el honor de su familia, se sentía desconcertado por la presencia del marqués. El lance que acababa de presenciar le impedía tratarle como amigo; y habiéndose confiado los intereses de Antonia a su mediación, consideraba poco oportuno tratarle como enemigo. De estas reflexiones concluyó que lo más prudente era guardar silencio, y esperar con impaciencia la explicación de don Raimundo. Llegaron al palacio de las Cisternas. El marqués le condujo inmediatamente a su aposento, y comenzó a expresarle su satisfacción por haberle encontrado en Madrid. Lorenzo le interrumpió: —Excusadme, señor —dijo en tono distante—, si respondo con alguna frialdad a vuestras expresiones de estima. En este asunto está implicado el honor de mi hermana: hasta que quede establecido y aclarado el objeto de vuestra correspondencia con Inés no puedo consideraros como amigo. Estoy deseando oír el significado de vuestra conducta, y espero que no demoréis la prometida explicación. —Primero, dadme vuestra palabra de que la oiréis con paciencia e indulgencia. —Quiero a mi hermana demasiado para juzgarla con dureza; y hasta este momento, no tenía un amigo al que quisiera más que a vos. Quiero confesar también, que estando en vuestro poder darme satisfacción en un asunto que me afecta tan hondo, me siento muy deseoso de encontraros aún merecedor de toda mi estima. —¡Lorenzo, me conmovéis! No podría brindárseme mayor placer que la ocasión de servir al hermano de Inés. —Convencedme de que puedo aceptar vuestros favores sin deshonor, y no habrá hombre en el mundo a quien tenga en más alto aprecio. —Probablemente, vuestra hermana os habrá mencionado ya el nombre de Alfonso de Alvarada. —Nunca. Aunque siento por Inés un afecto verdaderamente fraternal, las circunstancias nos han impedido estar juntos mucho tiempo. De niña fue confiada al cuidado de su tía, que estaba casada con un noble alemán. Permaneció en el castillo de éste hasta hace dos años, en que regresó a España, decidida a retirarse del mundo. —¡Santo Dios! ¿Conocíais vos su intención, y no hicisteis nada por disuadirla? —Marqués, me ofendéis. La noticia, que me llegó estando en Nápoles, me consternó profundamente, y me apresuré a regresar a Madrid con el expreso propósito de evitar este sacrificio. En cuanto llegué, corrí al convento de Santa Clara, en el que Inés había escogido hacer su noviciado. Pedí ver a mi hermana. Imaginad mi sorpresa cuando me envió una negativa. Declaró categóricamente que, temiendo mi influencia sobre ella, no quería aventurarse a hablar conmigo hasta la víspera de pronunciar los votos. Supliqué a las monjas; insistí en ver a Inés, y no vacilé en manifestar mis recelos de que se impedía que la viese en contra de su propia inclinación. Para librarse de mis acusaciones de violencia, la priora trajo unas líneas escritas con la letra de mi hermana, que yo conocía tan bien, en las que repetía el mensaje que ya me había dado. Todos los intentos que después hice por conseguir una entrevista con ella resultaron tan infructuosos como el primero. Se mantuvo inflexible, y no se me permitió verla hasta la víspera del día en que ingresó en el claustro para no dejarlo más. Esta entrevista tuvo lugar en presencia de nuestros principales parientes. Era la primera vez que la veía desde que era niña, y la escena fue de lo más conmovedora. Se arrojó sobre mi pecho, me besó, y lloró desconsoladamente. Traté de hacerla renunciar con todos los argumentos posibles, llorando, suplicando y poniéndome de rodillas. Le expliqué todos los rigores de la vida religiosa; pinté a su imaginación todos los placeres a los que iba a renunciar, y le supliqué que me revelase qué era lo que la hacía rechazar el mundo. Ante esta pregunta se puso pálida, y sus lágrimas brotaron con mayor abundancia. Me pidió que no insistiera en esta cuestión. Que me bastase saber que su resolución estaba tomada, y que el único lugar donde ella podía encontrar la paz era el convento. Persistió en su propósito y pronunció los votos. La visité frecuentemente en las rejas, y cada momento que pasaba con ella me hacía sentir más aflicción por su pérdida. Poco después me marché de Madrid; regresé ayer mismo por la tarde; y desde entonces, aún no he tenido tiempo de ir al convento de Santa Clara. —Entonces, hasta que yo no os lo he mencionado, ¿no habíais oído el nombre de Alfonso de Alvarada? —Perdonadme: mi tía me escribió que un aventurero así llamado había encontrado el medio de introducirse en el castillo de Lindenberg; que había logrado ganarse las simpatías de mi hermana, que incluso había accedido a huir con él. Sin embargo, antes de que pudiesen poner en práctica dicho plan, este caballero descubrió que las propiedades que él creía que poseía Inés en la Española me pertenecían en realidad a mí. Esta información le hizo cambiar los planes. Desapareció el día que habían concertado huir; e Inés, desesperada ante esta perfidia y bajeza, había decidido retirarse a un convento. Añadió que como este aventurero se había hecho pasar por un amigo mío, deseaba saber si yo le conocía. Le contesté que no. No tenía idea de que Alfonso de Alvarada y el marqués de las Cisternas fue sen la misma persona. La descripción que me había dado del primero no encajaba de ningún modo con la que yo conocía del segundo. —En esto reconozco fácilmente el pérfido carácter de doña Rodolfa. Cada palabra de esta relación está marcada con el sello de su malicia, su falsía y su habilidad para confundir a quienes quiere hacer daño. Perdonadme, Medina, por hablaros con tanta desenvoltura de vuestra pariente; el daño que me ha hecho autoriza mi resentimiento, y cuando hayáis oído mi historia quedaréis convencido de que mis expresiones no son demasiado severas. A continuación, comenzó su relato de la siguiente manera... HISTORIA DE DON RAIMUNDO, MARQUÉS DE LAS CISTERNAS Mi larga experiencia, mi querido Lorenzo, me ha convencido de cuán generosa es vuestra naturaleza: no he esperado vuestra declaración de ignorancia respecto a las aventuras de vuestra hermana para comprender que os han sido ocultadas con toda intención. De haber llegado a vuestro conocimiento, ¡cuántas desventuras nos habríamos ahorrado Inés y yo! ¡Pero el destino había determinado lo contrario! Vos estabais de viaje cuando conocí a vuestra hermana; y como nuestros enemigos cuidaron de ocultarle a ella vuestra dirección, le fue imposible imploraros vuestra protección y consejo. Al marcharme de Salamanca, en cuya Universidad, según he sabido después, habéis permanecido un año después de irme yo, emprendí inmediatamente una serie de viajes. Mi padre me suministró dinero liberalmente; pero insistió en que ocultase mi linaje y no me diese a conocer sino como un caballero particular. Esta petición se debía a los consejos de un amigo, el duque de Villa Hermosa, un noble cuyo talento y conocimiento del mundo me han causado siempre la más profunda veneración. —Creedme —me dijo—, mi querido Raimundo; después os daréis cuenta de los beneficios de esta temporal degradación. Es cierto que como conde de las Cisternas seríais recibido con los brazos abiertos y vuestra juvenil vanidad se sentiría halagada por las atenciones que os lloverían de todos lados. De este otro modo, casi todo dependerá de vos: tenéis excelentes recomendaciones, pero debe ser asunto vuestro utilizarlas. Deberéis esforzaros en ganar la aprobación de aquellos a quienes seréis presentado. Quienes hubiesen buscado con solicitud la amistad del conde de las Cisternas, no habrían tenido interés en averiguar vuestros méritos, ni en soportar con paciencia los defectos de Alfonso de Alvarada. Por tanto, cuando os veáis realmente aceptado, podréis atribuirlo con seguridad a vuestras buenas cualidades, no a vuestro linaje, y la distinción que se os haga os resultará infinitamente más satisfactoria. Además, vuestra insigne cuna no os permitiría mezclaros con las clases inferiores de la sociedad, cosa que ahora estará en vuestro poder, y de lo cual, en mi opinión, sacaréis considerable beneficio. No limitéis vuestro contacto a los ilustres de los países que vayáis a visitar. Examinad los hábitos y costumbres de la multitud. Entrad en las cabañas, y observad cómo son tratados los vasallos de los extranjeros; aprended a disminuir las cargas y a aumentar el bienestar de los vuestros. A mi modo de ver, entre las ventajas que un joven destinado a la posesión de poder y riqueza puede obtener de un viaje, no debía tener por menos esencial la ocasión de mezclarse con las clases que son inferiores a la suya, y hacerse testigo ocular de los sufrimientos del pueblo. Perdonadme, Lorenzo, si os parece aburrido mi relato. La estrecha relación que ahora existe entre nosotros me hace estar deseoso de que conozcáis cada detalle sobre mí; y en mi temor de omitir la mínima circunstancia que pueda induciros a juzgar favorablemente a vuestra hermana y a mí, puede que os cuente muchas cosas que os parecerán sin interés. Seguí el consejo del duque; no tardé en convencerme de lo atinado que era. Salí de España, con el supuesto título de don Alfonso de Alvarada, asistido por un solo criado de probada fidelidad. París fue el destino de mi primera etapa. Durante un tiempo me sentí encantado, como efectivamente se debe de sentir todo hombre que es joven, rico y amante de los placeres. Sin embargo, entre todas las alegrías, sentía que faltaba algo a mi corazón. Acabó por hastiarme la disipación: descubría que las gentes entre las que vivía y cuyo exterior era tan cortés y seductor, eran frívolas en el fondo, insensibles e hipócritas. Me aparté de los habitantes de París con repugnancia, y abandoné el teatro del lujo sin un suspiro de pesar. Entonces enderecé mi rumbo hacia Alemania con intención de visitar la mayor parte de las cortes principales. Antes de esta expedición, quise estar algún tiempo en Estrasburgo. Al descender de mi coche en Luneville para tomar algún refrigerio, observé un espléndido carruaje, escoltado por cuatro criados de rica librea, el cual estaba detenido a la puerta del León de Plata. Poco después, estando yo asomado a la ventana, vi a una dama de noble presencia, seguida de dos acompañantes, que subía en el carruaje, poniéndose éste en marcha inmediatamente. Pregunté al posadero quién era la dama que acababa de partir. —Una baronesa alemana, monsieur, de gran alcurnia y fortuna. Ha venido a visitar a la duquesa de Longueville, según me han informado sus criados; ahora se dirige a Estrasburgo, donde se reunirá con su esposo y regresarán juntos a su castillo de Alemania. Reanudé mi viaje con la intención de llegar a Estrasburgo esa noche. Mi esperanza, empero, se vio frustrada al estropearse mi coche. El accidente ocurrió en medio de un tupido bosque, y no me sentí poco desconcertado sobre qué decisión tomar. Estábamos en pleno invierno. La noche cerraba ya en torno nuestro, y Estrasburgo, que era la ciudad más próxima, aún distaba de nosotros varias leguas. Me pareció que mi única alternativa, si no quería pasar la noche en el bosque, era tomar el caballo del criado y dirigirme a Estrasburgo, empresa que en aquella época del año estaba muy lejos de ser agradable. Sin embargo, no viendo otro recurso, tuve que decidirme por hacerlo así. De modo que comuniqué lo que había determinado al postillón, diciéndole que le enviaría a alguien para que le ayudase tan pronto como llegara a Estrasburgo. No confiaba demasiado en su honradez. Pero dado que dejaba a Stephano bien armado, y siendo el cochero de edad avanzada, consideré que no había peligro de perder mi equipaje. Afortunadamente, según entonces me pareció, se me: presentó la ocasión de pasar la noche más agradablemente de lo que yo esperaba. Al mencionar mi deseo de continuar solo hasta Estrasburgo, el postillón movió la cabeza con desaprobación. —Es demasiada distancia —dijo—; os será difícil llegar sin un guía. Además, monsieur no parece acostumbrado a los rigores de esta época, y es posible que no pueda soportar el frío excesivo... —¿Por qué me ponéis todas esas objeciones? —dije, interrumpiéndole impaciente—; no tengo otra solución: aún sería mayor el riesgo de perecer de frío si pasamos la noche en el bosque. —¿Pasar la noche en el bosque? —replicó—. ¡Uh, por Saint Denis! No estamos en un trance tan apurado, por ahora. Si no me equivoco, nos encontramos a menos de cinco minutos de la cabaña de mi viejo amigo Baptiste. Es leñador, y persona muy honrada. No dudo que os cobijará por esta noche con mucho gusto. Entretanto, puedo coger el caballo ensillado e ir a Estrasburgo y volver con gente que pueda reparar vuestro carruaje al amanecer. —¡En nombre de Dios! —dije yo—, ¿cómo me habéis tenido tanto tiempo en suspenso? ¿Por qué no me habéis hablado antes de esa cabaña? ¡Qué estupidez! —Creí que quizá monsieur no se dignaría aceptar... —¡Absurdo! ¡Vamos, vamos! No hablemos más; conducidnos sin demora a casa de ese leñador. Obedeció, y emprendimos el camino: los caballos tiraban con dificultad del estropeado vehículo, detrás de nosotros. Mi criado se había quedado casi sin habla, y yo empecé a sentir los efectos del frío antes de llegar a la deseada cabaña. Era una construcción pequeña aunque aseada. Al acercarnos, me alegró observar a través de las ventanas un fuego reconfortante. Nuestro conductor llamó a la puerta. Transcurrió un rato antes de obtener respuesta. La gente del interior pareció dudar si admitirnos o no. —¡Vamos! ¡Vamos, amigo Baptiste! —gritó el conductor con impaciencia —. ¿Qué os pasa? ¿Estáis dormido? ¿O es que queréis negarle cobijo por una noche a un caballero cuyo coche acaba de averiarse en el bosque? —¡Ah! ¿Sois vos, mi buen Claude? —replicó una voz de hombre en el interior—. Aguardad un momento, y os abriré la puerta. Poco después descorrieron los cerrojos. Se abrió la puerta y apareció ante nosotros un hombre con una lámpara en la mano. Dio al conductor una efusiva acogida, y luego se dirigió a mí. —Entrad, señor; entrad y sed bien venido. Excusadme por no haberos abierto antes. Pero hay tantos salteadores por estos lugares, que de no ser por vuestro aspecto, os habría podido tomar por uno de ellos. Diciendo esto, me condujo a la habitación donde yo había visto el fuego. Inmediatamente, me acomodé en una silla que había cerca de la chimenea. Una mujer, que supuse sería esposa de mi anfitrión, se levantó de su asiento al entrar yo y me acogió con una leve y fría reverencia. No contestó a mi saludo, sino que volvió a sentarse inmediatamente y prosiguió la labor en la que estaba ocupada. La actitud de su marido era amistosa en la misma medida que la de ella era seca y desabrida. —Desearía poder ofreceros un alojamiento más cómodo, monsieur —dijo —; pero no podernos presumir de tener demasiado espacio en esta choza. Sin embargo, creo que podré cederos un aposento a vos, y otro a vuestro criado. Tendréis que conformaros con una modesta cena; pero cuanto tenemos, creedme, os lo ofrecemos de corazón. —Luego, volviéndose a su mujer—: ¡Cómo, cómo es que sigues sentada ahí, Marguerite, con toda tranquilidad, como si no hubiese nada que hacer! ¡Muévete, mujer! ¡Muévete! Haz algo de cenar; pon sábanas limpias. Vamos, vamos; echa unos troncos al fuego. El caballero parece muerto de frío. La mujer arrojó su labor sobre la mesa y procedió a ejecutar las órdenes de su esposo con manifiesta desgana. Su semblante me había desagradado desde el primer momento. Sin embargo, en conjunto, sus facciones eran incuestionablemente hermosas; pero tenía la piel cetrina y el cuerpo flaco y endeble. Una expresión ceñuda y sombría contraía su rostro, confiriéndole tan elocuentes huellas de rencor y malquerencia, que no podían pasar inadvertidas ni al observador más distraído. Cada mirada o gesto suyo manifestaba disgusto e impaciencia, y la contestación que le dio a Baptiste cuando éste le reprochó que replicara con malhumor a sus cortesías, fue áspera, breve y cortante. En suma, desde el principio concebí tanta antipatía por ella como predisposición en favor del marido, cuyo semblante inspiraba estima y confianza. Tenía una cara franca, sincera y amistosa; sus modales poseían toda la honradez del campesino, sin ser rudos. Sus mejillas eran anchas, llenas y coloradas, y la solidez de su persona parecía ofrecer una amplia defensa de la endeblez de su mujer. Por las arrugas de su frente, juzgué que había rebasado los sesenta. Pero sobrellevaba bien la edad, y parecía mantenerse aún fuerte y vigoroso. La esposa no podía tener más de treinta años, aunque su vivacidad y su ánimo habían envejecido mucho más que los del esposo. No obstante, a pesar de su desgana, Marguerite empezó a preparar la cena, mientras el leñador conversaba alegremente sobre temas diversos. El postillón, que a la sazón se había provisto de una botella de licor, estaba dispuesto ya para salir hacia Estrasburgo, y me preguntó si deseaba darle alguna otra orden. —¿A Estrasburgo? —interrumpió Baptiste—; no pensaréis ir allá esta noche. —Perdonad: si no traigo obreros que arreglen el coche, ¿cómo va a proseguir monsieur su viaje mañana? —Eso es verdad, había olvidado el coche. Bien, pero Claude, podríais comer un poco, ¿no? Total os hará perder muy poco tiempo, y monsieur es sin duda demasiado bueno para enviar allá a alguien con el estómago vacío, y en una noche tan tremendamente fría como ésta. Asentí con mucho gusto, diciéndole al postillón que no tendría ninguna importancia que llegase yo a Estrasburgo al día siguiente una hora o dos más tarde. Me dio las gracias, y saliendo luego de la cabaña con Stephano, entró los caballos en el establo del leñador. Baptiste les siguió hasta la puerta y se asomó con preocupación. —¡Sopla un viento cortante! —dijo—. ¡Me pregunto qué será lo que entretiene tanto a los chicos! Monsieur, le presentaré a dos de los muchachos más apuestos que visten y calzan. El mayor tiene veintitrés años, y el otro es un año más joven. En sensatez, valor y disposición para el trabajo no hay otros en cincuenta millas a la redonda. ¡Ojalá estuvieran ya de vuelta! Empiezo a preocuparme. Marguerite estaba poniendo el mantel. —¿Y vos, no estáis también preocupada por el regreso de vuestros hijos? —le pregunté a ella. —¡Yo no! —replicó de mal humor—. No son hijos míos. caballero por haberte hecho una simple pregunta. Si no pusieras esa cara de enfado, no te habría creído él tan vieja como para tener un hijo de veintitrés. ¡Pero ya ves lo que te beneficia el mal humor! Excusad la rudeza de mi esposa, monsieur. Se enfada por nada; la ha incomodado que no os dierais cuenta de que aún no ha cumplido los treinta. Ha sido eso, ¿verdad, Marguerite? Ya sabéis, monsieur, lo quisquillosas que son las mujeres con la edad. ¡Vamos! ¡Vamos, Marguerite!; sonríe un poco. Aunque no tienes hijos tan mayores, los tendrás dentro de veinte años, y espero que vivamos lo bastante para verlos tan sanos como Jacques y Robert. Marguerite juntó las manos con apasionamiento. —¡No lo permita Dios! —dijo—. ¡No lo permita Dios! ¡Si los tuviera, los estrangularía con mis propias manos! Se marchó apresuradamente de la habitación, y subió a los aposentos. No pude por menos de manifestar al leñador cuánto le compadecía por verle encadenado para siempre a una compañera tan hosca. —¡Ah, Señor! Monsieur, a cada uno le toca su parte de calvario, y el mío es Marguerite. Sin embargo, en el fondo no es mala, sino que está siempre malhumorada. Lo peor es que su afecto por los dos hijos que tuvo con su anterior marido la hace portarse como una madrastra con los míos. No puede soportar su presencia, y si fuera por ella, no volverían a poner los pies en esta casa. Pero en eso no estoy dispuesto a transigir, y jamás consentiré en abandonar a los pobres muchachos a su suerte por el mundo, como tantas veces me ha pedido ella que haga. En todo lo demás, la dejo que mande lo que quiera; y lo cierto es que lleva la casa excelentemente, eso hay que decirlo en su favor. Estábamos conversando de esta manera, cuando vimos nuestro discurso interrumpido por una voz que llamó a lo lejos, desde el bosque... —¡Mis hijos, espero! —exclamó el leñador, y corrió a abrir la puerta. Se repitió la voz. Ahora distinguimos el cabalgar de caballos, y poco después se detenía ante la puerta de la cabaña un carruaje escoltado por varios caballeros. Uno de los jinetes preguntó cuánto faltaba para llegar a Estrasburgo. Como se había dirigido a mí, le dije el número de millas que Claude me había dicho antes; a lo cual descargó una andanada de maldiciones contra los cocheros por haber extraviado el camino. Informó a continuación a las personas del interior del coche de la distancia que faltaba, así como que los caballos estaban tan cansados que no podían proseguir. Una dama, que parecía ser la dueña, se mostró muy contrariada ante esta información. Pero como no tenía remedio, uno de los que le daban escolta preguntó al leñador si podía proporcionarles alojamiento por una noche. Este pareció desconcertado, y contestó que no, añadiendo que un caballero español y su criado ocupaban los únicos aposentos libres que había en la casa. Al oír esto, la galantería de mi nación no me permitió retener dichos acomodos, de los que tenía necesidad una mujer. Inmediatamente, indiqué al leñador que cedía mi derecho a la dama; él puso algunas objeciones, pero se las rebatí, y corriendo al carruaje, abrí la puerta y ayudé a la dama a descender. Inmediatamente reconocí en ella a la persona que había visto en la posada de Luneville. Aproveché la ocasión para preguntar a uno de sus acompañantes cómo se llamaba. —La baronesa de Lindenberg —me contestó. No pude por menos de observar cuán diferente fue la acogida que nuestro anfitrión dispensó a los recién llegados y a mí. Su renuencia a admitirles se hizo patente en su semblante, y tuvo que hacer esfuerzos para darle a la dama la bienvenida. La condujo a la casa y la acomodó en la butaca que yo acababa de dejar. Ella me dio las gracias muy cortésmente, y pidió mil perdones por haberme causado tal incomodidad. Súbitamente, el semblante del leñador se iluminó. —¡Por fin lo he arreglado! —dijo, interrumpiendo las excusas de ella—; puedo alojaros a vos y vuestro séquito, señora, y no tendréis necesidad de hacer sufrir a este caballero la incomodidad a que le obliga su cortesía. Tenemos dos aposentos, uno para la dama, y el otro, monsieur, para vos. Mi esposa cederá el suyo a las dos doncellas que la acompañan; en cuanto a los criados, deberán conformarse con pasar la noche en el granero, que está a unas yardas de la casa. Tendrán fuego, y la mejor cena que les podamos preparar. Tras varias expresiones de agradecimiento por parte de la dama, y de oposición por la mía a que Marguerite cediese su cama, quedó acordado este arreglo. Como la estancia era pequeña, la baronesa despidió inmediatamente a los criados. Y estaba a punto Baptiste de conducirles al granero que había mencionado, cuando aparecieron dos jóvenes en la puerta de la cabaña. —¡Ira de Satanás! —exclamó el primero volviéndose al otro—. ¡Robert, la casa está llena de extranjeros! —¡Ah! ¡Aquí están mis hijos! —exclamó nuestro anfitrión—. ¡Eh, Jacques! ¡Robert! ¿Adónde vais tan corriendo, muchachos? Aquí hay sitio de sobra para vosotros. Ante esta afirmación, los jóvenes regresaron. El padre nos los presentó a la baronesa y a mí; tras lo cual, el leñador salió con nuestros criados, mientras que a petición de las dos doncellas, Marguerite las condujo a la habitación de su señora. Los dos jóvenes recién llegados eran altos, fornidos, bien formados y muy tostados por el sol. Nos presentaron sus respetos con pocas palabras, y saludaron a Claude, que entraba en ese momento en la habitación, como a un viejo conocido. Luego se quitaron las capas en las que venían envueltos, se despojaron de los cinturones de cuero, de los que colgaban dos largos machetes, y sacándose cada uno un par de pistolas de la cintura, las dejaron sobre un estante. —Viajan bien armados —observé. —Cierto, monsieur —convino Robert—. Hemos salido de Estrasburgo ya de noche, y es preciso tomar precauciones para atravesar el bosque después de oscurecer. No goza de buena fama, os lo aseguro. —¿Cómo? —dijo la baronesa—. ¿Hay salteadores por aquí? —Eso dicen, madame; por mi parte, he cruzado este bosque a todas horas, y jamás he topado con ninguno. Marguerite regresó en ese momento. Sus hijastros la condujeron al otro extremo de la habitación y conferenciaron con ella en voz baja durante unos minutos. Por las miradas que echaban a intervalos, deduje que le preguntaban qué hacíamos en la cabaña. Entretanto, la baronesa manifestó el temor de que su esposo se inquietase por ella. Había pensado enviar a uno de sus criados, para informar al barón del motivo de su demora. Pero la noticia que los jóvenes habían dado del bosque hacía el plan irrealizable. Claude la sacó de este apuro. Le comunicó que él tenía necesidad de llegar a Estrasburgo esa noche, y que si ella deseaba confiarle una carta, podía estar segura de que sería entregada debidamente. —¿Y cómo es —pregunté— que vos no tenéis ningún miedo de tropezaros con los salteadores? —¡Ay! Monsieur, un pobre cargado de hijos no debe desperdiciar la oportunidad de sacar algún provecho, sólo porque supone algún peligro, y quizá mi señor el barón recompense de algún modo mis trabajos. Además, no tengo nada que perder, salvo la vida, que de nada les valdría a los bandidos quitármela. Sus argumentos no me parecieron convincentes y le aconsejé que esperase hasta la mañana siguiente. Pero como la baronesa no me secundó, me vi obligado a renunciar a la discusión. La baronesa de Lindenberg, como averigüé más tarde, estaba acostumbrada a sacrificar los intereses de los demás al suyo propio, y su deseo de enviar a Claude a Estrasburgo le impedía ver el peligro de la empresa. De modo que se decidió que éste saldría sin demora. La baronesa escribió una carta a su esposo, y yo envié unas líneas a mi banquero, notificándole que no estaría en Estrasburgo hasta el día siguiente. —¡Vamos, vamos, Marguerite! —dijo el marido—; no te enfades con el
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