El marqués y Lorenzo prosiguieron en silencio hacia el palacio. El
primero, entregado a evocar todas las circunstancias que recordaba que
pudiesen producir la opinión más favorable en Lorenzo, sobre sus relaciones
con Inés. En tanto el otro, justamente alarmado por el honor de su familia, se
sentía desconcertado por la presencia del marqués. El lance que acababa de
presenciar le impedía tratarle como amigo; y habiéndose confiado los intereses
de Antonia a su mediación, consideraba poco oportuno tratarle como enemigo.
De estas reflexiones concluyó que lo más prudente era guardar silencio, y
esperar con impaciencia la explicación de don Raimundo.
Llegaron al palacio de las Cisternas. El marqués le condujo
inmediatamente a su aposento, y comenzó a expresarle su satisfacción por
haberle encontrado en Madrid. Lorenzo le interrumpió:
—Excusadme, señor —dijo en tono distante—, si respondo con alguna
frialdad a vuestras expresiones de estima. En este asunto está implicado el
honor de mi hermana: hasta que quede establecido y aclarado el objeto de
vuestra correspondencia con Inés no puedo consideraros como amigo. Estoy
deseando oír el significado de vuestra conducta, y espero que no demoréis la
prometida explicación.
—Primero, dadme vuestra palabra de que la oiréis con paciencia e
indulgencia.
—Quiero a mi hermana demasiado para juzgarla con dureza; y hasta este
momento, no tenía un amigo al que quisiera más que a vos. Quiero confesar
también, que estando en vuestro poder darme satisfacción en un asunto que me
afecta tan hondo, me siento muy deseoso de encontraros aún merecedor de
toda mi estima.
—¡Lorenzo, me conmovéis! No podría brindárseme mayor placer que la
ocasión de servir al hermano de Inés.
—Convencedme de que puedo aceptar vuestros favores sin deshonor, y no
habrá hombre en el mundo a quien tenga en más alto aprecio.
—Probablemente, vuestra hermana os habrá mencionado ya el nombre de
Alfonso de Alvarada.
—Nunca. Aunque siento por Inés un afecto verdaderamente fraternal, las
circunstancias nos han impedido estar juntos mucho tiempo. De niña fue
confiada al cuidado de su tía, que estaba casada con un noble alemán.
Permaneció en el castillo de éste hasta hace dos años, en que regresó a España, decidida a retirarse del mundo.
—¡Santo Dios! ¿Conocíais vos su intención, y no hicisteis nada por
disuadirla?
—Marqués, me ofendéis. La noticia, que me llegó estando en Nápoles, me
consternó profundamente, y me apresuré a regresar a Madrid con el expreso
propósito de evitar este sacrificio. En cuanto llegué, corrí al convento de Santa
Clara, en el que Inés había escogido hacer su noviciado. Pedí ver a mi
hermana. Imaginad mi sorpresa cuando me envió una negativa. Declaró
categóricamente que, temiendo mi influencia sobre ella, no quería aventurarse
a hablar conmigo hasta la víspera de pronunciar los votos. Supliqué a las
monjas; insistí en ver a Inés, y no vacilé en manifestar mis recelos de que se
impedía que la viese en contra de su propia inclinación. Para librarse de mis
acusaciones de violencia, la priora trajo unas líneas escritas con la letra de mi
hermana, que yo conocía tan bien, en las que repetía el mensaje que ya me
había dado. Todos los intentos que después hice por conseguir una entrevista
con ella resultaron tan infructuosos como el primero. Se mantuvo inflexible, y
no se me permitió verla hasta la víspera del día en que ingresó en el claustro
para no dejarlo más. Esta entrevista tuvo lugar en presencia de nuestros
principales parientes. Era la primera vez que la veía desde que era niña, y la
escena fue de lo más conmovedora. Se arrojó sobre mi pecho, me besó, y lloró
desconsoladamente. Traté de hacerla renunciar con todos los argumentos
posibles, llorando, suplicando y poniéndome de rodillas. Le expliqué todos los
rigores de la vida religiosa; pinté a su imaginación todos los placeres a los que
iba a renunciar, y le supliqué que me revelase qué era lo que la hacía rechazar
el mundo. Ante esta pregunta se puso pálida, y sus lágrimas brotaron con
mayor abundancia. Me pidió que no insistiera en esta cuestión. Que me
bastase saber que su resolución estaba tomada, y que el único lugar donde ella
podía encontrar la paz era el convento. Persistió en su propósito y pronunció
los votos. La visité frecuentemente en las rejas, y cada momento que pasaba
con ella me hacía sentir más aflicción por su pérdida. Poco después me marché
de Madrid; regresé ayer mismo por la tarde; y desde entonces, aún no he
tenido tiempo de ir al convento de Santa Clara.
—Entonces, hasta que yo no os lo he mencionado, ¿no habíais oído el
nombre de Alfonso de Alvarada?
—Perdonadme: mi tía me escribió que un aventurero así llamado había
encontrado el medio de introducirse en el castillo de Lindenberg; que había
logrado ganarse las simpatías de mi hermana, que incluso había accedido a
huir con él. Sin embargo, antes de que pudiesen poner en práctica dicho plan,
este caballero descubrió que las propiedades que él creía que poseía Inés en la
Española me pertenecían en realidad a mí. Esta información le hizo cambiar
los planes. Desapareció el día que habían concertado huir; e Inés, desesperada ante esta perfidia y bajeza, había decidido retirarse a un convento. Añadió que
como este aventurero se había hecho pasar por un amigo mío, deseaba saber si
yo le conocía. Le contesté que no. No tenía idea de que Alfonso de Alvarada y
el marqués de las Cisternas fue sen la misma persona. La descripción que me
había dado del primero no encajaba de ningún modo con la que yo conocía del
segundo.
—En esto reconozco fácilmente el pérfido carácter de doña Rodolfa. Cada
palabra de esta relación está marcada con el sello de su malicia, su falsía y su
habilidad para confundir a quienes quiere hacer daño. Perdonadme, Medina,
por hablaros con tanta desenvoltura de vuestra pariente; el daño que me ha
hecho autoriza mi resentimiento, y cuando hayáis oído mi historia quedaréis
convencido de que mis expresiones no son demasiado severas.
A continuación, comenzó su relato de la siguiente manera...
HISTORIA DE DON RAIMUNDO, MARQUÉS DE LAS CISTERNAS
Mi larga experiencia, mi querido Lorenzo, me ha convencido de cuán
generosa es vuestra naturaleza: no he esperado vuestra declaración de
ignorancia respecto a las aventuras de vuestra hermana para comprender que
os han sido ocultadas con toda intención. De haber llegado a vuestro
conocimiento, ¡cuántas desventuras nos habríamos ahorrado Inés y yo! ¡Pero
el destino había determinado lo contrario! Vos estabais de viaje cuando conocí
a vuestra hermana; y como nuestros enemigos cuidaron de ocultarle a ella
vuestra dirección, le fue imposible imploraros vuestra protección y consejo.
Al marcharme de Salamanca, en cuya Universidad, según he sabido
después, habéis permanecido un año después de irme yo, emprendí
inmediatamente una serie de viajes. Mi padre me suministró dinero
liberalmente; pero insistió en que ocultase mi linaje y no me diese a conocer
sino como un caballero particular. Esta petición se debía a los consejos de un
amigo, el duque de Villa Hermosa, un noble cuyo talento y conocimiento del
mundo me han causado siempre la más profunda veneración.
—Creedme —me dijo—, mi querido Raimundo; después os daréis cuenta
de los beneficios de esta temporal degradación. Es cierto que como conde de
las Cisternas seríais recibido con los brazos abiertos y vuestra juvenil vanidad
se sentiría halagada por las atenciones que os lloverían de todos lados. De este
otro modo, casi todo dependerá de vos: tenéis excelentes recomendaciones,
pero debe ser asunto vuestro utilizarlas. Deberéis esforzaros en ganar la
aprobación de aquellos a quienes seréis presentado. Quienes hubiesen buscado
con solicitud la amistad del conde de las Cisternas, no habrían tenido interés
en averiguar vuestros méritos, ni en soportar con paciencia los defectos de
Alfonso de Alvarada. Por tanto, cuando os veáis realmente aceptado, podréis
atribuirlo con seguridad a vuestras buenas cualidades, no a vuestro linaje, y la distinción que se os haga os resultará infinitamente más satisfactoria. Además,
vuestra insigne cuna no os permitiría mezclaros con las clases inferiores de la
sociedad, cosa que ahora estará en vuestro poder, y de lo cual, en mi opinión,
sacaréis considerable beneficio. No limitéis vuestro contacto a los ilustres de
los países que vayáis a visitar. Examinad los hábitos y costumbres de la
multitud. Entrad en las cabañas, y observad cómo son tratados los vasallos de
los extranjeros; aprended a disminuir las cargas y a aumentar el bienestar de
los vuestros. A mi modo de ver, entre las ventajas que un joven destinado a la
posesión de poder y riqueza puede obtener de un viaje, no debía tener por
menos esencial la ocasión de mezclarse con las clases que son inferiores a la
suya, y hacerse testigo ocular de los sufrimientos del pueblo.
Perdonadme, Lorenzo, si os parece aburrido mi relato. La estrecha relación
que ahora existe entre nosotros me hace estar deseoso de que conozcáis cada
detalle sobre mí; y en mi temor de omitir la mínima circunstancia que pueda
induciros a juzgar favorablemente a vuestra hermana y a mí, puede que os
cuente muchas cosas que os parecerán sin interés.
Seguí el consejo del duque; no tardé en convencerme de lo atinado que era.
Salí de España, con el supuesto título de don Alfonso de Alvarada, asistido por
un solo criado de probada fidelidad. París fue el destino de mi primera etapa.
Durante un tiempo me sentí encantado, como efectivamente se debe de sentir
todo hombre que es joven, rico y amante de los placeres. Sin embargo, entre
todas las alegrías, sentía que faltaba algo a mi corazón. Acabó por hastiarme la
disipación: descubría que las gentes entre las que vivía y cuyo exterior era tan
cortés y seductor, eran frívolas en el fondo, insensibles e hipócritas. Me aparté
de los habitantes de París con repugnancia, y abandoné el teatro del lujo sin un
suspiro de pesar.
Entonces enderecé mi rumbo hacia Alemania con intención de visitar la
mayor parte de las cortes principales. Antes de esta expedición, quise estar
algún tiempo en Estrasburgo. Al descender de mi coche en Luneville para
tomar algún refrigerio, observé un espléndido carruaje, escoltado por cuatro
criados de rica librea, el cual estaba detenido a la puerta del León de Plata.
Poco después, estando yo asomado a la ventana, vi a una dama de noble
presencia, seguida de dos acompañantes, que subía en el carruaje, poniéndose
éste en marcha inmediatamente.
Pregunté al posadero quién era la dama que acababa de partir.
—Una baronesa alemana, monsieur, de gran alcurnia y fortuna. Ha venido
a visitar a la duquesa de Longueville, según me han informado sus criados;
ahora se dirige a Estrasburgo, donde se reunirá con su esposo y regresarán
juntos a su castillo de Alemania.
Reanudé mi viaje con la intención de llegar a Estrasburgo esa noche. Mi esperanza, empero, se vio frustrada al estropearse mi coche. El accidente
ocurrió en medio de un tupido bosque, y no me sentí poco desconcertado sobre
qué decisión tomar. Estábamos en pleno invierno. La noche cerraba ya en
torno nuestro, y Estrasburgo, que era la ciudad más próxima, aún distaba de
nosotros varias leguas. Me pareció que mi única alternativa, si no quería pasar
la noche en el bosque, era tomar el caballo del criado y dirigirme a
Estrasburgo, empresa que en aquella época del año estaba muy lejos de ser
agradable. Sin embargo, no viendo otro recurso, tuve que decidirme por
hacerlo así. De modo que comuniqué lo que había determinado al postillón,
diciéndole que le enviaría a alguien para que le ayudase tan pronto como
llegara a Estrasburgo. No confiaba demasiado en su honradez. Pero dado que
dejaba a Stephano bien armado, y siendo el cochero de edad avanzada,
consideré que no había peligro de perder mi equipaje.
Afortunadamente, según entonces me pareció, se me: presentó la ocasión
de pasar la noche más agradablemente de lo que yo esperaba. Al mencionar mi
deseo de continuar solo hasta Estrasburgo, el postillón movió la cabeza con
desaprobación.
—Es demasiada distancia —dijo—; os será difícil llegar sin un guía.
Además, monsieur no parece acostumbrado a los rigores de esta época, y es
posible que no pueda soportar el frío excesivo...
—¿Por qué me ponéis todas esas objeciones? —dije, interrumpiéndole
impaciente—; no tengo otra solución: aún sería mayor el riesgo de perecer de
frío si pasamos la noche en el bosque.
—¿Pasar la noche en el bosque? —replicó—. ¡Uh, por Saint Denis! No
estamos en un trance tan apurado, por ahora. Si no me equivoco, nos
encontramos a menos de cinco minutos de la cabaña de mi viejo amigo
Baptiste. Es leñador, y persona muy honrada. No dudo que os cobijará por esta
noche con mucho gusto. Entretanto, puedo coger el caballo ensillado e ir a
Estrasburgo y volver con gente que pueda reparar vuestro carruaje al
amanecer.
—¡En nombre de Dios! —dije yo—, ¿cómo me habéis tenido tanto tiempo
en suspenso? ¿Por qué no me habéis hablado antes de esa cabaña? ¡Qué
estupidez!
—Creí que quizá monsieur no se dignaría aceptar...
—¡Absurdo! ¡Vamos, vamos! No hablemos más; conducidnos sin demora
a casa de ese leñador.
Obedeció, y emprendimos el camino: los caballos tiraban con dificultad del
estropeado vehículo, detrás de nosotros. Mi criado se había quedado casi sin
habla, y yo empecé a sentir los efectos del frío antes de llegar a la deseada cabaña. Era una construcción pequeña aunque aseada. Al acercarnos, me
alegró observar a través de las ventanas un fuego reconfortante. Nuestro
conductor llamó a la puerta. Transcurrió un rato antes de obtener respuesta. La
gente del interior pareció dudar si admitirnos o no.
—¡Vamos! ¡Vamos, amigo Baptiste! —gritó el conductor con impaciencia
—. ¿Qué os pasa? ¿Estáis dormido? ¿O es que queréis negarle cobijo por una
noche a un caballero cuyo coche acaba de averiarse en el bosque?
—¡Ah! ¿Sois vos, mi buen Claude? —replicó una voz de hombre en el
interior—. Aguardad un momento, y os abriré la puerta.
Poco después descorrieron los cerrojos. Se abrió la puerta y apareció ante
nosotros un hombre con una lámpara en la mano. Dio al conductor una efusiva
acogida, y luego se dirigió a mí.
—Entrad, señor; entrad y sed bien venido. Excusadme por no haberos
abierto antes. Pero hay tantos salteadores por estos lugares, que de no ser por
vuestro aspecto, os habría podido tomar por uno de ellos.
Diciendo esto, me condujo a la habitación donde yo había visto el fuego.
Inmediatamente, me acomodé en una silla que había cerca de la chimenea.
Una mujer, que supuse sería esposa de mi anfitrión, se levantó de su asiento al
entrar yo y me acogió con una leve y fría reverencia. No contestó a mi saludo,
sino que volvió a sentarse inmediatamente y prosiguió la labor en la que
estaba ocupada. La actitud de su marido era amistosa en la misma medida que
la de ella era seca y desabrida.
—Desearía poder ofreceros un alojamiento más cómodo, monsieur —dijo
—; pero no podernos presumir de tener demasiado espacio en esta choza. Sin
embargo, creo que podré cederos un aposento a vos, y otro a vuestro criado.
Tendréis que conformaros con una modesta cena; pero cuanto tenemos,
creedme, os lo ofrecemos de corazón. —Luego, volviéndose a su mujer—:
¡Cómo, cómo es que sigues sentada ahí, Marguerite, con toda tranquilidad,
como si no hubiese nada que hacer! ¡Muévete, mujer! ¡Muévete! Haz algo de
cenar; pon sábanas limpias. Vamos, vamos; echa unos troncos al fuego. El
caballero parece muerto de frío.
La mujer arrojó su labor sobre la mesa y procedió a ejecutar las órdenes de
su esposo con manifiesta desgana. Su semblante me había desagradado desde
el primer momento. Sin embargo, en conjunto, sus facciones eran
incuestionablemente hermosas; pero tenía la piel cetrina y el cuerpo flaco y
endeble. Una expresión ceñuda y sombría contraía su rostro, confiriéndole tan
elocuentes huellas de rencor y malquerencia, que no podían pasar inadvertidas
ni al observador más distraído. Cada mirada o gesto suyo manifestaba disgusto
e impaciencia, y la contestación que le dio a Baptiste cuando éste le reprochó que replicara con malhumor a sus cortesías, fue áspera, breve y cortante. En
suma, desde el principio concebí tanta antipatía por ella como predisposición
en favor del marido, cuyo semblante inspiraba estima y confianza. Tenía una
cara franca, sincera y amistosa; sus modales poseían toda la honradez del
campesino, sin ser rudos. Sus mejillas eran anchas, llenas y coloradas, y la
solidez de su persona parecía ofrecer una amplia defensa de la endeblez de su
mujer. Por las arrugas de su frente, juzgué que había rebasado los sesenta. Pero
sobrellevaba bien la edad, y parecía mantenerse aún fuerte y vigoroso. La
esposa no podía tener más de treinta años, aunque su vivacidad y su ánimo
habían envejecido mucho más que los del esposo.
No obstante, a pesar de su desgana, Marguerite empezó a preparar la cena,
mientras el leñador conversaba alegremente sobre temas diversos. El postillón,
que a la sazón se había provisto de una botella de licor, estaba dispuesto ya
para salir hacia Estrasburgo, y me preguntó si deseaba darle alguna otra orden.
—¿A Estrasburgo? —interrumpió Baptiste—; no pensaréis ir allá esta
noche.
—Perdonad: si no traigo obreros que arreglen el coche, ¿cómo va a
proseguir monsieur su viaje mañana?
—Eso es verdad, había olvidado el coche. Bien, pero Claude, podríais
comer un poco, ¿no? Total os hará perder muy poco tiempo, y monsieur es sin
duda demasiado bueno para enviar allá a alguien con el estómago vacío, y en
una noche tan tremendamente fría como ésta.
Asentí con mucho gusto, diciéndole al postillón que no tendría ninguna
importancia que llegase yo a Estrasburgo al día siguiente una hora o dos más
tarde. Me dio las gracias, y saliendo luego de la cabaña con Stephano, entró
los caballos en el establo del leñador. Baptiste les siguió hasta la puerta y se
asomó con preocupación.
—¡Sopla un viento cortante! —dijo—. ¡Me pregunto qué será lo que
entretiene tanto a los chicos! Monsieur, le presentaré a dos de los muchachos
más apuestos que visten y calzan. El mayor tiene veintitrés años, y el otro es
un año más joven. En sensatez, valor y disposición para el trabajo no hay otros
en cincuenta millas a la redonda. ¡Ojalá estuvieran ya de vuelta! Empiezo a
preocuparme.
Marguerite estaba poniendo el mantel.
—¿Y vos, no estáis también preocupada por el regreso de vuestros hijos?
—le pregunté a ella.
—¡Yo no! —replicó de mal humor—. No son hijos míos. caballero por haberte hecho una simple pregunta. Si no pusieras esa cara de
enfado, no te habría creído él tan vieja como para tener un hijo de veintitrés.
¡Pero ya ves lo que te beneficia el mal humor! Excusad la rudeza de mi
esposa, monsieur. Se enfada por nada; la ha incomodado que no os dierais
cuenta de que aún no ha cumplido los treinta. Ha sido eso, ¿verdad,
Marguerite? Ya sabéis, monsieur, lo quisquillosas que son las mujeres con la
edad. ¡Vamos! ¡Vamos, Marguerite!; sonríe un poco. Aunque no tienes hijos
tan mayores, los tendrás dentro de veinte años, y espero que vivamos lo
bastante para verlos tan sanos como Jacques y Robert.
Marguerite juntó las manos con apasionamiento.
—¡No lo permita Dios! —dijo—. ¡No lo permita Dios! ¡Si los tuviera, los
estrangularía con mis propias manos!
Se marchó apresuradamente de la habitación, y subió a los aposentos.
No pude por menos de manifestar al leñador cuánto le compadecía por
verle encadenado para siempre a una compañera tan hosca.
—¡Ah, Señor! Monsieur, a cada uno le toca su parte de calvario, y el mío
es Marguerite. Sin embargo, en el fondo no es mala, sino que está siempre
malhumorada. Lo peor es que su afecto por los dos hijos que tuvo con su
anterior marido la hace portarse como una madrastra con los míos. No puede
soportar su presencia, y si fuera por ella, no volverían a poner los pies en esta
casa. Pero en eso no estoy dispuesto a transigir, y jamás consentiré en
abandonar a los pobres muchachos a su suerte por el mundo, como tantas
veces me ha pedido ella que haga. En todo lo demás, la dejo que mande lo que
quiera; y lo cierto es que lleva la casa excelentemente, eso hay que decirlo en
su favor.
Estábamos conversando de esta manera, cuando vimos nuestro discurso
interrumpido por una voz que llamó a lo lejos, desde el bosque...
—¡Mis hijos, espero! —exclamó el leñador, y corrió a abrir la puerta.
Se repitió la voz. Ahora distinguimos el cabalgar de caballos, y poco
después se detenía ante la puerta de la cabaña un carruaje escoltado por varios
caballeros. Uno de los jinetes preguntó cuánto faltaba para llegar a
Estrasburgo. Como se había dirigido a mí, le dije el número de millas que
Claude me había dicho antes; a lo cual descargó una andanada de maldiciones
contra los cocheros por haber extraviado el camino. Informó a continuación a
las personas del interior del coche de la distancia que faltaba, así como que los
caballos estaban tan cansados que no podían proseguir. Una dama, que parecía
ser la dueña, se mostró muy contrariada ante esta información. Pero como no
tenía remedio, uno de los que le daban escolta preguntó al leñador si podía
proporcionarles alojamiento por una noche. Este pareció desconcertado, y contestó que no, añadiendo que un caballero
español y su criado ocupaban los únicos aposentos libres que había en la casa.
Al oír esto, la galantería de mi nación no me permitió retener dichos
acomodos, de los que tenía necesidad una mujer. Inmediatamente, indiqué al
leñador que cedía mi derecho a la dama; él puso algunas objeciones, pero se
las rebatí, y corriendo al carruaje, abrí la puerta y ayudé a la dama a descender.
Inmediatamente reconocí en ella a la persona que había visto en la posada de
Luneville. Aproveché la ocasión para preguntar a uno de sus acompañantes
cómo se llamaba.
—La baronesa de Lindenberg —me contestó.
No pude por menos de observar cuán diferente fue la acogida que nuestro
anfitrión dispensó a los recién llegados y a mí. Su renuencia a admitirles se
hizo patente en su semblante, y tuvo que hacer esfuerzos para darle a la dama
la bienvenida. La condujo a la casa y la acomodó en la butaca que yo acababa
de dejar. Ella me dio las gracias muy cortésmente, y pidió mil perdones por
haberme causado tal incomodidad. Súbitamente, el semblante del leñador se
iluminó.
—¡Por fin lo he arreglado! —dijo, interrumpiendo las excusas de ella—;
puedo alojaros a vos y vuestro séquito, señora, y no tendréis necesidad de
hacer sufrir a este caballero la incomodidad a que le obliga su cortesía.
Tenemos dos aposentos, uno para la dama, y el otro, monsieur, para vos. Mi
esposa cederá el suyo a las dos doncellas que la acompañan; en cuanto a los
criados, deberán conformarse con pasar la noche en el granero, que está a unas
yardas de la casa. Tendrán fuego, y la mejor cena que les podamos preparar.
Tras varias expresiones de agradecimiento por parte de la dama, y de
oposición por la mía a que Marguerite cediese su cama, quedó acordado este
arreglo. Como la estancia era pequeña, la baronesa despidió inmediatamente a
los criados. Y estaba a punto Baptiste de conducirles al granero que había
mencionado, cuando aparecieron dos jóvenes en la puerta de la cabaña.
—¡Ira de Satanás! —exclamó el primero volviéndose al otro—. ¡Robert, la
casa está llena de extranjeros!
—¡Ah! ¡Aquí están mis hijos! —exclamó nuestro anfitrión—. ¡Eh,
Jacques! ¡Robert! ¿Adónde vais tan corriendo, muchachos? Aquí hay sitio de
sobra para vosotros.
Ante esta afirmación, los jóvenes regresaron. El padre nos los presentó a la
baronesa y a mí; tras lo cual, el leñador salió con nuestros criados, mientras
que a petición de las dos doncellas, Marguerite las condujo a la habitación de
su señora.
Los dos jóvenes recién llegados eran altos, fornidos, bien formados y muy tostados por el sol. Nos presentaron sus respetos con pocas palabras, y
saludaron a Claude, que entraba en ese momento en la habitación, como a un
viejo conocido. Luego se quitaron las capas en las que venían envueltos, se
despojaron de los cinturones de cuero, de los que colgaban dos largos
machetes, y sacándose cada uno un par de pistolas de la cintura, las dejaron
sobre un estante.
—Viajan bien armados —observé.
—Cierto, monsieur —convino Robert—. Hemos salido de Estrasburgo ya
de noche, y es preciso tomar precauciones para atravesar el bosque después de
oscurecer. No goza de buena fama, os lo aseguro.
—¿Cómo? —dijo la baronesa—. ¿Hay salteadores por aquí?
—Eso dicen, madame; por mi parte, he cruzado este bosque a todas horas,
y jamás he topado con ninguno.
Marguerite regresó en ese momento. Sus hijastros la condujeron al otro
extremo de la habitación y conferenciaron con ella en voz baja durante unos
minutos. Por las miradas que echaban a intervalos, deduje que le preguntaban
qué hacíamos en la cabaña.
Entretanto, la baronesa manifestó el temor de que su esposo se inquietase
por ella. Había pensado enviar a uno de sus criados, para informar al barón del
motivo de su demora. Pero la noticia que los jóvenes habían dado del bosque
hacía el plan irrealizable. Claude la sacó de este apuro. Le comunicó que él
tenía necesidad de llegar a Estrasburgo esa noche, y que si ella deseaba
confiarle una carta, podía estar segura de que sería entregada debidamente.
—¿Y cómo es —pregunté— que vos no tenéis ningún miedo de tropezaros
con los salteadores?
—¡Ay! Monsieur, un pobre cargado de hijos no debe desperdiciar la
oportunidad de sacar algún provecho, sólo porque supone algún peligro, y
quizá mi señor el barón recompense de algún modo mis trabajos. Además, no
tengo nada que perder, salvo la vida, que de nada les valdría a los bandidos
quitármela.
Sus argumentos no me parecieron convincentes y le aconsejé que esperase
hasta la mañana siguiente. Pero como la baronesa no me secundó, me vi
obligado a renunciar a la discusión. La baronesa de Lindenberg, como
averigüé más tarde, estaba acostumbrada a sacrificar los intereses de los demás
al suyo propio, y su deseo de enviar a Claude a Estrasburgo le impedía ver el
peligro de la empresa. De modo que se decidió que éste saldría sin demora. La
baronesa escribió una carta a su esposo, y yo envié unas líneas a mi banquero,
notificándole que no estaría en Estrasburgo hasta el día siguiente.
—¡Vamos, vamos, Marguerite! —dijo el marido—; no te enfades con el